/ jueves 17 de septiembre de 2020

¿¡Viva México!?

Sororidad

¡Viva! se deriva del verbo vivir. Una exclamación de gozo y alegría que se pronuncia cuando se está bien, contenta y relajada en su país, pero solo basta con leer cualquier el periódico o escuchar los noticieros para conocer el creciente cementerio en el que se está convirtiendo este necrótico país en donde siguen desapareciendo principalmente niños y mujeres, pero que ya no causan la misma indignación durante la pandemia del COVID 19 que está arrojando unas cifras todavía más dolientes y se vuelven solamente meras estadísticas reservadas para recordar en el mes de noviembre entre flores de cempasuchil y alegóricos desfiles de Catrinas.

El Sistema Nacional de Seguridad Pública señala que solo entre los meses de enero a abril han habido ya casi mil femenicidios, sin contar los más de quince mil desde el 2015.

Desde antes de la pandemia, la violencia doméstica ya era, exactamente, una de las violaciones de derechos humanos más evidentes y ahora las mujeres buscan esa ayuda desde su encierro, todavía más desesperadas, y por respuesta el gobierno les pide que respiren y cuenten con toda calma hasta 10 cuando es un escándalo, además de los femenicidios, el número de niñas entre 10 y 12 años pariendo por violaciones aunque algunas se atrevan a pensar que el nacimiento de estos niños sea el producto de un milagro. Me doy cuenta, perfectamente, que en todo este párrafo no hice sino repetir las palabras violencia y violación, pero son las que acompañan todo el tiempo a las mujeres, de una u otra manera.

Las feministas, desde el principio de los tiempos, hemos solicitado amablemente y por escrito, hemos querido dialogar, hemos gritado, hemos arrojado diamantina, hemos formado ríos de pañoletas verdes y ropaje color de jacarandas, nos hemos arrodillado suplicantes ante nuestros gobernantes, hemos pintarrajeado edificios, hemos roto furiosas algunos vidrios y hemos tomado edificios para ser escuchadas porque en este país están matando a las mujeres y lo único que hemos recibido es la arrogante y espeluznante indiferencia desde la silla presidencial, además de una indolente reducción del presupuesto para llevar a cabo las políticas públicas necesarias que se detengan estas atrocidades.

Tengo que recordar que cualquier mujer que haya estudiado, heredado bienes, votado o trabajado, entre otras cosas, se lo debe a las feministas. A nadie más. Que no se olvide. Nunca ha habido un gobierno que abogue por nuestros derechos. Eso está claro.

Si bien es cierto que desde el 2018 estamos presenciando la mayor repre-sentación en materia de paridad política, tanto en la Cámara de Diputados como en la Cámara de Senadores, no se podrá hablar de paz e igualdad de derechos si no existe la participación política y social de mujeres y hom-bres con perspectiva de género, en todos los ámbitos de nuestra Nación, haciendo a un lado ese conservadurismo metafísico y recalcitrante que no permite el avance empático, natural y biológico de los seres que habitan este País, esta Tierra, además de haber truncado cualquier diálogo posible a través de los siglos.

Por lo pronto, ese grito de alegría que recuerdo haber lanzado desde niña no procede en estos tiempos.

¿Viva México?

¡Viva! se deriva del verbo vivir. Una exclamación de gozo y alegría que se pronuncia cuando se está bien, contenta y relajada en su país, pero solo basta con leer cualquier el periódico o escuchar los noticieros para conocer el creciente cementerio en el que se está convirtiendo este necrótico país en donde siguen desapareciendo principalmente niños y mujeres, pero que ya no causan la misma indignación durante la pandemia del COVID 19 que está arrojando unas cifras todavía más dolientes y se vuelven solamente meras estadísticas reservadas para recordar en el mes de noviembre entre flores de cempasuchil y alegóricos desfiles de Catrinas.

El Sistema Nacional de Seguridad Pública señala que solo entre los meses de enero a abril han habido ya casi mil femenicidios, sin contar los más de quince mil desde el 2015.

Desde antes de la pandemia, la violencia doméstica ya era, exactamente, una de las violaciones de derechos humanos más evidentes y ahora las mujeres buscan esa ayuda desde su encierro, todavía más desesperadas, y por respuesta el gobierno les pide que respiren y cuenten con toda calma hasta 10 cuando es un escándalo, además de los femenicidios, el número de niñas entre 10 y 12 años pariendo por violaciones aunque algunas se atrevan a pensar que el nacimiento de estos niños sea el producto de un milagro. Me doy cuenta, perfectamente, que en todo este párrafo no hice sino repetir las palabras violencia y violación, pero son las que acompañan todo el tiempo a las mujeres, de una u otra manera.

Las feministas, desde el principio de los tiempos, hemos solicitado amablemente y por escrito, hemos querido dialogar, hemos gritado, hemos arrojado diamantina, hemos formado ríos de pañoletas verdes y ropaje color de jacarandas, nos hemos arrodillado suplicantes ante nuestros gobernantes, hemos pintarrajeado edificios, hemos roto furiosas algunos vidrios y hemos tomado edificios para ser escuchadas porque en este país están matando a las mujeres y lo único que hemos recibido es la arrogante y espeluznante indiferencia desde la silla presidencial, además de una indolente reducción del presupuesto para llevar a cabo las políticas públicas necesarias que se detengan estas atrocidades.

Tengo que recordar que cualquier mujer que haya estudiado, heredado bienes, votado o trabajado, entre otras cosas, se lo debe a las feministas. A nadie más. Que no se olvide. Nunca ha habido un gobierno que abogue por nuestros derechos. Eso está claro.

Si bien es cierto que desde el 2018 estamos presenciando la mayor repre-sentación en materia de paridad política, tanto en la Cámara de Diputados como en la Cámara de Senadores, no se podrá hablar de paz e igualdad de derechos si no existe la participación política y social de mujeres y hom-bres con perspectiva de género, en todos los ámbitos de nuestra Nación, haciendo a un lado ese conservadurismo metafísico y recalcitrante que no permite el avance empático, natural y biológico de los seres que habitan este País, esta Tierra, además de haber truncado cualquier diálogo posible a través de los siglos.

Por lo pronto, ese grito de alegría que recuerdo haber lanzado desde niña no procede en estos tiempos.

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