/ lunes 2 de noviembre de 2020

Los dioses ocultos en Morelos

Las vueltas que da la vida

México, como bien saben, queridos lectores, ha sido un crisol de diferentes culturas y tradiciones; en el ayer, de enconados pobladores que tras batallar unos contra otros los vencedores imponían sus propias creencias.

Debido a ello tras la Conquista de México y dada la dificultad de los misioneros por evangelizar a pobladores que ni entendían su lengua, ni su forma de ver la vida y mucho menos querían un nuevo dios que reinara sobre los suyos, los frailes optaron por cristianizar ocultando, detrás de sus propios ritos, a las poderosas deidades prehispánicas y al no poder convertirlos a su nueva fe con la urgencia que tenían y con la efectividad esperada, hizo que derribaran los antiguos templos y encima construyeran iglesias y capillas, de esta manera seguirían acudiendo a los mismos lugares a realizar sus penitencias y oraciones movidos por la fe en sus antiguas deidades.

Esto lo lograron a través del llamado sincretismo mesoamericano –término empleado en la antropología cultural que se refiere a la amalgama de dos o más tradiciones culturales diferentes solo que para lograrse una de ellas, la vencida quedó oculta aunque siguió viva detrás de la veneración al culto proveniente de quienes a sangre y fuego se impusieron…aparentemente. Este fenómeno es muy interesante porque dio lugar al nacimiento de una nueva identidad cultural única sobre todo en el territorio del Altiplano, que fue testigo a través del tiempo, de dos cultos distintos. Para entender la profundidad de estas palabras les referiré un evento que viví junto a mi amiga periodista Cecilia González Arenas.

Nos invitaron un 25 de enero a Axochiapan, ciudad morelense que colinda con Puebla, el motivo era la festividad en honor a la conversión de San Pablo al cristianismo. Al llegar, avanzamos a pie con dificultad en medio de un gentío rumbo al centro de la ciudad y de pronto vimos en el atrio de la iglesia llamada San Pablo Apostol de Axochiapan, entre otros grupos, un enorme conjunto de espléndidos danzantes aztecas ataviados con espectaculares penachos, todos con ayoyotes en tobillos y muñecas.

Al verlo, la mitad de mi corazón que de seguro es Tenochca, -estoy averiguando de qué origen es mi otra mitad-, se quedó paralizada contemplando fascinada ese espectáulo que había yo presenciado en lugares emblemáticos de tradición prehispánica. Y viéndolos me pregunté: -¿Qué les puede importar a estos magníficos danzantes que siguen sus ritos y creencias ancestrales que les ha sido trasmitida por tradición oral, la coversión al cristianismo de San Pablo?-. Busqué a su capitán hasta que lo encontré en un rincón semi oscuro a un lado del tumulto y alejado del tam tam del teponaztli o del huehuetl, no recuerdo cuál de los dos instrumentos era. Me le acerqué y le pregunté: -Capitán ¿porqué está su grupo de danzantes celebrando aquí un festejo netamente cristiano? como que no me cuadra-, le dije. El aludido ni caso me hizo, siguió amarrándose bien los ayoyotes de uno de sus gruesos tobillos. Al fin reportera y cronista, volví a preguntar pero ahora de otra manera: -Capitán, ¿quién está detrás de este festejo?-, al decirlo volteó a verme, bajo su pierna al piso y me contestó con una sóla palabra: Tláloc.

Ahí entendí, más bien viví, lo que es el sincretismo implementado como parte de la conquista espiritual por las órdenes religiosas en el siglo XVI. Tláloc, el poderoso dios de la tradición tolteca-azteca de la lluvia, dador de vida y sustento pero al mismo tiempo temido por su capacidad de mandar rayos, granizo y truenos. Y ahí estaba Tláloc, oculto detrás del más importante festejo del municipio de Axochiapan que año tras año se celebra al mismo tiempo en Minneapolis, E.U. lugar a donde emigró la mitad del pueblo llevando sobre sus espaldas al viajar al norte, su tradición o sea, su cultura. Sigo mi relato ahora en el Municipio de Yautepec, donde vivía doña Felipa, una famosa sanadora que con figuras de barro de animalitos pintados de color blanco con rayas rosas y negras atendía enfermedades producidas por el viento a través de Ehécatl, su máxima deidad. En Xoxocotla son habituales las ceremonias que se efectúan en una cueva alejada del poblado y a las que no invitan a ningún fuereño, dedicadas a Tláloc.

En la Catedral de Santa María de la Asunción en Cuernavaca, se encuentra una Tonantzin labrada en piedra en el techo, en medio de una nervadura, sobre el bautisterio. La figura es elevada a los cielos por ocho angelitos indígenas con alas de colibrí, ave relacionada con el culto a la poderosa deidad mexica Huitzilopochtli. Y bajo parte del inmueble, se encuentra el basamento de la pirámide original y así podríamos hacer un repaso de tradiciones por el estado, pero en esta ocasión me detengo en Tepoztlán, lugar que cuenta con una cronología muy interesante, se pensaba que había sido habitado a partir del año 1,200 de nuestra era pero descubrimientos arqueológicos realizados en la última década echan abajo esa fecha porque encontraron vestigios que se remontan a 1,500 años A.de C. Y si seguimos con otro pueblo de Tepoztlán, Santa Cararina, en una comida de las maravillosas que hacen en los pueblos a puertas abiertas para todo visitante sea conocido o no, le comenté al propietario, todo un un indígena ilustrado profesor de la lengua náhuatl, amigo mío: -Disculpe maestro, pero estas comidas salen muy caras ¿no? y al aceptar con un movimiento de su cabeza su aprobación, volví a preguntar: ¿quién les ordena que las hagan? “Los mayordomos”. ¿Y porqué los obedecen? “Verá doña Lya, si no lo hacemos puede caer en nuestras siembras granizo o agua excesiva y perderíamos toda la cosecha. Esa es la razón”. Yo me quedé muda ante hasta cierto punto fracaso de la Conquista Espiritual luego de cinco siglos porque ahí seguía presente Ehécatl, dios del viento. En las inmediaciones de otro pueblo, el de San Andrés de la Cal, cada año se celebran festejos en cuevas, ritos con advocaciones ocultas a extraños y dedicados también a Ehécatl y así por donde se visite nuestro mosaico estatal. Cuando lo hagan sólo hay que averiguar cuál es la etnia más cercana al templo, se entiende que los antiguos, para que descubran cuál era la deidad que se homenajeaba y aún hoy, se les continúa reverenciando.

Y hasta el próximo lunes.


lyagquintanilla@hotmail.com

México, como bien saben, queridos lectores, ha sido un crisol de diferentes culturas y tradiciones; en el ayer, de enconados pobladores que tras batallar unos contra otros los vencedores imponían sus propias creencias.

Debido a ello tras la Conquista de México y dada la dificultad de los misioneros por evangelizar a pobladores que ni entendían su lengua, ni su forma de ver la vida y mucho menos querían un nuevo dios que reinara sobre los suyos, los frailes optaron por cristianizar ocultando, detrás de sus propios ritos, a las poderosas deidades prehispánicas y al no poder convertirlos a su nueva fe con la urgencia que tenían y con la efectividad esperada, hizo que derribaran los antiguos templos y encima construyeran iglesias y capillas, de esta manera seguirían acudiendo a los mismos lugares a realizar sus penitencias y oraciones movidos por la fe en sus antiguas deidades.

Esto lo lograron a través del llamado sincretismo mesoamericano –término empleado en la antropología cultural que se refiere a la amalgama de dos o más tradiciones culturales diferentes solo que para lograrse una de ellas, la vencida quedó oculta aunque siguió viva detrás de la veneración al culto proveniente de quienes a sangre y fuego se impusieron…aparentemente. Este fenómeno es muy interesante porque dio lugar al nacimiento de una nueva identidad cultural única sobre todo en el territorio del Altiplano, que fue testigo a través del tiempo, de dos cultos distintos. Para entender la profundidad de estas palabras les referiré un evento que viví junto a mi amiga periodista Cecilia González Arenas.

Nos invitaron un 25 de enero a Axochiapan, ciudad morelense que colinda con Puebla, el motivo era la festividad en honor a la conversión de San Pablo al cristianismo. Al llegar, avanzamos a pie con dificultad en medio de un gentío rumbo al centro de la ciudad y de pronto vimos en el atrio de la iglesia llamada San Pablo Apostol de Axochiapan, entre otros grupos, un enorme conjunto de espléndidos danzantes aztecas ataviados con espectaculares penachos, todos con ayoyotes en tobillos y muñecas.

Al verlo, la mitad de mi corazón que de seguro es Tenochca, -estoy averiguando de qué origen es mi otra mitad-, se quedó paralizada contemplando fascinada ese espectáulo que había yo presenciado en lugares emblemáticos de tradición prehispánica. Y viéndolos me pregunté: -¿Qué les puede importar a estos magníficos danzantes que siguen sus ritos y creencias ancestrales que les ha sido trasmitida por tradición oral, la coversión al cristianismo de San Pablo?-. Busqué a su capitán hasta que lo encontré en un rincón semi oscuro a un lado del tumulto y alejado del tam tam del teponaztli o del huehuetl, no recuerdo cuál de los dos instrumentos era. Me le acerqué y le pregunté: -Capitán ¿porqué está su grupo de danzantes celebrando aquí un festejo netamente cristiano? como que no me cuadra-, le dije. El aludido ni caso me hizo, siguió amarrándose bien los ayoyotes de uno de sus gruesos tobillos. Al fin reportera y cronista, volví a preguntar pero ahora de otra manera: -Capitán, ¿quién está detrás de este festejo?-, al decirlo volteó a verme, bajo su pierna al piso y me contestó con una sóla palabra: Tláloc.

Ahí entendí, más bien viví, lo que es el sincretismo implementado como parte de la conquista espiritual por las órdenes religiosas en el siglo XVI. Tláloc, el poderoso dios de la tradición tolteca-azteca de la lluvia, dador de vida y sustento pero al mismo tiempo temido por su capacidad de mandar rayos, granizo y truenos. Y ahí estaba Tláloc, oculto detrás del más importante festejo del municipio de Axochiapan que año tras año se celebra al mismo tiempo en Minneapolis, E.U. lugar a donde emigró la mitad del pueblo llevando sobre sus espaldas al viajar al norte, su tradición o sea, su cultura. Sigo mi relato ahora en el Municipio de Yautepec, donde vivía doña Felipa, una famosa sanadora que con figuras de barro de animalitos pintados de color blanco con rayas rosas y negras atendía enfermedades producidas por el viento a través de Ehécatl, su máxima deidad. En Xoxocotla son habituales las ceremonias que se efectúan en una cueva alejada del poblado y a las que no invitan a ningún fuereño, dedicadas a Tláloc.

En la Catedral de Santa María de la Asunción en Cuernavaca, se encuentra una Tonantzin labrada en piedra en el techo, en medio de una nervadura, sobre el bautisterio. La figura es elevada a los cielos por ocho angelitos indígenas con alas de colibrí, ave relacionada con el culto a la poderosa deidad mexica Huitzilopochtli. Y bajo parte del inmueble, se encuentra el basamento de la pirámide original y así podríamos hacer un repaso de tradiciones por el estado, pero en esta ocasión me detengo en Tepoztlán, lugar que cuenta con una cronología muy interesante, se pensaba que había sido habitado a partir del año 1,200 de nuestra era pero descubrimientos arqueológicos realizados en la última década echan abajo esa fecha porque encontraron vestigios que se remontan a 1,500 años A.de C. Y si seguimos con otro pueblo de Tepoztlán, Santa Cararina, en una comida de las maravillosas que hacen en los pueblos a puertas abiertas para todo visitante sea conocido o no, le comenté al propietario, todo un un indígena ilustrado profesor de la lengua náhuatl, amigo mío: -Disculpe maestro, pero estas comidas salen muy caras ¿no? y al aceptar con un movimiento de su cabeza su aprobación, volví a preguntar: ¿quién les ordena que las hagan? “Los mayordomos”. ¿Y porqué los obedecen? “Verá doña Lya, si no lo hacemos puede caer en nuestras siembras granizo o agua excesiva y perderíamos toda la cosecha. Esa es la razón”. Yo me quedé muda ante hasta cierto punto fracaso de la Conquista Espiritual luego de cinco siglos porque ahí seguía presente Ehécatl, dios del viento. En las inmediaciones de otro pueblo, el de San Andrés de la Cal, cada año se celebran festejos en cuevas, ritos con advocaciones ocultas a extraños y dedicados también a Ehécatl y así por donde se visite nuestro mosaico estatal. Cuando lo hagan sólo hay que averiguar cuál es la etnia más cercana al templo, se entiende que los antiguos, para que descubran cuál era la deidad que se homenajeaba y aún hoy, se les continúa reverenciando.

Y hasta el próximo lunes.


lyagquintanilla@hotmail.com

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