/ viernes 2 de julio de 2021

No mires hacia atrás con ira

El perdón y la promesa, aunque diferentes, van juntas: se complementan. No perdonar, que es la incapacidad de liberarse de las consecuencias de un acto, significa estar encadenados al mismo. La promesa, a su vez, es el acuerdo mutuo entre personas que brinda certidumbre a la inseguridad del futuro. Por decirlo de algún modo, es una suerte de contrato para aquello que no se puede predecir.

Hannah Arendt reconoce en la acción un carácter procesual diferente de la labor y el trabajo. Mientras el segundo se basa en un interrumpido ciclo para asegurar la metabolización de la vida, como el campesino que después de sembrar debe cosechar y comenzar el proceso nuevamente; el tercero, tal vez más concreto, está articulado de tal forma que en su etapa final obtiene un producto, semejante al carpintero que al terminar su cometido crea una silla o mesa. La acción, como tal, no puede fabricar un objeto tangible ni asegurar un proceso metabólico.

De hecho, junto con el discurso, crea y mantiene el espacio público, y esto sólo ocurre cuando las personas logran, aun siendo diferentes, reconocerse como iguales para llegar a acuerdos. El quid del asunto es que, a diferencia del trabajo que siempre puede destruir el objeto y comenzar de nuevo, en la acción no se puede destruir ni desarmar un acto realizado. Porque cuando un trabajador se equivoca, generalmente no afecta más allá de su ambiente, pero cuando un político falla, puede crear una reacción en cadena que afecta a miles de personas, sin poder esfumarla.

Debido a esta volatilidad es por lo que mantener una promesa sirve como aliciente para el caos, al igual que el perdón funciona al no poder frenar un acto ya hecho. Ambas son necesarias: la promesa acentúa la identidad al tiempo que el perdón nos recobra de los errores. Por eso, redimirse de un acto es diferente de la venganza, porque en ésta el individuo sólo permanecer en el mismo ciclo sin lograr salir de él. Debido a que la acción es inesperada y el acto mismo ocasiona consecuencias impredecibles, el perdón es igualmente inesperado. Nunca está condicionado por su mismo origen y mucho menos es forzado.

Un evento que sirve para reconocer tales aseveraciones puede observarse durante una ceremonia por las víctimas del atentado terrorista en Manchester por parte del Estado Islámico en 2017, que cobró la vida de más de 20 personas en medio de un concierto, en donde una mujer, rompiendo el minuto de silencio en la plaza Saint Ann, comenzó a cantar de manera espontánea Don't look back in anger, canción del grupo Oasis, para después ser coreada por los demás.

Parece sintomático que precisamente esa canción fuese elegida para hacer frente a un problema tan sensible y diverso. Como se sabe, después del episodio del 9/11, en E.U.A comenzó a dispararse la xenofobia y discriminación hacia personas de la comunidad árabe, incluso en otros países después de un acontecimiento de tal magnitud, la reacción no es diferente.

Sólo la facultad del perdón puede deshacer un hecho, incluso el castigo que también sirve para ponerle fin a un acto es distinto. Por eso, después de terminar la Segunda Guerra Mundial, y pasados los juicios de Núremberg, Alemania tuvo serios problemas para preservar su espacio público al encontrarse ante situaciones imperdonables. Igualmente, la ruptura de una promesa ocasiona que se genere desconfianza en la identidad al alejarse de los acuerdos logrados.

En ocasiones, la verdadera dificultad de las relaciones entre las personas, tanto en lo privado como en la esfera pública, radica en eso: no mirar atrás con ira.

El perdón y la promesa, aunque diferentes, van juntas: se complementan. No perdonar, que es la incapacidad de liberarse de las consecuencias de un acto, significa estar encadenados al mismo. La promesa, a su vez, es el acuerdo mutuo entre personas que brinda certidumbre a la inseguridad del futuro. Por decirlo de algún modo, es una suerte de contrato para aquello que no se puede predecir.

Hannah Arendt reconoce en la acción un carácter procesual diferente de la labor y el trabajo. Mientras el segundo se basa en un interrumpido ciclo para asegurar la metabolización de la vida, como el campesino que después de sembrar debe cosechar y comenzar el proceso nuevamente; el tercero, tal vez más concreto, está articulado de tal forma que en su etapa final obtiene un producto, semejante al carpintero que al terminar su cometido crea una silla o mesa. La acción, como tal, no puede fabricar un objeto tangible ni asegurar un proceso metabólico.

De hecho, junto con el discurso, crea y mantiene el espacio público, y esto sólo ocurre cuando las personas logran, aun siendo diferentes, reconocerse como iguales para llegar a acuerdos. El quid del asunto es que, a diferencia del trabajo que siempre puede destruir el objeto y comenzar de nuevo, en la acción no se puede destruir ni desarmar un acto realizado. Porque cuando un trabajador se equivoca, generalmente no afecta más allá de su ambiente, pero cuando un político falla, puede crear una reacción en cadena que afecta a miles de personas, sin poder esfumarla.

Debido a esta volatilidad es por lo que mantener una promesa sirve como aliciente para el caos, al igual que el perdón funciona al no poder frenar un acto ya hecho. Ambas son necesarias: la promesa acentúa la identidad al tiempo que el perdón nos recobra de los errores. Por eso, redimirse de un acto es diferente de la venganza, porque en ésta el individuo sólo permanecer en el mismo ciclo sin lograr salir de él. Debido a que la acción es inesperada y el acto mismo ocasiona consecuencias impredecibles, el perdón es igualmente inesperado. Nunca está condicionado por su mismo origen y mucho menos es forzado.

Un evento que sirve para reconocer tales aseveraciones puede observarse durante una ceremonia por las víctimas del atentado terrorista en Manchester por parte del Estado Islámico en 2017, que cobró la vida de más de 20 personas en medio de un concierto, en donde una mujer, rompiendo el minuto de silencio en la plaza Saint Ann, comenzó a cantar de manera espontánea Don't look back in anger, canción del grupo Oasis, para después ser coreada por los demás.

Parece sintomático que precisamente esa canción fuese elegida para hacer frente a un problema tan sensible y diverso. Como se sabe, después del episodio del 9/11, en E.U.A comenzó a dispararse la xenofobia y discriminación hacia personas de la comunidad árabe, incluso en otros países después de un acontecimiento de tal magnitud, la reacción no es diferente.

Sólo la facultad del perdón puede deshacer un hecho, incluso el castigo que también sirve para ponerle fin a un acto es distinto. Por eso, después de terminar la Segunda Guerra Mundial, y pasados los juicios de Núremberg, Alemania tuvo serios problemas para preservar su espacio público al encontrarse ante situaciones imperdonables. Igualmente, la ruptura de una promesa ocasiona que se genere desconfianza en la identidad al alejarse de los acuerdos logrados.

En ocasiones, la verdadera dificultad de las relaciones entre las personas, tanto en lo privado como en la esfera pública, radica en eso: no mirar atrás con ira.

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