/ jueves 30 de abril de 2020

Pensar en los niños...

Todas las tragedias de la humanidad, marcan a las generaciones de niños porque, aunque comúnmente no pensamos en ello, la niñez no es una etapa ciega pegada a un juguete o a una cantaleta infantil, sino un período -en el mejor de los casos muy largo- en que se atestigua lo que ocurre alrededor, a veces sin muchos elementos contextuales, y esa realidad marca nuestra percepción del mundo, de las instituciones, de las virtudes, de lo que es deseable e, incluso, de lo que es real.

La colección de obviedades viene a cuento porque es Día de la Niñez, y además de los lugares comunes sobre la etapa maravillosa y la niñez en desgracia, de los juegos y los payasos, conviene una reflexión sobre lo que la realidad está haciendo con los niños, y cómo los sismos, la inseguridad rampante, la crisis sanitaria por Covid-19, y otra colección de eventos catastróficos que han transformado la vida de todos, sus relaciones, sus prioridades, sus miedos y sus seguridades.

Porque el contacto de la niñez con regímenes autoritarios, militaristas, estados policíacos, por ejemplo, significa una percepción diversa en la edad adulta a la que tienen quienes pasaron su niñez en estados democráticos. La niñez que sale a jugar a la calle, crea una adultez diferente a la de quienes fueron niños que sólo jugaban en departamentos. Las tragedias sociales que marcan la niñez tendrían un poder unificador sobre las generaciones futuras, aunque los matices de la crianza individual suelen ser más poderosos en la formación. Hoy tenemos una generación de niños que ha atravesado por tres tragedias que en términos muy generales revelan una verdad que la mayoría sólo conocemos de adultos: el mundo no es un sitio seguro.

Entre la altísima percepción de inseguridad en Morelos, que ronda al 80% de las familias; la sismicidad que desde 2017 se percibe como un riesgo mayor en el estado; y la necesidad de confinamiento por la pandemia de Covid-19; el efecto claro para los niños es que la seguridad total es imposible y que resulta indispensable extremar las precauciones. La forma en que esta certeza se traduzca en conductas normales o enfermizas de los niños, depende en mucho de la traducción que los padres, maestros y demás personas que tengan cercanía con los menores puedan hacer, aunque tendríamos que reconocer el impacto que los mismos hechos han tenido en la población adulta también.

El problema no es menor porque los cambios de percepción sobre la vida son determinantes para las relaciones entre generaciones; las brechas o abismos generacionales son en gran medida producto de las variaciones más o menos profundas entre los fenómenos sociales que influyeron en nuestra formación; además, una generación mucho más consciente de los peligros podría, en el mejor de los casos, ser mucho más solidaria, precavida, planear mejor su desarrollo, buscar una mayor sustentabilidad, darle valor a las cosas que realmente lo tienen (como los conocimientos), siempre que se oriente hacia esas virtudes; de otra forma, podría convertirse en mucho más hedonista, egoísta, irreflexiva, olvidar el futuro y otras disfunciones.


@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Todas las tragedias de la humanidad, marcan a las generaciones de niños porque, aunque comúnmente no pensamos en ello, la niñez no es una etapa ciega pegada a un juguete o a una cantaleta infantil, sino un período -en el mejor de los casos muy largo- en que se atestigua lo que ocurre alrededor, a veces sin muchos elementos contextuales, y esa realidad marca nuestra percepción del mundo, de las instituciones, de las virtudes, de lo que es deseable e, incluso, de lo que es real.

La colección de obviedades viene a cuento porque es Día de la Niñez, y además de los lugares comunes sobre la etapa maravillosa y la niñez en desgracia, de los juegos y los payasos, conviene una reflexión sobre lo que la realidad está haciendo con los niños, y cómo los sismos, la inseguridad rampante, la crisis sanitaria por Covid-19, y otra colección de eventos catastróficos que han transformado la vida de todos, sus relaciones, sus prioridades, sus miedos y sus seguridades.

Porque el contacto de la niñez con regímenes autoritarios, militaristas, estados policíacos, por ejemplo, significa una percepción diversa en la edad adulta a la que tienen quienes pasaron su niñez en estados democráticos. La niñez que sale a jugar a la calle, crea una adultez diferente a la de quienes fueron niños que sólo jugaban en departamentos. Las tragedias sociales que marcan la niñez tendrían un poder unificador sobre las generaciones futuras, aunque los matices de la crianza individual suelen ser más poderosos en la formación. Hoy tenemos una generación de niños que ha atravesado por tres tragedias que en términos muy generales revelan una verdad que la mayoría sólo conocemos de adultos: el mundo no es un sitio seguro.

Entre la altísima percepción de inseguridad en Morelos, que ronda al 80% de las familias; la sismicidad que desde 2017 se percibe como un riesgo mayor en el estado; y la necesidad de confinamiento por la pandemia de Covid-19; el efecto claro para los niños es que la seguridad total es imposible y que resulta indispensable extremar las precauciones. La forma en que esta certeza se traduzca en conductas normales o enfermizas de los niños, depende en mucho de la traducción que los padres, maestros y demás personas que tengan cercanía con los menores puedan hacer, aunque tendríamos que reconocer el impacto que los mismos hechos han tenido en la población adulta también.

El problema no es menor porque los cambios de percepción sobre la vida son determinantes para las relaciones entre generaciones; las brechas o abismos generacionales son en gran medida producto de las variaciones más o menos profundas entre los fenómenos sociales que influyeron en nuestra formación; además, una generación mucho más consciente de los peligros podría, en el mejor de los casos, ser mucho más solidaria, precavida, planear mejor su desarrollo, buscar una mayor sustentabilidad, darle valor a las cosas que realmente lo tienen (como los conocimientos), siempre que se oriente hacia esas virtudes; de otra forma, podría convertirse en mucho más hedonista, egoísta, irreflexiva, olvidar el futuro y otras disfunciones.


@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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