Daniel Martínez

  / martes 17 de diciembre de 2019

Cuernavaca y los ausentes del diálogo

La política opera en el terreno de lo simbólico. Se trata de generar percepciones que añaden atributos inmateriales a quienes la practican, así se preparan ensambles y se diseña hasta lo espontáneo con el fin de mantener la distancia entre el político y quienes no lo son; una separación que crea al poderoso (con ese sentido de posibilidad, de potencia que quieren les sea distintivo) y de alguna forma también, al hombre común.

Probablemente en ninguna de las apariciones públicas de los políticos sea esta práctica tan evidente como en los informes de actividades; siempre debe haber un templete, se pide vestimenta formal, se presentan ensambles de video con obras y testimonios en escenarios concebidos para la ocasión, se lee un mensaje muy ensayado y se remata con verbenas populares en que “el pueblo” y la burocracia celebran el cumplimiento de un año de proyectos. Todo el armado es un ambiente artificial en que el político pretende hacer ver quién es; un discurso que dice al político mucho más allá de sus palabras.

Quienes organizan los informes no dejan (no debieran dejar) nada al azar, cada arreglo floral igual que la ubicación de los invitados, el tipo de sillería en que se les ubicará, la vestimenta de participantes, en fin, cada elemento escénico es intencionado y forma parte de un mensaje que puede ser más o menos atrevido, pero siempre resulta profundamente conservador (en tanto se trata de narrar la satisfacción de un aparato de Estado con la labor que se ha realizado).

Pero hay siempre dos vertientes del discurso, el autoidentitario y el aspiracional. El primero dice lo que una administración es (y mucho más lo que no es); y el segundo lo que quiere ser. En el caso del ensamble en el informe de gobierno de Antonio Villalobos en Cuernavaca, entendemos que la escenografía y el guión fueron más una representación aspiracional de una administración cercana a la gente y promotora del diálogo entre los políticos y con los ciudadanos.

En el acto del Museo de la Ciudad, el más importante para la administración y el que marca el conjunto de significados, se colocaron doce salas para ocho personas cada una adyacente de por lo menos otras dos, que favorecían el diálogo entre los presentes pero no lo obligaban al disponerse los sillones con bastante distancia uno de otro (uno estaba más cerca de quien se ubicaba a sus espaldas de quien tenía frente a sí). Para mayor claridad, el alcalde reiteró, en su discurso, una serie de llamados a la conciliación, al diálogo. Culpó a los medios de distanciar a los actores políticos reproduciendo las acusaciones entre ellos, y pidió cesar esa práctica. Pero eso no evitó que advirtiera que el convenio de Mando Coordinado con las modificaciones propuestas por el cabildo, lleva casi seis meses en los escritorios del gobierno del estado esperando que la agenda del gobernador permita la firma del documento.

Presentes estuvieron empresarios, líderes sociales, la plana mayor de Morena, diputados del G7 y algunos de sus rivales del G13, funcionarios municipales, nadie del gobierno estatal. Hay ausencias que marcan el diálogo.


Twitter: @martinellito

Correo: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx


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