/ lunes 6 de julio de 2020

Calzonzin terminó siendo, casi casi, del RIP: Rius

Las vueltas que da la vida

Al conocer a Eduardo del Río, -mi segunda entrevista, luego de la de Yoshio que hice en mi vida-, mejor conocido por Rius, este autor de los famosísimos “Supermachos” y de tantos libros relacionados con la cultura popular en los que da su muy particular punto de vista, no deja uno de pensar en un ayer remoto.

En el polémico año de 1968 México vivió una época muy polémica, un año después, allanaron su oficina y le quitaron al caricaturista, la paternidad de su historieta, se llevaron también sus apuntes, archivos, conceptos, opiniones, ideologías, vivencias, convicciones y críticas expresadas a través de unas caricaturas, expresiones vivas de personajes del comic político como son Calzonzin Inspector, don Perpetuo del Rosal y doma Eme entre otros. En el saqueo que hicieron en su oficina al momento de su detención ese mismo año de 1969 por las críticas al sistema que hacía a través de su historieta, a más de 50 años de ocurridos los hechos no han perdido su actualidad, su propia vigencia histórica y su calidad de testimonio humano.

Rius, que falleció hace ya casi tres años de cáncer en Tepoztlán donde vivía de manera muy rústica y atendido por su mujer de origen indígena, fue un luchador incansable, cuando lo entrevisté, todavía vivía en Cuernavaca, me abrió las puertas de su casa tachonada de hermosos cuadros, la mayoría pintados por él, y de una sensacional colección de discos de jazz, de música latinoamericana, francesa, griega y bellas arias de ópera-. Y de inmediato comenzaron las preguntas y él a responder: “según mi acta de nacimiento soy Eduardo del Río nacido en Zamora, Michoacán, en 1934 y por azares de la vida o del destino, terminé como caricaturista, monero, pintor, dibujante y todo eso.

Curiosamente, mi vocación por la caricatura nació en una agencia funeraria, donde yo trabajaba como encargado de ambulancias y como tenía que leer todos los periódicos en busca de esquelas, entré así en contacto con los dibujantes especialmente con Abel Quezada. Por medio de la caricatura vi una manera de lograrme, de decir las cosas que a mi me parecían mal.” Rius, ataviado con shorts, camisa de manga corta y chanclas japonesas, perfectamente bien peinado y bronceado por el sol de Cuauhnáhuac, continúa: “Por problemas con el gobierno de aquel entonces perdí la paternidad de mis personajes. Esto lo hicieron para que desapareciera esa crítica, por lo que Calzontzin terminó siendo casi, casi del RIP”, al decirlo la pronta risa que acompaña al caricaturista con mucha frecuencia, se deja escuchar. “Para poder sobrevivir tuve que hacer otra historieta. “Los Agachados”. Para de reír y me mira con sus ojos tristes y profundos de niño, de hecho aunque ría nunca lo abandona una expresión triste en su rostro. Luego continúa: “Por prescripción médica me vine a vivir a Cuernavaca, pues después del secuestro que sufrí en 1969, con todo y simulacro de fusilamiento quedé enfermo del corazón”. Con los brazos recargados sobre la mesa, añade, “Sigo manifestando mi inconformidad por medio de la caricatura, esperando sentado a que haya alguna modificación. Pero me sentía yo y me sigo sintiendo al paso del tiempo, como si gritara en el desierto.

No hay respuesta. Mi satisfacción es que la gente que me lee, se politiza, crea consciencia, no sólo política, sino también en cuestión religiosa y alimenticia”. Rodeados de dos perritas que no dejan de ladrar, un inmenso árbol de la vida y un inefable olor a salsa de chiles recién hecha, llegamos a la conclusión que aún cuando Rius haya podido modificar sus nociones y creencias o simplemente de haber cambiado de alguna manera, en los rincones más secretos de su personalidad, sigue y siguió al paso del tiempo manifestando su inconformidad. “Trabajé en Ovaciones, Diario de la Tarde, Novedades y La Prensa. De todos me corrieron por mis ideas políticas. Después ingresé al “Diario de México”. El caricaturista quien de los líderes internacionales a quien más admira es a Gandhi, “por su postura de renuncia a todos los lujos y comodidades por un ideal político, sin renunciar a sus creencias religiosas, lo hicieron extraordinario.

De los nacionales, a Flores Magón, por haberse mantenido incorruptible y firme en sus ideas hasta que lo asesinaron.” Nos retiramos de la casa de Rius, envueltos todavía en sus libros ya publicados: Marx para principiantes, Mao ídem y Cuba ídem. Como suicidarse sin médico. Hitler para los masoquistas y del judío errante al judío errado entre otros, con la clara consciencia de haber conocido a una de las pocas personas firmes en sus ideales y así se mantuvo hasta su muerte. Quiero destacar un hecho. Años después, siendo yo coordinadora regional de El Universal Morelos, un día faltó el caricaturista y yo, preocupada, no se podía ir la edición sin caricatura, le hablé por teléfono. Desde la entrevista no habíamos vuelto a hablar. Rius, el gran Rius, me dijo, dame tema, te la mando de inmediato. Ese era Rius. Toda mi admiración y respeto a él a la distancia. Y hasta el próximo lunes.

Al conocer a Eduardo del Río, -mi segunda entrevista, luego de la de Yoshio que hice en mi vida-, mejor conocido por Rius, este autor de los famosísimos “Supermachos” y de tantos libros relacionados con la cultura popular en los que da su muy particular punto de vista, no deja uno de pensar en un ayer remoto.

En el polémico año de 1968 México vivió una época muy polémica, un año después, allanaron su oficina y le quitaron al caricaturista, la paternidad de su historieta, se llevaron también sus apuntes, archivos, conceptos, opiniones, ideologías, vivencias, convicciones y críticas expresadas a través de unas caricaturas, expresiones vivas de personajes del comic político como son Calzonzin Inspector, don Perpetuo del Rosal y doma Eme entre otros. En el saqueo que hicieron en su oficina al momento de su detención ese mismo año de 1969 por las críticas al sistema que hacía a través de su historieta, a más de 50 años de ocurridos los hechos no han perdido su actualidad, su propia vigencia histórica y su calidad de testimonio humano.

Rius, que falleció hace ya casi tres años de cáncer en Tepoztlán donde vivía de manera muy rústica y atendido por su mujer de origen indígena, fue un luchador incansable, cuando lo entrevisté, todavía vivía en Cuernavaca, me abrió las puertas de su casa tachonada de hermosos cuadros, la mayoría pintados por él, y de una sensacional colección de discos de jazz, de música latinoamericana, francesa, griega y bellas arias de ópera-. Y de inmediato comenzaron las preguntas y él a responder: “según mi acta de nacimiento soy Eduardo del Río nacido en Zamora, Michoacán, en 1934 y por azares de la vida o del destino, terminé como caricaturista, monero, pintor, dibujante y todo eso.

Curiosamente, mi vocación por la caricatura nació en una agencia funeraria, donde yo trabajaba como encargado de ambulancias y como tenía que leer todos los periódicos en busca de esquelas, entré así en contacto con los dibujantes especialmente con Abel Quezada. Por medio de la caricatura vi una manera de lograrme, de decir las cosas que a mi me parecían mal.” Rius, ataviado con shorts, camisa de manga corta y chanclas japonesas, perfectamente bien peinado y bronceado por el sol de Cuauhnáhuac, continúa: “Por problemas con el gobierno de aquel entonces perdí la paternidad de mis personajes. Esto lo hicieron para que desapareciera esa crítica, por lo que Calzontzin terminó siendo casi, casi del RIP”, al decirlo la pronta risa que acompaña al caricaturista con mucha frecuencia, se deja escuchar. “Para poder sobrevivir tuve que hacer otra historieta. “Los Agachados”. Para de reír y me mira con sus ojos tristes y profundos de niño, de hecho aunque ría nunca lo abandona una expresión triste en su rostro. Luego continúa: “Por prescripción médica me vine a vivir a Cuernavaca, pues después del secuestro que sufrí en 1969, con todo y simulacro de fusilamiento quedé enfermo del corazón”. Con los brazos recargados sobre la mesa, añade, “Sigo manifestando mi inconformidad por medio de la caricatura, esperando sentado a que haya alguna modificación. Pero me sentía yo y me sigo sintiendo al paso del tiempo, como si gritara en el desierto.

No hay respuesta. Mi satisfacción es que la gente que me lee, se politiza, crea consciencia, no sólo política, sino también en cuestión religiosa y alimenticia”. Rodeados de dos perritas que no dejan de ladrar, un inmenso árbol de la vida y un inefable olor a salsa de chiles recién hecha, llegamos a la conclusión que aún cuando Rius haya podido modificar sus nociones y creencias o simplemente de haber cambiado de alguna manera, en los rincones más secretos de su personalidad, sigue y siguió al paso del tiempo manifestando su inconformidad. “Trabajé en Ovaciones, Diario de la Tarde, Novedades y La Prensa. De todos me corrieron por mis ideas políticas. Después ingresé al “Diario de México”. El caricaturista quien de los líderes internacionales a quien más admira es a Gandhi, “por su postura de renuncia a todos los lujos y comodidades por un ideal político, sin renunciar a sus creencias religiosas, lo hicieron extraordinario.

De los nacionales, a Flores Magón, por haberse mantenido incorruptible y firme en sus ideas hasta que lo asesinaron.” Nos retiramos de la casa de Rius, envueltos todavía en sus libros ya publicados: Marx para principiantes, Mao ídem y Cuba ídem. Como suicidarse sin médico. Hitler para los masoquistas y del judío errante al judío errado entre otros, con la clara consciencia de haber conocido a una de las pocas personas firmes en sus ideales y así se mantuvo hasta su muerte. Quiero destacar un hecho. Años después, siendo yo coordinadora regional de El Universal Morelos, un día faltó el caricaturista y yo, preocupada, no se podía ir la edición sin caricatura, le hablé por teléfono. Desde la entrevista no habíamos vuelto a hablar. Rius, el gran Rius, me dijo, dame tema, te la mando de inmediato. Ese era Rius. Toda mi admiración y respeto a él a la distancia. Y hasta el próximo lunes.

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