Daniel Martínez

  / miércoles 20 de noviembre de 2019

Marchas, seguridad e indolencia

En sus elementos más básicos, el discurso suele reflejar el pensamiento más íntimo, las valoraciones que la mente de un sujeto hace sobre la realidad a la que refiere.

Los datos son siempre contundentes y regularmente objetivos, pero los juegos lingüísticos (entendidos como conjuntos) son evidencias de intimidad espiritual; por eso muchas veces el discurso traiciona a quien lo dice el sentido que suele hablar más del emisor que del contenido.

Hay a quienes su discurso los dice (parafraseo a Octavio Paz), y hay a quienes los traiciona el relevarlos de la pose civilizada que suelen exhibir para mostrarse como realmente son. En ambientes de espontaneidad suele presentarse más la evidencia de valoraciones, a menudo respetables, de quienes son dueños de esos discursos; probablemente por ello sea el extraordinario temor que los expertos en comunicación política tienen por las entrevistas banqueteras y por las charlas informales en que los periodistas interactúan con los políticos en un desnudo metafórico; y a lo mejor por ello, los buenos entrevistadores prefieren el formato libre con apenas unas líneas temáticas a los rígidos cuestionarios que parecen a veces paridos por un mal profe de secundaria.

Frutos de esa espontaneidad que desnuda las intenciones y las valoraciones han sido muchos en la administración de Cuauhtémoc Blanco Bravo, parte por la proclividad del gobernador al lenguaje desenfadado, parte por la tendencia a la mimesis que tienen los funcionarios de la alta burocracia, y otra parte por la ausencia de una comunicación política experta. Así abundan las joyas discursivas como eso de que los homicidios terribles (que un lenguaje absolutamente disfuncional compartido por algunos medios con muchos políticos denominan “ejecuciones”) cometidos en el estado no interfieren en la vida cotidiana de los morelenses, esbozada por el secretario Pablo Ojeda. Otra maravilla es esa de que se entiende la opinión de quienes quieren marchar por la paz, pero no se comparte porque el estado da buenos resultados en materia de seguridad, discusión que puede ser fácilmente relevada frente a la contundencia de los datos.

La marcha que programa un grupo de ciudadanos para el primero de diciembre, y la caminata que emprenderá Sicilia, ambas para demandar paz y un cambio profundo en la estrategia de seguridad en los planos eminentemente local, la primera, y nacional, la segunda; deben entenderse como una manifestación de quienes han mantenido un silencio aterrorizado y por ello aún más peligroso, frente a las enormes omisiones del gobierno en las tareas de seguridad pública.

Porque alguno podría decir que los homicidios no afectan a la gente, y también podría a lo mejor explicarnos qué clase de indolencia perversa cree que padecen los morelenses cuando asesinan a alguien enfrente de mucha gente, ¿no conoce la empatía –una condición de humanidad y salud mental elemental? ¿Ignora el miedo? ¿Tiene alguna idea de lo que es dejar de caminar por los lugares que uno acostumbra, dejar de ir a los lugares que marcaron su infancia, su adolescencia, a los sitios que revisten por sí mismos un significado enorme para la gente, porque se convirtieron en lugares peligrosos? ¿Se ha vuelto más “cuidadoso” y obliga a su familia y amigos a reportarse frecuentemente? Responder sí a cualquiera de esas cuestiones significa cambiar la vida, trastornar nuestras relaciones sociales, limitar nuestras libertades y las de nuestras familias.

Y dirán otros ¿de qué sirve marchar? Y lo cierto es que aparentemente de muy poco, pero esas marchas (en cuyas anteriores ediciones participaron muchos que hoy son funcionarios de gobierno), parecen la única y la máxima acción posible de los ciudadanos ante la inseguridad y contrasta con la indolencia que parece privar en las autoridades a quienes, aparentemente, no afecta en nada la inseguridad.


Twitter: @martinellito

Correo: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

En sus elementos más básicos, el discurso suele reflejar el pensamiento más íntimo, las valoraciones que la mente de un sujeto hace sobre la realidad a la que refiere.

Los datos son siempre contundentes y regularmente objetivos, pero los juegos lingüísticos (entendidos como conjuntos) son evidencias de intimidad espiritual; por eso muchas veces el discurso traiciona a quien lo dice el sentido que suele hablar más del emisor que del contenido.

Hay a quienes su discurso los dice (parafraseo a Octavio Paz), y hay a quienes los traiciona el relevarlos de la pose civilizada que suelen exhibir para mostrarse como realmente son. En ambientes de espontaneidad suele presentarse más la evidencia de valoraciones, a menudo respetables, de quienes son dueños de esos discursos; probablemente por ello sea el extraordinario temor que los expertos en comunicación política tienen por las entrevistas banqueteras y por las charlas informales en que los periodistas interactúan con los políticos en un desnudo metafórico; y a lo mejor por ello, los buenos entrevistadores prefieren el formato libre con apenas unas líneas temáticas a los rígidos cuestionarios que parecen a veces paridos por un mal profe de secundaria.

Frutos de esa espontaneidad que desnuda las intenciones y las valoraciones han sido muchos en la administración de Cuauhtémoc Blanco Bravo, parte por la proclividad del gobernador al lenguaje desenfadado, parte por la tendencia a la mimesis que tienen los funcionarios de la alta burocracia, y otra parte por la ausencia de una comunicación política experta. Así abundan las joyas discursivas como eso de que los homicidios terribles (que un lenguaje absolutamente disfuncional compartido por algunos medios con muchos políticos denominan “ejecuciones”) cometidos en el estado no interfieren en la vida cotidiana de los morelenses, esbozada por el secretario Pablo Ojeda. Otra maravilla es esa de que se entiende la opinión de quienes quieren marchar por la paz, pero no se comparte porque el estado da buenos resultados en materia de seguridad, discusión que puede ser fácilmente relevada frente a la contundencia de los datos.

La marcha que programa un grupo de ciudadanos para el primero de diciembre, y la caminata que emprenderá Sicilia, ambas para demandar paz y un cambio profundo en la estrategia de seguridad en los planos eminentemente local, la primera, y nacional, la segunda; deben entenderse como una manifestación de quienes han mantenido un silencio aterrorizado y por ello aún más peligroso, frente a las enormes omisiones del gobierno en las tareas de seguridad pública.

Porque alguno podría decir que los homicidios no afectan a la gente, y también podría a lo mejor explicarnos qué clase de indolencia perversa cree que padecen los morelenses cuando asesinan a alguien enfrente de mucha gente, ¿no conoce la empatía –una condición de humanidad y salud mental elemental? ¿Ignora el miedo? ¿Tiene alguna idea de lo que es dejar de caminar por los lugares que uno acostumbra, dejar de ir a los lugares que marcaron su infancia, su adolescencia, a los sitios que revisten por sí mismos un significado enorme para la gente, porque se convirtieron en lugares peligrosos? ¿Se ha vuelto más “cuidadoso” y obliga a su familia y amigos a reportarse frecuentemente? Responder sí a cualquiera de esas cuestiones significa cambiar la vida, trastornar nuestras relaciones sociales, limitar nuestras libertades y las de nuestras familias.

Y dirán otros ¿de qué sirve marchar? Y lo cierto es que aparentemente de muy poco, pero esas marchas (en cuyas anteriores ediciones participaron muchos que hoy son funcionarios de gobierno), parecen la única y la máxima acción posible de los ciudadanos ante la inseguridad y contrasta con la indolencia que parece privar en las autoridades a quienes, aparentemente, no afecta en nada la inseguridad.


Twitter: @martinellito

Correo: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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