Daniel Martínez

  / miércoles 11 de diciembre de 2019

Violencia contra arte y cultura

El nivel de crispación en la sociedad llega a niveles de preocupación enorme conforme avanza la intolerancia hasta niveles de barbarie. La quema de libros en Guadalajara y la golpiza a defensores de los derechos LGBT en la Ciudad de México son de espanto y representan dos extremos de un terrible intento de imponer ideas, de rescatar por los medios más absurdos e incorrectos lo que se considera una visión “correcta” del mundo, la sociedad y la vida.

No se trata de construir puentes entre eventos que se suponen separados, sino de identificar una tendencia derivada de la generación de un ambiente de comunicación orientada por las sensaciones más que por la razón, y que impera desde hace meses y ha contaminado incluso el discurso del Estado mexicano, del que uno siempre debiera esperar mucha mayor mesura. Porque uno espera que arte y literatura despierten las inquietudes estéticas del espectador y por supuesto, que signifiquen una ruptura, evolución, provocación, evidencia de la sociedad en la que se gestan; los trabajos de los artistas e intelectuales no debieran ser medidos entonces como retratos, sino a lo sumo como reflejos que no traicionan la superficie que los produce.

Los ataques a expresiones artísticas o culturales que no lesionan los derechos humanos (hay formas de “arte” y prácticas culturales que son terribles, por supuesto en tanto lastiman realmente a la sociedad) son absolutamente reprobables en tanto atacan las libertades de pensamiento y de expresión, uno de los más preciados bienes de cualquier sociedad. Uno puede disentir del valor estético y hasta del contenido de una pieza, pero resulta absurdo generar violencia contra ella o contra quienes la consideran valiosa. Lo mismo ocurre con pinturas, que con esculturas, libros, obras teatrales, películas y el resto de las manifestaciones artísticas.

Sobre la prudencia de que el Estado imprima un cartel provocador sobre la vida y obra de un prócer revolucionario profundamente simbólico, correspondería a los políticos la evaluación, pero Fabián Cháirez ya ha señalado la inexactitud de ubicar el cuadro que representa a un revolucionario (que toma piezas de muchos otros) como imagen de un cartel para Zapata, aunque a estas alturas de intolerancia, el deslinde sea casi imposible. El atrevimiento de la Secretaría de Cultura ha creado un debate innecesario (plagado de lamentabilísimas expresiones de odio y violencia) que llevó el asunto de un tema de estética al ámbito de la política y en él no han faltado quienes tomaron como rehén el símbolo de Zapata.

La quema de libros en la Feria del Libro de Guadalajara es un asunto casi idéntico, las supuestas terapias de conversión contenidas en el tomito que presumen ser la “cura” de la homosexualidad, resultan otra evidencia de intolerancia y fijaron la atención en uno de los casi 200 mil libros editados en español al año, disponibles para una sociedad que no lee. Un absurdo más de la intolerancia.

Una sociedad así casi merecería gobernantes que se acusen de “divas” y otros epítetos; aunque justo son las autoridades quienes debieran llamar a la razón.


Twitter: @martinellito

Correo: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

El nivel de crispación en la sociedad llega a niveles de preocupación enorme conforme avanza la intolerancia hasta niveles de barbarie. La quema de libros en Guadalajara y la golpiza a defensores de los derechos LGBT en la Ciudad de México son de espanto y representan dos extremos de un terrible intento de imponer ideas, de rescatar por los medios más absurdos e incorrectos lo que se considera una visión “correcta” del mundo, la sociedad y la vida.

No se trata de construir puentes entre eventos que se suponen separados, sino de identificar una tendencia derivada de la generación de un ambiente de comunicación orientada por las sensaciones más que por la razón, y que impera desde hace meses y ha contaminado incluso el discurso del Estado mexicano, del que uno siempre debiera esperar mucha mayor mesura. Porque uno espera que arte y literatura despierten las inquietudes estéticas del espectador y por supuesto, que signifiquen una ruptura, evolución, provocación, evidencia de la sociedad en la que se gestan; los trabajos de los artistas e intelectuales no debieran ser medidos entonces como retratos, sino a lo sumo como reflejos que no traicionan la superficie que los produce.

Los ataques a expresiones artísticas o culturales que no lesionan los derechos humanos (hay formas de “arte” y prácticas culturales que son terribles, por supuesto en tanto lastiman realmente a la sociedad) son absolutamente reprobables en tanto atacan las libertades de pensamiento y de expresión, uno de los más preciados bienes de cualquier sociedad. Uno puede disentir del valor estético y hasta del contenido de una pieza, pero resulta absurdo generar violencia contra ella o contra quienes la consideran valiosa. Lo mismo ocurre con pinturas, que con esculturas, libros, obras teatrales, películas y el resto de las manifestaciones artísticas.

Sobre la prudencia de que el Estado imprima un cartel provocador sobre la vida y obra de un prócer revolucionario profundamente simbólico, correspondería a los políticos la evaluación, pero Fabián Cháirez ya ha señalado la inexactitud de ubicar el cuadro que representa a un revolucionario (que toma piezas de muchos otros) como imagen de un cartel para Zapata, aunque a estas alturas de intolerancia, el deslinde sea casi imposible. El atrevimiento de la Secretaría de Cultura ha creado un debate innecesario (plagado de lamentabilísimas expresiones de odio y violencia) que llevó el asunto de un tema de estética al ámbito de la política y en él no han faltado quienes tomaron como rehén el símbolo de Zapata.

La quema de libros en la Feria del Libro de Guadalajara es un asunto casi idéntico, las supuestas terapias de conversión contenidas en el tomito que presumen ser la “cura” de la homosexualidad, resultan otra evidencia de intolerancia y fijaron la atención en uno de los casi 200 mil libros editados en español al año, disponibles para una sociedad que no lee. Un absurdo más de la intolerancia.

Una sociedad así casi merecería gobernantes que se acusen de “divas” y otros epítetos; aunque justo son las autoridades quienes debieran llamar a la razón.


Twitter: @martinellito

Correo: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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