Daniel Martínez

  / miércoles 4 de septiembre de 2019

La violencia enturbia...

En medio del enrarecimiento político por la violencia que agobia a muchos sectores del estado, el gobernador Cuauhtémoc Blanco pide hablar también de las cosas buenas. Muy pronto acudió el mandatario a la recomendación de comunicación política más frecuente en el estado desde la administración de Sergio Estrada Cajigal. Estrada tuvo tanta razón entonces como hoy la tiene Cuauhtémoc, Morelos no son sólo crímenes, las bondades del estado en clima, paisaje, atención al turismo, calidad de la gente, capacidad instalada para la industria, posibilidades de crecimiento económico, y muchos otros factores tendrían que ser mejor publicitados. Pero no es así porque la violencia se ha insertado en el discurso y el actuar de muchos morelenses que, curiosamente son también los dueños momentáneos de la voz política del estado.

La violencia política es diferente a la criminal, pero a fin de cuentas también lesiona la credibilidad, la integridad y hasta la confianza de los ciudadanos. Mientras empresarios morelenses trataban de jalar reflectores a sus actividades generadoras de empleos y desarrollo, la centralidad de la noticia fue para las amenazas a la diputada Tania Valentina y las especulaciones sobre la sustancia de las mismas. Más allá del debate sobre la certeza de la denuncia, preocupan cualquiera que sea el origen y destino de la misma. Si se trata de un montaje, como se apresuran muchos a advertir con el cinismo propio de quien cree que sabe, es gravísimo porque puede acusarse impunemente en tanto cualquier mentira es creíble, parafraseo a Goebbels, si tiene algo de verdad. La diputada Tania igual que otras legisladoras ha sufrido, simbólica o instrumentalmente, de violencia política. En cambio, de ser cierto que la legisladora recibió amenazas (recordemos que en julio pasado a diputada Erika García, también del PT, fue víctima de una agresión a mano armada), sería urgente una investigación que brinde las medidas de seguridad necesarias a los legisladores para llevar en paz sus tareas de representación popular. Señalar responsables de las agresiones, sean verbales o materiales, resulta irresponsable a estas alturas, pero tendría que haber denuncias e investigaciones suficientes. Otro que ha acusado amenazas, por cierto, es el alcalde de Cuernavaca, Antonio Villalobos Adán, y aunque la primera denuncia la hizo el año pasado, al momento tampoco se conocen avances de esas investigaciones.

Cualquiera preferiría hablar de cosas buenas, como el trabajo, esfuerzo, talento y creatividad que distinguen a los morelenses. Tiene razón Cuauhtémoc como la tuvieron sus antecesores cuando pedían que se hablara también de las cosas buenas. Probablemente, por mera evolución del estado, hay más cosas buenas hoy que hace dos décadas, o una, pero como bien advertía Umberto Eco, si hay algo que el desarrollo nos enseña es que a mayores estados de bienestar y desarrollo, a mayores bondades y felicidad, los terrores también aumentan en número y abominación. Mientras considerábamos que el triunfo del bien extirparía el mal,; lo que realmente ocurrió es el mal se volvió más perverso, más retorcido, más aterrador. Con esa lógica debemos aprender a vivir y en tal sentido las estrategias de construcción de la paz tienen que evolucionar. Un cambio indispensable para ello es la eliminación de los componentes violentos que hoy caracterizan el intercambio político, incluidos los que se originan en el discurso de los poderosos contra quienes no lo son, o no lo son tanto. La práctica de la violencia política es una muestra patética de la disposición del Estado a tolerar cualquiera otra forma de violencia. Es un absurdo llamar a la paz cuando se insulta, se amenaza, se injuria al adversario. La incongruencia de los discursos genera el rechazo inmediato de la audiencia, y eso es lo que empieza a ocurrir, otra vez, con la clase política morelense.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

En medio del enrarecimiento político por la violencia que agobia a muchos sectores del estado, el gobernador Cuauhtémoc Blanco pide hablar también de las cosas buenas. Muy pronto acudió el mandatario a la recomendación de comunicación política más frecuente en el estado desde la administración de Sergio Estrada Cajigal. Estrada tuvo tanta razón entonces como hoy la tiene Cuauhtémoc, Morelos no son sólo crímenes, las bondades del estado en clima, paisaje, atención al turismo, calidad de la gente, capacidad instalada para la industria, posibilidades de crecimiento económico, y muchos otros factores tendrían que ser mejor publicitados. Pero no es así porque la violencia se ha insertado en el discurso y el actuar de muchos morelenses que, curiosamente son también los dueños momentáneos de la voz política del estado.

La violencia política es diferente a la criminal, pero a fin de cuentas también lesiona la credibilidad, la integridad y hasta la confianza de los ciudadanos. Mientras empresarios morelenses trataban de jalar reflectores a sus actividades generadoras de empleos y desarrollo, la centralidad de la noticia fue para las amenazas a la diputada Tania Valentina y las especulaciones sobre la sustancia de las mismas. Más allá del debate sobre la certeza de la denuncia, preocupan cualquiera que sea el origen y destino de la misma. Si se trata de un montaje, como se apresuran muchos a advertir con el cinismo propio de quien cree que sabe, es gravísimo porque puede acusarse impunemente en tanto cualquier mentira es creíble, parafraseo a Goebbels, si tiene algo de verdad. La diputada Tania igual que otras legisladoras ha sufrido, simbólica o instrumentalmente, de violencia política. En cambio, de ser cierto que la legisladora recibió amenazas (recordemos que en julio pasado a diputada Erika García, también del PT, fue víctima de una agresión a mano armada), sería urgente una investigación que brinde las medidas de seguridad necesarias a los legisladores para llevar en paz sus tareas de representación popular. Señalar responsables de las agresiones, sean verbales o materiales, resulta irresponsable a estas alturas, pero tendría que haber denuncias e investigaciones suficientes. Otro que ha acusado amenazas, por cierto, es el alcalde de Cuernavaca, Antonio Villalobos Adán, y aunque la primera denuncia la hizo el año pasado, al momento tampoco se conocen avances de esas investigaciones.

Cualquiera preferiría hablar de cosas buenas, como el trabajo, esfuerzo, talento y creatividad que distinguen a los morelenses. Tiene razón Cuauhtémoc como la tuvieron sus antecesores cuando pedían que se hablara también de las cosas buenas. Probablemente, por mera evolución del estado, hay más cosas buenas hoy que hace dos décadas, o una, pero como bien advertía Umberto Eco, si hay algo que el desarrollo nos enseña es que a mayores estados de bienestar y desarrollo, a mayores bondades y felicidad, los terrores también aumentan en número y abominación. Mientras considerábamos que el triunfo del bien extirparía el mal,; lo que realmente ocurrió es el mal se volvió más perverso, más retorcido, más aterrador. Con esa lógica debemos aprender a vivir y en tal sentido las estrategias de construcción de la paz tienen que evolucionar. Un cambio indispensable para ello es la eliminación de los componentes violentos que hoy caracterizan el intercambio político, incluidos los que se originan en el discurso de los poderosos contra quienes no lo son, o no lo son tanto. La práctica de la violencia política es una muestra patética de la disposición del Estado a tolerar cualquiera otra forma de violencia. Es un absurdo llamar a la paz cuando se insulta, se amenaza, se injuria al adversario. La incongruencia de los discursos genera el rechazo inmediato de la audiencia, y eso es lo que empieza a ocurrir, otra vez, con la clase política morelense.


Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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