/ sábado 5 de octubre de 2019

Otro clásico de la Carola

Castrando Ando

Hablar de los clásicos tacos de barrio no tiene sentido, si no has visitado Los Arbolitos y por supuesto, hablar de barrio sin pasar por la Carolina, evidencia eso… que te falta barrio.

Los Arbolitos han estado ahí desde hace 25 años, a unos metros del parque de béisbol Miguel Alemán, sobre la acera, entrando por el Oxxo con rumbo al Salto Chico.

Y son un clásico por su estructura básica, que privilegia la simpleza del sabor de la carne, cocida en una gran piscina que no discrimina y en donde cada trozo de sabor tiene el mismo derecho de flotar y girar y sumergirse una y otra vez en la corriente dorada que poco a poco lo convierte en la estrella de la noche.

Como todo clásico la carta es limitada por exclusiva, así que tendrás que adminístrate bien para no irte de ahí sin probar de todo.

La longaniza y el suadero son básicos, y puedes ordenarlos tiernos o bien cocidos. Juntos o por separado conservan siempre un sello distintivo por su sabor, su consistencia y la ternura que mantienen a pesar de la intensa temperatura.

Pero sin duda aquí los protagonistas de la noche, esos que le dan las estrellas Michelin a los grandes restaurantes y se convierten en clásicos imperdibles, son los de bistec y los de tripa.

De bistec debes pedir al menos dos: el primero para distinguir la suavidad de la carne y su sabor brevemente salado al que solo le falta un buen chorro de limón y los contrastes de cebolla y cilantro, que junto a una cucharada de salsa, confeccionan el bocado más delicioso.

El segundo, pídelo para repetir el placer y para guardar en la memoria el olor y la experiencia de probar un verdadero manjar callejero.

Yo aún no me atrevo a decretar si entre el bistec o la tripa hay un ganador, pero por la demanda que tienen en Los Arbolitos, los de tripa parecen ser la joya de la corona. Suaves o bien cocidos son exquisitos, pero bien doraditos… enamoran.

La tripa llega hervida y bien limpiecita al aceite para nadar al menos treinta minutos antes de llegar a tu plato. Si eres de los míos, pídele a Carmen que te la deje crujiente, no dorada sino bien crujiente y ten paciencia, que lo bueno cuesta.

Si vas a ser marrano, más vale que seas trompudo, así que anímate a pedirlo light y observa como también la tortilla se sumerge en en el ir y venir de la grasa, y emerge al comal para tomar color y consistencia.

Antes del primer ataque concentra los sentidos y escucha el tronar de la tortilla -casi tostada- que envuelve a su vez los pequeños trozos de carne suave por dentro, pero crocante por fuera.

Seguir adelante es bajo tu propio riesgo, pero contempla tener a la mano una cebollita o un rábano –cortesía de la casa- además de una coca bien helodia, que vas a necesitar si le pones la salsa de hombre, que Víctor el mero mero, siempre presume.

Los Arbolitos abren de lunes a miércoles de 8:30 de la noche a la 1 de la mañana, pero de jueves a sábado cierran a las 3, por si andabas ocupado.


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Hablar de los clásicos tacos de barrio no tiene sentido, si no has visitado Los Arbolitos y por supuesto, hablar de barrio sin pasar por la Carolina, evidencia eso… que te falta barrio.

Los Arbolitos han estado ahí desde hace 25 años, a unos metros del parque de béisbol Miguel Alemán, sobre la acera, entrando por el Oxxo con rumbo al Salto Chico.

Y son un clásico por su estructura básica, que privilegia la simpleza del sabor de la carne, cocida en una gran piscina que no discrimina y en donde cada trozo de sabor tiene el mismo derecho de flotar y girar y sumergirse una y otra vez en la corriente dorada que poco a poco lo convierte en la estrella de la noche.

Como todo clásico la carta es limitada por exclusiva, así que tendrás que adminístrate bien para no irte de ahí sin probar de todo.

La longaniza y el suadero son básicos, y puedes ordenarlos tiernos o bien cocidos. Juntos o por separado conservan siempre un sello distintivo por su sabor, su consistencia y la ternura que mantienen a pesar de la intensa temperatura.

Pero sin duda aquí los protagonistas de la noche, esos que le dan las estrellas Michelin a los grandes restaurantes y se convierten en clásicos imperdibles, son los de bistec y los de tripa.

De bistec debes pedir al menos dos: el primero para distinguir la suavidad de la carne y su sabor brevemente salado al que solo le falta un buen chorro de limón y los contrastes de cebolla y cilantro, que junto a una cucharada de salsa, confeccionan el bocado más delicioso.

El segundo, pídelo para repetir el placer y para guardar en la memoria el olor y la experiencia de probar un verdadero manjar callejero.

Yo aún no me atrevo a decretar si entre el bistec o la tripa hay un ganador, pero por la demanda que tienen en Los Arbolitos, los de tripa parecen ser la joya de la corona. Suaves o bien cocidos son exquisitos, pero bien doraditos… enamoran.

La tripa llega hervida y bien limpiecita al aceite para nadar al menos treinta minutos antes de llegar a tu plato. Si eres de los míos, pídele a Carmen que te la deje crujiente, no dorada sino bien crujiente y ten paciencia, que lo bueno cuesta.

Si vas a ser marrano, más vale que seas trompudo, así que anímate a pedirlo light y observa como también la tortilla se sumerge en en el ir y venir de la grasa, y emerge al comal para tomar color y consistencia.

Antes del primer ataque concentra los sentidos y escucha el tronar de la tortilla -casi tostada- que envuelve a su vez los pequeños trozos de carne suave por dentro, pero crocante por fuera.

Seguir adelante es bajo tu propio riesgo, pero contempla tener a la mano una cebollita o un rábano –cortesía de la casa- además de una coca bien helodia, que vas a necesitar si le pones la salsa de hombre, que Víctor el mero mero, siempre presume.

Los Arbolitos abren de lunes a miércoles de 8:30 de la noche a la 1 de la mañana, pero de jueves a sábado cierran a las 3, por si andabas ocupado.


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