/ viernes 10 de septiembre de 2021

Simpatía por la maldad

Durante un evento conmemorativo el entonces presidente Peña Nieto dijo, en uno de sus acostumbrados arrebatos, que la corrupción no era un asunto privativo de México y apuntó que su combate debía pertenecer a un orden meramente cultural;

∝Por supuesto, no ocultaba que las instituciones debían fortalecerse para enfrentar el problema. Y aunque varios comentaristas tildaron su idea de corriente y simplona, incluso burlándose, algunos captaron a lo que se refería. La corrupción no sólo existía en las grandes instituciones del estado, sino que se extendía en los actos con que el mexicano promedio se desenvuelve a diario.

Las prácticas están tan inmersas en los hábitos cotidianos, que del espacio público se instalaron cómodamente, otras de la misma índole, en la vida privada; pagar por trámites rápidos o sobornar para eludir situaciones incómodas son hechos que la mayoría, sino es que todos, han experimentado. Por decirlo así, la corrupción institucional se ha vuelto un reflejo de la corrupción que sufren los valores, o lo que el expresidente se refería con cultura.

Tzvetan Todorov, al analizar una de las razones de la descomposición moral de muchos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, sugiere que las acciones que cometían, como delatar a judíos o disimular su exterminio, se debía a la profunda imposición de visiones que el estado ejercía y solapaba. No es que tuvieran una predisposición a la crueldad o fueran más antisemitas que otros: el orden político interiorizó tales conductas. Por eso, al finalizar los conflictos, muchos tuvieron lagunas morales sobre lo entendido como jurídicamente correcto, el comportamiento social imperante y el cuadro de valores común.

Aunque de una forma menos exagerada, es posible observar que el comportamiento de muchos mexicanos encuentra la capacidad de callar lo éticamente correcto por lo socialmente practicable, al enfrentarse a situaciones en las que pueden zafarse, o agilizar, justificando su conducta en las mismas actuaciones institucionalmente reprochables. Este tipo de acciones se han vuelto tan comunes que ya no son vistas como indebidas, tanto como necesarias, más cuando muchos las realizan con el mismo desdén.

Lo que resulta bastante sinuoso es que en ocasiones juzguen y critiquen tales actos aun a sabiendas que harían lo mismo de presentarse la oportunidad. Y esto fue muy evidente durante el ciclo de vacunas de los últimos meses: desde facilitar dosis sin pertenecer a los grupos señalados, colarse en las filas con amigos o dar preferencia a los familiares con influencias, hasta acudir a distintos lugares para conseguir una marca preferida. Aunque las quejas siempre estuvieron presentes, no se debían a que lamentasen padecer una injusticia, sino que la mayoría eran incapaces de infringirla con la misma impunidad y facilidad. ¿Por qué serían malas personas si cualquiera en su posición estaría dispuesto a hacerlo?

La canción Sympathy for the devil, de The Rolling Stones, tiene una similitud bastante tragicómica con la conducta del mexicano promedio, al narrar cómo lucifer, al cometer distintas atrocidades a lo largo de la historia, sigue considerándose alguien sofisticado y cortés; induciendo confusión, con un aire hipócrita, a la naturaleza de sus acciones. Así, parece que muchos, incluso en situaciones dramáticas, están dispuestos a justificar sus actos comparándose con las sutilezas morales que otros cometen, sin dejar de creer que por eso no son malas personas; revelando, a veces sin ser consciente, una ligera simpatía por la maldad.

Durante un evento conmemorativo el entonces presidente Peña Nieto dijo, en uno de sus acostumbrados arrebatos, que la corrupción no era un asunto privativo de México y apuntó que su combate debía pertenecer a un orden meramente cultural;

∝Por supuesto, no ocultaba que las instituciones debían fortalecerse para enfrentar el problema. Y aunque varios comentaristas tildaron su idea de corriente y simplona, incluso burlándose, algunos captaron a lo que se refería. La corrupción no sólo existía en las grandes instituciones del estado, sino que se extendía en los actos con que el mexicano promedio se desenvuelve a diario.

Las prácticas están tan inmersas en los hábitos cotidianos, que del espacio público se instalaron cómodamente, otras de la misma índole, en la vida privada; pagar por trámites rápidos o sobornar para eludir situaciones incómodas son hechos que la mayoría, sino es que todos, han experimentado. Por decirlo así, la corrupción institucional se ha vuelto un reflejo de la corrupción que sufren los valores, o lo que el expresidente se refería con cultura.

Tzvetan Todorov, al analizar una de las razones de la descomposición moral de muchos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, sugiere que las acciones que cometían, como delatar a judíos o disimular su exterminio, se debía a la profunda imposición de visiones que el estado ejercía y solapaba. No es que tuvieran una predisposición a la crueldad o fueran más antisemitas que otros: el orden político interiorizó tales conductas. Por eso, al finalizar los conflictos, muchos tuvieron lagunas morales sobre lo entendido como jurídicamente correcto, el comportamiento social imperante y el cuadro de valores común.

Aunque de una forma menos exagerada, es posible observar que el comportamiento de muchos mexicanos encuentra la capacidad de callar lo éticamente correcto por lo socialmente practicable, al enfrentarse a situaciones en las que pueden zafarse, o agilizar, justificando su conducta en las mismas actuaciones institucionalmente reprochables. Este tipo de acciones se han vuelto tan comunes que ya no son vistas como indebidas, tanto como necesarias, más cuando muchos las realizan con el mismo desdén.

Lo que resulta bastante sinuoso es que en ocasiones juzguen y critiquen tales actos aun a sabiendas que harían lo mismo de presentarse la oportunidad. Y esto fue muy evidente durante el ciclo de vacunas de los últimos meses: desde facilitar dosis sin pertenecer a los grupos señalados, colarse en las filas con amigos o dar preferencia a los familiares con influencias, hasta acudir a distintos lugares para conseguir una marca preferida. Aunque las quejas siempre estuvieron presentes, no se debían a que lamentasen padecer una injusticia, sino que la mayoría eran incapaces de infringirla con la misma impunidad y facilidad. ¿Por qué serían malas personas si cualquiera en su posición estaría dispuesto a hacerlo?

La canción Sympathy for the devil, de The Rolling Stones, tiene una similitud bastante tragicómica con la conducta del mexicano promedio, al narrar cómo lucifer, al cometer distintas atrocidades a lo largo de la historia, sigue considerándose alguien sofisticado y cortés; induciendo confusión, con un aire hipócrita, a la naturaleza de sus acciones. Así, parece que muchos, incluso en situaciones dramáticas, están dispuestos a justificar sus actos comparándose con las sutilezas morales que otros cometen, sin dejar de creer que por eso no son malas personas; revelando, a veces sin ser consciente, una ligera simpatía por la maldad.

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