/ domingo 19 de septiembre de 2021

El miedo a perder todo persiste en la Torre Latino

A cuatro años del sismo, vecinos de la emblemática torre recuerdan el suceso que cambió sus vidas entre los escombros

Aquel martes las manecillas del reloj marcaban las 13:14 horas cuando las paredes de todos los edificios comenzaron a vibrar, las personas salían hacia las calles del centro de la capital morelense; mientras algunos tomaban las cosas con calma, otros más corrían por Guerrero, Gutemberg, Morelos y Matamoros, en un abrir y cerrar de ojos los caminos parecían estacionamientos de autos que en cuyo caso el conductor incrédulo dudo en parar.

Así fue el 19 de septiembre de 2017 cuando Morelos vivió uno de los peores sismos nunca antes visto por sus habitantes, pronto las noticias corrieron sobre un edificio derrumbado en la Torre Latinoamericana, un joven corría buscando ayuda para su novia, que había resultado herida en un ojo, madres despavoridas cruzaban calle Degollado para recoger a sus hijos en la escuela y las primeras sirenas de ambulancias comenzaron a escucharse.

Torre Latino

En la calle Degollado, marcado con el número 29 del Centro Histórico de Cuernavaca, se encuentra el Condominio Casa Latinoamericana, ahí el techo de una de las torres cayó justo sobre una ruta en la que varios pasajeros perdieron la vida, incluido un menor de edad, y a 4 años de la tragedia sus habitantes siguen esperando la ayuda prometida, y entre la incertidumbre y el miedo que dejó ese episodio tratan de dejar el pasado atrás.

“Han sido cuatro años muy muy largos, difíciles porque no tenemos los recursos, no alcanzan los recursos para recuperar el edificio a condiciones similares siquiera de como estaba antes del temblor, porque las cuotas del mantenimiento no alcanzan; lo más lamentable es que a cuatro años no hemos recibido ningún tipo de apoyo del gobierno estatal, el municipio en su momento nos ayudó pero después de eso no volvimos a saber más de alguien que quisiera ayudarnos”, reprueba el administrador legal del edificio, José Antonio Gumler Vieyra

Con sus propios recursos han invertido cerca de dos millones de pesos en tratar de reparar el lobby que prácticamente se derrumbó, pero poco ha funcionado pues actualmente son un poco más de 30 departamentos habitados y el resto siguen vacíos debido a que el propietario decidió venderlo o ya no volver más.

“Desafortunadamente se rentan y se venden en un 70 por ciento del precio menor al que costaban o se rentaban hace 4 años. Arriba del Lobby, porque se destruyó completamente, reconstruimos lo que el dinero nos permitió y dejamos una terraza que ahora conocemos con la terraza del Lobby porque quedó como un espacio abierto, arriba de esa área había dos departamentos que fueron cortados de tajo, de un departamento quedó un 25 por ciento de la construcción y del otro un 40 por ciento, pero las personas no tienen los medios para reconstruirlos”.

Gumler recuerda que el día del sismo se estaba bañando, “es algo que jamás había experimentado”, como pudo salió del baño y se percató que su personal de limpieza estaba en “schok”,

“No podíamos movernos porque todo se movían de un lado a otro, no podíamos ni caminar porque todo se caía, comenzamos a escuchar como los pisos se derrumbaron, fueron cinco pisos los que se derrumbaron, eso fue al lado de mi departamento, escuchábamos los vidrios explotar, de la cisterna derramarse 45 mil litros de agua y escuchar las piedras caer; lo terrible fue escuchar todo eso, verdaderamente pensábamos que el edificio se iba a caer, fue todo muy dramático”.

El administrador recordó lo que vivió recientemente con el sismo del 7 de septiembre de este año, la única diferencia fue no escuchar los edificios derrumbarse, “esta vez subí a la terraza” para ponerse a salvo.

“Para nosotros no ha habido descanso, la pandemia ha sido una continuación de todo el estrés, de los eventos dramáticos que se han sucedido en estos cuatro años”.

Marco recuerda que perdió todo

Para Marco Flores el martes 19 de septiembre era un día ordinario, salió de su departamento para acudir a su trabajo que estaba justo en el edificio contiguo a la Casa Latinoamericana, y cuando comenzó a temblar en lo primero que pensó era en sus vecinos, que gran parte de ellos eran adultos mayores.

“Pensé que estaba mareado hasta que comenzó a caer polvo del techo. Los compañeros y compañeras salieron corriendo, había una que estaba embarazada y eso hizo que me pusiera de pie; todo se fue poniendo peor, la fachada del edificio con el número 29, el cual me vio crecer desde el año 84, se había caído, parte de ella estaba sobre una ruta, pero en un minuto se juntaron cientos de personas ayudando a mover los escombros, ponían polines, llegó una excavadora, fue todo un caos ese día”.

En el Torreón, como se llamaba su edificio, podía ver desde los escombros el techo de su departamento en dónde estaban todas sus pertenencias, para ese entonces no había considerado el impacto real.

“Me costó mucho trabajo tiempo después entender que no tenía ni calzones, no tenía absolutamente nada, el tema era la supervivencia de mis vecinos y es algo que pueda olvidar o que no me pueda mover, cada año viene todo a la memoria. Nunca he sido una persona que acumulé, fue una gran tristeza ver mis pertenencias entre escombros, entre fierros retorcidos, nunca fui a recuperarlos porque entendí que eso era un antes y un después; permanecer en ese lugar o llevar algo de ahí, incluso un par de zapatos, dolía. Hoy en día no tengo una licuadora, no tengo una plancha decente como la que tenía, muchas cosas me regalaron para irla pasando”.




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Aquel martes las manecillas del reloj marcaban las 13:14 horas cuando las paredes de todos los edificios comenzaron a vibrar, las personas salían hacia las calles del centro de la capital morelense; mientras algunos tomaban las cosas con calma, otros más corrían por Guerrero, Gutemberg, Morelos y Matamoros, en un abrir y cerrar de ojos los caminos parecían estacionamientos de autos que en cuyo caso el conductor incrédulo dudo en parar.

Así fue el 19 de septiembre de 2017 cuando Morelos vivió uno de los peores sismos nunca antes visto por sus habitantes, pronto las noticias corrieron sobre un edificio derrumbado en la Torre Latinoamericana, un joven corría buscando ayuda para su novia, que había resultado herida en un ojo, madres despavoridas cruzaban calle Degollado para recoger a sus hijos en la escuela y las primeras sirenas de ambulancias comenzaron a escucharse.

Torre Latino

En la calle Degollado, marcado con el número 29 del Centro Histórico de Cuernavaca, se encuentra el Condominio Casa Latinoamericana, ahí el techo de una de las torres cayó justo sobre una ruta en la que varios pasajeros perdieron la vida, incluido un menor de edad, y a 4 años de la tragedia sus habitantes siguen esperando la ayuda prometida, y entre la incertidumbre y el miedo que dejó ese episodio tratan de dejar el pasado atrás.

“Han sido cuatro años muy muy largos, difíciles porque no tenemos los recursos, no alcanzan los recursos para recuperar el edificio a condiciones similares siquiera de como estaba antes del temblor, porque las cuotas del mantenimiento no alcanzan; lo más lamentable es que a cuatro años no hemos recibido ningún tipo de apoyo del gobierno estatal, el municipio en su momento nos ayudó pero después de eso no volvimos a saber más de alguien que quisiera ayudarnos”, reprueba el administrador legal del edificio, José Antonio Gumler Vieyra

Con sus propios recursos han invertido cerca de dos millones de pesos en tratar de reparar el lobby que prácticamente se derrumbó, pero poco ha funcionado pues actualmente son un poco más de 30 departamentos habitados y el resto siguen vacíos debido a que el propietario decidió venderlo o ya no volver más.

“Desafortunadamente se rentan y se venden en un 70 por ciento del precio menor al que costaban o se rentaban hace 4 años. Arriba del Lobby, porque se destruyó completamente, reconstruimos lo que el dinero nos permitió y dejamos una terraza que ahora conocemos con la terraza del Lobby porque quedó como un espacio abierto, arriba de esa área había dos departamentos que fueron cortados de tajo, de un departamento quedó un 25 por ciento de la construcción y del otro un 40 por ciento, pero las personas no tienen los medios para reconstruirlos”.

Gumler recuerda que el día del sismo se estaba bañando, “es algo que jamás había experimentado”, como pudo salió del baño y se percató que su personal de limpieza estaba en “schok”,

“No podíamos movernos porque todo se movían de un lado a otro, no podíamos ni caminar porque todo se caía, comenzamos a escuchar como los pisos se derrumbaron, fueron cinco pisos los que se derrumbaron, eso fue al lado de mi departamento, escuchábamos los vidrios explotar, de la cisterna derramarse 45 mil litros de agua y escuchar las piedras caer; lo terrible fue escuchar todo eso, verdaderamente pensábamos que el edificio se iba a caer, fue todo muy dramático”.

El administrador recordó lo que vivió recientemente con el sismo del 7 de septiembre de este año, la única diferencia fue no escuchar los edificios derrumbarse, “esta vez subí a la terraza” para ponerse a salvo.

“Para nosotros no ha habido descanso, la pandemia ha sido una continuación de todo el estrés, de los eventos dramáticos que se han sucedido en estos cuatro años”.

Marco recuerda que perdió todo

Para Marco Flores el martes 19 de septiembre era un día ordinario, salió de su departamento para acudir a su trabajo que estaba justo en el edificio contiguo a la Casa Latinoamericana, y cuando comenzó a temblar en lo primero que pensó era en sus vecinos, que gran parte de ellos eran adultos mayores.

“Pensé que estaba mareado hasta que comenzó a caer polvo del techo. Los compañeros y compañeras salieron corriendo, había una que estaba embarazada y eso hizo que me pusiera de pie; todo se fue poniendo peor, la fachada del edificio con el número 29, el cual me vio crecer desde el año 84, se había caído, parte de ella estaba sobre una ruta, pero en un minuto se juntaron cientos de personas ayudando a mover los escombros, ponían polines, llegó una excavadora, fue todo un caos ese día”.

En el Torreón, como se llamaba su edificio, podía ver desde los escombros el techo de su departamento en dónde estaban todas sus pertenencias, para ese entonces no había considerado el impacto real.

“Me costó mucho trabajo tiempo después entender que no tenía ni calzones, no tenía absolutamente nada, el tema era la supervivencia de mis vecinos y es algo que pueda olvidar o que no me pueda mover, cada año viene todo a la memoria. Nunca he sido una persona que acumulé, fue una gran tristeza ver mis pertenencias entre escombros, entre fierros retorcidos, nunca fui a recuperarlos porque entendí que eso era un antes y un después; permanecer en ese lugar o llevar algo de ahí, incluso un par de zapatos, dolía. Hoy en día no tengo una licuadora, no tengo una plancha decente como la que tenía, muchas cosas me regalaron para irla pasando”.




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