/ lunes 4 de julio de 2022

Las Vueltas que da la Vida | Me quedo con la voz de los muertos

Francisco J. Santamaría fue el único sobreviviente de la matanza de Huitzilac, (hecho de sangre ordenado y firmado por el entonces presidente Calles, que a decir del historiador Jean Meyer, fue para no quedarse solo sin el apoyo de un Obregón con mucha fuerza y ambición en ese entonces).

Cuando detienen en Cuernavaca a los seguidores y no seguidores de Serrano pero que estaban con él, Santamaría, que evade la detención, más tarde desde su auto exilio en la ciudad de Nueva York comienza a escribir sus notas autobiográficas con las que da a conocer a detalle más de diez años después, cómo salvó su vida. Leí con mucho interés sus memorias que me proporcionó mi amigo el cronista de Cuernavaca Octavio Sedano, pero la verdad, como historiadora, se me hizo mucho más interesante el libro de la periodista Helia D´Costa. Santamaría, por su parte, describe que el día 3 de octubre del 27, “yo, que era simpatizante de Arnulfo R. Gómez, me encontraba con el general Serrano antes de irme a Guerrero y algo percibí que me hizo decirle a Serrano que huyera. No lo hizo.

De pronto quienes estábamos en el domicilio donde se festejaba su onomástico, sentimos el silencio externo. Tocan a la puerta, el mismo Serrano abre y le dicen que está detenido. Al salir todos, nos damos cuenta que en las calles aledañas había soldados. Nos habían tendido una celada. Decían que porque preparábamos una asonada contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. También nos habían dicho que estábamos detenidos por órdenes del gobernador de Morelos (que en ese entonces era Ambrosio Puente) y por eso nos llevaban a la Jefatura de Operaciones y luego…ya Dios diría.

Al día siguiente nos formaron en una fila para trasladarnos a la ciudad de México, las calles estaban llenas de curiosos y en un descuido del soldado que tenía junto a mí, aproveché para dar un paso a la izquierda y me interné entre corillos de gente, un vecino me jaló, abrió una puerta y me metió para esconderme. Los demás prisioneros, siguieron su camino rumbo a su muerte que encontrarían en Huitzilac donde ya los aguardaban tropas dirigidas por el general obregonista Claudio Fox que después supe era el encargado de ejecutar a los prisioneros, sin juicio alguno”. Con todo respeto al abogado Francisco Javier Santamaría, dado que él sí logró hacer huesos viejos, pongo en duda la veracidad total de su relato en el que se define como lo fue, un seguidor del general Arnulfo R. Gómez (fusilado un mes después de Serrano en Coatepec, Veracruz hasta donde lo alcanzó la orden de Obregón). De aquellos terribles días de principios de mes de octubre de 1927, se animó a escribir 12-13 años después cuando puso en circulación un texto que hoy es poco conocido: “La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre”.

Y es que dado el espeso silencio de la Historia Oficial en México sobre el caso, Santamaría andando los años y ya de regreso a nuestro país, logra hacer una destacada carrera política. Entre 1940 y 1946, Santamaría fue senador de la República y posteriormente gobernador, en ambos casos de su estado natal. Si eso no se llama acallar a una persona sobre todo cuando sigue la información vetada por la historia oficial, no sé que sea. El general Serrano aunque era considerado el “hijo político de Álvaro Obregón”, me asombra que no haya medido los terribles alcances de Obregón. Y Santamaría, a pesar de su ejercicio político privilegiado ya en México hasta su muerte ocurrida en 1963 a los 77 años de edad, se cuidó de no volver a hablar de lo que vivió en Cuernavaca aquel aciago 3 de octubre del 27.

Como historiadora, periodista y morelense que soy queridos lectores, me quedo con la voz de los muertos en Huitzilac. Y no con la de un sobreviviente que el sistema privilegió toda su vida mientras él optó por el silencio en torno a tan abyecto crimen. Para esta columna, estudié además del libro de Santamaría, las muy interesantes investigaciones de la historiadora Bertha Hernández integrante del INEHRM, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, así culmino, por el momento, con la información de que fueron cerca de 300 militares los que mandaron matar por órdenes de Obregón al preparar su reelección con la complicidad de Calles, sin embargo tanta sangre resultó inútil, el manco Obregón no volvió a sentarse en la silla presidencial, fue muerto antes de ello.

Y ahora sí, hasta el próximo lunes.

Francisco J. Santamaría fue el único sobreviviente de la matanza de Huitzilac, (hecho de sangre ordenado y firmado por el entonces presidente Calles, que a decir del historiador Jean Meyer, fue para no quedarse solo sin el apoyo de un Obregón con mucha fuerza y ambición en ese entonces).

Cuando detienen en Cuernavaca a los seguidores y no seguidores de Serrano pero que estaban con él, Santamaría, que evade la detención, más tarde desde su auto exilio en la ciudad de Nueva York comienza a escribir sus notas autobiográficas con las que da a conocer a detalle más de diez años después, cómo salvó su vida. Leí con mucho interés sus memorias que me proporcionó mi amigo el cronista de Cuernavaca Octavio Sedano, pero la verdad, como historiadora, se me hizo mucho más interesante el libro de la periodista Helia D´Costa. Santamaría, por su parte, describe que el día 3 de octubre del 27, “yo, que era simpatizante de Arnulfo R. Gómez, me encontraba con el general Serrano antes de irme a Guerrero y algo percibí que me hizo decirle a Serrano que huyera. No lo hizo.

De pronto quienes estábamos en el domicilio donde se festejaba su onomástico, sentimos el silencio externo. Tocan a la puerta, el mismo Serrano abre y le dicen que está detenido. Al salir todos, nos damos cuenta que en las calles aledañas había soldados. Nos habían tendido una celada. Decían que porque preparábamos una asonada contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. También nos habían dicho que estábamos detenidos por órdenes del gobernador de Morelos (que en ese entonces era Ambrosio Puente) y por eso nos llevaban a la Jefatura de Operaciones y luego…ya Dios diría.

Al día siguiente nos formaron en una fila para trasladarnos a la ciudad de México, las calles estaban llenas de curiosos y en un descuido del soldado que tenía junto a mí, aproveché para dar un paso a la izquierda y me interné entre corillos de gente, un vecino me jaló, abrió una puerta y me metió para esconderme. Los demás prisioneros, siguieron su camino rumbo a su muerte que encontrarían en Huitzilac donde ya los aguardaban tropas dirigidas por el general obregonista Claudio Fox que después supe era el encargado de ejecutar a los prisioneros, sin juicio alguno”. Con todo respeto al abogado Francisco Javier Santamaría, dado que él sí logró hacer huesos viejos, pongo en duda la veracidad total de su relato en el que se define como lo fue, un seguidor del general Arnulfo R. Gómez (fusilado un mes después de Serrano en Coatepec, Veracruz hasta donde lo alcanzó la orden de Obregón). De aquellos terribles días de principios de mes de octubre de 1927, se animó a escribir 12-13 años después cuando puso en circulación un texto que hoy es poco conocido: “La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre”.

Y es que dado el espeso silencio de la Historia Oficial en México sobre el caso, Santamaría andando los años y ya de regreso a nuestro país, logra hacer una destacada carrera política. Entre 1940 y 1946, Santamaría fue senador de la República y posteriormente gobernador, en ambos casos de su estado natal. Si eso no se llama acallar a una persona sobre todo cuando sigue la información vetada por la historia oficial, no sé que sea. El general Serrano aunque era considerado el “hijo político de Álvaro Obregón”, me asombra que no haya medido los terribles alcances de Obregón. Y Santamaría, a pesar de su ejercicio político privilegiado ya en México hasta su muerte ocurrida en 1963 a los 77 años de edad, se cuidó de no volver a hablar de lo que vivió en Cuernavaca aquel aciago 3 de octubre del 27.

Como historiadora, periodista y morelense que soy queridos lectores, me quedo con la voz de los muertos en Huitzilac. Y no con la de un sobreviviente que el sistema privilegió toda su vida mientras él optó por el silencio en torno a tan abyecto crimen. Para esta columna, estudié además del libro de Santamaría, las muy interesantes investigaciones de la historiadora Bertha Hernández integrante del INEHRM, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, así culmino, por el momento, con la información de que fueron cerca de 300 militares los que mandaron matar por órdenes de Obregón al preparar su reelección con la complicidad de Calles, sin embargo tanta sangre resultó inútil, el manco Obregón no volvió a sentarse en la silla presidencial, fue muerto antes de ello.

Y ahora sí, hasta el próximo lunes.

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