Daniel Martínez

  / lunes 13 de mayo de 2019

Miedo y duelo…

Definimos el miedo como la sensación de angustia provocada por la presencia de males reales o imaginarios, que tiene entre sus efectos físicos la parálisis, el bloqueo, la taquicardia; pero en el nivel cognitivo produce un cambio en la percepción del mundo y en una forma más intensa de experimentar las sensaciones.

La percepción de uno mismo como más vulnerable es uno de los efectos que el miedo produce en la autoestima y que lleva a los sujetos a alterar su forma de vida.

En John Irving, Garp tiene un episodio sumamente traumático que le lleva a concluir lo inseguro del mundo, y a partir de ello empieza a limitar su vida y la de su familia hasta ubicarlos en un claustro lleno de otras personas temerosas. Conforme todos vamos creciendo entendemos que, en efecto, el mundo no es un sitio seguro (lo que explica nuestra manía por perfeccionar la comodidad en los hogares y no en las calles), y vamos teniendo que vencer los temores que ello nos puede provocar. En la medida en que lo logramos, nos alejamos de ese espíritu de cobardía cuya censura hace hasta la Biblia.

En Lamb, cuya teoría es aprovechada por Lovecraft: “las Gorgonas, las Hidras y las Quimeras, las terroríficas leyendas de Celeno y las Arpías, pueden reproducirse en el cerebro de las mentes supersticiosas... pero ya estaban allí desde mucho antes. Son meras transcripciones, tipos; los

arquetipos están dentro de nosotros y son eternos”. Uno disfruta la lectura de Lovecraft y las películas de James Wan, se trata de experiencias controladas: en algún momento uno puede cerrar el libro, quitar los ojos de la pantalla, fingir que duerme, recordar que todo eso es ficticio. El éxito de la fantasía mórbida radica en el control que el sujeto puede tener sobre ella.

Con la realidad pasa siempre lo contrario. El temeroso sabe que no puede detener absolutamente nada, la vida ocurre sin necesitar nuestra intervención y eso lo agobia aún más; nada hay por hacerse para transformar la horrible realidad y eso lleva a la alteración de los patrones de conducta para recurrir al aislamiento como forma de seguridad.

Llamar a quien teme a simplemente dejar de hacerlo funciona poco en tanto no se verifique la pérdida del bien que el sujeto percibe en riesgo; o un cambio extraordinario en las condiciones que permiten ese riesgo. Bien podría considerarse que el temor a perder la vida es absurdo si uno deja de vivir para dedicarse exclusivamente a proteger esa vida.

En el caso de la realidad reciente en Morelos, se verifica la hipótesis de Garp, ha habido episodios profundamente traumáticos que nos hacen sentir profundamente vulnerables; pretender la seguridad total es un absurdo, pero evitar los factores de riesgo es una muestra de salud mental. Esta percepción de vulnerabilidad genera temor en muchas personas cuyas reacciones permiten un mayor riesgo. Las calles vacías en los días recientes funcionan como una ampliación del riesgo a cualquier hora. El llamado a no sentir miedo hecho por las autoridades del gobierno y la Iglesia es natural, pero insuficiente en tanto las condiciones de seguridad no parecen mejorar. La participación de los ciudadanos en la construcción de una sociedad de paz sigue siendo insuficiente, y la acción de la autoridad para garantizar la protección ciudadana tampoco parece bastante. Sin embargo, el temor empieza a afectar las actividades normales de los ciudadanos y esto tendrá efectos dramáticos en la actividad económica si el miedo persiste por mucho tiempo. El duelo que experimenta la sociedad por los hechos violentos recientes es sano, pero la prolongación del mismo por demasiado tiempo resultará en afectaciones graves a la economía, a las relaciones sociales, y (aunque a pocos realmente les preocupe) a la política. Es natural el miedo, pero es humano enfrentarlo.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Definimos el miedo como la sensación de angustia provocada por la presencia de males reales o imaginarios, que tiene entre sus efectos físicos la parálisis, el bloqueo, la taquicardia; pero en el nivel cognitivo produce un cambio en la percepción del mundo y en una forma más intensa de experimentar las sensaciones.

La percepción de uno mismo como más vulnerable es uno de los efectos que el miedo produce en la autoestima y que lleva a los sujetos a alterar su forma de vida.

En John Irving, Garp tiene un episodio sumamente traumático que le lleva a concluir lo inseguro del mundo, y a partir de ello empieza a limitar su vida y la de su familia hasta ubicarlos en un claustro lleno de otras personas temerosas. Conforme todos vamos creciendo entendemos que, en efecto, el mundo no es un sitio seguro (lo que explica nuestra manía por perfeccionar la comodidad en los hogares y no en las calles), y vamos teniendo que vencer los temores que ello nos puede provocar. En la medida en que lo logramos, nos alejamos de ese espíritu de cobardía cuya censura hace hasta la Biblia.

En Lamb, cuya teoría es aprovechada por Lovecraft: “las Gorgonas, las Hidras y las Quimeras, las terroríficas leyendas de Celeno y las Arpías, pueden reproducirse en el cerebro de las mentes supersticiosas... pero ya estaban allí desde mucho antes. Son meras transcripciones, tipos; los

arquetipos están dentro de nosotros y son eternos”. Uno disfruta la lectura de Lovecraft y las películas de James Wan, se trata de experiencias controladas: en algún momento uno puede cerrar el libro, quitar los ojos de la pantalla, fingir que duerme, recordar que todo eso es ficticio. El éxito de la fantasía mórbida radica en el control que el sujeto puede tener sobre ella.

Con la realidad pasa siempre lo contrario. El temeroso sabe que no puede detener absolutamente nada, la vida ocurre sin necesitar nuestra intervención y eso lo agobia aún más; nada hay por hacerse para transformar la horrible realidad y eso lleva a la alteración de los patrones de conducta para recurrir al aislamiento como forma de seguridad.

Llamar a quien teme a simplemente dejar de hacerlo funciona poco en tanto no se verifique la pérdida del bien que el sujeto percibe en riesgo; o un cambio extraordinario en las condiciones que permiten ese riesgo. Bien podría considerarse que el temor a perder la vida es absurdo si uno deja de vivir para dedicarse exclusivamente a proteger esa vida.

En el caso de la realidad reciente en Morelos, se verifica la hipótesis de Garp, ha habido episodios profundamente traumáticos que nos hacen sentir profundamente vulnerables; pretender la seguridad total es un absurdo, pero evitar los factores de riesgo es una muestra de salud mental. Esta percepción de vulnerabilidad genera temor en muchas personas cuyas reacciones permiten un mayor riesgo. Las calles vacías en los días recientes funcionan como una ampliación del riesgo a cualquier hora. El llamado a no sentir miedo hecho por las autoridades del gobierno y la Iglesia es natural, pero insuficiente en tanto las condiciones de seguridad no parecen mejorar. La participación de los ciudadanos en la construcción de una sociedad de paz sigue siendo insuficiente, y la acción de la autoridad para garantizar la protección ciudadana tampoco parece bastante. Sin embargo, el temor empieza a afectar las actividades normales de los ciudadanos y esto tendrá efectos dramáticos en la actividad económica si el miedo persiste por mucho tiempo. El duelo que experimenta la sociedad por los hechos violentos recientes es sano, pero la prolongación del mismo por demasiado tiempo resultará en afectaciones graves a la economía, a las relaciones sociales, y (aunque a pocos realmente les preocupe) a la política. Es natural el miedo, pero es humano enfrentarlo.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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