/ lunes 6 de julio de 2020

Semáforo naranja ¿Y ahora qué?

La nueva normalidad tardó más de un mes en llegar a Morelos, hasta ayer lunes 6 de julio cambiamos al color naranja en la alerta por COVID-19.

A pesar de esto, Cuernavaca y Cuautla reactivaron hace dos semanas; estos ayuntamientos no acogieron los lineamientos nacionales, provocando la controversia constitucional y la suspensión dictada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Una vez más quedó al descubierto la falta de diálogo y por tanto coordinación o acuerdos entre las autoridades de distintos órdenes de gobierno; mientras no haya consenso, el mensaje para la ciudadanía será poco claro y diferenciado.

En tanto, los problemas sí resultan comunes, la tasa le letalidad del SARS-CoV-2 es ya del 22% en nuestro Estado y puede alcanzar a cualquiera; la pérdida de más de cuatro mil empleos hasta junio, según las cifras oficiales no tiene miras de pronta recuperación.

Sobre los indicadores para convenir el color del semáforo, para esta semana según los registros, la Entidad presenta una disminución en su curva epidémica; sin embargo nunca se puede bajar la guardia; quizá suene repetitivo pero es real, la epidemia continuará mientras sigamos sin vacuna, ni tratamiento y con información evolucionando sobre las formas de contraer el virus.

Luego de más de tres meses de confinamiento, la vida de muchas personas ha cambiado, lo más drástico son las vidas que terminaron; el dolor de quienes han perdido seres queridos; otros quedaron sin trabajo; muchos han caído en depresión y la revolución no parará, pues se ha conseguido uno de los objetivos: tener una epidemia lenta, mas aplanar la curva conlleva un largo tiempo viviendo puntos climáticos de la pandemia.

Durante el fin de semana volvimos a ver abarrotado el Centro de Cuernavaca; esto no es un comportamiento observable solo en morelenses, basta voltear a las playas de Acapulco abarrotadas durante su apertura o más allá de nuestras fronteras, el Reino Unido con sus más de 40 mil muertos y los pubs ingleses desbordados durante el reinicio de actividad.

Requerimos muchas acciones, estamos inmersos en un laboratorio donde jugaremos constantemente entre abrir para no seguir lastimando la economía de esos 60 millones de mexicanos que viven al día o cerrar para no saturar hospitales y garantizar el acceso a la salud.

Para la Ciudad de México hay medidas acorde a su talante innovador, por ejemplo acudir al Centro capitalino según la letra del apellido; quizá para algunos puede sonar exagerado, mas es parte de ese intento por desincentivar que todos se muevan al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Tal y como ha ocurrido con las acciones del Gobierno Federal, no se trata de imponer medidas coercitivas, sino de invitar a que sea la sociedad, quienes preocupados por disminuir los riesgos de ser víctimas de COVID-19, adoptemos la nueva normalidad como una nueva forma de vida.

Vivimos un momento históricamente complejo, donde abona la crítica y se aceptan las diferencias ideológicas, pero abona más la unidad y solidaridad; probablemente nuestros lectores jóvenes no consideren preocupante la enfermedad, empero no se trata únicamente de nosotros, sino de la responsabilidad que nos exige nuestro entorno.

¡Seamos empáticos! Detengámonos a observar y pensar en esa persona que está en los semáforos o intentando vendernos algún producto, quien ha salido de su hogar, no por gusto o por irresponsabilidad, tampoco es un escéptico del Coronavirus o se piensa infranqueable; simplemente no ha podido tener una cuarentena segura y el motivo de arriesgarse, es esa realidad desigual donde no se tiene una quincena garantizada.

Salir representa ir con gran responsabilidad, amplio criterio y conciencia para disminuir los peligros; en México no hemos tenido las tétricas escenas de crematorios saturados de Bérgamo, Italia, ni de las excavaciones de fosas comunes de Nueva York, Estados Unidos; la epidemia no se ha acabado y de nosotros dependerá no caer en tales escenarios.


@michelleonofre

La nueva normalidad tardó más de un mes en llegar a Morelos, hasta ayer lunes 6 de julio cambiamos al color naranja en la alerta por COVID-19.

A pesar de esto, Cuernavaca y Cuautla reactivaron hace dos semanas; estos ayuntamientos no acogieron los lineamientos nacionales, provocando la controversia constitucional y la suspensión dictada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Una vez más quedó al descubierto la falta de diálogo y por tanto coordinación o acuerdos entre las autoridades de distintos órdenes de gobierno; mientras no haya consenso, el mensaje para la ciudadanía será poco claro y diferenciado.

En tanto, los problemas sí resultan comunes, la tasa le letalidad del SARS-CoV-2 es ya del 22% en nuestro Estado y puede alcanzar a cualquiera; la pérdida de más de cuatro mil empleos hasta junio, según las cifras oficiales no tiene miras de pronta recuperación.

Sobre los indicadores para convenir el color del semáforo, para esta semana según los registros, la Entidad presenta una disminución en su curva epidémica; sin embargo nunca se puede bajar la guardia; quizá suene repetitivo pero es real, la epidemia continuará mientras sigamos sin vacuna, ni tratamiento y con información evolucionando sobre las formas de contraer el virus.

Luego de más de tres meses de confinamiento, la vida de muchas personas ha cambiado, lo más drástico son las vidas que terminaron; el dolor de quienes han perdido seres queridos; otros quedaron sin trabajo; muchos han caído en depresión y la revolución no parará, pues se ha conseguido uno de los objetivos: tener una epidemia lenta, mas aplanar la curva conlleva un largo tiempo viviendo puntos climáticos de la pandemia.

Durante el fin de semana volvimos a ver abarrotado el Centro de Cuernavaca; esto no es un comportamiento observable solo en morelenses, basta voltear a las playas de Acapulco abarrotadas durante su apertura o más allá de nuestras fronteras, el Reino Unido con sus más de 40 mil muertos y los pubs ingleses desbordados durante el reinicio de actividad.

Requerimos muchas acciones, estamos inmersos en un laboratorio donde jugaremos constantemente entre abrir para no seguir lastimando la economía de esos 60 millones de mexicanos que viven al día o cerrar para no saturar hospitales y garantizar el acceso a la salud.

Para la Ciudad de México hay medidas acorde a su talante innovador, por ejemplo acudir al Centro capitalino según la letra del apellido; quizá para algunos puede sonar exagerado, mas es parte de ese intento por desincentivar que todos se muevan al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Tal y como ha ocurrido con las acciones del Gobierno Federal, no se trata de imponer medidas coercitivas, sino de invitar a que sea la sociedad, quienes preocupados por disminuir los riesgos de ser víctimas de COVID-19, adoptemos la nueva normalidad como una nueva forma de vida.

Vivimos un momento históricamente complejo, donde abona la crítica y se aceptan las diferencias ideológicas, pero abona más la unidad y solidaridad; probablemente nuestros lectores jóvenes no consideren preocupante la enfermedad, empero no se trata únicamente de nosotros, sino de la responsabilidad que nos exige nuestro entorno.

¡Seamos empáticos! Detengámonos a observar y pensar en esa persona que está en los semáforos o intentando vendernos algún producto, quien ha salido de su hogar, no por gusto o por irresponsabilidad, tampoco es un escéptico del Coronavirus o se piensa infranqueable; simplemente no ha podido tener una cuarentena segura y el motivo de arriesgarse, es esa realidad desigual donde no se tiene una quincena garantizada.

Salir representa ir con gran responsabilidad, amplio criterio y conciencia para disminuir los peligros; en México no hemos tenido las tétricas escenas de crematorios saturados de Bérgamo, Italia, ni de las excavaciones de fosas comunes de Nueva York, Estados Unidos; la epidemia no se ha acabado y de nosotros dependerá no caer en tales escenarios.


@michelleonofre

ÚLTIMASCOLUMNAS