/ martes 25 de mayo de 2021

La esquina de los que buscan trabajo

Pintores, albañiles y jornaleros se congregan en este particular lugar de Cuautla para ofrecer sus servicios a quien pase por la allí

Sus nombres y apellidos son un misterio, pero dicen ser hombres de bien. Cada madrugada, decenas de ellos llegan a este cruce, acomodan la mochila entre sus pies y se sientan a esperar. Los carros pasan a unos cuantos metros y, al designio de un semáforo, un par parabrisas con las ropas algo rotas completan una escena que se repite todos los días.

“No sé si ustedes han visto en la Ciudad de México que en el zócalo hay muchos que se ponen con sus plaquitas. Unos dicen ser albañiles, otros herreros o colocadores. Aquí viene siendo lo mismo: hay albañiles, ayudantes, colocadores, todo tipo de trabajadores”, relata Samuel, de 59 años de edad, quien desde hace 25 tiene la costumbre de venir aquí a buscar trabajo.

Samuel es albañil y nació en Chalco, en el Estado de México. Para que nadie lo dude, abre su mochila y exhibe la cuchara con la que trabaja. Hoy reside en Cuautla, pero tampoco está aquí todo el tiempo. Eventualmente, Samuel, su mochila y su cuchara viajan a la Ciudad de México. Y ya sea que encuentre un espacio en San Lázaro o en la Central de Autobuses del Norte, también allá suele empezar los días siendo un albañil desempleado.

“Nosotros vamos a buscar trabajo a todos esos lugares, no nos dedicamos a un solo lugar. De hecho, en la Ciudad de México hay compañías que lo contratan a uno, y uno se va para otros lugares, a cualquier lugar se lo llevan, no sólo es estar aquí, sino irse a otros lados”, relata.

Aquí, en el cruce de la avenida Reforma con la calle No Reelección, a dos cuadras del mercado Hermenegildo Galeana, los hombres empiezan a llegar desde las cuatro de la mañana. Las cosas son así desde hace décadas: los hombres llegan, se acomodan en algún sitio y confían en la buena suerte. A veces, los patrones vienen del campo en busca de jornaleros. Los hombres se van, entonces, al corte de tomate, pepino, camote o calabaza. En el transcurso de la mañana, la multitud se va desvaneciendo hasta que sólo quedan unos pocos. Hacia el mediodía serán apenas diez.

“Hay señoras que vienen, traen sus camionetas y van a cortar camote, por decir, o calabaza. Entonces ya son conocidos, no son gente desconocida”, dice Samuel.

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Sus nombres y apellidos son un misterio, pero dicen ser hombres de bien. Cada madrugada, decenas de ellos llegan a este cruce, acomodan la mochila entre sus pies y se sientan a esperar. Los carros pasan a unos cuantos metros y, al designio de un semáforo, un par parabrisas con las ropas algo rotas completan una escena que se repite todos los días.

“No sé si ustedes han visto en la Ciudad de México que en el zócalo hay muchos que se ponen con sus plaquitas. Unos dicen ser albañiles, otros herreros o colocadores. Aquí viene siendo lo mismo: hay albañiles, ayudantes, colocadores, todo tipo de trabajadores”, relata Samuel, de 59 años de edad, quien desde hace 25 tiene la costumbre de venir aquí a buscar trabajo.

Samuel es albañil y nació en Chalco, en el Estado de México. Para que nadie lo dude, abre su mochila y exhibe la cuchara con la que trabaja. Hoy reside en Cuautla, pero tampoco está aquí todo el tiempo. Eventualmente, Samuel, su mochila y su cuchara viajan a la Ciudad de México. Y ya sea que encuentre un espacio en San Lázaro o en la Central de Autobuses del Norte, también allá suele empezar los días siendo un albañil desempleado.

“Nosotros vamos a buscar trabajo a todos esos lugares, no nos dedicamos a un solo lugar. De hecho, en la Ciudad de México hay compañías que lo contratan a uno, y uno se va para otros lugares, a cualquier lugar se lo llevan, no sólo es estar aquí, sino irse a otros lados”, relata.

Aquí, en el cruce de la avenida Reforma con la calle No Reelección, a dos cuadras del mercado Hermenegildo Galeana, los hombres empiezan a llegar desde las cuatro de la mañana. Las cosas son así desde hace décadas: los hombres llegan, se acomodan en algún sitio y confían en la buena suerte. A veces, los patrones vienen del campo en busca de jornaleros. Los hombres se van, entonces, al corte de tomate, pepino, camote o calabaza. En el transcurso de la mañana, la multitud se va desvaneciendo hasta que sólo quedan unos pocos. Hacia el mediodía serán apenas diez.

“Hay señoras que vienen, traen sus camionetas y van a cortar camote, por decir, o calabaza. Entonces ya son conocidos, no son gente desconocida”, dice Samuel.

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