[Especial] Los Maras: vuelve la pesadilla al sur de la frontera de México

  · martes 22 de agosto de 2017

Por Saúl Hernández, Omar Escamilla y Miguel Rojas

Clown empezó a matar cuando tenía 14 años. Hoy ya suma siete muertes en su historial como integrante de la temida pandilla Barrio 18. Con todo, él no se considera tan sanguinario comparado con otros de sus homies (compañeros pandilleros) que han llegado a asesinar hasta 20 hombres, casi todos miembros de sus enemigos acérrimos de la Mara Salvatrucha (MS-13).

Este jefe mara no se inmuta cuando habla de sus crímenes a Organización Editorial Mexicana (OEM) en la ciudad de Tapachula, considerada la capital económica del estado de Chiapas por ser la puerta de entrada al mercado centroamericano, a solo 15 kilómetros de la línea fronteriza con Guatemala.

Y es que en la frontera sur, la pesadilla volvió después de 13 años. Crímenes, asaltos y venta de droga al por mayor se han vuelto una constante tras el retorno de las pandillas centroamericanas a esa zona de México que no se limita a Tapachula, sino que abarca toda la región del Soconusco.

Según datos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del estado de Chiapas, el número de pandilleros detenidos se disparó de 13 en 2016 a 148 solo en el primer semestre de 2017, todos en los municipios de Tapachula, Frontera Hidalgo y Metapa. La Fiscalía estatal también ha logrado capturas de maras en Suchiate y Huixtla.

 

 

Con el regreso de estas bandas criminales, la violencia aumentó. De acuerdo con un conteo hecho por este medio, en lo que va del año se han registrado 28 homicidios cometidos por integrantes de la MS-13 o el Barrio 18 en Tapachula y su periferia, el doble los que perpetraron durante todo el 2016 (que fueron 14) y cuatro veces más de los que ejecutaron en 2015 (que apenas sumaron siete).

La cifra puede resultar ridícula comparada con la violencia que se vive en otras partes de México por la pugna sangrienta entre los cárteles de la droga, pero para los estándares de seguridad que existían en la zona, la situación es grave.

“Desgraciadamente se vive una situación difícil ante los pandilleros”, indica Alejandro Vila Chávez, titular de la Fiscalía Especializada en Delitos Cometidos en Contra de Migrantes del estado de Chiapas.

 

 

El fenómeno ya encendió las alarmas de las autoridades, que desde mediados de febrero han desplegado operativos antipandillas en toda la región, deteniendo incluso a asesinos sanguinarios que han sido repatriados a sus países de origen donde son reclamados por distintos delitos.

En estos operativos participan desde las policías municipales hasta las fuerzas armadas, pero de acuerdo con Clown, esto no impide que sus homies sigan llegando todos los días de Centroamérica e incluso desde Estados Unidos.

La entrevista a Clown –nombre ficticio que escogió para proteger su identidad– tiene lugar en una colonia del norte de la ciudad de Tapachula que meses atrás fue escenario de intensos operativos policiacos en los que se arrestó a 103 miembros del Barrio 18 y la MS-13, 80 de ellos mexicanos. Con todo, para él se trata de un lugar seguro ya que su clica, presume, es la que controla esa zona.

 

LA HISTORIA SE REPITE

Es 20 de noviembre de 2004. Los tapachultecos observan el final del desfile deportivo que se realiza con motivo de la celebración de la Revolución Mexicana cuando de pronto explota un zafarrancho entre la MS-13 y el Barrio 18.

Ambos bandos se enfrentan con palos y piedras frente a estudiantes de una secundaria y preparatoria. Lo que sigue es el caos. La población huye despavorida, los negocios cierran, una ola de terror se apodera de la ciudad entera.

“Se cayeron las redes de teléfono, tú veías a la gente espantada, había gritos, se hablaba de que había balazos, decían que había muertos. Recorrimos todo pero nunca hallamos ninguno”, recuerda Moisés Arriola, periodista local que cubrió los hechos.

Lo que Arriola sí tiene presente es la imagen de cientos de jóvenes en pánico. En los días que siguieron, los padres retiraron a sus hijos de las escuelas por miedo a un ataque de las maras.

La psicosis no fue fortuita. En fechas previas se habían dado a conocer casos de feminicidios de adolescentes por pandilleros centroamericanos y constantes agresiones a inmigrantes indocumentados –sus víctimas favoritas– a quienes extorsionaban, asaltaban y asesinaban.

Los inmigrantes indocumentados eran las víctimas favoritas de las maras, a quienes asaltaban, extorsionaban e incluso asesinaban / Moisés Arriola

 

Habían comenzado a circular en los medios de comunicación las imágenes de hombres, en su mayoría jóvenes, tatuados en cara, torso, brazos y espalda con las siglas de la MS-13 o la MS-18, además de otros grabados que eran una especie de currícula de su vida personal: sus asesinatos, sus pérdidas y sus hazañas delictivas dentro de la pandilla.

Su lenguaje corporal peculiar, sus armas de fuego de fabricación casera conocidas como chimbas y la violencia con la que actuaban llamaron la atención de algunos jóvenes mexicanos que comenzaron a imitarlos o unirse a ellos.

En 2003 se incrementó el flujo de maras al sur de México que huían de los operativos en sus países de origen. / Moisés Arriola

 

Las maras centroamericanas fueron detectadas por primera vez en Chiapas en 1996. Se establecieron principalmente a un costado de las vías del ferrocarril, donde cometían delitos en contra de los indocumentados que intentaban llegar a Estados Unidos en busca de una mejor vida.

Fue hasta el 2003 cuando el flujo de pandilleros a territorio mexicano creció considerablemente a raíz de los operativos antimaras implementados en El Salvador, Honduras y Guatemala; con el efecto cucaracha, el crimen en Tapachula escaló.

La gota que derramó el vaso fue la pelea durante el desfile del 2004. Tras los hechos, cientos de policías federales fueron desplegados en la zona deteniendo a todo joven que se veía sospechoso por el simple hecho de estar tatuado. El gobierno mexicano comenzó a tratar el problema de las maras centroamericanas como un asunto de seguridad nacional.

El huracán “Stan” de 2005 les dio el golpe de gracia al arrasar con las vías férreas por las que llegaban a Tapachula y las colonias aledañas, donde vivía la mayoría. Las maras quedaron desarticuladas y casi erradicadas de la región… hasta hace poco.

Tras el zafarrancho entre la MS-13 y el Barrio 18 en noviembre de 2004, el gobierno federal desplegó un fuerte operativo policiaco para erradicarlos / Moisés Arriola

 

Desde finales de 2016, diversos hechos pusieron en evidencia que habían regresado. El 28 de octubre apareció el cuerpo sin vida de una joven salvadoreña en el afluente del río  Texcuyuapan; dos semanas después las autoridades estatales dieron con cuatro responsables, todos miembros de la Mara Salvatrucha.

El 5 de enero de este año, los municipios de Tapachula, Huehuetán y Huixtla sufrieron una ola de actos vandálicos y saqueos en los que la policía local quedó completamente rebasada. Con todo, 300 personas fueron detenidas entre las que había miembros de la MS-13 y el Barrio 18.

Las maras volvieron a las portadas de la prensa local y las alertas se encendieron en los tres niveles de gobierno que a partir de febrero implementaron operativos conjuntos para hacerles frente.

Integrantes de la MS-13 y Barrio 18 fueron detenidos tras los saqueos y disturbios del 6 de enero de este año en Tapachula, Huixtla y Huhuetán. / Diario del Sur

 

La razón por la que las pandillas volvieron a México no es muy diferente a lo que los trajo la primera vez.

En agosto de 2016, los presidentes de los tres países del Triángulo Norte de Centroamérica crearon un frente común para frenar la escalada de criminalidad que azota a la región con especial énfasis en las pandillas y el narcotráfico. Y en el mismo mes, la Corte Suprema de El Salvador declaró a las maras como grupos terroristas.

“Eso generó que los pandilleros emigraran buscando lugares donde no tuvieran este tipo de controles”, señala el fiscal Vila.

Tras los saqueos de enero, el gobierno mexicano desplegó un operativo Antipandillas en toda la región fronteriza con Guatemala / Diario del Sur

 

 

REGRESARON

El río Suchiate marca la frontera occidental entre México y Guatemala, por su afluente cientos de balseros transportan todo tipo de mercancías legales e ilegales, todos los días y a todas horas.

Por supuesto, también cruzan personas. Basta con que alguien pague 25 pesos para que pueda llegar a México sin papeles viajando en una de las balsas improvisadas con llantas y tablas de madera en un trayecto que no dura más de cinco minutos.

El municipio de Suchiate es uno delos puntos de entrada de los migrantes que vienen en busca de una mejor vida, pero últimamente también de los que llegan a delinquir.

“Han matado a muchos maras acá”, relata Matilde Espinoza, alcaldesa del municipio. Y prosigue: “Hace como tres semanas mataron a un mara, luego llegaron al velorio a agredir a balazos a los que estaban allí, gracias a Dios no hubo muertos”.

En los municipios vecinos de Frontera Hidalgo y Metapa de Domínguez las autoridades han aprehendido a varios miembros de la MS-13 y Barrio18, según comunicados de prensa de la Fiscalía estatal.

Tras los saqueos de enero, el gobierno mexicano desplegó un operativo Antipandillas en toda la región fronteriza con Guatemala. / Diario del Sur

 

La ola mara corre hasta Tapachula. Su alcalde, Neftali del Toro, reconoce la presencia de estas pandillas en la ciudad, aunque señala que “los datos estadísticos no han llegado a un tema de alarma”. Los empresarios del lugar, sin embargo, no piensan igual.

“Tiene aproximadamente año y medio que se han incrementado los hechos delictivos… Ha habido asesinatos en el centro de Tapachula y la saña con la que se han llevado a cabo no denota otra cosa más que el modus operandi de ese tipo de gente”, denuncia Fidel Gómez López, presidente de la Cámara Nacional de la Industria y la Transformación (Canacintra) en la región.

De acuerdo con Gómez, el gremio que representa es víctima de asaltos constantes a sus negocios y propiedades por parte de las pandillas.

Hasta ahora, las maras no han establecido el cobro de piso como lo hacen en los países del Triángulo Norte. Clown nos confirma que no hay condiciones para hacerlo aún, por lo que se dedica a asaltar y vender droga.

NUEVA GENERACIÓN

Desde su primera aparición en territorio mexicano, la MS-13 y el Barrio 18 ya eran más que simples pandillas callejeras. Se habían convertido en una red trasnacional de células conocidas como clicas, dispersas en distintos países pero unidas bajo un mismo nombre e identidad social.

La nueva oleada mara presenta algunas peculiaridades que no se veían en la que aterrorizó el sur de Chiapas en 2004. Los más jóvenes, por ejemplo, ya no se tatúan para pasar desapercibidos a la policía o lo hacen en zonas ocultas como el interior del labio, nos cuenta Clown.

Él sí pertenece a la vieja escuela: de la cabeza a los pies está cubierto de tatuajes que lo identifican como un miembro de la 18. No podemos tomarle fotos a su cuerpo porque al haber estado en prisión las autoridades tienen manera de identificarlo.

Otra diferencia es el rito de iniciación. Hasta donde se ha documentado, si un joven quiere ingresar o brincar a la clica debe mostrar su valor recibiendo una lluvia de golpes y patadas por 13 o 18 segundos, dependiendo de la banda.

Pero de acuerdo con Clown, las cosas al menos en su clica ya son algo diferentes. Para demostrar su valor, el aspirante “tiene que matar, así de fácil”. También están mejor armados: en lugar de chimbas ahora tienen armas de fuego genuinas. Pero hay algo que preocupa más a los que conocen del fenómeno: la presencia cada vez mayor de mexicanos en estos grupos.

 

La nueva generación mara se caracteriza por usar menos tatuajes, portar armar de fuego genuinas y sumar más mexicanos en sus filas. / Diario del Sur

 

No es algo nuevo. Desde el 2004 la policía local había bautizado como “maramaniáticos” a los jóvenes que veían en las pandillas centroamericanas un modelo a imitar, aunque su participación en éstas era limitada. Hoy no es así.

A principios de mayo, Alfredo Lugardo, subsecretario de gobierno y presidente de la Mesa de Seguridad en el Soconusco, declaró que el 40% de los detenidos en los operativos antipandillas eran mexicanos.

Clown también lo es y aunque señala que la mayoría de sus compañeros viene de Centroamérica, dice con orgullo que “el mexicano casi siempre es de la 18”.

De acuerdo con el estudio “Las pandillas trasnacionales o ‘maras’: violencia urbana en Centroamérica”, todos los países en donde éstas se han arraigado se distinguen por tener una juventud excluida, marginada y sin un futuro promisorio. Con 45% de los jóvenes mexicanos viviendo en pobreza, no es difícil entender por qué las maras se han vuelto tan atractivas para ellos.

El padre Flor María Rigoni, director del albergue Belén para migrantes, tiene otra hipótesis de por qué las pandillas centroamericanas reclutan cada vez a más mexicanos. Según sus fuentes, estos grupos “quieren abrir un corredor de la droga” en la región aprovechando la debilidad actual de los cárteles de Sinaloa y del Golfo.

“Es gente muy preparada, con una estructura jerárquica muy estricta que necesita mexicanos porque ellos no conocen la logística, el territorio, la cultura ni el operar de la policía”, señala el sacerdote scalabriniano.

La presencia de estos grupos no se limita a la región fronteriza con Guatemala. Desde 2005, el gobierno mexicano tiene detectadas células en por lo menos 24 estados del país, aunque el 90% se concentra en Chiapas.

SIGUE LA VIOLENCIA

El último crimen cometido por estas pandillas que trascendió a la prensa local sucedió el pasado 23 de junio, cuando Miguel Iván Morales, un jefe del Barrio 18 y su pareja fueron ejecutados a tiros por integrantes de la MS-13 a unas cuadras del Parque Bicentenario, el segundo más importante de Tapachula.

Miguel Iván Morales, jefe del Barrio 18, fue ejecutado junto con su pareja en junio por integrantes de la Mara Salvatrucha. / Diario del Sur

 

Tenía tres meses que los occisos, de origen salvadoreño, habían llegado a la ciudad. Días después, la Fiscalía estatal capturó a dos integrantes de la Mara Salvatrucha, también oriundos de El Salvador, como probables responsables del doble homicidio.

 

Tenía tres meses que los occisos, de origen salvadoreño, habían llegado a la ciudad. Días después, la Fiscalía estatal capturó a dos integrantes de la Mara Salvatrucha, también oriundos de El Salvador, como probables responsables del doble homicidio.