/ domingo 12 de junio de 2022

Francisco Toledo se enamoró primero del beisbol que de la pintura

Grabados, pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones integran esta muestra donde la liturgia de la pelota es insertada en una estética, muy zapoteca

Hubo un tiempo en que el beisbol fue el deporte más popular de México. Los peloteros eran los héroes de niños como Francisco Toledo, un pequeño que se enamoró antes de la pelota que de la pintura. Algo natural para casi cualquier persona que crece en el Istmo de Tehuantepec, donde la pasión tiene forma de diamante.

Aquel niño Toledo no era cualquier niño. Desde muy corta edad ya germinaba en él la conciencia social sobre el despojado. Por eso, cuando vivía en Minatitlán, se identificaba con los peloteros negros que, segregados en Estados Unidos por su color de piel, se refugiaron en México en un equipo: los Azules del Veracruz.

Fue así que este niño —que con los años se convertiría en uno de los grandes maestros de la pintura mexicana— devoró el mito de Monte Irvin, el jardinero estrella de la Unión Americana que perdió sus mejores años a causa del racismo. Pero también hubo otras leyendas que nutrieron su espíritu, como Josh Gibson, el bateador de alto poder que era conocido como “el Babe Ruth negro”. En Estados Unidos, antes de la década de 1960, los afroamericanos tenían su propia liga porque no podían jugar con los blancos.

La memoria, caprichosa al fin, hizo de Toledo un beisbolista frustrado. No porque en verdad hubiera querido dedicarse a la pelota, sino porque dentro de él siempre existió un impulso por pintar la estética de este deporte que es, ante todo, Historia e historias. Quien desee adentrarse en la faceta más pelotera del pintor oaxaqueño, ya tiene un lugar donde hacerlo: el Museo Diablos, que se encuentra dentro del Estadio Alfredo Harp Helú, la primera casa propia que tienen los Diablos Rojos del México después de casi 80 años.

La Sala A de este museo está dedicada a la obra beisbolera de este artista plástico que entendió la lucha social como una vocación irrenunciable. Grabados, pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones integran esta muestra donde la liturgia de la pelota es insertada en una estética, muy zapoteca, muy oaxaqueña. Es así que vemos a catchers que parecen guerreros prehispánicos o a la punta de un bat con la cara de un anciano de barbas blancas y tez morena, acaso el autorretrato deportivo más famoso —y quizá el único— de un pintor mexicano.

También están dibujados los ídolos negros de Toledo, el cuadro de un lanzador de tres brazos con cara de calaca y una instalación de sus clásicos papalotes, que zurcan el aire como bolas que se van al home run.

Algunas piezas incluso todavía tienen anotaciones a lápiz del artista, generalmente dedicadas a los dos grandes patrocinadores y creadores de este espacio: el empresario Alfredo Harp Helú y su esposa Isabel Grañén Porrúa.

En la década de 1990, “la doctora Grañén se convierte en directora del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Allí, el maestro Toledo era su jefe y trabajaba con él en muchos proyectos. Con el tiempo, la familia Harp Grañén tejió una relación con el pintor muy cercana. A esta amistad hay que entenderla desde el amor a Oaxaca”, asegura Mariana Zardain, curadora de la exposición de obras de Francisco Toledo sobre beisbol.

“Todos ellos trabajaron juntos, en 1994, en la liberación del Convento de Santo Domingo, que ahora lo vemos muy bello, pero por mucho tiempo fue un cuartel al que sólo podían ingresar los militares”.

UNA AMISTAD ÚNICA

A primera vista, el vínculo entre el maestro Toledo y los Harp Grañén podría parecer improbable.

Alfredo Harp Helú es uno de los empresarios más prominentes de México. Primo hermano de Carlos Slim Helú —el hombre más rico de América Latina, según Bloomberg—, adquirió Banamex en 1991 junto a Roberto Hernández, hasta que en 2001 la institución fue adquirida por Citigroup. Desde entonces, las grandes pasiones de Harp Helú son el arte y el deporte.

Por eso no es extraño que Francisco Toledo haya encontrado un lugar en esa familia, aunque en muchos otros sitios, según relataba él mismo, lo corrieran por andar despeinado y en huaraches.

“En los bautizos (de la familia Harp Grañén) siempre estaba el maestro Toledo. Les llevaba de regalo un dibujo o un grabado. Incluso en la misma fiesta se ponía a dibujar en las servilletas. Con todo su talento, le salían unas cosas preciosas”, cuenta Zardain.

Y es que en México la academia y el arte prestan escasa atención al deporte. Pocos o nulos son los museos o las bibliotecas dedicadas a resguardar la memoria deportiva.

“Al menos en lo que al beisbol se refiere, en los últimos 15 años los equipos se han olvidado de su historia.

Cada vez viven más del hoy: no le rinden culto a su pasado, a sus grandes jugadores, a sus leyendas; no hay efemérides, no hay documentos que puedan rescatar a los viejos de cada equipo”, observa Agustín Castillo, director del Museo Diablos.

DOS COSMOVISIONES

Aunque la obra de Toledo se expuso en Nueva York, Londres, París, Oslo y otras capitales, a él siempre le gustó estar en casa. Su cosmovisión era peculiar, muy cercana a las mitologías indígenas, que concebían a la naturaleza como la fuente madre y eterna.

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Harp Helú, por su lado, concebía a la pelota como una forma de habitar la vida. En su autobiografía Vivir y morir jugando beisbol (2003), escribe: “El mundo también es un parque de pelota; cada ciudad y cada país son parques de pelota, y la experiencia que compartimos con otras personas puede compararse con un juego de béisbol donde encontramos alegría, triunfo o derrota; voluntad, paciencia, riesgos, estrategia, esfuerzo y sacrificio; competencia, integridad, empatía y todas las emociones que nos hacen humanos”.

Quizá por eso al entrar al estadio de los Diablos exista una sensación de entrar a un templo muy antiguo.

Su base arquitectónica es de estilo prehispánico. Y la muralla de acero rojizo que la cubre —hecha por Toledo— lo convierte en una fortaleza infernal. Un letrero lo anuncia a la entrada: “Bienvenidos al infierno”.

Hubo un tiempo en que el beisbol fue el deporte más popular de México. Los peloteros eran los héroes de niños como Francisco Toledo, un pequeño que se enamoró antes de la pelota que de la pintura. Algo natural para casi cualquier persona que crece en el Istmo de Tehuantepec, donde la pasión tiene forma de diamante.

Aquel niño Toledo no era cualquier niño. Desde muy corta edad ya germinaba en él la conciencia social sobre el despojado. Por eso, cuando vivía en Minatitlán, se identificaba con los peloteros negros que, segregados en Estados Unidos por su color de piel, se refugiaron en México en un equipo: los Azules del Veracruz.

Fue así que este niño —que con los años se convertiría en uno de los grandes maestros de la pintura mexicana— devoró el mito de Monte Irvin, el jardinero estrella de la Unión Americana que perdió sus mejores años a causa del racismo. Pero también hubo otras leyendas que nutrieron su espíritu, como Josh Gibson, el bateador de alto poder que era conocido como “el Babe Ruth negro”. En Estados Unidos, antes de la década de 1960, los afroamericanos tenían su propia liga porque no podían jugar con los blancos.

La memoria, caprichosa al fin, hizo de Toledo un beisbolista frustrado. No porque en verdad hubiera querido dedicarse a la pelota, sino porque dentro de él siempre existió un impulso por pintar la estética de este deporte que es, ante todo, Historia e historias. Quien desee adentrarse en la faceta más pelotera del pintor oaxaqueño, ya tiene un lugar donde hacerlo: el Museo Diablos, que se encuentra dentro del Estadio Alfredo Harp Helú, la primera casa propia que tienen los Diablos Rojos del México después de casi 80 años.

La Sala A de este museo está dedicada a la obra beisbolera de este artista plástico que entendió la lucha social como una vocación irrenunciable. Grabados, pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones integran esta muestra donde la liturgia de la pelota es insertada en una estética, muy zapoteca, muy oaxaqueña. Es así que vemos a catchers que parecen guerreros prehispánicos o a la punta de un bat con la cara de un anciano de barbas blancas y tez morena, acaso el autorretrato deportivo más famoso —y quizá el único— de un pintor mexicano.

También están dibujados los ídolos negros de Toledo, el cuadro de un lanzador de tres brazos con cara de calaca y una instalación de sus clásicos papalotes, que zurcan el aire como bolas que se van al home run.

Algunas piezas incluso todavía tienen anotaciones a lápiz del artista, generalmente dedicadas a los dos grandes patrocinadores y creadores de este espacio: el empresario Alfredo Harp Helú y su esposa Isabel Grañén Porrúa.

En la década de 1990, “la doctora Grañén se convierte en directora del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Allí, el maestro Toledo era su jefe y trabajaba con él en muchos proyectos. Con el tiempo, la familia Harp Grañén tejió una relación con el pintor muy cercana. A esta amistad hay que entenderla desde el amor a Oaxaca”, asegura Mariana Zardain, curadora de la exposición de obras de Francisco Toledo sobre beisbol.

“Todos ellos trabajaron juntos, en 1994, en la liberación del Convento de Santo Domingo, que ahora lo vemos muy bello, pero por mucho tiempo fue un cuartel al que sólo podían ingresar los militares”.

UNA AMISTAD ÚNICA

A primera vista, el vínculo entre el maestro Toledo y los Harp Grañén podría parecer improbable.

Alfredo Harp Helú es uno de los empresarios más prominentes de México. Primo hermano de Carlos Slim Helú —el hombre más rico de América Latina, según Bloomberg—, adquirió Banamex en 1991 junto a Roberto Hernández, hasta que en 2001 la institución fue adquirida por Citigroup. Desde entonces, las grandes pasiones de Harp Helú son el arte y el deporte.

Por eso no es extraño que Francisco Toledo haya encontrado un lugar en esa familia, aunque en muchos otros sitios, según relataba él mismo, lo corrieran por andar despeinado y en huaraches.

“En los bautizos (de la familia Harp Grañén) siempre estaba el maestro Toledo. Les llevaba de regalo un dibujo o un grabado. Incluso en la misma fiesta se ponía a dibujar en las servilletas. Con todo su talento, le salían unas cosas preciosas”, cuenta Zardain.

Y es que en México la academia y el arte prestan escasa atención al deporte. Pocos o nulos son los museos o las bibliotecas dedicadas a resguardar la memoria deportiva.

“Al menos en lo que al beisbol se refiere, en los últimos 15 años los equipos se han olvidado de su historia.

Cada vez viven más del hoy: no le rinden culto a su pasado, a sus grandes jugadores, a sus leyendas; no hay efemérides, no hay documentos que puedan rescatar a los viejos de cada equipo”, observa Agustín Castillo, director del Museo Diablos.

DOS COSMOVISIONES

Aunque la obra de Toledo se expuso en Nueva York, Londres, París, Oslo y otras capitales, a él siempre le gustó estar en casa. Su cosmovisión era peculiar, muy cercana a las mitologías indígenas, que concebían a la naturaleza como la fuente madre y eterna.

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Harp Helú, por su lado, concebía a la pelota como una forma de habitar la vida. En su autobiografía Vivir y morir jugando beisbol (2003), escribe: “El mundo también es un parque de pelota; cada ciudad y cada país son parques de pelota, y la experiencia que compartimos con otras personas puede compararse con un juego de béisbol donde encontramos alegría, triunfo o derrota; voluntad, paciencia, riesgos, estrategia, esfuerzo y sacrificio; competencia, integridad, empatía y todas las emociones que nos hacen humanos”.

Quizá por eso al entrar al estadio de los Diablos exista una sensación de entrar a un templo muy antiguo.

Su base arquitectónica es de estilo prehispánico. Y la muralla de acero rojizo que la cubre —hecha por Toledo— lo convierte en una fortaleza infernal. Un letrero lo anuncia a la entrada: “Bienvenidos al infierno”.

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