/ domingo 11 de octubre de 2020

Diplomacia científica

La crisis sanitaria por el COVID-19 ha distorsionado muchos de nuestros procesos productivos ocasionando una verdadera crisis industrial. La visión globalizadora de los últimos años donde muy pocos países se volvieron las fábricas de precursores de bienes de alta tecnología para todo el mundo se ha encontrado de repente vulnerada por las interrupciones en las cadenas de suministros. Una de las industras más sensibles a esta disrupción es la farmaceútica. Solamente en el pasado mes de agosto, México importó productos farmaceúticos por 468 millones de dólares, de estos, el 30% corresponde a antisueros y vacunas contra poliómielitis, triple, antihepatitis, antineumocócica, sarampión, paperas y rubeóla.

La capacidad mundial de producción de vacunas es de alrededor de 3 mil millones de dosis. Vacunar el mímino aceptable de 80% la población mundial contra COVID-19 requeríría del doble de esa producción. Esta situación es todavía más compleja si resulta que las vacunas actualmente en desarrollo no generan inmunidad a largo plazo y se requieren refuerzos.

El reto de la humanidad en estos momentos es entre tomar la decisión de redirigir la capacidad de producción de vacunas a solamente las de COVID-19 desprotegiendo otras enfermedades o retrasar por un tiempo indeterminado la cobertura total contra la pandemia.

Previendo un escenario catastrófico como el que estamos viviendo, la Organización Mundial de la Salud emitió desde 2009 lineamientos para que los gobierno priorizen el acceso a un número insuficiente de vacunas. En este sentido se recomienda que las autoridades nacionales apliquen las vacunas a grupos de alta vulnerabilidad como serían en este momento adultos mayores de 65 años, mujeres embarazadas, personas aquejadas por comorbilidades (hipertensión, obesidad, diabetes) y personas con problemas inmunes. También se consideran pioritarias las personas en la primera línea de atención de la pandemia: personal médico, de enfermería, de asistencia hospitalaria, polícias, bomberos, etc.

Ante la inminente escasez de vacunas contra COVID-19, los organismos multinacionales como la Organización de las Naciones Unidas ha procurado asegurar que la investigación, el desarrollo, la fabricación y distribución de las vacunas se realice conforme a criterios de equidad. Para ello activó una estrategia particular coordinando la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), la Alianza para la Vacunación (GAVI) y COVAX, el pilar de vacunas de la Aceleradora para el Acceso a las Herramientas contra COVID-19 (ACT).

Sin duda es fundamental que en esta emergencia las naciones busquen mecanismos diplomáticos para desarrollar, producir y distribuir las vacunas ya que solamente este tipo de acciones multilaterales podrá garantizar el acceso equitativo a la salud y a la reactivación económica. Sin embargo, los humanos somos capaces de generar las mayores paradojas. Mientras que en México las espectativas se encuentran en el desarrollo de las vacunas, en otros países desarrollados como Francia 3 de cada 4 personas declaran su rechazo a vacunarse.

Tan malo es minimizar el beneficio de las medidas preventivas como el uso de cubrebocas y el distanciamiento social como negar la utilidad de las vacunas para erradicar el virus causante de COVID-19. Evidentemente, para lograr este equilibrio no basta la ciencia sino que necesita aliados y en este momento uno de esos aliados clave es la diplomacia. Hagamos, entonces, diplomacia científica.


Información adicional de éste y otros temas de interés visiten:

http://reivindicandoapluton.blogspot.mx

https://www.facebook.com/BValderramaB/

La crisis sanitaria por el COVID-19 ha distorsionado muchos de nuestros procesos productivos ocasionando una verdadera crisis industrial. La visión globalizadora de los últimos años donde muy pocos países se volvieron las fábricas de precursores de bienes de alta tecnología para todo el mundo se ha encontrado de repente vulnerada por las interrupciones en las cadenas de suministros. Una de las industras más sensibles a esta disrupción es la farmaceútica. Solamente en el pasado mes de agosto, México importó productos farmaceúticos por 468 millones de dólares, de estos, el 30% corresponde a antisueros y vacunas contra poliómielitis, triple, antihepatitis, antineumocócica, sarampión, paperas y rubeóla.

La capacidad mundial de producción de vacunas es de alrededor de 3 mil millones de dosis. Vacunar el mímino aceptable de 80% la población mundial contra COVID-19 requeríría del doble de esa producción. Esta situación es todavía más compleja si resulta que las vacunas actualmente en desarrollo no generan inmunidad a largo plazo y se requieren refuerzos.

El reto de la humanidad en estos momentos es entre tomar la decisión de redirigir la capacidad de producción de vacunas a solamente las de COVID-19 desprotegiendo otras enfermedades o retrasar por un tiempo indeterminado la cobertura total contra la pandemia.

Previendo un escenario catastrófico como el que estamos viviendo, la Organización Mundial de la Salud emitió desde 2009 lineamientos para que los gobierno priorizen el acceso a un número insuficiente de vacunas. En este sentido se recomienda que las autoridades nacionales apliquen las vacunas a grupos de alta vulnerabilidad como serían en este momento adultos mayores de 65 años, mujeres embarazadas, personas aquejadas por comorbilidades (hipertensión, obesidad, diabetes) y personas con problemas inmunes. También se consideran pioritarias las personas en la primera línea de atención de la pandemia: personal médico, de enfermería, de asistencia hospitalaria, polícias, bomberos, etc.

Ante la inminente escasez de vacunas contra COVID-19, los organismos multinacionales como la Organización de las Naciones Unidas ha procurado asegurar que la investigación, el desarrollo, la fabricación y distribución de las vacunas se realice conforme a criterios de equidad. Para ello activó una estrategia particular coordinando la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), la Alianza para la Vacunación (GAVI) y COVAX, el pilar de vacunas de la Aceleradora para el Acceso a las Herramientas contra COVID-19 (ACT).

Sin duda es fundamental que en esta emergencia las naciones busquen mecanismos diplomáticos para desarrollar, producir y distribuir las vacunas ya que solamente este tipo de acciones multilaterales podrá garantizar el acceso equitativo a la salud y a la reactivación económica. Sin embargo, los humanos somos capaces de generar las mayores paradojas. Mientras que en México las espectativas se encuentran en el desarrollo de las vacunas, en otros países desarrollados como Francia 3 de cada 4 personas declaran su rechazo a vacunarse.

Tan malo es minimizar el beneficio de las medidas preventivas como el uso de cubrebocas y el distanciamiento social como negar la utilidad de las vacunas para erradicar el virus causante de COVID-19. Evidentemente, para lograr este equilibrio no basta la ciencia sino que necesita aliados y en este momento uno de esos aliados clave es la diplomacia. Hagamos, entonces, diplomacia científica.


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