/ domingo 18 de octubre de 2020

Han de creer que nos la vivimos durmiendo: María, okupa de la CNDH

Las oficinas se convirtieron en habitaciones, en el sitio para guardar la despensa de los grupos feministas

El número 60 de la calle República de Cuba motiva comentarios y atrae las miradas de quienes por ahí pasan. La fachada de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos luce teñida de colores, fotografías de desaparecidas y frases que exigen justicia.

Atravesar el portón significa entrar a un espacio inimaginable. En el recibidor sobresalen bolsas negras, algunas mantas y una sala de espera; en el suelo, un tapete sanitizante, a la derecha, gel antibacterial y de frente, la mirada y la sonrisa de Laura quien te apunta con un atomizador lleno de alcohol que rocía por todo el cuerpo del visitante para preservar las medidas sanitarias y evitar un posible contagio por el nuevo virus.

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Sin pasamontañas, sin máscara y con el rostro descubierto, Laura, integrante del Bloque Negro, camina por uno de los dos patios centrales del que era el recinto administrativo de la CNDH, a cargo de Rosario Piedra Ibarra.

En las orillas se observan bultos de ropa, zapatos y cobijas. Son donaciones de organizaciones y colectivos de la sociedad civil para dar soporte a las okupas.

El inmueble ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México pasó de ser la sede del organismo defensor de los derechos humanos a refugio para mujeres que enfrentan algún tipo de violencia de género. En la planta baja del recinto, las oficinas se convirtieron en habitaciones y almacén para guardar la despensa en la que, cuentan, hace falta suero, formula infantil, desodorantes, jabón de trastes, atún, aceite y papillas.

El segundo patio, en el que se solían colocar las sillas para los periodistas que asistían a las conferencias de prensa, aparecen ahora los cuadros de Benito Juárez y José María Morelos, con las ya icónicas intervenciones que tanto critica el Ejecutivo federal.

Este lugar de la CNDH es el más creativo, hay cartulinas, pinturas, pinceles y otros artículos de papelería. Es un espacio donde ahora ofrecen talleres que van desde lectura de tarot, danza aérea, hasta corte de cabello.

Dentro del refugio, las feministas dejan de lado sus capuchas, se ríen, se dan los buenos días y realizan actividades que usualmente se llevan a cabo en una casa: limpian, cocinan, duermen, conviven. Incluso, hay mujeres que salen a trabajar y regresan por la noche.

Quienes ahí habitan adecuaron las instalaciones para hacer su estadía más agradable. El baño de hombres en la planta baja se rediseñó y ahora son regaderas.

El horario para utilizarlas es de 12 de la noche a 11 de la mañana.

Durante el recorrido realizado por El Sol de México, se observa cada pared blanca que fue teñida con gritos de justicia, aerosoles de color verde, morado, rojo, rosa y negro. Tapizaron la Comisión de pintas de reclamo contra lo que llaman un

“Estado Feminicida”. La palabra “Justicia” en un contexto en donde las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública exponen que durante los primeros ocho meses de 2020 hubo 626 feminicidios en el país, que comparados con el mismo periodo del año pasado se registra un aumento de 14 víctimas.

En la segunda planta se encuentra la que solía ser la sala de juntas de la CNDH, salón que albergaba los cuadros pintados. Ahora lo usan para dar talleres de pintura a los niños que ahí viven, la mesa está coloreada de huellas pequeñas y pincelazos.

En un salón contiguo está la que era la oficina de la ombudsperson. “No perdonamos ni olvidamos” se lee en la pared detrás del que era su escritorio.

En la cocina están los niños. Ahí son cuatro, el más pequeño de 10 meses que pasea en una andadera, dos niñas más desayunan cereal, mientras que a través de un teléfono celular toman clases en línea y escuchan el programa “Aprende en Casa”. En total, hay 10 niños en el lugar.

El recorrido casi termina. Huele a limpio, a Fabuloso morado. En un sillón Laura y María dicen que la Okupa es el lugar ideal.

“De todos los lugares en los que he estado en mi vida, este es en el que más me siento querida y segura, me siento en mi casa”, dice María.

Con convicción, la mujer vestida de negro y cabello corto explica que quieren que este lugar “sea un espacio abierto y libre para todas. Que todas las mujeres que crean que tienen que estar en este lugar se acerquen y podamos juntas hacer un ambiente seguro”. Añade que no dejarán la Comisión y que no están conformes con el protocolo de las instituciones, que tiene rabia, “porque si matan a una, nos levantamos todas”.

Modificar las leyes que estén a favor de las mujeres, es uno de los objetivos en la Okupa, dice, pues el “sistema al que estamos sometidos no toma en cuenta a las mujeres y sus derechos humanos”.

Expone que fuera de la Okupa se les ha etiquetado como agresivas, violentas y demás adjetivos que ni siquiera es acertado mencionar.

“Quizá las personas que están allá afuera han de creer que nos la vivimos durmiendo, comiendo, bebiendo, drogándonos, pero no, la verdad es que estamos aquí armando los pliegos, los pronunciamientos, revisando los casos”.

El diálogo llega a su fin, los niños que corren por el pasillo se acercan porque la despedida ha llegado, pero el edificio de la CNDH seguirá con las consignas hasta que sean escuchadas.

El número 60 de la calle República de Cuba motiva comentarios y atrae las miradas de quienes por ahí pasan. La fachada de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos luce teñida de colores, fotografías de desaparecidas y frases que exigen justicia.

Atravesar el portón significa entrar a un espacio inimaginable. En el recibidor sobresalen bolsas negras, algunas mantas y una sala de espera; en el suelo, un tapete sanitizante, a la derecha, gel antibacterial y de frente, la mirada y la sonrisa de Laura quien te apunta con un atomizador lleno de alcohol que rocía por todo el cuerpo del visitante para preservar las medidas sanitarias y evitar un posible contagio por el nuevo virus.

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Sin pasamontañas, sin máscara y con el rostro descubierto, Laura, integrante del Bloque Negro, camina por uno de los dos patios centrales del que era el recinto administrativo de la CNDH, a cargo de Rosario Piedra Ibarra.

En las orillas se observan bultos de ropa, zapatos y cobijas. Son donaciones de organizaciones y colectivos de la sociedad civil para dar soporte a las okupas.

El inmueble ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México pasó de ser la sede del organismo defensor de los derechos humanos a refugio para mujeres que enfrentan algún tipo de violencia de género. En la planta baja del recinto, las oficinas se convirtieron en habitaciones y almacén para guardar la despensa en la que, cuentan, hace falta suero, formula infantil, desodorantes, jabón de trastes, atún, aceite y papillas.

El segundo patio, en el que se solían colocar las sillas para los periodistas que asistían a las conferencias de prensa, aparecen ahora los cuadros de Benito Juárez y José María Morelos, con las ya icónicas intervenciones que tanto critica el Ejecutivo federal.

Este lugar de la CNDH es el más creativo, hay cartulinas, pinturas, pinceles y otros artículos de papelería. Es un espacio donde ahora ofrecen talleres que van desde lectura de tarot, danza aérea, hasta corte de cabello.

Dentro del refugio, las feministas dejan de lado sus capuchas, se ríen, se dan los buenos días y realizan actividades que usualmente se llevan a cabo en una casa: limpian, cocinan, duermen, conviven. Incluso, hay mujeres que salen a trabajar y regresan por la noche.

Quienes ahí habitan adecuaron las instalaciones para hacer su estadía más agradable. El baño de hombres en la planta baja se rediseñó y ahora son regaderas.

El horario para utilizarlas es de 12 de la noche a 11 de la mañana.

Durante el recorrido realizado por El Sol de México, se observa cada pared blanca que fue teñida con gritos de justicia, aerosoles de color verde, morado, rojo, rosa y negro. Tapizaron la Comisión de pintas de reclamo contra lo que llaman un

“Estado Feminicida”. La palabra “Justicia” en un contexto en donde las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública exponen que durante los primeros ocho meses de 2020 hubo 626 feminicidios en el país, que comparados con el mismo periodo del año pasado se registra un aumento de 14 víctimas.

En la segunda planta se encuentra la que solía ser la sala de juntas de la CNDH, salón que albergaba los cuadros pintados. Ahora lo usan para dar talleres de pintura a los niños que ahí viven, la mesa está coloreada de huellas pequeñas y pincelazos.

En un salón contiguo está la que era la oficina de la ombudsperson. “No perdonamos ni olvidamos” se lee en la pared detrás del que era su escritorio.

En la cocina están los niños. Ahí son cuatro, el más pequeño de 10 meses que pasea en una andadera, dos niñas más desayunan cereal, mientras que a través de un teléfono celular toman clases en línea y escuchan el programa “Aprende en Casa”. En total, hay 10 niños en el lugar.

El recorrido casi termina. Huele a limpio, a Fabuloso morado. En un sillón Laura y María dicen que la Okupa es el lugar ideal.

“De todos los lugares en los que he estado en mi vida, este es en el que más me siento querida y segura, me siento en mi casa”, dice María.

Con convicción, la mujer vestida de negro y cabello corto explica que quieren que este lugar “sea un espacio abierto y libre para todas. Que todas las mujeres que crean que tienen que estar en este lugar se acerquen y podamos juntas hacer un ambiente seguro”. Añade que no dejarán la Comisión y que no están conformes con el protocolo de las instituciones, que tiene rabia, “porque si matan a una, nos levantamos todas”.

Modificar las leyes que estén a favor de las mujeres, es uno de los objetivos en la Okupa, dice, pues el “sistema al que estamos sometidos no toma en cuenta a las mujeres y sus derechos humanos”.

Expone que fuera de la Okupa se les ha etiquetado como agresivas, violentas y demás adjetivos que ni siquiera es acertado mencionar.

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