/ miércoles 15 de mayo de 2019

Alma Reed, la peregrina

Cuando una viaja por el mundo, viaja con todos los pensamientos, inclusive los pensamientos de la infancia que no pueden evitar asomarse de vez en cuando. Ahora que me he tomado unas semanas por la vieja Europa, en donde he sido tan feliz, tantas veces, me detuve un par de horas en un paraje rodeada de una gran cantidad de árboles que se llaman abetos.

¿Abetos? Me dije cuando lo escuché. Para mí, la palabra “abeto” me recuerda de inmediato aquella canción maravillosa que me hacía estremecer desde muy niña al ritmo de los acordes de la trova yucateca. Cómo olvidar esa letra que escuché tantas veces en la sala de mi casa con mi padre siempre ensayando con otros grandes trovadores los fines de semana. Mi padre fue, para mi gusto, y el gusto de muchos, uno de los últimos grandes trovadoras de esa tierra donde el amor crece en cualquier maceta y todo suspiro convierte en poesía.

Peregrina de ojos claros y divinos

Y mejillas encendidas de arrebol

Mujercita, de los labios purpurinos

Y radiante cabellera, como el sol

Peregrina, que dejaste tus lugares

Los abetos y la nieve, y la nieve virginal

Y viniste a refugiarte a mis palmeres

Bajo el cielo de mi tierra….. de mi tierra tropical

Peregrina es una canción que fue escrita pocos años después de la Revolución Mexicana, inspirada en la periodista Alma Reed una tarde del mes de junio mientras estaban juntos: ella, Luis Rosado Vega y Felipe Carrillo Puerto atravesando en coche el hermoso Paseo Montejo de la Ciudad Blanca.

Luis Rosado Vega escribió acerca de esto: Debíamos asistir a un convivio en la casa del maestro Filiberto Romero, director de la Escuela de Música. En el auto iba Alma sentada entre Felipe y yo. Entramos en el suburbio de San Sebastián. Con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia. Ella dilató el pecho, como para absorver a pleno pulmón aquellas fragancias y dijo: “Que bien huele”. Le salí al paso con una frase simplemente galante: Todo huele bien porque usted pasa. Tierra, flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes. Dijo Felipe al punto: -Eso se lo vas a decir en un verso. Contesté: -Se lo diré en una canción. Alma rió argentinamente. Así reía. Concluído el convivio y ya en mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerían. En la mañana siguiente lo busqué y se la dí. Dos días después, ya había nacido la canción. Y eso es todo.

Alma Marie Prescott Sullivan Reed, fue una periodista estadounidense. Nació en San Francisco, California en el año 1889 y murió en la Ciudad de México en 1966. Se dice que adquirió renombre tras haber defendido la vida de un joven menor de edad mexicano, quien había sido acusado de homicidio y condenado a muerte en Estados Unidos. Este acto tuvo una enorme repercusión, al grado tal, que se emitió una ley que prohibió las condenas a muerte a los menores de edad.

Alma Reed trabajó como corresponsal del New York Times y por el año 1923 fue enviada para escribir acerca de la expedición de antropólogos y arqueólogos que se harían cargo de los trabajos de investigación y rescate en Chichén Itzá. Su trabajó levantó gran conmoción al denunciar las arbitrariedades hechas por Edward Herbert Thompson, quien estuvo a cargo del consulado estadounidense en Yucatán. Durante todo este tiempo, Herbert Thompson había dragado el Cenote sagrado de Chichén Itzá para la extracción de oro, joyería y arte maya y después venderlo en su país. Todo esto con un enorme valor económico pero, sobre todo, arqueológico para nuestro país. Se dice que estas joyas fueron mayormente vendidas al Museo Peabody y que el gobierno mexicano a demandado su recuperación con resultados, se podría decir, muy poco satisfactorios.

Después de la trágica muerte de Felipe Carrillo Puerto, Alma Reed se fue a Italia y a Grecia, encabezando el movimiento de renacimiento de la cultura griega con el poeta Angelo Sikelianos.

En Nueva York abrió un salón literario y revolucionario, desde donde promovió actividades griegas, italianas y mexicanas.

En 1933 abrió un salón de pintura en Chicago, durante la Feria Mundial, interesada en la obra de José Clemente Orozco y otros pintores mexicanos. En el año 1940 inició una Sociedad de amigos de México y a partir de la Segunda Guerra Mundial escribió artículos con temas que favorecían la cultura mexicana.

Finalmente, en el año de 1954 se estableció definitivamente en la Ciudad de México y murió en 1966. Ella había dispuesto que sus restos fueran llevados a Mérida, Yucatán para ser depositadas frente a la tumba del hombre que dijo amarla por sobre todas las cosas en esas tardes lluviosas del mes de junio; el eterno Felipe Carrillo Puerto.

Así es que, después de salir del Atelier de Paul Cezánne en Aix de Provence, Francia, rodeada por estos hermosos abetos justo en este mes de mayo, cuando las gotas han bañado la tierra, cuando estoy recordando a Alma Reed, cuando estoy escribiendo una nota periodística, cuando recuerdo que nací bajo el ala de esta música de dioses, cuando me he dado cuenta que he viajado descubirendo los museos, el arte y la filosofía en varias partes del mundo y cuando me doy cuenta que estoy lejos de mi patria, no puedo evitar cantar esta canción mientras se asoma una lágrima furtiva pero profundamente emocionada:

No te olvides, no te olvides de mi tierra. No te olvides, no te olvides de mi amor..

Cuando una viaja por el mundo, viaja con todos los pensamientos, inclusive los pensamientos de la infancia que no pueden evitar asomarse de vez en cuando. Ahora que me he tomado unas semanas por la vieja Europa, en donde he sido tan feliz, tantas veces, me detuve un par de horas en un paraje rodeada de una gran cantidad de árboles que se llaman abetos.

¿Abetos? Me dije cuando lo escuché. Para mí, la palabra “abeto” me recuerda de inmediato aquella canción maravillosa que me hacía estremecer desde muy niña al ritmo de los acordes de la trova yucateca. Cómo olvidar esa letra que escuché tantas veces en la sala de mi casa con mi padre siempre ensayando con otros grandes trovadores los fines de semana. Mi padre fue, para mi gusto, y el gusto de muchos, uno de los últimos grandes trovadoras de esa tierra donde el amor crece en cualquier maceta y todo suspiro convierte en poesía.

Peregrina de ojos claros y divinos

Y mejillas encendidas de arrebol

Mujercita, de los labios purpurinos

Y radiante cabellera, como el sol

Peregrina, que dejaste tus lugares

Los abetos y la nieve, y la nieve virginal

Y viniste a refugiarte a mis palmeres

Bajo el cielo de mi tierra….. de mi tierra tropical

Peregrina es una canción que fue escrita pocos años después de la Revolución Mexicana, inspirada en la periodista Alma Reed una tarde del mes de junio mientras estaban juntos: ella, Luis Rosado Vega y Felipe Carrillo Puerto atravesando en coche el hermoso Paseo Montejo de la Ciudad Blanca.

Luis Rosado Vega escribió acerca de esto: Debíamos asistir a un convivio en la casa del maestro Filiberto Romero, director de la Escuela de Música. En el auto iba Alma sentada entre Felipe y yo. Entramos en el suburbio de San Sebastián. Con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia. Ella dilató el pecho, como para absorver a pleno pulmón aquellas fragancias y dijo: “Que bien huele”. Le salí al paso con una frase simplemente galante: Todo huele bien porque usted pasa. Tierra, flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes. Dijo Felipe al punto: -Eso se lo vas a decir en un verso. Contesté: -Se lo diré en una canción. Alma rió argentinamente. Así reía. Concluído el convivio y ya en mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerían. En la mañana siguiente lo busqué y se la dí. Dos días después, ya había nacido la canción. Y eso es todo.

Alma Marie Prescott Sullivan Reed, fue una periodista estadounidense. Nació en San Francisco, California en el año 1889 y murió en la Ciudad de México en 1966. Se dice que adquirió renombre tras haber defendido la vida de un joven menor de edad mexicano, quien había sido acusado de homicidio y condenado a muerte en Estados Unidos. Este acto tuvo una enorme repercusión, al grado tal, que se emitió una ley que prohibió las condenas a muerte a los menores de edad.

Alma Reed trabajó como corresponsal del New York Times y por el año 1923 fue enviada para escribir acerca de la expedición de antropólogos y arqueólogos que se harían cargo de los trabajos de investigación y rescate en Chichén Itzá. Su trabajó levantó gran conmoción al denunciar las arbitrariedades hechas por Edward Herbert Thompson, quien estuvo a cargo del consulado estadounidense en Yucatán. Durante todo este tiempo, Herbert Thompson había dragado el Cenote sagrado de Chichén Itzá para la extracción de oro, joyería y arte maya y después venderlo en su país. Todo esto con un enorme valor económico pero, sobre todo, arqueológico para nuestro país. Se dice que estas joyas fueron mayormente vendidas al Museo Peabody y que el gobierno mexicano a demandado su recuperación con resultados, se podría decir, muy poco satisfactorios.

Después de la trágica muerte de Felipe Carrillo Puerto, Alma Reed se fue a Italia y a Grecia, encabezando el movimiento de renacimiento de la cultura griega con el poeta Angelo Sikelianos.

En Nueva York abrió un salón literario y revolucionario, desde donde promovió actividades griegas, italianas y mexicanas.

En 1933 abrió un salón de pintura en Chicago, durante la Feria Mundial, interesada en la obra de José Clemente Orozco y otros pintores mexicanos. En el año 1940 inició una Sociedad de amigos de México y a partir de la Segunda Guerra Mundial escribió artículos con temas que favorecían la cultura mexicana.

Finalmente, en el año de 1954 se estableció definitivamente en la Ciudad de México y murió en 1966. Ella había dispuesto que sus restos fueran llevados a Mérida, Yucatán para ser depositadas frente a la tumba del hombre que dijo amarla por sobre todas las cosas en esas tardes lluviosas del mes de junio; el eterno Felipe Carrillo Puerto.

Así es que, después de salir del Atelier de Paul Cezánne en Aix de Provence, Francia, rodeada por estos hermosos abetos justo en este mes de mayo, cuando las gotas han bañado la tierra, cuando estoy recordando a Alma Reed, cuando estoy escribiendo una nota periodística, cuando recuerdo que nací bajo el ala de esta música de dioses, cuando me he dado cuenta que he viajado descubirendo los museos, el arte y la filosofía en varias partes del mundo y cuando me doy cuenta que estoy lejos de mi patria, no puedo evitar cantar esta canción mientras se asoma una lágrima furtiva pero profundamente emocionada:

No te olvides, no te olvides de mi tierra. No te olvides, no te olvides de mi amor..

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