/ jueves 4 de junio de 2020

Bandas y pandillas de Monterrey

“Estábamos en una fiesta... eran las 11... llegó la redada... eran patrullas de San Nicolás, de Apodaca, de Monterrey... agarraron a varios de Los Pachecos y se los llevaron... a mí me sujetó de la camisa un policía nada más que me zafé y corrí... llegaron seis o siete patrullas... nos golpearon y llevaron al centro de policía de Escobedo y Apodaca... se cumplen las 24 horas... si no pagas fianza es delito”. Este es el testimonio “delFer”, miembro de una de las más de 500 bandas juveniles de las que se tenía registro entre 2007 y 2009 en Monterrey.

De acuerdo con los investigadores Fernando Aguilar y Héctor Castillo algunos nombres de estas bandas eran: Chemos, Baby Locas, Los Pachecos, Los Temidos, Pirañas, Trankilocos, Warriors, etcétera. Una banda juvenil es un grupo “más o menos” organizado, con una identidad definida a partir de un nombre, territorio, una actividad que va desde reunirse por las noches en la esquina, jugar futbol, bailar, vestirse igual, pintar graffiti, un claro sentimiento de identidad e incluso de solidaridad, frente a “la otra banda”. Su principal actividad no está vinculada con delinquir, aunque algunos lo hagan. En cambio, las actividades de una pandilla siempre están relacionadas con cometer delitos. Afortunada o desafortunadamente, pandilla y banda se utilizan como sinónimos de estos grupos de jóvenes cuya escolaridad en promedio es la secundaria (53%).

Para el sociólogo por la UNAM, Christian Ascensio, los jóvenes de nuestro país están estigmatizados y criminalizados. Pero estos grupos se convierten en un sustituto de la familia, pero sobre todo de una comunidad de asistencia mutua, donde los integrantes muchas veces viven, comen, beben y se drogan juntos. Estas prácticas ceremoniales fortalecen los lazos artificiales de parentesco entre los integrantes y transitan de un mero recurso de supervivencia, a la sacralización del grupo congregado. El sociólogo francés Émile Durkheim diría que los recursos simbólicos y los objetos consagrados en una banda sólo adquieren sentido en el grupo y territorio de la dinámica inter pandilleril.

Las pandillas surgen en contextos marcados por la exclusión social y desigualdades. Las primeras investigaciones tienen su origen con Puffer (1912), Asbury (1927), Thrasher (1927), Shaw (1930) y Whyte (1943) y se caracterizaron por estudiar los nexos de amistad, compromiso racial o de pertenencia a un barrio específico. En los 40´ la sociología estadounidense construye una cierta imagen afectiva y positiva de las pandillas. En los 70´ aparecen en la vida cotidiana, caracterizada por la generación de jóvenes rechazados o auto rechazados. En México, el contexto del surgimiento de los llamados chavos banda se da en la CDMX, con la crisis de los 80’. En Monterrey a principios de los 90´. El investigador José Encinas retrata las formas de organización y la vida cotidiana de la banda de Los Reyes, del Barrio FZ. De acuerdo con F. Aguilar y H. Castillo surgen como respuesta a la crisis económica, y el común denominador es la “carencia de certificación social”.

Nuevamente se comenta acerca de las pandillas mexicanas, en respuesta a la difusión en Netflix de la película mexicana “Ya no estoy aquí” de Fernando Frías, que cuenta la historia de Ulises y su banda Los Terkos quienes se divierten bailando cumbia rebajada, vistiendo ropa muy ondulada, y cada uno de sus peinados hacen un culto a la música punk. Hasta que Ulises tiene que viajar a NY, y experimenta dos tipos de discriminación, la de los propios mexicanos y la provocada por sus orígenes. No es nuevo que se mire con repulsión a la mayoría de los jóvenes pobres y de tez morena. En nuestra sociedad hay un desprecio a los jóvenes marginales y desafortunadamente no solo en las películas....

En la película de Fernando Frías aparece la banda de Los Terkos, una mezcla de cholos, que modifican su apariencia, con sus cortes de cabello, y la influencia de la cumbia viñera, cumbia rebajada y la cultura Cholombiana. Esta cultura juvenil se caracteriza por la combinación de los ritmos musicales de la cumbia, danzón y guaracha. A las letras de las notas, los sonideros les dan sabor y atizan el micrófono con frases como: “Venga ese sabor, venga ese sabor…. Aaaachú”, “hasta la pista, baby” o en el peñón de los baños acá en el Defectuoso: “Licenciado Hernández, no baila pero como la goza, pi, pi, pi, pi, pi… Cha-Cha-Cha-Changa”. Por ejemplo, las melodías de Lisandro Meza, cantante y músico colombiano son bailadas por los jóvenes que buscan lazos artificiales de parentesco en la pobreza de las favelas mexicanas. Les gusta bailar, cantar; y sí hasta sonreír:

“Cómo extraño mi sabana hermosa metida en la cordillera.

Esperando que llegue la hora de regresar a mi tierra.

En el valle de pubenza me he metido.

Lejanía que me tiene entristecido…”

¿Por qué ven feo a los jóvenes en México? Para el profesor de la UNAM Christian Ascensio existe un desprecio y repulsión, porque parte de nuestra sociedad juzga negativamente las formas de comportarse y relacionarse de estos jóvenes con la clase media. Les molesta que hablen con groserías, su tono de voz, forma de vestir y al final todas estas características reflejan una resistencia a los modelos establecidos. En sus territorios sus barrios los respaldan, pero fuera de ellos los estigmatizan.

Para Nicho Colombia, periodista regio con más de 30 años de experiencias reporteando estas historias, y conocedor de las bandas del poniente de la CDMX allá en el rumbo de “vaya, vaya Tacubaya” y Santo Domingo, la banda de los Terkos son un reflejo de cómo los jóvenes en Monterrey se convirtieron en carne de cañón para el crimen organizado. En la actualidad eso es una fantasía. “La moda que tú observas en la película ya desapareció, porque el crimen organizado los extinguió, porque muchos de los jóvenes que aparecen en la película están muertos”.

El fenómeno de Monterrey tiene una historia. En los 80´ los Cholombianos asimilaron elementos de Colombia y los adecuaron a la idiosincrasia en modas y modos; el culto a la virgen de Guadalupe, la pared del barrio, el graffiti, etcétera. La gran pregunta es ¿Cuál será el futuro de los más 30 millones de jóvenes entre los 15 y 29 años que viven en México? No se puede generalizar la respuesta, pero tal vez muchos de ellos continuarán siendo víctimas del racismo, criminalización y estereotipos.

Paradójicamente muchos regios niegan por pena que existan estos jóvenes en Monterrey. Nicho Colombia afirma que: “Imagínate que, a unos metros del municipio adinerado de San Pedro Garza, existen cinturones de pobreza en la colonia Independencia... Eso sí hay buenos toquines con grupos como Sensación Vallenata, Escandalo Vallenato, Kombo Kolombia, entre otros”. Antes de despedirse el periodista autor de Binomio de oro, libro donde se retrata la vida de su compadre, el rebelde del acordeón Celso Piña, afirma que Michel Maffesoli analizó la historia de los jóvenes en El tiempo de las tribus. El ocaso del individualismo en las sociedades posmodernas.

Estoy de acuerdo con el periodista Nicho Colombia, cuando dice que los jóvenes no solo necesitan lugares para bailar y bardas para expresarse, también requieren una política pública que tome en cuenta su diversidad. Porque el crimen organizado sí lo está entendiendo y los recluta por su voluntad o por la fuerza y en algunos casos. Algunos halcones ganan de 20 a 40 mil pesos o más al mes en actividades de narcomenudeo. Los sicarios rebasan los 80 o 90 mil pesos, dependiendo a quién maten y la cercanía con su jefe. Lo peor de esta historia es que en el mundo del crimen organizado, los menores de edad son los más fáciles de reemplazar, y los matan mucho, porque justo a esa edad es complicado demostrar lealtad y mantener los pies en la tierra. Los jóvenes de las bandas y pandillas de Monterrey nunca tuvieron nada, y es y será difícil competir con esos sueldos, que ilusionan y tratan de materializar los millones de sueños; que son opacados por las escazas oportunidades. Por esa causa y muchas otras; muchos jóvenes mexicanos: “Ya no están aquí”.


@gersonmecalco

“Estábamos en una fiesta... eran las 11... llegó la redada... eran patrullas de San Nicolás, de Apodaca, de Monterrey... agarraron a varios de Los Pachecos y se los llevaron... a mí me sujetó de la camisa un policía nada más que me zafé y corrí... llegaron seis o siete patrullas... nos golpearon y llevaron al centro de policía de Escobedo y Apodaca... se cumplen las 24 horas... si no pagas fianza es delito”. Este es el testimonio “delFer”, miembro de una de las más de 500 bandas juveniles de las que se tenía registro entre 2007 y 2009 en Monterrey.

De acuerdo con los investigadores Fernando Aguilar y Héctor Castillo algunos nombres de estas bandas eran: Chemos, Baby Locas, Los Pachecos, Los Temidos, Pirañas, Trankilocos, Warriors, etcétera. Una banda juvenil es un grupo “más o menos” organizado, con una identidad definida a partir de un nombre, territorio, una actividad que va desde reunirse por las noches en la esquina, jugar futbol, bailar, vestirse igual, pintar graffiti, un claro sentimiento de identidad e incluso de solidaridad, frente a “la otra banda”. Su principal actividad no está vinculada con delinquir, aunque algunos lo hagan. En cambio, las actividades de una pandilla siempre están relacionadas con cometer delitos. Afortunada o desafortunadamente, pandilla y banda se utilizan como sinónimos de estos grupos de jóvenes cuya escolaridad en promedio es la secundaria (53%).

Para el sociólogo por la UNAM, Christian Ascensio, los jóvenes de nuestro país están estigmatizados y criminalizados. Pero estos grupos se convierten en un sustituto de la familia, pero sobre todo de una comunidad de asistencia mutua, donde los integrantes muchas veces viven, comen, beben y se drogan juntos. Estas prácticas ceremoniales fortalecen los lazos artificiales de parentesco entre los integrantes y transitan de un mero recurso de supervivencia, a la sacralización del grupo congregado. El sociólogo francés Émile Durkheim diría que los recursos simbólicos y los objetos consagrados en una banda sólo adquieren sentido en el grupo y territorio de la dinámica inter pandilleril.

Las pandillas surgen en contextos marcados por la exclusión social y desigualdades. Las primeras investigaciones tienen su origen con Puffer (1912), Asbury (1927), Thrasher (1927), Shaw (1930) y Whyte (1943) y se caracterizaron por estudiar los nexos de amistad, compromiso racial o de pertenencia a un barrio específico. En los 40´ la sociología estadounidense construye una cierta imagen afectiva y positiva de las pandillas. En los 70´ aparecen en la vida cotidiana, caracterizada por la generación de jóvenes rechazados o auto rechazados. En México, el contexto del surgimiento de los llamados chavos banda se da en la CDMX, con la crisis de los 80’. En Monterrey a principios de los 90´. El investigador José Encinas retrata las formas de organización y la vida cotidiana de la banda de Los Reyes, del Barrio FZ. De acuerdo con F. Aguilar y H. Castillo surgen como respuesta a la crisis económica, y el común denominador es la “carencia de certificación social”.

Nuevamente se comenta acerca de las pandillas mexicanas, en respuesta a la difusión en Netflix de la película mexicana “Ya no estoy aquí” de Fernando Frías, que cuenta la historia de Ulises y su banda Los Terkos quienes se divierten bailando cumbia rebajada, vistiendo ropa muy ondulada, y cada uno de sus peinados hacen un culto a la música punk. Hasta que Ulises tiene que viajar a NY, y experimenta dos tipos de discriminación, la de los propios mexicanos y la provocada por sus orígenes. No es nuevo que se mire con repulsión a la mayoría de los jóvenes pobres y de tez morena. En nuestra sociedad hay un desprecio a los jóvenes marginales y desafortunadamente no solo en las películas....

En la película de Fernando Frías aparece la banda de Los Terkos, una mezcla de cholos, que modifican su apariencia, con sus cortes de cabello, y la influencia de la cumbia viñera, cumbia rebajada y la cultura Cholombiana. Esta cultura juvenil se caracteriza por la combinación de los ritmos musicales de la cumbia, danzón y guaracha. A las letras de las notas, los sonideros les dan sabor y atizan el micrófono con frases como: “Venga ese sabor, venga ese sabor…. Aaaachú”, “hasta la pista, baby” o en el peñón de los baños acá en el Defectuoso: “Licenciado Hernández, no baila pero como la goza, pi, pi, pi, pi, pi… Cha-Cha-Cha-Changa”. Por ejemplo, las melodías de Lisandro Meza, cantante y músico colombiano son bailadas por los jóvenes que buscan lazos artificiales de parentesco en la pobreza de las favelas mexicanas. Les gusta bailar, cantar; y sí hasta sonreír:

“Cómo extraño mi sabana hermosa metida en la cordillera.

Esperando que llegue la hora de regresar a mi tierra.

En el valle de pubenza me he metido.

Lejanía que me tiene entristecido…”

¿Por qué ven feo a los jóvenes en México? Para el profesor de la UNAM Christian Ascensio existe un desprecio y repulsión, porque parte de nuestra sociedad juzga negativamente las formas de comportarse y relacionarse de estos jóvenes con la clase media. Les molesta que hablen con groserías, su tono de voz, forma de vestir y al final todas estas características reflejan una resistencia a los modelos establecidos. En sus territorios sus barrios los respaldan, pero fuera de ellos los estigmatizan.

Para Nicho Colombia, periodista regio con más de 30 años de experiencias reporteando estas historias, y conocedor de las bandas del poniente de la CDMX allá en el rumbo de “vaya, vaya Tacubaya” y Santo Domingo, la banda de los Terkos son un reflejo de cómo los jóvenes en Monterrey se convirtieron en carne de cañón para el crimen organizado. En la actualidad eso es una fantasía. “La moda que tú observas en la película ya desapareció, porque el crimen organizado los extinguió, porque muchos de los jóvenes que aparecen en la película están muertos”.

El fenómeno de Monterrey tiene una historia. En los 80´ los Cholombianos asimilaron elementos de Colombia y los adecuaron a la idiosincrasia en modas y modos; el culto a la virgen de Guadalupe, la pared del barrio, el graffiti, etcétera. La gran pregunta es ¿Cuál será el futuro de los más 30 millones de jóvenes entre los 15 y 29 años que viven en México? No se puede generalizar la respuesta, pero tal vez muchos de ellos continuarán siendo víctimas del racismo, criminalización y estereotipos.

Paradójicamente muchos regios niegan por pena que existan estos jóvenes en Monterrey. Nicho Colombia afirma que: “Imagínate que, a unos metros del municipio adinerado de San Pedro Garza, existen cinturones de pobreza en la colonia Independencia... Eso sí hay buenos toquines con grupos como Sensación Vallenata, Escandalo Vallenato, Kombo Kolombia, entre otros”. Antes de despedirse el periodista autor de Binomio de oro, libro donde se retrata la vida de su compadre, el rebelde del acordeón Celso Piña, afirma que Michel Maffesoli analizó la historia de los jóvenes en El tiempo de las tribus. El ocaso del individualismo en las sociedades posmodernas.

Estoy de acuerdo con el periodista Nicho Colombia, cuando dice que los jóvenes no solo necesitan lugares para bailar y bardas para expresarse, también requieren una política pública que tome en cuenta su diversidad. Porque el crimen organizado sí lo está entendiendo y los recluta por su voluntad o por la fuerza y en algunos casos. Algunos halcones ganan de 20 a 40 mil pesos o más al mes en actividades de narcomenudeo. Los sicarios rebasan los 80 o 90 mil pesos, dependiendo a quién maten y la cercanía con su jefe. Lo peor de esta historia es que en el mundo del crimen organizado, los menores de edad son los más fáciles de reemplazar, y los matan mucho, porque justo a esa edad es complicado demostrar lealtad y mantener los pies en la tierra. Los jóvenes de las bandas y pandillas de Monterrey nunca tuvieron nada, y es y será difícil competir con esos sueldos, que ilusionan y tratan de materializar los millones de sueños; que son opacados por las escazas oportunidades. Por esa causa y muchas otras; muchos jóvenes mexicanos: “Ya no están aquí”.


@gersonmecalco

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