/ lunes 27 de julio de 2020

El virus de la desigualdad

En abril, académicos de la UNAM publicaron un índice de vulnerabilidad ante Covid-19 para nuestro país a nivel municipal, el cual, fue integrado por tres puntuales dimensiones de vulnerabilidad: la dimensión demográfica, la dimensión socioeconómica y la dimensión de salud. Y, cuyo objetivo fue reconocer y visibilizar los diversos efectos que la pandemia produce de acuerdo a ciertas vulnerabilidades que personas o grupos sociales padecen.

El índice se construyó a partir de ciertas variables y del cálculo de diversos indicadores para cada dimensión. La dimensión demográfica fue integrada por “variables asociadas con las características de la población que, por las características de la infección por el virus SARS-CoV-2 pueden ser factores que aumentan la vulnerabilidad”, así también, por características socioculturales que dificultan el acceso a la información o de salud para prevenir el contagio, o en su caso, atenderlo una vez infectados. La dimensión de salud fue compuesta por variables vinculadas con el estado de salud de la población, la infraestructura, los servicios y el personal hospitalario disponible en cada municipio. Y, por último, la dimensión socioeconómica, integrada por variables de bienestar, derechos y capacidad económica de la población en cada municipio de nuestro país.

El índice fue clasificado en cuatro grados de vulnerabilidad: medio, alto, muy alto y crítico, de los cuales, los resultados revelaron que, el 63.2% de la población del país habita en municipios con un grado medio de vulnerabilidad; 17.6% en municipios con alto grado; 11.7% en grado muy alto; y, 7.5%, donde la vulnerabilidad tiene un grado muy crítico, como en municipios de Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Yucatán. Es menester, reconocer que la pandemia tiene efectos diferenciados en cada municipio, grupo social o persona en nuestro país. Y, cuyas vulnerabilidades y carencias van a dar paso a la consecuencia extrema de esta pandemia: la muerte.

Ante las pocas pruebas aplicadas para detectar el contagio por Covid-19 en México, la mortalidad se convierte en una de las principales fuentes de datos sólidos para estudiar el impacto de la pandemia. De acuerdo a un estudio elaborado por el Dr. Héctor Hernández, Investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM, hasta el 29 de mayo, el 71% de los muertos por Covid-19 tenían un bajo nivel educativo, es decir, apenas primaria o incluso menos que eso, mientras que, el 84% se concentraban en ocho categorías de empleo, de las cuales, predominaban: los no remunerados, como amas de casa con 28.1%; los no ocupados, como jubilados y pensionados con 12%; y, los empleados del sector público con 11.7%. Sumado a que, más de la mitad de las muertes habían ocurrido en unidades médicas para población abierta, preponderantemente con trabajadores del sector informal carentes de seguridad social.

Es imprescindible entender que la pandemia no ha terminado, que desde el privilegio que pocos tienen de poder quedarse en casa, tienen que hacerlo. Pues, el impacto extremo de esta pandemia, no es para quienes están yendo a comprar a los centros comerciales o a vacacionar a las playas, sino, para aquellos que cada día tienen que salir a trabajar y no los mate el otro virus, el de la desigualdad y la pobreza.

En abril, académicos de la UNAM publicaron un índice de vulnerabilidad ante Covid-19 para nuestro país a nivel municipal, el cual, fue integrado por tres puntuales dimensiones de vulnerabilidad: la dimensión demográfica, la dimensión socioeconómica y la dimensión de salud. Y, cuyo objetivo fue reconocer y visibilizar los diversos efectos que la pandemia produce de acuerdo a ciertas vulnerabilidades que personas o grupos sociales padecen.

El índice se construyó a partir de ciertas variables y del cálculo de diversos indicadores para cada dimensión. La dimensión demográfica fue integrada por “variables asociadas con las características de la población que, por las características de la infección por el virus SARS-CoV-2 pueden ser factores que aumentan la vulnerabilidad”, así también, por características socioculturales que dificultan el acceso a la información o de salud para prevenir el contagio, o en su caso, atenderlo una vez infectados. La dimensión de salud fue compuesta por variables vinculadas con el estado de salud de la población, la infraestructura, los servicios y el personal hospitalario disponible en cada municipio. Y, por último, la dimensión socioeconómica, integrada por variables de bienestar, derechos y capacidad económica de la población en cada municipio de nuestro país.

El índice fue clasificado en cuatro grados de vulnerabilidad: medio, alto, muy alto y crítico, de los cuales, los resultados revelaron que, el 63.2% de la población del país habita en municipios con un grado medio de vulnerabilidad; 17.6% en municipios con alto grado; 11.7% en grado muy alto; y, 7.5%, donde la vulnerabilidad tiene un grado muy crítico, como en municipios de Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Yucatán. Es menester, reconocer que la pandemia tiene efectos diferenciados en cada municipio, grupo social o persona en nuestro país. Y, cuyas vulnerabilidades y carencias van a dar paso a la consecuencia extrema de esta pandemia: la muerte.

Ante las pocas pruebas aplicadas para detectar el contagio por Covid-19 en México, la mortalidad se convierte en una de las principales fuentes de datos sólidos para estudiar el impacto de la pandemia. De acuerdo a un estudio elaborado por el Dr. Héctor Hernández, Investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM, hasta el 29 de mayo, el 71% de los muertos por Covid-19 tenían un bajo nivel educativo, es decir, apenas primaria o incluso menos que eso, mientras que, el 84% se concentraban en ocho categorías de empleo, de las cuales, predominaban: los no remunerados, como amas de casa con 28.1%; los no ocupados, como jubilados y pensionados con 12%; y, los empleados del sector público con 11.7%. Sumado a que, más de la mitad de las muertes habían ocurrido en unidades médicas para población abierta, preponderantemente con trabajadores del sector informal carentes de seguridad social.

Es imprescindible entender que la pandemia no ha terminado, que desde el privilegio que pocos tienen de poder quedarse en casa, tienen que hacerlo. Pues, el impacto extremo de esta pandemia, no es para quienes están yendo a comprar a los centros comerciales o a vacacionar a las playas, sino, para aquellos que cada día tienen que salir a trabajar y no los mate el otro virus, el de la desigualdad y la pobreza.

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