/ sábado 26 de diciembre de 2020

No es una historia de navidad

Eran las nueve de la noche cuando el celular sonó de forma insistente. Al responder escuché la voz de mi primo en un tono distinto: la calma de sus palabras me anunciaba que algo no estaba bien, así que decidí escucharlo atento y permanecer sereno, como siempre he tratado, para tomar las mejores decisiones.

La historia era la misma que pasa todos los días, pero esta vez nos estaba tocando a nosotros.

Hugo, a quien le habíamos prestado el auto unas horas antes, tuvo una jornada larga y muy ocupada, y decidió parar en la gasolinera para pasar al sanitario antes de continuar conduciendo. Bajó del auto y caminó hacia el sanitario. Cuando estaba a punto de pararse frente al mingitorio escuchó las voces de dos sujetos que de forma agresiva lo amenazaron con un arma.

Antes de despojarlo de las llaves del carro le exigieron su cartera y que desbloqueara el celular así como las aplicaciones del banco que ahora casi todo el mundo tiene en el móvil.

Cuando por fin después de un minuto decidió salir a pedir ayuda, los hijueputas se habían marchado con rumbo desconocido. Como siempre pasa y no se puede exigir otra cosa, nadie vio y tampoco nadie pudo ayudar demasiado. Afortunadamente Hugo estaba bien y sólo había sido el susto de ver pasar frente a sus ojos la posibilidad de que uno de esos tipejos hubiera accionado el arma.

No había mucho que hacer más que activarse para iniciar las llamadas a la policía y concretar las denuncias. Quizá otra cosa más: buscar la ayuda de la gente.

Decidí publicarlo en mi perfil sin muchas expectativas para ver si de casualidad alguien, por ahí, por azar, podía ayudar de alguna forma.

Durante los peirmeros cinco minutos los números crecieron de forma exponencial: 17, 45, 78 veces la publicación estaba siendo compartida. También los amigos y conocidos se reportaron, se enojaron y solidarizaron con la situación.

Luego 149. Dos minutos más tarde 198. A los diez minutos ya había sido compartida doscientos setenta y tantas veces y de pronto, así como por arte de magia leí unas palabras que no podía creer: estoy viendo tu carro, márcame para darte información.

Con recelo pero sin miedo tecleé el número. Inmediatamente escuché una voz amigable que me dijo que un instante después de ver la publicación se dio cuenta que el auto que estaba ahí en la calle era el mío. Cotejó las placas y lo comprobó.

Él mismo antes de establecer comunicación llamó a la policía y luego de eso, minuto a minuto le dio seguimiento, me mandó fotos, direcciones y hasta vigiló que los uniformados procedieran correctamente en su actuar.

La neta me hizo un parote. Por whats le agradecí, le dije que terminado este relajo le iba a invitar una chela y que no tenía como pagarle la ayuda desinteresada que me estaba dando. Este carbón, encima de lo que ya había hecho me dijo: no te preocupes, somos más los buenos… y si.

Por eso, como no tengo como pagarle, decidí rendirle este pequeño agradecimiento a través de esto que es de las pocas cosas que se hacer, para que su historia y la mía, no se conviertan únicamente en una estadística más.

Gracias también a toda la banda, amigos y desconocidos que me tendieron la mano en ese momento y después. A quien desde lo institucional me sigue ayudando. Somos muchos los responsables de que la situación esté tan mal, pero también somos muchos quienes podemos hacer algo para que mejore.

Gracias totales… ¡restaurada mi fe en la humanidad!

Eran las nueve de la noche cuando el celular sonó de forma insistente. Al responder escuché la voz de mi primo en un tono distinto: la calma de sus palabras me anunciaba que algo no estaba bien, así que decidí escucharlo atento y permanecer sereno, como siempre he tratado, para tomar las mejores decisiones.

La historia era la misma que pasa todos los días, pero esta vez nos estaba tocando a nosotros.

Hugo, a quien le habíamos prestado el auto unas horas antes, tuvo una jornada larga y muy ocupada, y decidió parar en la gasolinera para pasar al sanitario antes de continuar conduciendo. Bajó del auto y caminó hacia el sanitario. Cuando estaba a punto de pararse frente al mingitorio escuchó las voces de dos sujetos que de forma agresiva lo amenazaron con un arma.

Antes de despojarlo de las llaves del carro le exigieron su cartera y que desbloqueara el celular así como las aplicaciones del banco que ahora casi todo el mundo tiene en el móvil.

Cuando por fin después de un minuto decidió salir a pedir ayuda, los hijueputas se habían marchado con rumbo desconocido. Como siempre pasa y no se puede exigir otra cosa, nadie vio y tampoco nadie pudo ayudar demasiado. Afortunadamente Hugo estaba bien y sólo había sido el susto de ver pasar frente a sus ojos la posibilidad de que uno de esos tipejos hubiera accionado el arma.

No había mucho que hacer más que activarse para iniciar las llamadas a la policía y concretar las denuncias. Quizá otra cosa más: buscar la ayuda de la gente.

Decidí publicarlo en mi perfil sin muchas expectativas para ver si de casualidad alguien, por ahí, por azar, podía ayudar de alguna forma.

Durante los peirmeros cinco minutos los números crecieron de forma exponencial: 17, 45, 78 veces la publicación estaba siendo compartida. También los amigos y conocidos se reportaron, se enojaron y solidarizaron con la situación.

Luego 149. Dos minutos más tarde 198. A los diez minutos ya había sido compartida doscientos setenta y tantas veces y de pronto, así como por arte de magia leí unas palabras que no podía creer: estoy viendo tu carro, márcame para darte información.

Con recelo pero sin miedo tecleé el número. Inmediatamente escuché una voz amigable que me dijo que un instante después de ver la publicación se dio cuenta que el auto que estaba ahí en la calle era el mío. Cotejó las placas y lo comprobó.

Él mismo antes de establecer comunicación llamó a la policía y luego de eso, minuto a minuto le dio seguimiento, me mandó fotos, direcciones y hasta vigiló que los uniformados procedieran correctamente en su actuar.

La neta me hizo un parote. Por whats le agradecí, le dije que terminado este relajo le iba a invitar una chela y que no tenía como pagarle la ayuda desinteresada que me estaba dando. Este carbón, encima de lo que ya había hecho me dijo: no te preocupes, somos más los buenos… y si.

Por eso, como no tengo como pagarle, decidí rendirle este pequeño agradecimiento a través de esto que es de las pocas cosas que se hacer, para que su historia y la mía, no se conviertan únicamente en una estadística más.

Gracias también a toda la banda, amigos y desconocidos que me tendieron la mano en ese momento y después. A quien desde lo institucional me sigue ayudando. Somos muchos los responsables de que la situación esté tan mal, pero también somos muchos quienes podemos hacer algo para que mejore.

Gracias totales… ¡restaurada mi fe en la humanidad!