/ domingo 14 de junio de 2020

Resistencia ante la persistencia

La urgencia por recuperar nuestras actividades normales nos puede llevar a menospreciar el riesgo que corremos ante la persistencia del virus SARS-CoV-2. Por su naturaleza, los virus persisten por tanto tiempo cómo tan alta sea la probabilidad de transmisión entre individuos susceptibles. La persistencia del virus SARS-CoV-2 y su enfermedad producida COVID-19 es predecible entonces con base en información obtenida de eventos pandémicos anteriores.

Por un lado, la pandemia de la influenza española de 1918, similar a la de COVID-19 en la ausencia de cura o vacuna, nos indica que el virus podrá generar una fase aguda de contagios con una duración de 2 a 3 años hasta que se acumule un número suficiente de personas con inmunidad que desacelere su velocidad de transmisión. Este tiempo se podrá acortar dependiendo de la disponibilidad y eficacia de vacunas. Solo entonces podría desaparecer el virus de núcleos aislados y con pocos habitantes pero continuará todavía por un tiempo no determinado en las grandes ciudades.

Por otro lado, el brote de la influenza H1N1 de 2009 indica que aunque dispongamos en los próximos dos años de una cura y vacunas el virus podría circular entre nosotros hasta por 10 años. Con una diferencia importante, la influenza es estacional mientras que COVID-19 no lo es, lo que lo hace todavía más peligroso.

Otro aspecto similar entre la pandemia de COVID-19 y la influenza española ha sido el impacto de las decisiones políticas sobre la respuesta sanitaria. Aunque el primer brote de la influenza española se da en Estados Unidos es en la Europa de 1918, sumida en la primera guerra mundial, donde se toman las decisiones que marcaron el destino de millones de personas en todo el mundo.

Por razones militares se decidió suprimir prácticamente en su totalidad la emisión de información con respecto al brote en los países beligerantes. La falta de información impidió entonces a la ciudadanía protegerse a sí misma de manera oportuna. Por otro lado, la lógica de la economía de guerra se impuso al mantener abiertos los canales comerciales entre países, canales que aunque más lentos que ahora por la falta de medios aéreos, fueron suficientemente eficaces para que la enfermedad se dispersara por todo el mundo en cuestión de meses. La necesidad de mantener el ritmo de producción de armas y otros insumos de uso bélico impidió la implantación del aislamiento domiciliario.

Un dilema similar se presenta con COVID-19. Ante el desastroso impacto que tendrá la atención de la pandemia sobre la economía ha habido una amplia gama de respuestas entre países en cuanto a la intensidad de las medidas preventivas. Mientras que algunos países como Alemania o España implantaron el aislamiento total otros países como Suecia o Brasil le han apostado a reducir el costo económico a pesar de la cuota de muertes. México se encuentra entre estos dos extremos con la agravante del ínfimo número de pruebas diagnósticas realizadas lo que impide conocer con certeza la magnitud del contagio para la oportuna toma de decisiones. El riesgo evidente de una postura intermedia es que ni se sostenga la economía ni se proteja la vida de las personas.

Igualmente dispersa ha sido la decisión de levantar el aislamiento encontrando diferentes estrategias entre las que destaca el lugar que le otorgan a la reunión de grupos grandes de personas como por ejemplo la acelerada reactivación de cultos religiosos en países como Irán, Arabia Saudita o Jordania. Tampoco ha habido consenso en la secuencia de reapertura de actividades productivas y mientras algunos países lo han hecho de manera gradual como Alemania o Italia otros países como Estados Unidos se decantan por una apertura precipitada.

Estamos en tiempos inciertos y quizá la única pieza de información estable es la inminente persistencia del virus entre nosotros. Para evitar que las precipitadas acciones de los gobiernos nos afecten a nosotros y a nuestras familias no nos queda más que resistir adecuándonos a la nuevas circunstancias de manera voluntaria con medidas preventivas estrictas como el uso obligatorio de cubrebocas, la distancia social, no asistir a eventos que agrupen a más de 10 personas y extremar la higiene personal y de superficies, sobre todo el lavado regular de manos.


Información adicional de éste y otros temas de interés visiten http://reivindicandoapluton.blogspot.mx

La urgencia por recuperar nuestras actividades normales nos puede llevar a menospreciar el riesgo que corremos ante la persistencia del virus SARS-CoV-2. Por su naturaleza, los virus persisten por tanto tiempo cómo tan alta sea la probabilidad de transmisión entre individuos susceptibles. La persistencia del virus SARS-CoV-2 y su enfermedad producida COVID-19 es predecible entonces con base en información obtenida de eventos pandémicos anteriores.

Por un lado, la pandemia de la influenza española de 1918, similar a la de COVID-19 en la ausencia de cura o vacuna, nos indica que el virus podrá generar una fase aguda de contagios con una duración de 2 a 3 años hasta que se acumule un número suficiente de personas con inmunidad que desacelere su velocidad de transmisión. Este tiempo se podrá acortar dependiendo de la disponibilidad y eficacia de vacunas. Solo entonces podría desaparecer el virus de núcleos aislados y con pocos habitantes pero continuará todavía por un tiempo no determinado en las grandes ciudades.

Por otro lado, el brote de la influenza H1N1 de 2009 indica que aunque dispongamos en los próximos dos años de una cura y vacunas el virus podría circular entre nosotros hasta por 10 años. Con una diferencia importante, la influenza es estacional mientras que COVID-19 no lo es, lo que lo hace todavía más peligroso.

Otro aspecto similar entre la pandemia de COVID-19 y la influenza española ha sido el impacto de las decisiones políticas sobre la respuesta sanitaria. Aunque el primer brote de la influenza española se da en Estados Unidos es en la Europa de 1918, sumida en la primera guerra mundial, donde se toman las decisiones que marcaron el destino de millones de personas en todo el mundo.

Por razones militares se decidió suprimir prácticamente en su totalidad la emisión de información con respecto al brote en los países beligerantes. La falta de información impidió entonces a la ciudadanía protegerse a sí misma de manera oportuna. Por otro lado, la lógica de la economía de guerra se impuso al mantener abiertos los canales comerciales entre países, canales que aunque más lentos que ahora por la falta de medios aéreos, fueron suficientemente eficaces para que la enfermedad se dispersara por todo el mundo en cuestión de meses. La necesidad de mantener el ritmo de producción de armas y otros insumos de uso bélico impidió la implantación del aislamiento domiciliario.

Un dilema similar se presenta con COVID-19. Ante el desastroso impacto que tendrá la atención de la pandemia sobre la economía ha habido una amplia gama de respuestas entre países en cuanto a la intensidad de las medidas preventivas. Mientras que algunos países como Alemania o España implantaron el aislamiento total otros países como Suecia o Brasil le han apostado a reducir el costo económico a pesar de la cuota de muertes. México se encuentra entre estos dos extremos con la agravante del ínfimo número de pruebas diagnósticas realizadas lo que impide conocer con certeza la magnitud del contagio para la oportuna toma de decisiones. El riesgo evidente de una postura intermedia es que ni se sostenga la economía ni se proteja la vida de las personas.

Igualmente dispersa ha sido la decisión de levantar el aislamiento encontrando diferentes estrategias entre las que destaca el lugar que le otorgan a la reunión de grupos grandes de personas como por ejemplo la acelerada reactivación de cultos religiosos en países como Irán, Arabia Saudita o Jordania. Tampoco ha habido consenso en la secuencia de reapertura de actividades productivas y mientras algunos países lo han hecho de manera gradual como Alemania o Italia otros países como Estados Unidos se decantan por una apertura precipitada.

Estamos en tiempos inciertos y quizá la única pieza de información estable es la inminente persistencia del virus entre nosotros. Para evitar que las precipitadas acciones de los gobiernos nos afecten a nosotros y a nuestras familias no nos queda más que resistir adecuándonos a la nuevas circunstancias de manera voluntaria con medidas preventivas estrictas como el uso obligatorio de cubrebocas, la distancia social, no asistir a eventos que agrupen a más de 10 personas y extremar la higiene personal y de superficies, sobre todo el lavado regular de manos.


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