/ sábado 28 de marzo de 2020

Los de la Vía

Me había prometido hablar siempre de las delicias escondidas, de los tesoros ocultos y -tal como Robin Hood- poner siempre los ojos en los más desprotegidos, pero dadas las circunstancias en estos tiempos de Coronavirus, también vale la pena voltear a ver todos, aunque sean medio fifís.

Es por eso señoras, señores y virulentos todos, que es tiempo de traer a sus mentes y a sus bocas, ese sabor obeso, que llena el paladar y la lengua, desde que hacen contacto con las carnitas de Los Tacos de La Vía, ahí en avenida Eje Norte-Sur, casi esquina con Boulevard Cuauhnáhuac, entrando por Bomberos de Civac, en Jiuteyork.

Y es que aunque siempre he sido cliente, no se me quita de la mente que quienes atienden mayormente andan de jeta, que ya llevan muchos años como para hacer más cómodas las rústicas instalaciones y que, no me quejo pero la cuenta también está gordita. Sin embargo los tacos, que son lo importante, se acercan a lo impecable.

Si no has ido antes hay que decir que abren pasadito de las 10 de la mañana y que en un buen día, es probable que ya haya gente esperando mientras terminan de abrir por completo. Obvio que -aleccionados con los años de disfrutar del manjar- todos hacen fila frente a la plancha en donde se confeccionan los tacuches.

Otra de las claves en los de la vía, es que es mejor que pidas todo de un jalón, algo que no me gusta tanto en particular, pero que prefiero a la suerte de volverme a formar únicamente para pedir el último de los últimos, como dice mi carnal el Puerquini.

Si ya llegaste al momento en qué te preguntan ¿cuántos?, ahí empieza lo bueno y todo cambia a modo cine: el señor don taquero se concentra y fija claramente su vista en la montaña de carne que tiene apilada enfrente para seleccionar los trozos que van a armar los dos de maciza con nana que pediste, uno de puro cuerito y un último de chicharrón.

Don tacos deposita la carne en el tronco que tiene al lado y con autoridad indiscutible, ordena a su esclava -únicamente con la mirada- que la pique porque hay un hambriento esperando.

Cuando ella toma el hacha, todo cambia a súper slow. Cada golpe del acero sobre el marrano describe con precisión los principios de la física: un objeto impulsado por una fuerza externa que describe una trayectoria, que a su vez impacta directamente sobre el otro cuerpo, más blando, que termina por abrirse en trozos más pequeños porque -obvio como es- dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.

Justo en ese momento, el plano secuencia te lleva a seguir las manos de ella, que toma la carne y la deposita en la plancha que reacciona con el tradicional “tsssssssss”, que al mismo tiempo genera una columna de vapor que te impregna.

Aunque no te has percatado, ya estas en un big close up, que solo te permite seguir los movimientos hipnotizantes de don taquero que pica, repica y vuelve a picar la mezcla necesaria para el único taco que falta. Y es que el de chicharrón está hecho de una revoltura casi molida y puesta a dorar sobre el metal, que servida, no alcanza a describir la forma exacta de una pieza de cuche, pero que sabe a gloria.

Ya sin tanta jalada cinematográfica, tienes que pasar al fondo del local para comer en la barra, ya sea parado o en bancos, lo que no está tan chido pero vale la pena por el sabor.

Ojalá que pronto se decidan a hacer salsa verde, aunque a lo largo de los años ya perdí la esperanza. Ah y no se vayan sin probar las doradas de sesos y papa, que también traen nivel.


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Me había prometido hablar siempre de las delicias escondidas, de los tesoros ocultos y -tal como Robin Hood- poner siempre los ojos en los más desprotegidos, pero dadas las circunstancias en estos tiempos de Coronavirus, también vale la pena voltear a ver todos, aunque sean medio fifís.

Es por eso señoras, señores y virulentos todos, que es tiempo de traer a sus mentes y a sus bocas, ese sabor obeso, que llena el paladar y la lengua, desde que hacen contacto con las carnitas de Los Tacos de La Vía, ahí en avenida Eje Norte-Sur, casi esquina con Boulevard Cuauhnáhuac, entrando por Bomberos de Civac, en Jiuteyork.

Y es que aunque siempre he sido cliente, no se me quita de la mente que quienes atienden mayormente andan de jeta, que ya llevan muchos años como para hacer más cómodas las rústicas instalaciones y que, no me quejo pero la cuenta también está gordita. Sin embargo los tacos, que son lo importante, se acercan a lo impecable.

Si no has ido antes hay que decir que abren pasadito de las 10 de la mañana y que en un buen día, es probable que ya haya gente esperando mientras terminan de abrir por completo. Obvio que -aleccionados con los años de disfrutar del manjar- todos hacen fila frente a la plancha en donde se confeccionan los tacuches.

Otra de las claves en los de la vía, es que es mejor que pidas todo de un jalón, algo que no me gusta tanto en particular, pero que prefiero a la suerte de volverme a formar únicamente para pedir el último de los últimos, como dice mi carnal el Puerquini.

Si ya llegaste al momento en qué te preguntan ¿cuántos?, ahí empieza lo bueno y todo cambia a modo cine: el señor don taquero se concentra y fija claramente su vista en la montaña de carne que tiene apilada enfrente para seleccionar los trozos que van a armar los dos de maciza con nana que pediste, uno de puro cuerito y un último de chicharrón.

Don tacos deposita la carne en el tronco que tiene al lado y con autoridad indiscutible, ordena a su esclava -únicamente con la mirada- que la pique porque hay un hambriento esperando.

Cuando ella toma el hacha, todo cambia a súper slow. Cada golpe del acero sobre el marrano describe con precisión los principios de la física: un objeto impulsado por una fuerza externa que describe una trayectoria, que a su vez impacta directamente sobre el otro cuerpo, más blando, que termina por abrirse en trozos más pequeños porque -obvio como es- dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.

Justo en ese momento, el plano secuencia te lleva a seguir las manos de ella, que toma la carne y la deposita en la plancha que reacciona con el tradicional “tsssssssss”, que al mismo tiempo genera una columna de vapor que te impregna.

Aunque no te has percatado, ya estas en un big close up, que solo te permite seguir los movimientos hipnotizantes de don taquero que pica, repica y vuelve a picar la mezcla necesaria para el único taco que falta. Y es que el de chicharrón está hecho de una revoltura casi molida y puesta a dorar sobre el metal, que servida, no alcanza a describir la forma exacta de una pieza de cuche, pero que sabe a gloria.

Ya sin tanta jalada cinematográfica, tienes que pasar al fondo del local para comer en la barra, ya sea parado o en bancos, lo que no está tan chido pero vale la pena por el sabor.

Ojalá que pronto se decidan a hacer salsa verde, aunque a lo largo de los años ya perdí la esperanza. Ah y no se vayan sin probar las doradas de sesos y papa, que también traen nivel.


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