/ domingo 12 de septiembre de 2021

El secuestro del menor Bam Bam, nueve años después

Ha pasado casi una década de que Yahir fue arrebatado de sus padres, que piden la pena máxima para los culpables

La voz de aquel hombre era fuerte y norteña, así la recuerda Ana Laura. El día que escuchó aquella voz, su vida cambió para siempre.

—Pásame a tu papá y dile que tenemos secuestrado a Yahir —dijo la voz.

El hombre al otro lado de la línea buscaba a América, la hermana del niño, pero ese día el teléfono estaba en sus manos. Ana tuvo que hacerse pasar por su hija para que el hombre le fuera soltando las palabras. Con cada una, su cuerpo se desvanecía un poco más. De nada sirvió intentar creer que podía haberse tratado de una llamada de extorsión, como ya había ocurrido en la familia: minutos después, su esposo confirmó lo que el hombre había dicho.

—Ana Laura, no encontramos al niño —le dijo.

Yahir fue secuestrado el 29 de febrero de 2012 en el centro de Cuautla, después de pasar el día con su hermana y su papá. Se había divertido con América, le había dado un abrazo y dicho que la quería; no había querido bañarse porque, según él, se sentía mal. Había jugado mucho y se había comido una gelatina. Hacia la tarde, salió del negocio para seguir jugando en la calle. Ya no volvieron a verlo. Tenía siete años y el sueño de conducir un Camaro amarillo.

Ana Laura, entonces, dejó de ser ella misma. Partió de la Ciudad de México convertida en un fantasma y lo primero que hizo al llegar fue ir a denunciar. Al otro lado del teléfono, la voz había dado tres días para cubrir un rescate de tres millones de pesos. Imposible reunirlos.

—Fueron fuertes las cantidades que dimos. Vendimos todo. Él nos decía, porque estaba muy bien informado, que vendiéramos tal casa, tal carro, pero él exigía a toda la familia para que se vendiera esto, esto otro. Lo que él quería era dinero, que sacáramos préstamos. Nos quedamos sin nada —recuerda Laura, sentada a la sombra de un árbol en uno de los jardines de la antigua estación del ferrocarril interoceánico. Hace rato, un colibrí revoloteó cerca.


El momento más difícil

Han pasado nueve años y es difícil recordar. A veces, el recuerdo es una ola de rencor que se estrella contra el mundo. A veces, una tristeza insondable que no desaparece en largo tiempo, que petrifica el alma y les quita el sabor y el color a las cosas.

“Tengo a mis sobrinos, más o menos en la edad de Yahir, y ahí lo veo a mi hijo, en mis sobrinos. Ha sido muy difícil. A raíz de que ya no está Yahir, todo cambió. Jamás hemos hecho una Navidad. Cuando yo tenía una familia completa, con él, llegaba Navidad y adornábamos la casa, el árbol, todo… Desde que se fue no hay un árbol en la casa”.

La familia pagó el rescate dos veces. En ambas, la voz les decía adónde tenían que ir para encontrar al niño.

“Dejamos el dinero donde nos dijo y a los quince minutos nos marca y me dice váyase a tal lugar y ahí van a encontrar al chamaco, porque siempre se expresaba muy feo. Nos fuimos adonde nos mandó, estuvimos ahí esperando a Bam Bam. Nos bajamos del carro, estaban arreglando la carretera, y buscamos a mi hijo, le gritamos, nos metimos a las calles… Ahí nos amanecimos”, recuerda Ana Laura.

El cuerpo del niño fue encontrado días más tarde, pero no por su familia, sino por un grupo de campesinos del pueblo de Tepalcingo.

—Mi hijo estaba… —dice Laura y las lágrimas la frenan un rato— Cuando yo lo vi… A él lo torturaron. Ya estaba… Ya tenía aproximadamente dos días que lo habían dejado. Su cuerpecito ya no aguantaba mucho. Ya estaba muy… Estaba golpeado. Su carita ya se le estaba haciendo muy fea, ya no aguantaba su cuerpecito mucho tiempo —dice y todo vuelve a estar presente, con la misma fuerza y claridad que le hicieron prometer buscar justicia al morir su hijo.


Nueve años después

Lo que hace nueve años fue una voz fuerte y norteña hoy es también un cuerpo. Ana Laura lo ha visto en persona. Tras la muerte de Yahir, las autoridades lograron la captura de nueve individuos, señalados como responsables de los delitos cometidos contra el niño gracias a las investigaciones realizadas por peritos federales en colaboración con instancias locales.

“Ahora que lo veo me pregunto cómo es posible. Nos amenazaba por teléfono, con todo lo que le iba a hacer a mi hijo. Todo el daño que le hizo. Verlo sentado, verlos a todos, pero en especial a él, que le hizo tanto daño a mi hijo, y que está ahí, sentado, como si nada”.

¿Hasta dónde puede llevarte el dolor? A Ana y América estuvo a punto de llevarlas al suicidio. Durante años, madre e hija tuvieron que lidiar no sólo con la muerte de Yahir, sino también con la del padre, quien, enfermo de diabetes, no volvió a ser el mismo y murió a causa de un paro cardiaco. ¿Y qué te rescata cuando te sientes perdida? A ellas las han salvado dos niñas.

“Mi vida cambia cuando llega mi nieta, que ahorita tiene cinco años. Ella me da las fuerzas para seguir adelante, ver que tengo a su mamá, a mi hija, y que también tengo a mi otro hijo”.

El juicio contra los detenidos por la muerte de Yahir se encuentra hoy en su etapa final y ambas esperan que reciban la pena máxima. Ana espera seguir reconstruyendo su vida al lado de sus hijos y sus nietas, y América quiere esforzarse por lograr que su hermano y su padre se sientan orgullosos de ella cuando vuelva a verlos.

—Voy a hacer lo que me gusta y voy a terminar mis cosas. Quiero que se sientan orgullos de mí—, dice América.

Una leyenda guaraní cuenta que, al morir, el hombre abandona su cuerpo en la tierra, pero su alma sigue existiendo en forma de picaflor o colibrí. Hace rato, un colibrí revoloteó entre los árboles. América detuvo la plática y le pidió a su madre mirar el ave. Seguro conoce la leyenda: al terminar, me dirá que está convencida de que su hermano llegó a la estación para hacerles compañía.

La voz de aquel hombre era fuerte y norteña, así la recuerda Ana Laura. El día que escuchó aquella voz, su vida cambió para siempre.

—Pásame a tu papá y dile que tenemos secuestrado a Yahir —dijo la voz.

El hombre al otro lado de la línea buscaba a América, la hermana del niño, pero ese día el teléfono estaba en sus manos. Ana tuvo que hacerse pasar por su hija para que el hombre le fuera soltando las palabras. Con cada una, su cuerpo se desvanecía un poco más. De nada sirvió intentar creer que podía haberse tratado de una llamada de extorsión, como ya había ocurrido en la familia: minutos después, su esposo confirmó lo que el hombre había dicho.

—Ana Laura, no encontramos al niño —le dijo.

Yahir fue secuestrado el 29 de febrero de 2012 en el centro de Cuautla, después de pasar el día con su hermana y su papá. Se había divertido con América, le había dado un abrazo y dicho que la quería; no había querido bañarse porque, según él, se sentía mal. Había jugado mucho y se había comido una gelatina. Hacia la tarde, salió del negocio para seguir jugando en la calle. Ya no volvieron a verlo. Tenía siete años y el sueño de conducir un Camaro amarillo.

Ana Laura, entonces, dejó de ser ella misma. Partió de la Ciudad de México convertida en un fantasma y lo primero que hizo al llegar fue ir a denunciar. Al otro lado del teléfono, la voz había dado tres días para cubrir un rescate de tres millones de pesos. Imposible reunirlos.

—Fueron fuertes las cantidades que dimos. Vendimos todo. Él nos decía, porque estaba muy bien informado, que vendiéramos tal casa, tal carro, pero él exigía a toda la familia para que se vendiera esto, esto otro. Lo que él quería era dinero, que sacáramos préstamos. Nos quedamos sin nada —recuerda Laura, sentada a la sombra de un árbol en uno de los jardines de la antigua estación del ferrocarril interoceánico. Hace rato, un colibrí revoloteó cerca.


El momento más difícil

Han pasado nueve años y es difícil recordar. A veces, el recuerdo es una ola de rencor que se estrella contra el mundo. A veces, una tristeza insondable que no desaparece en largo tiempo, que petrifica el alma y les quita el sabor y el color a las cosas.

“Tengo a mis sobrinos, más o menos en la edad de Yahir, y ahí lo veo a mi hijo, en mis sobrinos. Ha sido muy difícil. A raíz de que ya no está Yahir, todo cambió. Jamás hemos hecho una Navidad. Cuando yo tenía una familia completa, con él, llegaba Navidad y adornábamos la casa, el árbol, todo… Desde que se fue no hay un árbol en la casa”.

La familia pagó el rescate dos veces. En ambas, la voz les decía adónde tenían que ir para encontrar al niño.

“Dejamos el dinero donde nos dijo y a los quince minutos nos marca y me dice váyase a tal lugar y ahí van a encontrar al chamaco, porque siempre se expresaba muy feo. Nos fuimos adonde nos mandó, estuvimos ahí esperando a Bam Bam. Nos bajamos del carro, estaban arreglando la carretera, y buscamos a mi hijo, le gritamos, nos metimos a las calles… Ahí nos amanecimos”, recuerda Ana Laura.

El cuerpo del niño fue encontrado días más tarde, pero no por su familia, sino por un grupo de campesinos del pueblo de Tepalcingo.

—Mi hijo estaba… —dice Laura y las lágrimas la frenan un rato— Cuando yo lo vi… A él lo torturaron. Ya estaba… Ya tenía aproximadamente dos días que lo habían dejado. Su cuerpecito ya no aguantaba mucho. Ya estaba muy… Estaba golpeado. Su carita ya se le estaba haciendo muy fea, ya no aguantaba su cuerpecito mucho tiempo —dice y todo vuelve a estar presente, con la misma fuerza y claridad que le hicieron prometer buscar justicia al morir su hijo.


Nueve años después

Lo que hace nueve años fue una voz fuerte y norteña hoy es también un cuerpo. Ana Laura lo ha visto en persona. Tras la muerte de Yahir, las autoridades lograron la captura de nueve individuos, señalados como responsables de los delitos cometidos contra el niño gracias a las investigaciones realizadas por peritos federales en colaboración con instancias locales.

“Ahora que lo veo me pregunto cómo es posible. Nos amenazaba por teléfono, con todo lo que le iba a hacer a mi hijo. Todo el daño que le hizo. Verlo sentado, verlos a todos, pero en especial a él, que le hizo tanto daño a mi hijo, y que está ahí, sentado, como si nada”.

¿Hasta dónde puede llevarte el dolor? A Ana y América estuvo a punto de llevarlas al suicidio. Durante años, madre e hija tuvieron que lidiar no sólo con la muerte de Yahir, sino también con la del padre, quien, enfermo de diabetes, no volvió a ser el mismo y murió a causa de un paro cardiaco. ¿Y qué te rescata cuando te sientes perdida? A ellas las han salvado dos niñas.

“Mi vida cambia cuando llega mi nieta, que ahorita tiene cinco años. Ella me da las fuerzas para seguir adelante, ver que tengo a su mamá, a mi hija, y que también tengo a mi otro hijo”.

El juicio contra los detenidos por la muerte de Yahir se encuentra hoy en su etapa final y ambas esperan que reciban la pena máxima. Ana espera seguir reconstruyendo su vida al lado de sus hijos y sus nietas, y América quiere esforzarse por lograr que su hermano y su padre se sientan orgullosos de ella cuando vuelva a verlos.

—Voy a hacer lo que me gusta y voy a terminar mis cosas. Quiero que se sientan orgullos de mí—, dice América.

Una leyenda guaraní cuenta que, al morir, el hombre abandona su cuerpo en la tierra, pero su alma sigue existiendo en forma de picaflor o colibrí. Hace rato, un colibrí revoloteó entre los árboles. América detuvo la plática y le pidió a su madre mirar el ave. Seguro conoce la leyenda: al terminar, me dirá que está convencida de que su hermano llegó a la estación para hacerles compañía.

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