/ miércoles 26 de junio de 2019

Valeria, una historia estrujante de la migración

La fotografía de la niña al lado de su padre, ambos boca abajo, es una metáfora de cómo se aborda este problema en el mundo

México.- Sus cuerpos inertes yacen boca abajo sobre el agua. Ellos no tendrían que estar ahí. Nadie debería partir así. Son Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija, Valeria, de un año y 11 meses de edad.

La imagen de los dos cuerpos causó un pesar similar al que conmocionó al mundo en 2015, cuando Aylan Kurdi, migrante sirio de dos años de edad, falleció ahogado al naufragar el barco en el que viajaba por el mar Mediterráneo, luego de escapar junto a su padre de la guerra en Siria.

La muerte de niños y niñas migrantes que siguen un sueño que no les pertenece es una tragedia que aún no conoce las palabras precisas.

El agua, el recurso natural que preserva la vida, cobró sus últimos suspiros. En 2015 el de Aylan y ayer los de Valeria y a su padre, Óscar. La migración de adultos y menores es una historia sin fin.

La imagen del pequeño sirio Aylan es estrujante. Arrastrado por las olas del mar, el cuerpo del bebé con su inolvidable camiseta roja yace boca abajo en la orilla de la playa de Bodrum. En Turquía. El sueño de paz de su familia se esfumó. La guerra terminó con la naciente vida.

El domingo por la noche, de este lado del mundo, la historia se repitió. La salvadoreña Valeria, murió ahogada en el cauce del río Bravo, en la frontera de México con Estados Unidos.

La fotografía de la niña al lado de su padre, ambos boca abajo, es una metáfora de cómo se aborda este problema en el mundo.

A escasos kilómetros de donde las víctimas intentaron cruzar a pie el río Bravo por Matamoros, Tamaulipas, abunda la vegetación y las latas vacías de cerveza.

Ahí, el terreno acabó con los anhelos de un padre y la sonrisa de una hija. El sueño americano se disolvió y acabó con la incipiente vida de Valeria.

El color rojo de la camisa de Aylan y el pantaloncito de Valeria son una fatal casualidad.

La fotografía de Aylan ahora tendrá una desgarradora comparación: la imagen de Valeria y su padre.

Aylan, Valeria y miles de menores más deberían reír, disfrutar, aprender en lugar de dejar su último aliento sobre el vital líquido que debería dar vida, no arrebatarla.

México.- Sus cuerpos inertes yacen boca abajo sobre el agua. Ellos no tendrían que estar ahí. Nadie debería partir así. Son Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija, Valeria, de un año y 11 meses de edad.

La imagen de los dos cuerpos causó un pesar similar al que conmocionó al mundo en 2015, cuando Aylan Kurdi, migrante sirio de dos años de edad, falleció ahogado al naufragar el barco en el que viajaba por el mar Mediterráneo, luego de escapar junto a su padre de la guerra en Siria.

La muerte de niños y niñas migrantes que siguen un sueño que no les pertenece es una tragedia que aún no conoce las palabras precisas.

El agua, el recurso natural que preserva la vida, cobró sus últimos suspiros. En 2015 el de Aylan y ayer los de Valeria y a su padre, Óscar. La migración de adultos y menores es una historia sin fin.

La imagen del pequeño sirio Aylan es estrujante. Arrastrado por las olas del mar, el cuerpo del bebé con su inolvidable camiseta roja yace boca abajo en la orilla de la playa de Bodrum. En Turquía. El sueño de paz de su familia se esfumó. La guerra terminó con la naciente vida.

El domingo por la noche, de este lado del mundo, la historia se repitió. La salvadoreña Valeria, murió ahogada en el cauce del río Bravo, en la frontera de México con Estados Unidos.

La fotografía de la niña al lado de su padre, ambos boca abajo, es una metáfora de cómo se aborda este problema en el mundo.

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Ahí, el terreno acabó con los anhelos de un padre y la sonrisa de una hija. El sueño americano se disolvió y acabó con la incipiente vida de Valeria.

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