/ jueves 9 de enero de 2020

Herodes y el pesebre sacerdotal

Una de las figuras oscuras a meditar en este tiempo de Navidad, es la intervención de Herodes en esta narrativa de esperanza. ¿Quién es Herodes el Grande? Un rey prepotente, con una malicia sanguinaria, astuto para entretejer la mentira con palabras de verdad, hombre ambicioso, gobernante de hábil perversidad, celoso de su trono, tirano por decreto, un manipulador seductor, pero con una ruindad dispuesta a sacrificar su imagen a costa de mantener su poder, bien podríamos decir: un político obsesionado por el poder, un psicópata revestido de rey.

En este breve artículo quiero acercarme a dos lugares que representan dos reinos, uno es el Palacio del rey Herodes, otro es el pesebre del Rey de reyes. El primero es la comodidad, el placer, el lujo, la fama y el poder, el segundo es la pobreza, la marginalidad, la necesidad, la sencillez, la humildad y el encuentro. Dios decide poner su morada entre nosotros, y su epifanía se realiza desde el reverso de la historia de los poderosos.

En varias ocasiones, cuando tengo la oportunidad de hablar con mis amigos activistas, y se toca el tema de ¿qué tanto bien hace un sacerdote a la sociedad?, mi respuesta siempre ha sido tratar de mirar la cercanía del sacerdote allí donde no llega nunca el político electorero, pocas veces el activista social y casi nunca alguna otra figura social. Cuando el sacerdote escucha con comprensión, consuela con ternura y acompaña el corazón dolido de las personas, cuando visita al enfermo, al encarcelado, cuando comparte la alegría de un nuevo miembro a la gran familia por medio del bautismo o de una acción de gracias o más aún la de la unión matrimonial, cuando alienta la vida de los grupos parroquiales; no cabe duda, que el sacerdote se vuelve un lugar de encuentro, diría que el sacerdote se vuelve un pesebre para acercarnos a conocer y amar al hijo de Dios.

Sí, un pesebre, porque nadie puede vanagloriarse de ser digno del sacerdocio, porque es una gracia inmerecida; pesebre sí, lugar indigno, lugar de carencias, de pobreza, de miserias que lo único que puede ofrecer es la paja para recostar al hijo de María; pero pesebre escogido, lugar abierto, de encuentro, de acogida para conocer al enviado del Padre. Sólo así, podremos mirar lo extraordinario que es el pesebre. Cuando se palpa el ministerio sacerdotal desde esta horizontalidad, sin dejar de guiarnos por la estrella de Belén, el pesebre sacerdotal se vuelve una pastoral de encuentro, dónde pobres y ricos se reúnen alrededor de la sagrada familia. Desde esta mirada más amplia, podemos ver al sacerdocio como un corazón comunitario donde palpita la cotidianidad de la vida. Porque precisamente comparte las alegrías y las tristezas ordinarias de la vida del pueblo, cosa que los otros líderes compran, desconocen o en el peor de los casos, (y el cual suele siempre suceder) capitalizan para sus intereses personales o partidarios.

El sacerdote como pesebre sigue teniendo a pesar de tanto ataque mediático, una aceptación mayoritaria en la sociedad sobre todo en la confianza. La gente prefiere confiar en un sacerdote más que en un político, policía, funcionario público o compañía empresarial. Porque a pesar de los defectos de un sacerdote, son más los bienes que propicia que los defectos de los que se le atañe. Sí, es un pesebre, tiene muchos aspectos que son indignos, que no corresponden a la dignidad de Cristo, sin embargo, cuando ese pesebre se abre al pueblo, y le permite proteger y dar a conocer a Jesús; sin duda alguna el bien que realiza es mayor que sus oscuridades y miserias.

Hay Herodes que nunca han tocado la realidad del pueblo, que nunca han visitado a un enfermo, que no tienen oídos para escuchar a un corazón en conflicto, que jamás se han atrevido a comer y vivir entre los pobres; Herodes que no tienen ojos para mirar más que sus propias comodidades. La estrategia de este gobernante soberbio, que al darse cuenta que ya nadie, ni los magos, le cree sus mentiras, entra en ira y envía emisarios de muerte, con espadas afiladas dispuestas a degollar a todo aquel que ponga en riesgo su reinado. ¡Pobre rey!, piensa que su espada manchada con sangre inocente le ha dado la victoria; morirá sin saber que su reinado ya había acabado desde que escucho la profecía.

Por más afán de destruir la esperanza, aquellos los mismos de siempre, el pesebre sacerdotal seguirá siendo lugar de comunidad, de encuentro, de fraternidad, de justicia, de amor, porque el pesebre sacerdotal lo hacemos también todos los que hemos sido convocados a ser Iglesia y estar alrededor de nuestro Salvador.

¡Felices fiestas decembrinas a todas las mujeres y hombres de buena voluntad que luchan por la justicia y la paz!

Una de las figuras oscuras a meditar en este tiempo de Navidad, es la intervención de Herodes en esta narrativa de esperanza. ¿Quién es Herodes el Grande? Un rey prepotente, con una malicia sanguinaria, astuto para entretejer la mentira con palabras de verdad, hombre ambicioso, gobernante de hábil perversidad, celoso de su trono, tirano por decreto, un manipulador seductor, pero con una ruindad dispuesta a sacrificar su imagen a costa de mantener su poder, bien podríamos decir: un político obsesionado por el poder, un psicópata revestido de rey.

En este breve artículo quiero acercarme a dos lugares que representan dos reinos, uno es el Palacio del rey Herodes, otro es el pesebre del Rey de reyes. El primero es la comodidad, el placer, el lujo, la fama y el poder, el segundo es la pobreza, la marginalidad, la necesidad, la sencillez, la humildad y el encuentro. Dios decide poner su morada entre nosotros, y su epifanía se realiza desde el reverso de la historia de los poderosos.

En varias ocasiones, cuando tengo la oportunidad de hablar con mis amigos activistas, y se toca el tema de ¿qué tanto bien hace un sacerdote a la sociedad?, mi respuesta siempre ha sido tratar de mirar la cercanía del sacerdote allí donde no llega nunca el político electorero, pocas veces el activista social y casi nunca alguna otra figura social. Cuando el sacerdote escucha con comprensión, consuela con ternura y acompaña el corazón dolido de las personas, cuando visita al enfermo, al encarcelado, cuando comparte la alegría de un nuevo miembro a la gran familia por medio del bautismo o de una acción de gracias o más aún la de la unión matrimonial, cuando alienta la vida de los grupos parroquiales; no cabe duda, que el sacerdote se vuelve un lugar de encuentro, diría que el sacerdote se vuelve un pesebre para acercarnos a conocer y amar al hijo de Dios.

Sí, un pesebre, porque nadie puede vanagloriarse de ser digno del sacerdocio, porque es una gracia inmerecida; pesebre sí, lugar indigno, lugar de carencias, de pobreza, de miserias que lo único que puede ofrecer es la paja para recostar al hijo de María; pero pesebre escogido, lugar abierto, de encuentro, de acogida para conocer al enviado del Padre. Sólo así, podremos mirar lo extraordinario que es el pesebre. Cuando se palpa el ministerio sacerdotal desde esta horizontalidad, sin dejar de guiarnos por la estrella de Belén, el pesebre sacerdotal se vuelve una pastoral de encuentro, dónde pobres y ricos se reúnen alrededor de la sagrada familia. Desde esta mirada más amplia, podemos ver al sacerdocio como un corazón comunitario donde palpita la cotidianidad de la vida. Porque precisamente comparte las alegrías y las tristezas ordinarias de la vida del pueblo, cosa que los otros líderes compran, desconocen o en el peor de los casos, (y el cual suele siempre suceder) capitalizan para sus intereses personales o partidarios.

El sacerdote como pesebre sigue teniendo a pesar de tanto ataque mediático, una aceptación mayoritaria en la sociedad sobre todo en la confianza. La gente prefiere confiar en un sacerdote más que en un político, policía, funcionario público o compañía empresarial. Porque a pesar de los defectos de un sacerdote, son más los bienes que propicia que los defectos de los que se le atañe. Sí, es un pesebre, tiene muchos aspectos que son indignos, que no corresponden a la dignidad de Cristo, sin embargo, cuando ese pesebre se abre al pueblo, y le permite proteger y dar a conocer a Jesús; sin duda alguna el bien que realiza es mayor que sus oscuridades y miserias.

Hay Herodes que nunca han tocado la realidad del pueblo, que nunca han visitado a un enfermo, que no tienen oídos para escuchar a un corazón en conflicto, que jamás se han atrevido a comer y vivir entre los pobres; Herodes que no tienen ojos para mirar más que sus propias comodidades. La estrategia de este gobernante soberbio, que al darse cuenta que ya nadie, ni los magos, le cree sus mentiras, entra en ira y envía emisarios de muerte, con espadas afiladas dispuestas a degollar a todo aquel que ponga en riesgo su reinado. ¡Pobre rey!, piensa que su espada manchada con sangre inocente le ha dado la victoria; morirá sin saber que su reinado ya había acabado desde que escucho la profecía.

Por más afán de destruir la esperanza, aquellos los mismos de siempre, el pesebre sacerdotal seguirá siendo lugar de comunidad, de encuentro, de fraternidad, de justicia, de amor, porque el pesebre sacerdotal lo hacemos también todos los que hemos sido convocados a ser Iglesia y estar alrededor de nuestro Salvador.

¡Felices fiestas decembrinas a todas las mujeres y hombres de buena voluntad que luchan por la justicia y la paz!

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