/ miércoles 5 de febrero de 2020

Liliana Segre y Roberto Saviano

Sororidad

Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y una de los últimos testigos de la Shoah, es una senadora italiana, nombrada por decreto en enero de 2018 por del presidente italiano Sergio Mattarela por sus méritos en el campo social. Nació en Milán, Italia en una familia judía. Vivía con su padre y sus abuelos paternos. Su madre murió un año después de su nacimiento. La familia era secular y la conciencia de ser judía la tuvo solo después de las terribles Leyes Raciales italianas en 1938, cuando ella fue expulsada del colegio.

En el año 1943, durante la persecución de los judíos, su padre la escondió cuando tenía 13 años. Después, su padre y dos primos trataron de huir a Suiza, pero fueron no fueron aceptados por las autoridades suizas. Al día siguiente, fue arrestada por fascista en Selvetta di Viggiù. Estuvo presa en varios lugares hasta que el 30 de enero de 1944 fue deportada desde la Estación Central de Milán al campo de concentración de Auschwitz, separada de su padre y de sus abuelos que fueron asesinados. Tatuada con el número 75190, realizó trabajos forzados en una fábrica que pertenecía a la compañía Siemens. Liliana fue liberada por el Ejército Rojo el 1 de mayo de 1945 y de los 776 niños italianos que habían llegado al campo, solo sobrevivieron 35, ella incluida. Tras el Holocausto Nazi, Liliana se mudó a la región en donde vivían sus abuelos maternos, únicos sobrevivientes de la familia. En 1948, conoció a Alfredo Belli Paci, un hombre católico que también había regresado de los campos de concentración por haberse negado a unirse a la República Social Italiana. En 1951 se casaron y tuvieron 2 hijos.

Inútil adentrarse en más detalles de los horrores que pasó durante todos estos años. Casi sería morboso señalarlos. "Fue muy difícil para mis parientes vivir con un animal herido como yo, una niña pequeña regresada del infierno, que decía ser mansa y resignada", escribe la senadora Segre para la conmemoración de este período histórico demencial en su nuevo libro: "La memoria rende liberi. La vita interrota di una bimba nella Shoah" (La memoria nos vuelve libres. La interrumpida vida de una niña en la Shoah).

Roberto Saviano, el famoso escritor italiano de la inquietante novela "cero cero cero" (que me lo recomendó mi amiga Angélica H) en la que narra cómo la cocaína gobierna al mundo, fue el presentador de este libro en un programa de televisión italiana que realza la diversión con inteligencia y arte, no como los programas de los canales principales en México, cada día más vulgares y que tienen atrofiadas las mentes de sus audiencias, aunque haya quienes digan que han educado al pueblo. Después de escuchar a Saviano, me pareció imprescindible compartir sus palabras, especialmente en estos días cuando las estólidas sociedades del mundo han caído en la trampa del olvido por no conocer la historia y la están repitiendo nuevamente. Es terrible ver cómo nuestra sociedad se ha comportado de una manera tan absurda, respaldada por el discurso matutino que ha polarizando a nuestra sociedad, todavía más de lo que ya estaba. Basta con ver cómo nos hemos comportado con el problema de los inmigrantes de la frontera del sur; con las personas que fueron a la Marcha por la Paz encabezada por Javier Sicilia, independientemente si se está de acuerdo o no con el poeta, perdiendo de vista totalmente el origen de la misma marcha; con los periodistas que no están de acuerdo con muchos de los acuerdos del sistema; con los niños con cáncer por exigir sus medicamentos. Actuamos de la misma manera que aquellos de los que siempre nos hemos quejado. Por eso, la presentación del libro de Saviano me pareció, no solo extraordinaria y estremecedora, sino absolutamente imprescindible compartirla ahora que lo único que necesitamos, es la unión sin credos y sin banderas.

"Entre las montañas de libros que hablan acerca del Holocausto, hay uno que se intitula LTI (Lingua Terzi Imperi) La Lengua del Tercer Reich de Víctor Klemperer 1881-1960, escritor alemán, periodista, filólogo y (Catedrático de Romanística), de origen judío pero de religión protestante. El estar casado con una mujer clasificada por las leyes raciales como «aria», le permitió sobrevivir en la Alemania nazi. En su libro excepcional, narra sobre los años más escalofriantes de la historia europea. Constituye la principal referencia de toda reflexión acerca del lenguaje totalitario. En este impresionante diario-ensayo para el que Klemperer comenzó a recopilar información desde el año 1933, en el que los nazis se hicieron del poder y cuya redacción la llevó a cabo clandestinamente mientras debía trabajar en una fábrica y residía en una "casa de judíos". LTI es tan actual y provocador, como aquel entonces y muestra cómo ninguna sociedad permanece ajena a los peligros de la manipulación de la lengua. En este libro, encontramos una lectura "iluminante" acerca de la propaganda nazi. Primeramente, Klemperer escoge como título un acrónimo para demostrar la obsesión de los nazis por hacer siglas de cualquier cosa: (SS, la milicia del partido) porque, al poner todo en siglas, se burocratiza, o mejor aún, se normaliza la violencia.

Klemperer cuenta que mientras la radio transmitía los larguísimos discursos de Hitler y Goebbels en las hosterías, las personas seguían bebiendo, platicando, jugando a las cartas, con total indiferencia. Ninguno seguía en realidad el contenido de aquellos discursos. Y esto, mereció un análisis: no eran los volantes ni las transmisiones radiofónicas los que acondicionaban el comportamiento de las personas. No era el aparato militar o los comicios militares los que empezaron a transformar de inmediato el pensamiento de los alemanes. Era el lenguaje el que determinaba el comportamiento social. El mal se anidaba en la normalidad de lo cotidiano. En los discursos que se hacían en casa, las palabras que se utilizaban en el trabajo, las frases, las oraciones que, al ser repetidas millones de veces, se volvían cotidianas. Era exactamente ahí donde se encontraba la victoria neonazi. Klemperer demuestra que la costumbre cambia el pensamiento. Pensemos que en la palabra "expedición punitiva", vista como una acción profundamente buena, porque se adopta como la "limpieza" que realizaba algo positivo. Positivo para todos, pero, en realidad, era solo violencia para las minorías.

En todos los regímenes, incluso en las democracias de hoy, existe una palabra usada para cubrir cualquier tipo de aberración política. ¿Saben cuál es la palabra? "Pueblo". Escuchamos decir: «la voluntad del pueblo», cuando en realidad quiere decir: la facción que está gobernando, es decir, el Estado. Y, si un disidente del pueblo, se convierte en un enemigo del pueblo: «Tú no eres nada. Tu pueblo, lo es todo». Así que hay que hay que rendirse al pueblo, o sea al gobierno. El cumpleaños de Hitler lo definieron como cumpleaños del pueblo. En realidad, en lugar de la palabra poder, facción o partido se usa el término "Pueblo" porque de esta manera, quien le haga una crítica al partido, o al líder, parecería que se está criticando la realidad misma de las cosas. También porque el pueblo no es identificable ni cuantificarle, así que da una imagen de mayoría absoluta. La propaganda logra dejar pasar "su verdad" como una lectura objetiva de los hechos. Piensen que la expresión "fanático" en la Alemania de los años 30, se convirtió en positiva. Tenían que ser más fanáticos según las exhortaciones de los profesores a los estudiantes de aquellos tiempos. Lo cual quería decir tener menos dudas y una devoción irracional más grande hasta lograr ser un verdadero "fanático". El nazismo no inventó nuevos términos. Adoptó el idioma ya existente antes de Hitler y le sirvió a su espantoso sistema, la impregnó de su veneno. Las palabras se modifican repitiéndolas cotidianamente sobre pocas cuestiones obsesivas. Por ejemplo: «Los judíos tienen en sus manos la economía del país. Las alternativas maltratan al pueblo alemán. Los extranjeros infectan a nuestra sociedad». La repetición obsesiva, anestesia a los que la escuchan y, hasta cierto punto, ya nadie escucha más. Pero a la larga, al convertirse en el lenguaje común, convence hasta el mas estructurado y recalcitrante de los escuchas. No se necesita creer ingenuamente que basta con ser culto, informado, inteligente para ser inmune a las balas", dice Klemperer dándose perfectamente cuenta de esto y, en un párrafo de su libro, escribe de manera poética: Sé, que en determinado momento, no me servirá más todo lo que sé sobre la posibilidad de ser engañado en mis intenciones críticas. Tarde o temprano, la mentira (…) terminará por agobiarme, se me adhiere por todos lados, si a mi alrededor llegan dudas, solo pocas dudas, siempre pocas, por último, nadie.

Liliana Segre no quiso hablar públicamente durante muchos años sobre su experiencia en los campos de concentración. Como muchos niños del Holocausto, el regreso a casa y a una vida "normal" no fue fácil y en aquellos años no encontró oídos dispuestos a escucharla:

"Pronto aprendí a guardar mis recuerdos trágicos y mi profunda tristeza. Nadie me entendía, era yo quien tenía que adaptarme a un mundo que quería olvidar los dolorosos sucesos que acababan de pasar, que querían comenzar de nuevo, ansiosos de diversión y despreocupación".

No fue sino hasta 1990 que decidió romper su silencio y desde entonces ha acudido a cientos conferencias y asambleas escolares para contar su historia a los jóvenes, también en representación de los millones que la compartieron con ella y no han sido capaces de comunicarla, aunque tristemente haya todavía, inclusive maestros, que digan que solamente se está haciendo propaganda.

«Todo lo que demuestran estas palabras, se pudieron realizar con una sola condición concentrada en otra palabra. LA INDIFERENCIA. Los horrores de ayer, de hoy y de mañana, florecen a la sombra de esa palabra. La llave para comprender la razón del mal está encerrada en esas cinco sílabas, porque cuando uno cree que una cosa no te toca, no te mira, entonces no hay límite para el horror »

Liliana Segre.

Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y una de los últimos testigos de la Shoah, es una senadora italiana, nombrada por decreto en enero de 2018 por del presidente italiano Sergio Mattarela por sus méritos en el campo social. Nació en Milán, Italia en una familia judía. Vivía con su padre y sus abuelos paternos. Su madre murió un año después de su nacimiento. La familia era secular y la conciencia de ser judía la tuvo solo después de las terribles Leyes Raciales italianas en 1938, cuando ella fue expulsada del colegio.

En el año 1943, durante la persecución de los judíos, su padre la escondió cuando tenía 13 años. Después, su padre y dos primos trataron de huir a Suiza, pero fueron no fueron aceptados por las autoridades suizas. Al día siguiente, fue arrestada por fascista en Selvetta di Viggiù. Estuvo presa en varios lugares hasta que el 30 de enero de 1944 fue deportada desde la Estación Central de Milán al campo de concentración de Auschwitz, separada de su padre y de sus abuelos que fueron asesinados. Tatuada con el número 75190, realizó trabajos forzados en una fábrica que pertenecía a la compañía Siemens. Liliana fue liberada por el Ejército Rojo el 1 de mayo de 1945 y de los 776 niños italianos que habían llegado al campo, solo sobrevivieron 35, ella incluida. Tras el Holocausto Nazi, Liliana se mudó a la región en donde vivían sus abuelos maternos, únicos sobrevivientes de la familia. En 1948, conoció a Alfredo Belli Paci, un hombre católico que también había regresado de los campos de concentración por haberse negado a unirse a la República Social Italiana. En 1951 se casaron y tuvieron 2 hijos.

Inútil adentrarse en más detalles de los horrores que pasó durante todos estos años. Casi sería morboso señalarlos. "Fue muy difícil para mis parientes vivir con un animal herido como yo, una niña pequeña regresada del infierno, que decía ser mansa y resignada", escribe la senadora Segre para la conmemoración de este período histórico demencial en su nuevo libro: "La memoria rende liberi. La vita interrota di una bimba nella Shoah" (La memoria nos vuelve libres. La interrumpida vida de una niña en la Shoah).

Roberto Saviano, el famoso escritor italiano de la inquietante novela "cero cero cero" (que me lo recomendó mi amiga Angélica H) en la que narra cómo la cocaína gobierna al mundo, fue el presentador de este libro en un programa de televisión italiana que realza la diversión con inteligencia y arte, no como los programas de los canales principales en México, cada día más vulgares y que tienen atrofiadas las mentes de sus audiencias, aunque haya quienes digan que han educado al pueblo. Después de escuchar a Saviano, me pareció imprescindible compartir sus palabras, especialmente en estos días cuando las estólidas sociedades del mundo han caído en la trampa del olvido por no conocer la historia y la están repitiendo nuevamente. Es terrible ver cómo nuestra sociedad se ha comportado de una manera tan absurda, respaldada por el discurso matutino que ha polarizando a nuestra sociedad, todavía más de lo que ya estaba. Basta con ver cómo nos hemos comportado con el problema de los inmigrantes de la frontera del sur; con las personas que fueron a la Marcha por la Paz encabezada por Javier Sicilia, independientemente si se está de acuerdo o no con el poeta, perdiendo de vista totalmente el origen de la misma marcha; con los periodistas que no están de acuerdo con muchos de los acuerdos del sistema; con los niños con cáncer por exigir sus medicamentos. Actuamos de la misma manera que aquellos de los que siempre nos hemos quejado. Por eso, la presentación del libro de Saviano me pareció, no solo extraordinaria y estremecedora, sino absolutamente imprescindible compartirla ahora que lo único que necesitamos, es la unión sin credos y sin banderas.

"Entre las montañas de libros que hablan acerca del Holocausto, hay uno que se intitula LTI (Lingua Terzi Imperi) La Lengua del Tercer Reich de Víctor Klemperer 1881-1960, escritor alemán, periodista, filólogo y (Catedrático de Romanística), de origen judío pero de religión protestante. El estar casado con una mujer clasificada por las leyes raciales como «aria», le permitió sobrevivir en la Alemania nazi. En su libro excepcional, narra sobre los años más escalofriantes de la historia europea. Constituye la principal referencia de toda reflexión acerca del lenguaje totalitario. En este impresionante diario-ensayo para el que Klemperer comenzó a recopilar información desde el año 1933, en el que los nazis se hicieron del poder y cuya redacción la llevó a cabo clandestinamente mientras debía trabajar en una fábrica y residía en una "casa de judíos". LTI es tan actual y provocador, como aquel entonces y muestra cómo ninguna sociedad permanece ajena a los peligros de la manipulación de la lengua. En este libro, encontramos una lectura "iluminante" acerca de la propaganda nazi. Primeramente, Klemperer escoge como título un acrónimo para demostrar la obsesión de los nazis por hacer siglas de cualquier cosa: (SS, la milicia del partido) porque, al poner todo en siglas, se burocratiza, o mejor aún, se normaliza la violencia.

Klemperer cuenta que mientras la radio transmitía los larguísimos discursos de Hitler y Goebbels en las hosterías, las personas seguían bebiendo, platicando, jugando a las cartas, con total indiferencia. Ninguno seguía en realidad el contenido de aquellos discursos. Y esto, mereció un análisis: no eran los volantes ni las transmisiones radiofónicas los que acondicionaban el comportamiento de las personas. No era el aparato militar o los comicios militares los que empezaron a transformar de inmediato el pensamiento de los alemanes. Era el lenguaje el que determinaba el comportamiento social. El mal se anidaba en la normalidad de lo cotidiano. En los discursos que se hacían en casa, las palabras que se utilizaban en el trabajo, las frases, las oraciones que, al ser repetidas millones de veces, se volvían cotidianas. Era exactamente ahí donde se encontraba la victoria neonazi. Klemperer demuestra que la costumbre cambia el pensamiento. Pensemos que en la palabra "expedición punitiva", vista como una acción profundamente buena, porque se adopta como la "limpieza" que realizaba algo positivo. Positivo para todos, pero, en realidad, era solo violencia para las minorías.

En todos los regímenes, incluso en las democracias de hoy, existe una palabra usada para cubrir cualquier tipo de aberración política. ¿Saben cuál es la palabra? "Pueblo". Escuchamos decir: «la voluntad del pueblo», cuando en realidad quiere decir: la facción que está gobernando, es decir, el Estado. Y, si un disidente del pueblo, se convierte en un enemigo del pueblo: «Tú no eres nada. Tu pueblo, lo es todo». Así que hay que hay que rendirse al pueblo, o sea al gobierno. El cumpleaños de Hitler lo definieron como cumpleaños del pueblo. En realidad, en lugar de la palabra poder, facción o partido se usa el término "Pueblo" porque de esta manera, quien le haga una crítica al partido, o al líder, parecería que se está criticando la realidad misma de las cosas. También porque el pueblo no es identificable ni cuantificarle, así que da una imagen de mayoría absoluta. La propaganda logra dejar pasar "su verdad" como una lectura objetiva de los hechos. Piensen que la expresión "fanático" en la Alemania de los años 30, se convirtió en positiva. Tenían que ser más fanáticos según las exhortaciones de los profesores a los estudiantes de aquellos tiempos. Lo cual quería decir tener menos dudas y una devoción irracional más grande hasta lograr ser un verdadero "fanático". El nazismo no inventó nuevos términos. Adoptó el idioma ya existente antes de Hitler y le sirvió a su espantoso sistema, la impregnó de su veneno. Las palabras se modifican repitiéndolas cotidianamente sobre pocas cuestiones obsesivas. Por ejemplo: «Los judíos tienen en sus manos la economía del país. Las alternativas maltratan al pueblo alemán. Los extranjeros infectan a nuestra sociedad». La repetición obsesiva, anestesia a los que la escuchan y, hasta cierto punto, ya nadie escucha más. Pero a la larga, al convertirse en el lenguaje común, convence hasta el mas estructurado y recalcitrante de los escuchas. No se necesita creer ingenuamente que basta con ser culto, informado, inteligente para ser inmune a las balas", dice Klemperer dándose perfectamente cuenta de esto y, en un párrafo de su libro, escribe de manera poética: Sé, que en determinado momento, no me servirá más todo lo que sé sobre la posibilidad de ser engañado en mis intenciones críticas. Tarde o temprano, la mentira (…) terminará por agobiarme, se me adhiere por todos lados, si a mi alrededor llegan dudas, solo pocas dudas, siempre pocas, por último, nadie.

Liliana Segre no quiso hablar públicamente durante muchos años sobre su experiencia en los campos de concentración. Como muchos niños del Holocausto, el regreso a casa y a una vida "normal" no fue fácil y en aquellos años no encontró oídos dispuestos a escucharla:

"Pronto aprendí a guardar mis recuerdos trágicos y mi profunda tristeza. Nadie me entendía, era yo quien tenía que adaptarme a un mundo que quería olvidar los dolorosos sucesos que acababan de pasar, que querían comenzar de nuevo, ansiosos de diversión y despreocupación".

No fue sino hasta 1990 que decidió romper su silencio y desde entonces ha acudido a cientos conferencias y asambleas escolares para contar su historia a los jóvenes, también en representación de los millones que la compartieron con ella y no han sido capaces de comunicarla, aunque tristemente haya todavía, inclusive maestros, que digan que solamente se está haciendo propaganda.

«Todo lo que demuestran estas palabras, se pudieron realizar con una sola condición concentrada en otra palabra. LA INDIFERENCIA. Los horrores de ayer, de hoy y de mañana, florecen a la sombra de esa palabra. La llave para comprender la razón del mal está encerrada en esas cinco sílabas, porque cuando uno cree que una cosa no te toca, no te mira, entonces no hay límite para el horror »

Liliana Segre.

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