/ martes 5 de mayo de 2020

Partidos y elecciones

En la primera parte, se muestra la transformación de la forma en que los seres humanos concebíamos el orden social y político, hasta llegar a la sociedad moderna y al gobierno representativo. Ahora cabe preguntarse cuáles fueron los instrumentos efectivos de la representación en la era moderna.

La sociedad moderna se caracterizó por la fragmentación pero no por la desarticulación; la disolución de la unidad pre-moderna decantó en un conjunto de partes o sectores ordenados y articulados políticamente. En este sentido, la pérdida del “interés de todos” no resultó en un millar de intereses antagónicos en guerra de todos contra todos. Estas ideas de la modernidad nos hablan de una característica de las sociedades históricas: su división en sectores o partes claramente diferenciadas, no sólo para los observadores sino principalmente para los sujetos reales. Cuando se habla de sociedad industrial o moderna se hace referencia a la existencia de diversos agentes sociales, que la naciente sociología llamó clases y que se definen y articulan en relación a los intereses propios que se visualizan como centrales frente a una determinada coyuntura.

Ahora bien, para que la idea de representación funcione, deben darse dos condiciones: gobiernos representativos y sociedades representables. En este punto, se puede coincidir en que las sociedades históricas posteriores a la revolución industrial se articulaban en grupos más o menos difusos en función a determinados intereses. La representación fue posible entonces en la sociedad en tanto los individuos podían reconocerse como pertenecientes a una parte de ésta, y, por consiguiente, verse o sentirse representados por un partido. Así, la idea de representación se materializó en el mundo moderno a través de la existencia de partidos que representaban a los diferentes sectores constitutivos de la sociedad.

Los partidos políticos hubieran sido considerados una aberración para el pensamiento clásico en tanto facción que opone un interés particular al interés general. En sus inicios, los partidos políticos fueron unánimemente rechazados por los pensadores y los teóricos de la política. Hasta el siglo XVIII, el término utilizado con preponderancia para referirse a ellos era el de facción, claramente peyorativo y que aludía a grupos sediciosos, perturbadores del orden público, nocivos. Incluso cuando comenzó a distinguirse entre partido y facción, ambos eran percibidos en términos negativos.

Los distintos grupos dirigentes de la Revolución Francesa, enfrentados en numerosas cuestiones, compartían sin embargo el rechazo hacia los partidos políticos. Se entendía que el “interés nacional” se contradecía con la existencia de múltiples partidos. Lo propio ocurría con los pensadores de la Revolución Americana, lo cual es aun más curioso dado que muchos de ellos fundaron los primeros partidos políticos modernos del mundo.

Sólo cuando la lógica del pluralismo comenzó a imponerse pudo apreciarse que los partidos representaban partes del todo y no necesariamente partes contra el todo, dirá el politólogo, Giovanni Sartori. Pero esto desafiaba una viejísima idea: la de que el bien común de las sociedades era uno y sólo uno, y que todo interés divergente a su interior era sedicioso, desestabilizador, mezquino. A finales del siglo XIX, la propia práctica política había convertido a los partidos en parte inherente a las democracias y otros regímenes que aceptaban cierta competencia en su interior. Dentro de los parlamentos se desarrollaron los primeros partidos, al comienzo como coaliciones intraparlamentarias que surgían en torno a temáticas puntuales. De esta manera, el surgimiento de los partidos estuvo íntimamente relacionado con la aparición de gobiernos representativo-electorales.

Como señalamos antes, la idea de la elección era una herramienta característica de la aristocracia. En teoría, cuando uno elige no vota al más parecido (principio democrático) sino al que cree mejor (principio aristocrático). Por eso las elecciones ocuparon un lugar marginal en las instituciones políticas de la democracia griega y sólo se generalizaron cuando se buscó seleccionar a algunos para que gobernaran en nombre de todos. Actualmente, existe la tendencia a identificar como democracias los países que, tras garantizar una serie de derechos a sus ciudadanos, seleccionan a sus gobernantes mediante la elección libre entre partidos. Así, gobierno representativo y mecanismos de elección se volvieron una pareja simbiótica en la enorme mayoría de los diseños institucionales modernos.

Es por ello que los modelos de política o de representación que construimos alrededor del mundo se basan en la forma en que se conjugaron estos dos elementos centrales (los partidos políticos y las elecciones) en el funcionamiento de la política moderna en occidente y en su relación con un tipo estatal y con una forma social determinada.

En México, el procedimiento electoral es uno de varios canales que pueden encauzar el conflicto en torno al desempeño de la administración AMLO por los factores de la recesión (o depresión) de la economía, sociedad y política a que ha conducido su errático manejo al frente de la administración pública federal y los factores globales de la coyuntura crítica sanitaria. Las elecciones libres deben ser el instrumento que resuelva parte de ese conflicto y la oposición debe asumir su rol fundamental para construir una opción competitiva, dado que la calidad de la democracia depende de la calidad de la oposición.


FB: Daniel Adame Osorio

Instagram: @danieladameosorio

Twitter: @Danieldao1

En la primera parte, se muestra la transformación de la forma en que los seres humanos concebíamos el orden social y político, hasta llegar a la sociedad moderna y al gobierno representativo. Ahora cabe preguntarse cuáles fueron los instrumentos efectivos de la representación en la era moderna.

La sociedad moderna se caracterizó por la fragmentación pero no por la desarticulación; la disolución de la unidad pre-moderna decantó en un conjunto de partes o sectores ordenados y articulados políticamente. En este sentido, la pérdida del “interés de todos” no resultó en un millar de intereses antagónicos en guerra de todos contra todos. Estas ideas de la modernidad nos hablan de una característica de las sociedades históricas: su división en sectores o partes claramente diferenciadas, no sólo para los observadores sino principalmente para los sujetos reales. Cuando se habla de sociedad industrial o moderna se hace referencia a la existencia de diversos agentes sociales, que la naciente sociología llamó clases y que se definen y articulan en relación a los intereses propios que se visualizan como centrales frente a una determinada coyuntura.

Ahora bien, para que la idea de representación funcione, deben darse dos condiciones: gobiernos representativos y sociedades representables. En este punto, se puede coincidir en que las sociedades históricas posteriores a la revolución industrial se articulaban en grupos más o menos difusos en función a determinados intereses. La representación fue posible entonces en la sociedad en tanto los individuos podían reconocerse como pertenecientes a una parte de ésta, y, por consiguiente, verse o sentirse representados por un partido. Así, la idea de representación se materializó en el mundo moderno a través de la existencia de partidos que representaban a los diferentes sectores constitutivos de la sociedad.

Los partidos políticos hubieran sido considerados una aberración para el pensamiento clásico en tanto facción que opone un interés particular al interés general. En sus inicios, los partidos políticos fueron unánimemente rechazados por los pensadores y los teóricos de la política. Hasta el siglo XVIII, el término utilizado con preponderancia para referirse a ellos era el de facción, claramente peyorativo y que aludía a grupos sediciosos, perturbadores del orden público, nocivos. Incluso cuando comenzó a distinguirse entre partido y facción, ambos eran percibidos en términos negativos.

Los distintos grupos dirigentes de la Revolución Francesa, enfrentados en numerosas cuestiones, compartían sin embargo el rechazo hacia los partidos políticos. Se entendía que el “interés nacional” se contradecía con la existencia de múltiples partidos. Lo propio ocurría con los pensadores de la Revolución Americana, lo cual es aun más curioso dado que muchos de ellos fundaron los primeros partidos políticos modernos del mundo.

Sólo cuando la lógica del pluralismo comenzó a imponerse pudo apreciarse que los partidos representaban partes del todo y no necesariamente partes contra el todo, dirá el politólogo, Giovanni Sartori. Pero esto desafiaba una viejísima idea: la de que el bien común de las sociedades era uno y sólo uno, y que todo interés divergente a su interior era sedicioso, desestabilizador, mezquino. A finales del siglo XIX, la propia práctica política había convertido a los partidos en parte inherente a las democracias y otros regímenes que aceptaban cierta competencia en su interior. Dentro de los parlamentos se desarrollaron los primeros partidos, al comienzo como coaliciones intraparlamentarias que surgían en torno a temáticas puntuales. De esta manera, el surgimiento de los partidos estuvo íntimamente relacionado con la aparición de gobiernos representativo-electorales.

Como señalamos antes, la idea de la elección era una herramienta característica de la aristocracia. En teoría, cuando uno elige no vota al más parecido (principio democrático) sino al que cree mejor (principio aristocrático). Por eso las elecciones ocuparon un lugar marginal en las instituciones políticas de la democracia griega y sólo se generalizaron cuando se buscó seleccionar a algunos para que gobernaran en nombre de todos. Actualmente, existe la tendencia a identificar como democracias los países que, tras garantizar una serie de derechos a sus ciudadanos, seleccionan a sus gobernantes mediante la elección libre entre partidos. Así, gobierno representativo y mecanismos de elección se volvieron una pareja simbiótica en la enorme mayoría de los diseños institucionales modernos.

Es por ello que los modelos de política o de representación que construimos alrededor del mundo se basan en la forma en que se conjugaron estos dos elementos centrales (los partidos políticos y las elecciones) en el funcionamiento de la política moderna en occidente y en su relación con un tipo estatal y con una forma social determinada.

En México, el procedimiento electoral es uno de varios canales que pueden encauzar el conflicto en torno al desempeño de la administración AMLO por los factores de la recesión (o depresión) de la economía, sociedad y política a que ha conducido su errático manejo al frente de la administración pública federal y los factores globales de la coyuntura crítica sanitaria. Las elecciones libres deben ser el instrumento que resuelva parte de ese conflicto y la oposición debe asumir su rol fundamental para construir una opción competitiva, dado que la calidad de la democracia depende de la calidad de la oposición.


FB: Daniel Adame Osorio

Instagram: @danieladameosorio

Twitter: @Danieldao1