Daniel Martínez

  / martes 15 de mayo de 2018

¿Y cuando los científicos no puedan resolverlo?

Luego de décadas de dominio del egocentrismo, esa doctrina de individualismo mal enfocado en que las personas piensan que por el simple hecho de nacer valen la pena más que cualquier otro ser de la creación, se va convirtiendo en vital –más frente a la abundancia de millenials reales o imbéciles por confort- reconsiderar las responsabilidades comunes que tenemos cada uno de los seres humanos por la determinación que tomamos, hace milenios, de vivir en comunidades. Lo que queremos decir es que, además de los derechos individuales que nadie puede negar, la acción de los mismos deriva en responsabilidades sociales con las que pueden afectar gravemente a la sociedad, o a la humanidad en casos extremos.


Por ejemplo, en el rechazo a las vacunas, y el uso indiscriminado de antibióticos, la irresponsabilidad de amplios grupos sociales es evidente y genera amplios riesgos para la salud pública. No se trata sólo de las enfermedades que los sujetos pueden contraer al no someterse a una sencilla disciplina sanitaria, sino de los problemas que su actitud genera a las sociedades que, por una parte podrían enfrentar el resurgimiento de enfermedades graves que se creían erradicadas, y por la otra a cepas de bacterias cada vez más resistentes. Otro caso evidente es el uso de materiales desechables altamente contaminantes, o el clamor por combustibles baratos que producen un aumento en la producción de gases de efecto invernadero. Ambas actitudes parten de otra irresponsabilidad individual que termina por afectar a todos en la comunidad, la región, el planeta.


Se trata del problema del vecino que pone su estéreo a todo volumen para oír narcocorridos, pero en una dimensión global. El vecino nos molesta un poco y es probable que la exposición prolongada a su ruido nos provoque un tumor cerebral o daño permanente en los oídos o en el buen gusto. Los contaminantes, los antibióticos, el rechazo a las vacunas, nos producen daños directos en gran extensión. El efecto social de las decisiones individuales aparentemente más simples siempre es hecho a un lado y cuando se trata de comerse una golosina en vez de otra está bien, pero cuando hablamos de actos y actitudes que afectan a la sociedad completa, tendríamos que empezar a considerar cambios en nuestra conducta.


Y claro, durante décadas, nuestra enorme confianza en el desarrollo científico y tecnológico nos hacía pensar que eventualmente los científicos lo arreglarían todo. Hoy tendríamos que reconsiderar esa confianza, incluso a petición de muchos investigadores e inventores que empiezan a dudar de su capacidad para encontrar soluciones a las cosas que nuestro egocentrismo hedonista arruina con cada vez mayor velocidad.


Por cierto, otra forma de irresponsabilidad social es el voto de odio, de venganza, de víscera; el voto no razonado, pues. Una obligación individual de alto impacto social es informarse adecuadamente antes de votar sobre los candidatos, las plataformas, la factibilidad de las ofertas políticas, el proceso electoral, la forma de contar los votos y reportar los resultados. Luego se eligen cosas que ni los científicos pueden corregir con todo el talento que tienen.


El mundo actual no admite ya la irresponsabilidad, el comportamiento egoísta derivado del cortoplacismo, urge ver a futuro, mientras aún existe un futuro que podamos ver. La libertad ejercida sin ética, sin responsabilidad, sin solidaridad social, es una facultad lesiva para las comunidades que acaban en un lamento anhelante de autoritarismo aplastando esas libertades.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Luego de décadas de dominio del egocentrismo, esa doctrina de individualismo mal enfocado en que las personas piensan que por el simple hecho de nacer valen la pena más que cualquier otro ser de la creación, se va convirtiendo en vital –más frente a la abundancia de millenials reales o imbéciles por confort- reconsiderar las responsabilidades comunes que tenemos cada uno de los seres humanos por la determinación que tomamos, hace milenios, de vivir en comunidades. Lo que queremos decir es que, además de los derechos individuales que nadie puede negar, la acción de los mismos deriva en responsabilidades sociales con las que pueden afectar gravemente a la sociedad, o a la humanidad en casos extremos.


Por ejemplo, en el rechazo a las vacunas, y el uso indiscriminado de antibióticos, la irresponsabilidad de amplios grupos sociales es evidente y genera amplios riesgos para la salud pública. No se trata sólo de las enfermedades que los sujetos pueden contraer al no someterse a una sencilla disciplina sanitaria, sino de los problemas que su actitud genera a las sociedades que, por una parte podrían enfrentar el resurgimiento de enfermedades graves que se creían erradicadas, y por la otra a cepas de bacterias cada vez más resistentes. Otro caso evidente es el uso de materiales desechables altamente contaminantes, o el clamor por combustibles baratos que producen un aumento en la producción de gases de efecto invernadero. Ambas actitudes parten de otra irresponsabilidad individual que termina por afectar a todos en la comunidad, la región, el planeta.


Se trata del problema del vecino que pone su estéreo a todo volumen para oír narcocorridos, pero en una dimensión global. El vecino nos molesta un poco y es probable que la exposición prolongada a su ruido nos provoque un tumor cerebral o daño permanente en los oídos o en el buen gusto. Los contaminantes, los antibióticos, el rechazo a las vacunas, nos producen daños directos en gran extensión. El efecto social de las decisiones individuales aparentemente más simples siempre es hecho a un lado y cuando se trata de comerse una golosina en vez de otra está bien, pero cuando hablamos de actos y actitudes que afectan a la sociedad completa, tendríamos que empezar a considerar cambios en nuestra conducta.


Y claro, durante décadas, nuestra enorme confianza en el desarrollo científico y tecnológico nos hacía pensar que eventualmente los científicos lo arreglarían todo. Hoy tendríamos que reconsiderar esa confianza, incluso a petición de muchos investigadores e inventores que empiezan a dudar de su capacidad para encontrar soluciones a las cosas que nuestro egocentrismo hedonista arruina con cada vez mayor velocidad.


Por cierto, otra forma de irresponsabilidad social es el voto de odio, de venganza, de víscera; el voto no razonado, pues. Una obligación individual de alto impacto social es informarse adecuadamente antes de votar sobre los candidatos, las plataformas, la factibilidad de las ofertas políticas, el proceso electoral, la forma de contar los votos y reportar los resultados. Luego se eligen cosas que ni los científicos pueden corregir con todo el talento que tienen.


El mundo actual no admite ya la irresponsabilidad, el comportamiento egoísta derivado del cortoplacismo, urge ver a futuro, mientras aún existe un futuro que podamos ver. La libertad ejercida sin ética, sin responsabilidad, sin solidaridad social, es una facultad lesiva para las comunidades que acaban en un lamento anhelante de autoritarismo aplastando esas libertades.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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