/ sábado 16 de marzo de 2019

Historia antigua de Tlalmimilolpan

Arqueología de San José de los Laureles, Tlayacapan

San José de los Laureles en Tlayacapan es una comunidad con una profunda historia aún por investigarse a fondo. Se llamaba antiguamente Tlalmimilulpan como lo recuerdan cada vez más vagamente sus pobladores, y quizá durante los primeros tiempos del virreinato se conociera como Izquitepetl. Los reconocimientos arqueológicos nos muestran que tuvo una ocupación humana desde el período Preclásico Tardío (500 a.n.e.-200 n.e.) y cuenta con relevantes sitios arqueológicos, testigos de su historia.

La comunidad conocida como San José de los Laureles se localiza a tres kilómetros y medio en línea recta al noroeste de la cabecera de Tlayacapan, de quien depende políticamente. Su altitud es mayor que la de la cabecera en casi doscientos metros más, alcanzando los 1,866 m.s.m.n., lo cual la acerca más al bosque y a recursos diferenciales con respecto a los de la cabecera. Esta comunidad fue emplazada sobre una loma entre peñas con altas paredes verticales que le otorgan un paisaje notable.

En las Relaciones Geográficas del siglo XVI de Totolapan, realizadas en 1579, se indica que Tlayacapan era una cabecera que tenía como sujetos a seis comunidades: “…Hizquitepeque, Cuitlapila, Actopa[n], Tezontlitlan, Nonopala, Zacatilihucan: todos los cuales están en torno de la dicha cabecera y distan de ella media legua, poco más o menos, excepto Xocoyocan, que dista una legua, poco más o menos” (Acuña 1986:159).

Un registro realizado por los agustinos que tenían a cargo dichas comunidades de Tlayacapan en el siglo XVI, aportan los nombres de los santos asignados a cada comunidad reconocidos entre 1571 y 1573. En este caso se registraron trece comunidades: Los Tres Reyes Xocoyacan; Sant Lucas Teapoyucan; Asunción de Nra. Señora Atepexic; San Gregorio Atlteapotitlan; San Andrés Nonopala; San Pablo Texoaçan; Sant Agustín Atocpa; Sant Marcos Tlalyuacpan; San Pedro Cuytlapilco; Sta. Mónica Tepenacanco; S. Joseph Inquitepec; S. Francisco Tepozoco; y Sta. Catalina Çacatiliuhcan (Brinckmann 1969:139).

La única comunidad de Tlayacapan que tiene asignado a San José en su capilla local es precisamente San José de los Laureles. Y la comunidad registrada en la segunda mitad del siglo XVI vinculada con San José es la de Inquitepec. El profesor de náhuatl local de San José de los Laureles Carlos Tamariz Flores, argumenta que en algunos papeles en el Archivo Municipal de Tlayacapan identificó el nombre de su comunidad registrada como San José Ixquitepetitla, y él argumenta que su traducción al español derivaría de la voz ixquitl, que significa tostado, tepetl, cerro, y titlan, que refiere abundancia, todo lo cual haría referencia al cerro de tezontle localmente llamado Tezontlala.

Es ampliamente probable que el nombre original de la comunidad sea el de Izquitepetl, donde izquitl es maíz tostado y tepetl, cerro, lo que permitiría la lectura de “Cerro de maíz tostado”, lo cual no se contrapone necesariamente con la idea del profesor Tamariz, y coincide con el registro que se hizo entre 1571 y 1573 de las comunidades atendidas por los agustinos en Tlayacapan como Inquitepec, quizá registrada así por un error, en lugar de Izquitepec. El mismo listado de trece estancias aparece también en la obra Los obispados de Tlaxcala, Michoacán y otros lugares en el siglo XVI (ca. 1571) (García Pimentel 1904), donde son nombradas trece estancias con ligeras diferencias a las del censo agustino, aunque quizá derivado de una misma fuente. Las variaciones son menores, se encuentran en los nombres de Nonoxala (por Nonopala), Texoacan (por Texoaçan), Texinacanco (por Tepenacanco), Texozoco (por Tepozoco), y Zacatiliuncan (por Çacatiliuhcan), quizá por efectos de diferencias entre los paleógrafos. Se tiene registrado, además, que el pueblo de Inquitepec “…dista de la cabecera tres cuartos de legua al norte” (García Pimentel 1904:120), tal como se encuentra aproximadamente el día de hoy el propio San José de los Laureles.

En el período que comprende 1601 a 1604 se realizaron congregaciones en Tlayacapan, ocho de las trece comunidades fueron agrupadas en otras entidades mayores, sobreviviendo solamente cinco separadas. Las comunidades que sobrevivieron alejadas de la cabecera de Tlayacapan registradas en los archivos de esa época, podrían coincidir con algunas comunidades que continúan actualmente en esta condición y algunas que hemos localizado ya abandonadas. San Andrés Nonopala, podría ser el actual San Andrés Cuauhtempan; San Pablo Texoaçan, quizá corresponda a la actual capilla abandonada de San Pablo, al norte de la cabecera de Tlayacapan, entre San Agustín y San Andrés; San Agustín Atocpa, podría ser el actual San Agustín Amatlipac; San José Inquitepec, podría ser el actual San José de los Laureles, Tlalmimilolpan; y Santa Catalina Çacatiliuhcan quizá sea la actual Santa Catarina Tlayca, también conocida como Ignacio Bastida, en Yautepec (cfr. Gerhard 1986:108). Esta comunidad de Santa Catarina, se encuentra al otro lado de la sierra, al suroeste de la cabecera de Tlayacapan, y en el año de 1554 Tlayacapan y Yautepec se disputaban tierras cercanas a ésta, denominadas Maquiztlan (García Mendoza 2010:368-369). Al parecer la comunidad de Los Tres Reyes Xocoyacan, fue congregada hasta 1604 y quizá su ubicación sea la de la actual capilla de Los Reyes, en el Barrio de Texcalpa (García Mendoza 2010:387-388).

Sea cual fuere el nombre original, la designación en náhuatl local actual de la comunidad de San José de los Laureles es Tlalmimilulpan, aunque éste ha ido cayendo en desuso, para dar paso al omnímodo San José de los Laureles. Sobre este nombre se ha argumentado que Tlalmimilulpan “Se compone de tlalli, tierra, de mimilloli ó mimilluli, cosa rolliza como pilar, redonda, y de pan, en ó sobre; y significa: En Remolinos de tierra” (Robelo 1897:64). También se ha traducido Tlalmimilòlpa como la/tierra/del/borde, además de que se ha dudado que haya pertenecido a Tlayacapan, sino que más bien estaría vinculado con Tepoztlán o Tlalnepantla por el solo hecho topográfico y la cercanía con este último (Favier 2004:28, 184), lo cual, como hemos visto por la identificación del pueblo de Izquitepetl en las fuentes vinculado con San José, es poco probable asumir que no haya pertenecido a Tlayacapan.

Quizá la voz Tlalmimilolpan derive de tlalli que es tierra, mimiloa que significa rodar, y pan que indica sobre, lo cual indicaría “En tierra que rueda”, lo cual se relaciona con la topografía abrupta de la localidad que se encuentra entre peñas con graves pendientes que frecuentemente muestra deslaves de rocas.

Desde el año 2012 que comenzamos a ejecutar el Proyecto de Investigación y Conservación de la Zona Arqueológica El Tlatoani, Tlayacapan, Morelos, llegamos a realizar recorridos en la región de Tlalmimilolpan, identificando primeramente sus pinturas rupestres. En 2015 realizamos un proyecto de recorrido sistemático para esa localidad en particular, para el que contamos con la asistencia del P. A. Juan Manuel Ramos García y de un vecino de la localidad, don Epigmenio Salas. De esta forma fuimos localizando diversos sitios en la totalidad del área que comprende la comunidad, algunos de ellos fueron concentraciones de materiales arqueológicos sobre la superficie, otros fueron los restos de antiguas edificaciones, y finalmente, una considerable cantidad de elementos arqueológicos rupestres tanto pictóricos como petrograbados, que son relevantes en el área y han resultado de los más representativos hasta el momento, en todo el municipio.

Se han registrado al momento diez sitios con pintura rupestre y siete con signos petrograbados dispersos en los campos agrícolas e incluso en algún muro de una casa en la comunidad de Izquitepetl-Tlalmimilolpan.

Los petrograbados muestran signos vegetales, acuáticos y en un caso se trata de una maqueta que representa una estructura arquitectónica donde se advierten los escalonamientos y el remate de la alfarda (González et al. 2016).

De todas las zonas con pinturas rupestres destacan por su magnitud y complejidad aquellas que denominamos San José de los Laureles I, II y III, y Cihuapapalotzin, al oeste de Izquitepetl-Tlalmimilolpan, pero existen otras de menor magnitud e incluso, casi perdidas, en los cerros Ayotzin, Tepozoco y Tonantzin. Todos los cerros están nombrados y la comunidad mantiene una tradición oral sobre el significado de cada nombre y algunas leyendas al respecto, el más famoso de ellos, que se ha convertido incluso en la imagen de la Ayuntamiento de Tlayacapan, es el cerro Tonantzin, ya que los vecinos ancestralmente han advertido que desde la perspectiva de su comunidad se puede ver la cabeza de perfil de esta deidad.

El más investigado de los sitios con pintura rupestre es el denominado San José de los Laureles III, ubicado en el paraje El Mirador, en la ladera de una peña. De este sitio, se cuenta con dos trabajos académicos relevantes que abordan, por un lado, el registro de los signos representados y su posible significación (Valdovinos 2014), y por otro, su posible vinculación con ciertas prácticas del sistema de valores de la actual comunidad de Tlayacapan asociados al aire (Granados y Cortés 2009).

Este sitio consiste en un amplio panel donde a manera de un palimpsesto, se pintaron signos en tinta roja, y sobre ésta y en al menos dos etapas más, se advierten signos pintados en tinta blanca. Desde este lugar se advierten los cerros Ayotzin, Tonantzin, Tezontlala, El Sombrerito y Cihuapapalotzin, muy vinculados con Izquitepetl-Tlalmimilolpan y quizá tuvo algún vínculo de observación de los astros con respecto a estas elevaciones.

La cantidad de signos en este primer sitio en color rojo son veinte, mientras que las de color blanco, suman treintaidós. Las pinturas en color rojo son con alta probabilidad efecto del período Epiclásico (600-900 n.e.), y entre éstas existen signos antropomórficos y calendáricos, mientras que en la pintura blanca existen representaciones de Tláloc, también quizá de Mictlantecuhtli, el quincunce, zoomorfos cuadrúpedos y un interesante signo de aspas giratorias que identificamos como el nepaniuhtli que representa “…movimiento con la idea del ollin, al tiempo que sirve como representación del ilhuitl como noción del tiempo ritual… y poseen atributos correspondientes al movimiento y la alternancia.” (Martínez et al. 2018).

El sitio denominado San José de los Laureles II se localiza cerca de un mirador en el camino para acceder más arriba, hasta el sitio que acabamos de describir. Este sitio está constituido exclusivamente en signos elaborados con puntura roja, también claramente pertenecientes al período Epiclásico (600-9000 n.e.). Entre los signos representados existen algunos antropomorfos y otros claramente de carácter calendárico asociados directamente con signos análogos a los representados en Xochicalco, en Morelos, así como Piedra Labrada y Texmelican en Guerrero. Además, se ha identificado la representación de un cerbatanero, el cual constituye un signo relevante en el sistema de valores de América Media desde el Preclásico Medio (800-500 a.n.e.) (González 2017).

El sitio San José de los Laureles I, se localiza también sobre una pared de la peña, pero adyacente al nivel del terreno agrícola. Este aún no se ha analizado plenamente, su grado de conservación es inferior a los antes mencionados, pero se advierten decenas de signos, la mayoría en tinta blanca, aunque también podría haber alguno en tinta roja, entre los que se advierten signos zoomorfos cuadrúpedos y también antropomorfos.

Otro sitio con pintura rupestre es el de la peña Cihuapapalotzin, el cual está muy probablemente relacionado con el pueblo de Izquitepetl-Tlalmimilolpan no solo por el estilo de los signos, sino porque el encumbramiento al área de la cima donde se encuentra es accesible a partir de ésta comunidad, intentarlo por Tlayacapan sería muy complicado. Entre los seis signos presentes en este sitio podemos distinguir representaciones de Venus, el ojo de reptil, y el glifo-emblema de Tláloc, todos en tinta roja (González 2013 y 2016).

El pueblo de Izquitepetl-Tlalmimilolpan cuenta con una gran zona arqueológica llamada Los Teocholes, la cual fue registrada por el INAH Morelos desde el año de 1987, probablemente por el Arqueólogo Arturo Oliveros. Se trata de dos conjuntos de tres estructuras piramidales en torno a plazas que alcanza más de 1000 metros cuadrados cada una, tanto al norte, como sur de este espacio; entre los dos conjuntos median 250 metros lineales, y cerca del centro se ubica una gran plataforma de 50 x 40 metros y hasta 1,8 m. de altura de altura. La estructura más alta pertenece al conjunto norte y mide 15 m. de altura, 30 m. de largo y 20 m. de ancho. Al este del cerro Quiahtepetl también existe otro montículo en muy mal estado de conservación. Los materiales arqueológicos asociados en superficie son mínimos y aún no sabemos con plenitud la cronología de esta zona arqueológica, pero hemos descubierto materiales pertenecientes al Preclásico Tardío al Terminal (500 a.n.e.-200 n.e.) de manera más frecuente.

Al norte del cerro Tezontlala se localiza, en el nacimiento de una barranca, un yacimiento de piedra foliácea del cual se extrajeron desde el período Preclásico Terminal (200 a.n.e-200 n.e.), lajas para su uso en contextos funerarios que han sido localizados en múltiples entierros del Preclásico en toda la región, y más tarde para la construcción de los soportes de los tableros saledizos en la arquitectura análoga a la teotihuacana, los cuales están presentes en la arquitectura de la cima de la peña El Tlatoani. Quizá el propio Izquitepetl-Tlalmimilolpan mantendría un comercio específico de este material constructivo que no hemos localizado en ninguna otra parte de la región de los Altos de Morelos.

En los recorridos sistemáticos realizados pudimos recuperar materiales cerámicos que nos permitieron tras su análisis, identificar que en la comunidad ha habido asentamientos desde el Preclásico Terminal (200 a.n.e.-200 n.e.), hasta el Virreinato (1521-1821 n.e.). Uno de los tipos más significativos perteneciente al período Clásico (200-600 n.e.) es el Blanco Granular. Pero no cabe duda que la mayor frecuencia de materiales corresponde al Posclásico Temprano (900-1200 n.e.), coincidiendo en este aspecto con el gran asentamiento que existió en Tlayacapan en ese momento. Entre los tipos de esta temporalidad contamos con el Rojo Bruñido, circunscrito a esta temporalidad, así como el Negro sobre Anaranjado Puebla/Morelos, que continúa produciéndose hasta el Posclásico Medio (1200-1438 n.e.). En menor cantidad relativa existen materiales del Posclásico Tardío, tanto locales, como aztecas y xochimilcas, procedentes de la Cuenca de México.

Nosotros solamente hemos realizado una pequeña excavación arqueológica en el paraje denominado Axahuizco, donde previamente se habían recuperado vasijas por parte de sus dueños en trabajos agrícolas. En la exploración localizamos solamente una vasija perteneciente al período Preclásico Terminal (200 a.n.e.-200 n.e.), y por el contexto general del descubrimiento y los materiales que conserva la comunidad y recuperados del mismo sitio, pensamos que se trataba de una ofrenda agrícola, con varias vasijas, algunas de las cuales contenían cuentas de piedras verdes, significando el agua.

Otros materiales arqueológicos localizados que nos permiten inferir actividades pretéritas en el lugar, son las variadas manos de metate, metates y metlapiles para la preparación de alimentos, así como machacadores para la preparación de la fibra vegetal del amate del cual se hacía una especie de papel.

El saqueo en la comunidad no es sistemático, pero sí ha existido, aunque recientemente la comunidad está organizada y se construyó una caseta a la entrada de la misma, la cual pretende controlar más el flujo de visitantes a la misma.

Recientemente la comunidad ha dado señales claras de querer recuperar no solamente su historia ancestral, sino también de ir recuperando la lengua náhuatl.

Debemos recordar que con la secularización durante el siglo XVIII de las doctrinas que estaban en manos del clero secular, comenzó un ataque que exterminó el náhuatl de muchas comunidades en Morelos. La doctrina de Tlayacapan se secularizó en 1754 y, por ejemplo, en lugares como Ocuituco Tetela y Atlatlauhcan los vicarios seculares que sustituyeron a los frailes no sabían el náhuatl, por lo que pedían frailes que lo supieran (Álvarez 2015:96, 248).

Durante las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, las diversas lenguas indígenas a las que muchos de los frailes del clero regular se habían adaptado desde el siglo XVI, de manera destacada los propios agustinos que impartían la doctrina en náhuatl en Tlayacapan, comenzaron a resentir el embate de una política que pretendió erradicar las lenguas indígenas y privilegiar el castellano. Durante el siglo XX se impuso el español sobre las lenguas indígenas en un intento de “modernizar” y uniformar el sistema educativo, y no sería hasta la década tercera del siglo XX que se volteó a las comunidades indígenas y sus lenguas para valorar lo que, en realidad en muchos casos, era prácticamente un proceso imposible de rescindir, la pérdida definitiva de las lenguas indígenas en amplias regiones y comunidades. (Garza 1991)

Ese habría sido el escenario del náhuatl en Tlayacapan que para la primera década del siglo XX ya se hablaría muy poco el náhuatl en la cabecera, y cuya única comunidad que mantuvo unos cuantos hablantes hasta la actualidad sería precisamente la que hubiera perdido casi en su totalidad, el uso de su nombre antiguo en esa lengua y preferir el nombre de San José de los Laureles. Quizá este sea un buen ejemplo de lo que para las comunidades indígenas llegó a significar siglos de ataques a su lengua, y la imposición de una triste estigmatización sobre aquellos que no hablaran español, equiparándolos con el rostro del atraso de la nación, la pobreza y la indignidad. Lo que hicieron los invasores españoles en el XVI, los grupos criollos en el México independiente y los grupos nacionales posrevolucionarios con la lengua originaria, será muy difícil de revertir aún en comunidades como Tlalmimilulpan, que cuenta aún con unos pocos hombres y mujeres mayores de edad hablantes del náhuatl, así como algunos entusiastas de la idea de un renacimiento de esta lengua en su localidad. Aun así, tienen de su lado múltiples “prestamos” del náhuatl al español contemporáneo, un entorno cimentado en esa lengua donde cada animal, planta, flor, insecto, peña, paraje, campo agrícola, cañada, manantial, camino y calle les recuerdan que alguna vez, toda la comunidad nombraba al mundo que la rodeaba en esa lengua que ahora se le ve languidecer. Pero, sobre todo, tienen una larga historia fundamentada al menos desde el siglo VI de nuestra en esta lengua, plasmada en sus contextos arqueológicos, que les otorga identidad, singularidad y a la vez, universalidad como fenómeno humano de larga duración.

Bibliografía

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1986 Relaciones Geográficas del Siglo XVI, Tomo Tercero. Vol. 8. UNAM, México.

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García Pimentel, Luis

1904 Los obispados de Tlaxcala, Michoacán y otros lugares en el siglo XVI. Casa del Editor, Ciudad de México.

Garza Cuarón, Beatriz

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Gerhard, Peter

1986 Geografía histórica de la Nueva España. 1519-1821. Instituto de Geografía e Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, Ciudad de México.

Granados Vázquez, Berenice y Santiago Cortés Hernández

2009 Juego de aire: relatos, mitos e iconografía de un ritual curativo en Tlayacapan (Morelos, México). En Las caras del aire, mitos, ritos e iconografía en Tlayacapan. Libro digital en http://www.aire.culturaspopulares.org/estudio.php

Steffany Martínez Gómez; Julio Alberto Clavel Gómez y Raúl Francisco González Quezada

2018 La pintura rupestre de San José de los Laureles. El Tlacuache, Suplemento Cultural del INAH Morelos, Periódico El Sol de Cuernavaca, febrero 18, 2018, No. 829:31-34.

Robelo, Cecilio A.

1897 Nombres geográficos indígenas del Estado de Morelos: Estudio crítico de varias obras de toponomateología Nahua. Impresor Luis G. Miranda, Cuernavaca.

Vaillant, George C.

2009(1930) Excavaciones en Zacatenco. Instituto Nacional de Antropología e Historia. México.

Valdovinos Rojas, Elda Vanya

2014 Rostro en la montaña, Arte rupestre en Tlayacapan y Amatlán, Morelos. Tesis de Maestría en Historia del Arte, UNAM, IIE-Facultad de Filosofía y Letras, México.

San José de los Laureles en Tlayacapan es una comunidad con una profunda historia aún por investigarse a fondo. Se llamaba antiguamente Tlalmimilulpan como lo recuerdan cada vez más vagamente sus pobladores, y quizá durante los primeros tiempos del virreinato se conociera como Izquitepetl. Los reconocimientos arqueológicos nos muestran que tuvo una ocupación humana desde el período Preclásico Tardío (500 a.n.e.-200 n.e.) y cuenta con relevantes sitios arqueológicos, testigos de su historia.

La comunidad conocida como San José de los Laureles se localiza a tres kilómetros y medio en línea recta al noroeste de la cabecera de Tlayacapan, de quien depende políticamente. Su altitud es mayor que la de la cabecera en casi doscientos metros más, alcanzando los 1,866 m.s.m.n., lo cual la acerca más al bosque y a recursos diferenciales con respecto a los de la cabecera. Esta comunidad fue emplazada sobre una loma entre peñas con altas paredes verticales que le otorgan un paisaje notable.

En las Relaciones Geográficas del siglo XVI de Totolapan, realizadas en 1579, se indica que Tlayacapan era una cabecera que tenía como sujetos a seis comunidades: “…Hizquitepeque, Cuitlapila, Actopa[n], Tezontlitlan, Nonopala, Zacatilihucan: todos los cuales están en torno de la dicha cabecera y distan de ella media legua, poco más o menos, excepto Xocoyocan, que dista una legua, poco más o menos” (Acuña 1986:159).

Un registro realizado por los agustinos que tenían a cargo dichas comunidades de Tlayacapan en el siglo XVI, aportan los nombres de los santos asignados a cada comunidad reconocidos entre 1571 y 1573. En este caso se registraron trece comunidades: Los Tres Reyes Xocoyacan; Sant Lucas Teapoyucan; Asunción de Nra. Señora Atepexic; San Gregorio Atlteapotitlan; San Andrés Nonopala; San Pablo Texoaçan; Sant Agustín Atocpa; Sant Marcos Tlalyuacpan; San Pedro Cuytlapilco; Sta. Mónica Tepenacanco; S. Joseph Inquitepec; S. Francisco Tepozoco; y Sta. Catalina Çacatiliuhcan (Brinckmann 1969:139).

La única comunidad de Tlayacapan que tiene asignado a San José en su capilla local es precisamente San José de los Laureles. Y la comunidad registrada en la segunda mitad del siglo XVI vinculada con San José es la de Inquitepec. El profesor de náhuatl local de San José de los Laureles Carlos Tamariz Flores, argumenta que en algunos papeles en el Archivo Municipal de Tlayacapan identificó el nombre de su comunidad registrada como San José Ixquitepetitla, y él argumenta que su traducción al español derivaría de la voz ixquitl, que significa tostado, tepetl, cerro, y titlan, que refiere abundancia, todo lo cual haría referencia al cerro de tezontle localmente llamado Tezontlala.

Es ampliamente probable que el nombre original de la comunidad sea el de Izquitepetl, donde izquitl es maíz tostado y tepetl, cerro, lo que permitiría la lectura de “Cerro de maíz tostado”, lo cual no se contrapone necesariamente con la idea del profesor Tamariz, y coincide con el registro que se hizo entre 1571 y 1573 de las comunidades atendidas por los agustinos en Tlayacapan como Inquitepec, quizá registrada así por un error, en lugar de Izquitepec. El mismo listado de trece estancias aparece también en la obra Los obispados de Tlaxcala, Michoacán y otros lugares en el siglo XVI (ca. 1571) (García Pimentel 1904), donde son nombradas trece estancias con ligeras diferencias a las del censo agustino, aunque quizá derivado de una misma fuente. Las variaciones son menores, se encuentran en los nombres de Nonoxala (por Nonopala), Texoacan (por Texoaçan), Texinacanco (por Tepenacanco), Texozoco (por Tepozoco), y Zacatiliuncan (por Çacatiliuhcan), quizá por efectos de diferencias entre los paleógrafos. Se tiene registrado, además, que el pueblo de Inquitepec “…dista de la cabecera tres cuartos de legua al norte” (García Pimentel 1904:120), tal como se encuentra aproximadamente el día de hoy el propio San José de los Laureles.

En el período que comprende 1601 a 1604 se realizaron congregaciones en Tlayacapan, ocho de las trece comunidades fueron agrupadas en otras entidades mayores, sobreviviendo solamente cinco separadas. Las comunidades que sobrevivieron alejadas de la cabecera de Tlayacapan registradas en los archivos de esa época, podrían coincidir con algunas comunidades que continúan actualmente en esta condición y algunas que hemos localizado ya abandonadas. San Andrés Nonopala, podría ser el actual San Andrés Cuauhtempan; San Pablo Texoaçan, quizá corresponda a la actual capilla abandonada de San Pablo, al norte de la cabecera de Tlayacapan, entre San Agustín y San Andrés; San Agustín Atocpa, podría ser el actual San Agustín Amatlipac; San José Inquitepec, podría ser el actual San José de los Laureles, Tlalmimilolpan; y Santa Catalina Çacatiliuhcan quizá sea la actual Santa Catarina Tlayca, también conocida como Ignacio Bastida, en Yautepec (cfr. Gerhard 1986:108). Esta comunidad de Santa Catarina, se encuentra al otro lado de la sierra, al suroeste de la cabecera de Tlayacapan, y en el año de 1554 Tlayacapan y Yautepec se disputaban tierras cercanas a ésta, denominadas Maquiztlan (García Mendoza 2010:368-369). Al parecer la comunidad de Los Tres Reyes Xocoyacan, fue congregada hasta 1604 y quizá su ubicación sea la de la actual capilla de Los Reyes, en el Barrio de Texcalpa (García Mendoza 2010:387-388).

Sea cual fuere el nombre original, la designación en náhuatl local actual de la comunidad de San José de los Laureles es Tlalmimilulpan, aunque éste ha ido cayendo en desuso, para dar paso al omnímodo San José de los Laureles. Sobre este nombre se ha argumentado que Tlalmimilulpan “Se compone de tlalli, tierra, de mimilloli ó mimilluli, cosa rolliza como pilar, redonda, y de pan, en ó sobre; y significa: En Remolinos de tierra” (Robelo 1897:64). También se ha traducido Tlalmimilòlpa como la/tierra/del/borde, además de que se ha dudado que haya pertenecido a Tlayacapan, sino que más bien estaría vinculado con Tepoztlán o Tlalnepantla por el solo hecho topográfico y la cercanía con este último (Favier 2004:28, 184), lo cual, como hemos visto por la identificación del pueblo de Izquitepetl en las fuentes vinculado con San José, es poco probable asumir que no haya pertenecido a Tlayacapan.

Quizá la voz Tlalmimilolpan derive de tlalli que es tierra, mimiloa que significa rodar, y pan que indica sobre, lo cual indicaría “En tierra que rueda”, lo cual se relaciona con la topografía abrupta de la localidad que se encuentra entre peñas con graves pendientes que frecuentemente muestra deslaves de rocas.

Desde el año 2012 que comenzamos a ejecutar el Proyecto de Investigación y Conservación de la Zona Arqueológica El Tlatoani, Tlayacapan, Morelos, llegamos a realizar recorridos en la región de Tlalmimilolpan, identificando primeramente sus pinturas rupestres. En 2015 realizamos un proyecto de recorrido sistemático para esa localidad en particular, para el que contamos con la asistencia del P. A. Juan Manuel Ramos García y de un vecino de la localidad, don Epigmenio Salas. De esta forma fuimos localizando diversos sitios en la totalidad del área que comprende la comunidad, algunos de ellos fueron concentraciones de materiales arqueológicos sobre la superficie, otros fueron los restos de antiguas edificaciones, y finalmente, una considerable cantidad de elementos arqueológicos rupestres tanto pictóricos como petrograbados, que son relevantes en el área y han resultado de los más representativos hasta el momento, en todo el municipio.

Se han registrado al momento diez sitios con pintura rupestre y siete con signos petrograbados dispersos en los campos agrícolas e incluso en algún muro de una casa en la comunidad de Izquitepetl-Tlalmimilolpan.

Los petrograbados muestran signos vegetales, acuáticos y en un caso se trata de una maqueta que representa una estructura arquitectónica donde se advierten los escalonamientos y el remate de la alfarda (González et al. 2016).

De todas las zonas con pinturas rupestres destacan por su magnitud y complejidad aquellas que denominamos San José de los Laureles I, II y III, y Cihuapapalotzin, al oeste de Izquitepetl-Tlalmimilolpan, pero existen otras de menor magnitud e incluso, casi perdidas, en los cerros Ayotzin, Tepozoco y Tonantzin. Todos los cerros están nombrados y la comunidad mantiene una tradición oral sobre el significado de cada nombre y algunas leyendas al respecto, el más famoso de ellos, que se ha convertido incluso en la imagen de la Ayuntamiento de Tlayacapan, es el cerro Tonantzin, ya que los vecinos ancestralmente han advertido que desde la perspectiva de su comunidad se puede ver la cabeza de perfil de esta deidad.

El más investigado de los sitios con pintura rupestre es el denominado San José de los Laureles III, ubicado en el paraje El Mirador, en la ladera de una peña. De este sitio, se cuenta con dos trabajos académicos relevantes que abordan, por un lado, el registro de los signos representados y su posible significación (Valdovinos 2014), y por otro, su posible vinculación con ciertas prácticas del sistema de valores de la actual comunidad de Tlayacapan asociados al aire (Granados y Cortés 2009).

Este sitio consiste en un amplio panel donde a manera de un palimpsesto, se pintaron signos en tinta roja, y sobre ésta y en al menos dos etapas más, se advierten signos pintados en tinta blanca. Desde este lugar se advierten los cerros Ayotzin, Tonantzin, Tezontlala, El Sombrerito y Cihuapapalotzin, muy vinculados con Izquitepetl-Tlalmimilolpan y quizá tuvo algún vínculo de observación de los astros con respecto a estas elevaciones.

La cantidad de signos en este primer sitio en color rojo son veinte, mientras que las de color blanco, suman treintaidós. Las pinturas en color rojo son con alta probabilidad efecto del período Epiclásico (600-900 n.e.), y entre éstas existen signos antropomórficos y calendáricos, mientras que en la pintura blanca existen representaciones de Tláloc, también quizá de Mictlantecuhtli, el quincunce, zoomorfos cuadrúpedos y un interesante signo de aspas giratorias que identificamos como el nepaniuhtli que representa “…movimiento con la idea del ollin, al tiempo que sirve como representación del ilhuitl como noción del tiempo ritual… y poseen atributos correspondientes al movimiento y la alternancia.” (Martínez et al. 2018).

El sitio denominado San José de los Laureles II se localiza cerca de un mirador en el camino para acceder más arriba, hasta el sitio que acabamos de describir. Este sitio está constituido exclusivamente en signos elaborados con puntura roja, también claramente pertenecientes al período Epiclásico (600-9000 n.e.). Entre los signos representados existen algunos antropomorfos y otros claramente de carácter calendárico asociados directamente con signos análogos a los representados en Xochicalco, en Morelos, así como Piedra Labrada y Texmelican en Guerrero. Además, se ha identificado la representación de un cerbatanero, el cual constituye un signo relevante en el sistema de valores de América Media desde el Preclásico Medio (800-500 a.n.e.) (González 2017).

El sitio San José de los Laureles I, se localiza también sobre una pared de la peña, pero adyacente al nivel del terreno agrícola. Este aún no se ha analizado plenamente, su grado de conservación es inferior a los antes mencionados, pero se advierten decenas de signos, la mayoría en tinta blanca, aunque también podría haber alguno en tinta roja, entre los que se advierten signos zoomorfos cuadrúpedos y también antropomorfos.

Otro sitio con pintura rupestre es el de la peña Cihuapapalotzin, el cual está muy probablemente relacionado con el pueblo de Izquitepetl-Tlalmimilolpan no solo por el estilo de los signos, sino porque el encumbramiento al área de la cima donde se encuentra es accesible a partir de ésta comunidad, intentarlo por Tlayacapan sería muy complicado. Entre los seis signos presentes en este sitio podemos distinguir representaciones de Venus, el ojo de reptil, y el glifo-emblema de Tláloc, todos en tinta roja (González 2013 y 2016).

El pueblo de Izquitepetl-Tlalmimilolpan cuenta con una gran zona arqueológica llamada Los Teocholes, la cual fue registrada por el INAH Morelos desde el año de 1987, probablemente por el Arqueólogo Arturo Oliveros. Se trata de dos conjuntos de tres estructuras piramidales en torno a plazas que alcanza más de 1000 metros cuadrados cada una, tanto al norte, como sur de este espacio; entre los dos conjuntos median 250 metros lineales, y cerca del centro se ubica una gran plataforma de 50 x 40 metros y hasta 1,8 m. de altura de altura. La estructura más alta pertenece al conjunto norte y mide 15 m. de altura, 30 m. de largo y 20 m. de ancho. Al este del cerro Quiahtepetl también existe otro montículo en muy mal estado de conservación. Los materiales arqueológicos asociados en superficie son mínimos y aún no sabemos con plenitud la cronología de esta zona arqueológica, pero hemos descubierto materiales pertenecientes al Preclásico Tardío al Terminal (500 a.n.e.-200 n.e.) de manera más frecuente.

Al norte del cerro Tezontlala se localiza, en el nacimiento de una barranca, un yacimiento de piedra foliácea del cual se extrajeron desde el período Preclásico Terminal (200 a.n.e-200 n.e.), lajas para su uso en contextos funerarios que han sido localizados en múltiples entierros del Preclásico en toda la región, y más tarde para la construcción de los soportes de los tableros saledizos en la arquitectura análoga a la teotihuacana, los cuales están presentes en la arquitectura de la cima de la peña El Tlatoani. Quizá el propio Izquitepetl-Tlalmimilolpan mantendría un comercio específico de este material constructivo que no hemos localizado en ninguna otra parte de la región de los Altos de Morelos.

En los recorridos sistemáticos realizados pudimos recuperar materiales cerámicos que nos permitieron tras su análisis, identificar que en la comunidad ha habido asentamientos desde el Preclásico Terminal (200 a.n.e.-200 n.e.), hasta el Virreinato (1521-1821 n.e.). Uno de los tipos más significativos perteneciente al período Clásico (200-600 n.e.) es el Blanco Granular. Pero no cabe duda que la mayor frecuencia de materiales corresponde al Posclásico Temprano (900-1200 n.e.), coincidiendo en este aspecto con el gran asentamiento que existió en Tlayacapan en ese momento. Entre los tipos de esta temporalidad contamos con el Rojo Bruñido, circunscrito a esta temporalidad, así como el Negro sobre Anaranjado Puebla/Morelos, que continúa produciéndose hasta el Posclásico Medio (1200-1438 n.e.). En menor cantidad relativa existen materiales del Posclásico Tardío, tanto locales, como aztecas y xochimilcas, procedentes de la Cuenca de México.

Nosotros solamente hemos realizado una pequeña excavación arqueológica en el paraje denominado Axahuizco, donde previamente se habían recuperado vasijas por parte de sus dueños en trabajos agrícolas. En la exploración localizamos solamente una vasija perteneciente al período Preclásico Terminal (200 a.n.e.-200 n.e.), y por el contexto general del descubrimiento y los materiales que conserva la comunidad y recuperados del mismo sitio, pensamos que se trataba de una ofrenda agrícola, con varias vasijas, algunas de las cuales contenían cuentas de piedras verdes, significando el agua.

Otros materiales arqueológicos localizados que nos permiten inferir actividades pretéritas en el lugar, son las variadas manos de metate, metates y metlapiles para la preparación de alimentos, así como machacadores para la preparación de la fibra vegetal del amate del cual se hacía una especie de papel.

El saqueo en la comunidad no es sistemático, pero sí ha existido, aunque recientemente la comunidad está organizada y se construyó una caseta a la entrada de la misma, la cual pretende controlar más el flujo de visitantes a la misma.

Recientemente la comunidad ha dado señales claras de querer recuperar no solamente su historia ancestral, sino también de ir recuperando la lengua náhuatl.

Debemos recordar que con la secularización durante el siglo XVIII de las doctrinas que estaban en manos del clero secular, comenzó un ataque que exterminó el náhuatl de muchas comunidades en Morelos. La doctrina de Tlayacapan se secularizó en 1754 y, por ejemplo, en lugares como Ocuituco Tetela y Atlatlauhcan los vicarios seculares que sustituyeron a los frailes no sabían el náhuatl, por lo que pedían frailes que lo supieran (Álvarez 2015:96, 248).

Durante las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, las diversas lenguas indígenas a las que muchos de los frailes del clero regular se habían adaptado desde el siglo XVI, de manera destacada los propios agustinos que impartían la doctrina en náhuatl en Tlayacapan, comenzaron a resentir el embate de una política que pretendió erradicar las lenguas indígenas y privilegiar el castellano. Durante el siglo XX se impuso el español sobre las lenguas indígenas en un intento de “modernizar” y uniformar el sistema educativo, y no sería hasta la década tercera del siglo XX que se volteó a las comunidades indígenas y sus lenguas para valorar lo que, en realidad en muchos casos, era prácticamente un proceso imposible de rescindir, la pérdida definitiva de las lenguas indígenas en amplias regiones y comunidades. (Garza 1991)

Ese habría sido el escenario del náhuatl en Tlayacapan que para la primera década del siglo XX ya se hablaría muy poco el náhuatl en la cabecera, y cuya única comunidad que mantuvo unos cuantos hablantes hasta la actualidad sería precisamente la que hubiera perdido casi en su totalidad, el uso de su nombre antiguo en esa lengua y preferir el nombre de San José de los Laureles. Quizá este sea un buen ejemplo de lo que para las comunidades indígenas llegó a significar siglos de ataques a su lengua, y la imposición de una triste estigmatización sobre aquellos que no hablaran español, equiparándolos con el rostro del atraso de la nación, la pobreza y la indignidad. Lo que hicieron los invasores españoles en el XVI, los grupos criollos en el México independiente y los grupos nacionales posrevolucionarios con la lengua originaria, será muy difícil de revertir aún en comunidades como Tlalmimilulpan, que cuenta aún con unos pocos hombres y mujeres mayores de edad hablantes del náhuatl, así como algunos entusiastas de la idea de un renacimiento de esta lengua en su localidad. Aun así, tienen de su lado múltiples “prestamos” del náhuatl al español contemporáneo, un entorno cimentado en esa lengua donde cada animal, planta, flor, insecto, peña, paraje, campo agrícola, cañada, manantial, camino y calle les recuerdan que alguna vez, toda la comunidad nombraba al mundo que la rodeaba en esa lengua que ahora se le ve languidecer. Pero, sobre todo, tienen una larga historia fundamentada al menos desde el siglo VI de nuestra en esta lengua, plasmada en sus contextos arqueológicos, que les otorga identidad, singularidad y a la vez, universalidad como fenómeno humano de larga duración.

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