[Extranjeros en Morelos] Cuernavaca, ciudad irresistible; Tepoztlán, un lugar pintoresco

En "México. Pueblo y costumbres", la escritora estadunidense Elsa Larralde describe sus impresiones sobre la ciudad de Cuernavaca y el pueblo de Tepoztlán

José N. Iturriaga | Historiador

  · viernes 19 de enero de 2024

Paisaje de Cuernavaca durante un amanecer. /Cortesía | Margarito Pérez Retana | Cuartoscuro

La estadunidense Elsa Larralde (¿1901-1994?) escribió este libro en inglés, The land and people of Mexico, publicado hacia 1952. Una década después se editaría en castellano como México. Pueblo y costumbres. Autora de otros títulos, como Malinche, de seguro que Larralde tenía orígenes hispanoamericanos. Leamos estas referencias suyas a nuestro tema:

“No muy lejos de México se encuentran las irre­sistibles poblaciones de Cuernavaca y Taxco, llenas de tiendas de curiosidades, en las que se exhiben exquisitos ornamentos de plata. Las dos están lle­nas de buganvilias. Cuernavaca y Taxco acaso sean los principales centros turísticos del país. Tienen la ventaja de encontrarse cerca de la ciudad de Mé­xico, y algunos residentes en la capital poseen allí hermosas casas de campo. Dado su clima, los que viven en Cuernavaca pueden pasarse la vida en hamacas y en torno a las piscinas durante todo el año".

"Cuernavaca es el centro de esa planta —la poinsettia [nochebuena]— tan popular en Estados Unidos cuando llega la Navidad. Esta dádiva de México a Esta­dos Unidos se remonta a cuando Joel Robert Poinsett (que murió en 1851) era embajador norteame­ricano en México. Le encantaban las brillantes y curiosas hojas que rodean las diminutas flores de aquella planta y que crecían en una abun­dancia grande en su casa de campo de Cuernava­ca. Observó que los naturales del país colocaban las flores en los altares durante la Navidad. Cuando volvió a su casa de Carolina del Sur, introdujo la planta para la horticultura de los Estados Unidos y pocos años después, en 1836, los botánicos la llamaron, en su honor, poinsettia, pero los mexi­canos la llaman Flor de Nochebuena”.


Chinelos tradicionales en Tepoztlán. /Cortesía | Gobierno de México


La Fiesta del Brinco en Tepoztlán

“Tepoztlán, cerca de Cuernavaca, ejecuta otra pintoresca diversión durante la Semana Santa y la lla­ma ‘La Fiesta del Brinco’. Entusiastas bailarines masculinos de las poblaciones próximas se unen en Semana Santa a los de Tepoztlán. Las muchedum­bres se congregan en la plaza para ver efectuar a los ejecutantes una danza de tres días sin interrup­ción. Hay relevos de bailarines y así el ejercicio nunca se suspende. En las calles se venden comida, juguetes, helados, tacos y todas las cosas que ima­ginablemente pueden venderse para que las gentes no se vayan a sus casas o de la población. Los dan­zarines del brinco llevan largas ropas de seda de varios colores y se adornan la cabeza con imponen­tes penachos de plumas. Brillantes banderas ondean al sol. Los hombres se cubren con máscaras de bar­ba rubia o rojiza, con las que pretenden representar a los conquistadores, y las ropas adicionales de to­dos colores indican su confección indígena de lo que los soldados españoles llevaban".

“Acaso la más prominente y colorida atracción de esas fiestas de aldea sean los matachines, grupo de bailarines primitivos que tienen la licencia del Gobierno y a quienes se alquila para animar las di­versiones”.

“El clero acepta estas prácticas y nunca se opone a su celebración si coincide con las fiestas de la Igle­sia. Esta comprensión por parte de los sacerdotes tiene su origen en el sistema que los frailes espa­ñoles siguieron para evangelizar: aprovechar lo que de las prácticas idolátricas no afectara a la doctrina, para facilitar la conversión de los paganos. No era poca tarea la de los primeros misioneros que tenían que inculcar la religión en las mentes de perso­nas que durante siglos antes de la conquista habían sido ardientes adoradores del sol y tenían ídolos venerados, ante los que habían de danzar”.