Daniel Martínez

  / lunes 12 de agosto de 2019

Lástima, Margarita…

Aunque la dirigente visible del proyecto México Libre tiene razón en muchos de los planteamientos que hace sobre la urgencia de dejar la disidencia de redes sociales y construir una verdadera oposición ciudadana frente a la tentación autoritaria a la que parecen tan proclives Morena y el presidente López Obrador, difícilmente se concibe a Margarita Zavala como alguien que pudiera encabezar o representar siquiera esa oposición.

No se trata de sus ideas, que comparten probablemente cientos de miles de mexicanos, sino de su pasado político y su relación con quien es la víctima evidente de los obuses del grupo en el gobierno, el ex presidente Calderón.

La necesidad de transformar las quejas en acción colectiva ha existido desde siempre en una sociedad mexicana que apenas construye el concepto de ciudadanía. El involucramiento de los sujetos privados en la vida pública sigue siendo uno de los grandes pendientes de nuestra democracia que se manifiesta en términos reales cada tres o seis años, pero no opera en lo cotidiano, por lo que resulta lejana al diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas. Este abandono de la participación, ha sometido a la sociedad a múltiples riesgos autoritarios, presentes no sólo en el discurso y la acción del grupo que hoy ocupa el gobierno federal y la mayoría en el Congreso, sino también en anteriores sexenios incluido el de Felipe Calderón Hinojosa.

La libertad ciudadana es una condición para acceder a niveles de desarrollo superiores, pero requiere de asumir la responsabilidad de ejercerla, y en eso la mayoría de los mexicanos falla. Por eso el llamado a la acción de Margarita Zavala, el mismo que se ha hecho desde la sociedad civil, la academia, la ciencia, el púlpito, y sólo en tiempos electorales que es cuando conviene, la política, ha encontrado limitada escucha entre una sociedad que mantiene escasos niveles de participación, incluso en elecciones presidenciales.

La elección federal que mayor participación ha tenido en los últimos 20 años fue la de 2000, con casi el 64 por ciento; es decir, faltó el 36 por ciento de quienes estaban habilitados para votar, que son menos de todos los mayores de 18 años en el país; le sigue en índice la del 2018 con 63.4 por ciento, luego la del 2012, con 63.1; y en el 2006 se registró apenas 58.5 por ciento. En 1994, con el temor de la guerra y los asesinatos políticos, la participación electoral sobrepasó el 77 por ciento del padrón, lo que fue un máximo histórico pero no devino en un mayor involucramiento ciudadano, los esfuerzos que hubo entre 94 y 2000, fueron rápidamente cooptados por partidos políticos o derivaron en instituciones públicas que hoy forman parte del Estado y padecen los mismos defectos que el resto de la burocracia.

Margarita Zavala conoce bien esta historia y si bien tiene la intención legítima de que su ideología, compartida con cientos o miles de mexicanos, esté representada en el espectro partidista mexicano, difícilmente puede considerar que su esfuerzo se trata de un movimiento de la ciudadanía, al contrario, es una organización emergente que se integrará, tarde o temprano, con la fuga de una corriente importante de ex panistas cuyo partido enfrenta una crisis similar a la del PRI o el PRD, con la salvedad de que, siendo el PAN la opción ideológica más apartada de Morena, ha sido la que más fácilmente ha cachado en el último año los votos de oposición.

El disfraz de lo ciudadano en los partidos políticos no le ha funcionado a ninguno. Incluso el partido que lo lleva en su nombre registra escasos niveles de votación y sus propuestas no parecen cercanas a la ciudadanía que su marca supone abanderar. Los movimientos ciudadanos son, por definición, contra partidos y políticos o por lo menos, alternos a ellos. No caminan con la misma agenda.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Aunque la dirigente visible del proyecto México Libre tiene razón en muchos de los planteamientos que hace sobre la urgencia de dejar la disidencia de redes sociales y construir una verdadera oposición ciudadana frente a la tentación autoritaria a la que parecen tan proclives Morena y el presidente López Obrador, difícilmente se concibe a Margarita Zavala como alguien que pudiera encabezar o representar siquiera esa oposición.

No se trata de sus ideas, que comparten probablemente cientos de miles de mexicanos, sino de su pasado político y su relación con quien es la víctima evidente de los obuses del grupo en el gobierno, el ex presidente Calderón.

La necesidad de transformar las quejas en acción colectiva ha existido desde siempre en una sociedad mexicana que apenas construye el concepto de ciudadanía. El involucramiento de los sujetos privados en la vida pública sigue siendo uno de los grandes pendientes de nuestra democracia que se manifiesta en términos reales cada tres o seis años, pero no opera en lo cotidiano, por lo que resulta lejana al diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas. Este abandono de la participación, ha sometido a la sociedad a múltiples riesgos autoritarios, presentes no sólo en el discurso y la acción del grupo que hoy ocupa el gobierno federal y la mayoría en el Congreso, sino también en anteriores sexenios incluido el de Felipe Calderón Hinojosa.

La libertad ciudadana es una condición para acceder a niveles de desarrollo superiores, pero requiere de asumir la responsabilidad de ejercerla, y en eso la mayoría de los mexicanos falla. Por eso el llamado a la acción de Margarita Zavala, el mismo que se ha hecho desde la sociedad civil, la academia, la ciencia, el púlpito, y sólo en tiempos electorales que es cuando conviene, la política, ha encontrado limitada escucha entre una sociedad que mantiene escasos niveles de participación, incluso en elecciones presidenciales.

La elección federal que mayor participación ha tenido en los últimos 20 años fue la de 2000, con casi el 64 por ciento; es decir, faltó el 36 por ciento de quienes estaban habilitados para votar, que son menos de todos los mayores de 18 años en el país; le sigue en índice la del 2018 con 63.4 por ciento, luego la del 2012, con 63.1; y en el 2006 se registró apenas 58.5 por ciento. En 1994, con el temor de la guerra y los asesinatos políticos, la participación electoral sobrepasó el 77 por ciento del padrón, lo que fue un máximo histórico pero no devino en un mayor involucramiento ciudadano, los esfuerzos que hubo entre 94 y 2000, fueron rápidamente cooptados por partidos políticos o derivaron en instituciones públicas que hoy forman parte del Estado y padecen los mismos defectos que el resto de la burocracia.

Margarita Zavala conoce bien esta historia y si bien tiene la intención legítima de que su ideología, compartida con cientos o miles de mexicanos, esté representada en el espectro partidista mexicano, difícilmente puede considerar que su esfuerzo se trata de un movimiento de la ciudadanía, al contrario, es una organización emergente que se integrará, tarde o temprano, con la fuga de una corriente importante de ex panistas cuyo partido enfrenta una crisis similar a la del PRI o el PRD, con la salvedad de que, siendo el PAN la opción ideológica más apartada de Morena, ha sido la que más fácilmente ha cachado en el último año los votos de oposición.

El disfraz de lo ciudadano en los partidos políticos no le ha funcionado a ninguno. Incluso el partido que lo lleva en su nombre registra escasos niveles de votación y sus propuestas no parecen cercanas a la ciudadanía que su marca supone abanderar. Los movimientos ciudadanos son, por definición, contra partidos y políticos o por lo menos, alternos a ellos. No caminan con la misma agenda.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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