Daniel Martínez

  / martes 10 de julio de 2018

La antidemocracia después de la elección…

Es obvio que cualquier poder, al diluirse, buscará la forma de mantenerse y perpetuarse. Esto que es un principio político elemental, parece enfrentarse con la voluntad popular mucho más seguido de lo que convendría.

A veces las sociedades dan un giro completo esperando la oxigenación absoluta de los espacios de gobierno, pero previo a ello, los políticos que serán rechazados (porque saben que lo serán), plantean una serie de estrategias para no resultar tan afectados por ese giro de la sociedad. En ese sentido, la antidemocracia (en el estricto sentido de ir exactamente contra la voluntad popular), se manifiesta como una herramienta de conservación de una clase política en decadencia.

En Morelos ya tuvimos una muestra, cuando en el 2000 Sergio Estrada Cajigal y el PAN ganaron la gubernatura con 55 por ciento de la votación y la mayoría en el congreso local. Antes de la ascensión de Sergio a la gubernatura, la legislatura que se iba armó todo para reducir el poder que tendrían y se armó todo un desaguisado que llevó años componer y que, en efecto, limitó la capacidad de respuesta del gobierno en términos presupuestales y de propaganda política.

Es normal que hoy, a unas semanas de que la renovación de los poderes en el estado, haya reacciones de políticos aún vigentes que pretenden madrugar al próximo gobierno. Fieles a su estilo, los actuales legisladores no ven por la protección política de las minorías como mala, aunque a su juicio justificadamente, hizo aquella legislatura de 1997-2000; ahora los legisladores y los políticos parecen buscar más beneficios personales y familiares que un freno al poder que viene y que, por cierto, les ha cantado muchas veces la advertencia de un triste destino.

El apresurado trámite de pensiones, jubilaciones y nombramientos de tiempo extendido, tiene como objetivo mantener familias enteras que, en la pasada elección fueron abierta y ampliamente rechazadas por el voto popular.

En el 2000 como ahora, las frasecitas cursilísimas de “la ola azul”, o “el tsunami Morena”, trataron de explicar un fenómeno que es mucho más simple: el rechazo absoluto de la gente a quienes ocuparon el poder y la representación ciudadana durante los últimos seis y tres años, y que no dieron más resultados a la gente que el recrudecimiento de la ira, el malestar, el fastidio que viene arrastrándose desde has muchos años entre los morelenses y los mexicanos. En el 2018 no hubo un tsunami como en el 2000 no fue una ola; fueron cientos de miles de ciudadanos que salieron a decir que estaban verdaderamente cansados de políticos abusivos, lejanos de la gente y que urgía una transformación. Esa exigencia se les ha regateado a los ciudadanos 18 años y lejos de mejorar, la clase política ha ido empeorando. Se han mantenido fieles a sí mismos (porque ya ni siquiera a sus grupos), y continúan buscando cómo permanecer vigentes porque apuestan al fracaso de quienes fueron electos por el voto popular, lo que no sería tan horriblemente mezquino si no fuera porque esa apuesta pasa por un mal ejercicio de gobierno.

Se ha repetido mucho, ni Morelos ni el país aguantarán mucho más, lo que hoy hacen la clase política en desgracia es suficiente para justificar el rechazo enorme de la ciudadanía hacia ellos. Probablemente convendría legislar para congelar las acciones legislativas y gubernamentales que no sean exclusivamente dirigidas a la atención y beneficio ciudadano, posterior a las elecciones y hasta la entrada de los nuevos gobiernos. Ese sería un candado de obediencia democrática.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Es obvio que cualquier poder, al diluirse, buscará la forma de mantenerse y perpetuarse. Esto que es un principio político elemental, parece enfrentarse con la voluntad popular mucho más seguido de lo que convendría.

A veces las sociedades dan un giro completo esperando la oxigenación absoluta de los espacios de gobierno, pero previo a ello, los políticos que serán rechazados (porque saben que lo serán), plantean una serie de estrategias para no resultar tan afectados por ese giro de la sociedad. En ese sentido, la antidemocracia (en el estricto sentido de ir exactamente contra la voluntad popular), se manifiesta como una herramienta de conservación de una clase política en decadencia.

En Morelos ya tuvimos una muestra, cuando en el 2000 Sergio Estrada Cajigal y el PAN ganaron la gubernatura con 55 por ciento de la votación y la mayoría en el congreso local. Antes de la ascensión de Sergio a la gubernatura, la legislatura que se iba armó todo para reducir el poder que tendrían y se armó todo un desaguisado que llevó años componer y que, en efecto, limitó la capacidad de respuesta del gobierno en términos presupuestales y de propaganda política.

Es normal que hoy, a unas semanas de que la renovación de los poderes en el estado, haya reacciones de políticos aún vigentes que pretenden madrugar al próximo gobierno. Fieles a su estilo, los actuales legisladores no ven por la protección política de las minorías como mala, aunque a su juicio justificadamente, hizo aquella legislatura de 1997-2000; ahora los legisladores y los políticos parecen buscar más beneficios personales y familiares que un freno al poder que viene y que, por cierto, les ha cantado muchas veces la advertencia de un triste destino.

El apresurado trámite de pensiones, jubilaciones y nombramientos de tiempo extendido, tiene como objetivo mantener familias enteras que, en la pasada elección fueron abierta y ampliamente rechazadas por el voto popular.

En el 2000 como ahora, las frasecitas cursilísimas de “la ola azul”, o “el tsunami Morena”, trataron de explicar un fenómeno que es mucho más simple: el rechazo absoluto de la gente a quienes ocuparon el poder y la representación ciudadana durante los últimos seis y tres años, y que no dieron más resultados a la gente que el recrudecimiento de la ira, el malestar, el fastidio que viene arrastrándose desde has muchos años entre los morelenses y los mexicanos. En el 2018 no hubo un tsunami como en el 2000 no fue una ola; fueron cientos de miles de ciudadanos que salieron a decir que estaban verdaderamente cansados de políticos abusivos, lejanos de la gente y que urgía una transformación. Esa exigencia se les ha regateado a los ciudadanos 18 años y lejos de mejorar, la clase política ha ido empeorando. Se han mantenido fieles a sí mismos (porque ya ni siquiera a sus grupos), y continúan buscando cómo permanecer vigentes porque apuestan al fracaso de quienes fueron electos por el voto popular, lo que no sería tan horriblemente mezquino si no fuera porque esa apuesta pasa por un mal ejercicio de gobierno.

Se ha repetido mucho, ni Morelos ni el país aguantarán mucho más, lo que hoy hacen la clase política en desgracia es suficiente para justificar el rechazo enorme de la ciudadanía hacia ellos. Probablemente convendría legislar para congelar las acciones legislativas y gubernamentales que no sean exclusivamente dirigidas a la atención y beneficio ciudadano, posterior a las elecciones y hasta la entrada de los nuevos gobiernos. Ese sería un candado de obediencia democrática.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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