/ viernes 27 de agosto de 2021

La importancia de la historia

Es bastante recurrente que las personas sientan una animadversión por la historia, desde el aparente tedio al tener que recurrir a la reiteración de fechas y eventos, hasta escudriñar la razón del por qué libros sobre tal o cual acontecimiento continúan discutiéndose, o con mayor recelo,

∝Sigan escribiendo nuevos sobre el mismo. Aunque tales cuestionamientos pueden levantar algunas cejas, siempre es necesario hacer frente a esas diatribas, que lejos de ser insensatas, revelan una condición que muchos comparten.

No es extraño que ocurra. Todos sabemos que el pasado nunca cambiará, no importa cuantas veces miremos atrás para repasar un acontecimiento, esté seguirá siendo el mismo. Los hechos consumados son siempre inalterables. La historia no estudia los hilos ocultos del destino ni tampoco anda en la búsqueda de teorías de conspiración. En realidad, en muchas de las ocasiones la labor del historiador, y por consiguiente de la historia, es encontrar las causas que lograron que un acontecimiento obtenga tanta importancia.

Tal como Marc Bloch insistía, no es realmente importante saber si fue el ejército o la multitud el primero que disparó afuera del Ministerio de Relaciones Exteriores en febrero de 1848, sino cómo una sola detonación bastó para que consiguiera desatarse el motín que inició la revolución. Tampoco, como suele creerse, la muerte de Franz Ferdinand en Sarajevo fue la que desató repentinamente la Primera Guerra Mundial, sino el pretexto decisivo que rompió las tensiones entre las potencias.

Si bien un suceso nunca podrá cambiar, sí puede transformarse lo que pensamos de él. Hoy, gracias a la liberación de archivos y la recuperación de documentos, sabemos con mayor exactitud lo que ocurría en la Alemania nazi, o dentro del régimen estalinista, que las mismas personas que vivían dentro de esos países en dichos años. Sin ir más lejos, hasta el momento sabemos menos de lo que está ocurriendo en el presente, no sólo limitados por el espacio y tiempo, sino por la información que será mejor analizada en el futuro.

Algo que parece más interesante y hasta peligroso, es la postura que se tiene ante un momento de la historia. La revolución francesa no despierta los mismos sentimientos de euforia y entusiasmo ahora, en una época de comodidades que muchos no están dispuestos a renunciar, que los que desataba en los años posteriores a la revolución bolchevique, cuando más se respiraba resentimiento e inconformidad contra los gobiernos en muchos países.

Las opiniones sobre el racismo, la esclavitud y religión no brillan con la misma intensidad que hace un siglo; de hecho, después de diversos procesos a lo largo de los años podemos observar diferentes perspectivas, pero difícilmente similares a las de antaño. Como una sustancia que flota en el aire, estamos impregnados de una serie de generalizaciones que compartimos desde las costumbres y tradiciones, y ellas mismas nos inducen a tener opiniones parecidas. Somos hijos de nuestro tiempo, con todos sus defectos y todas sus virtudes.

La historia es importante no sólo porque nos ayuda a conocer el pasado y así entender el presente, sino que nos permite, en buena medida, comprender las transformaciones del momento para vislumbrar el futuro. Lo que resulta más necesario, en una sociedad que busca justificar la utilidad de casi todo, es el provecho de quiénes emplean la historia. Y lo que es todavía más importante: con qué fines la evocan. Porque la interpretación de un hecho puede hacer que su significado cambie por completo.

Es bastante recurrente que las personas sientan una animadversión por la historia, desde el aparente tedio al tener que recurrir a la reiteración de fechas y eventos, hasta escudriñar la razón del por qué libros sobre tal o cual acontecimiento continúan discutiéndose, o con mayor recelo,

∝Sigan escribiendo nuevos sobre el mismo. Aunque tales cuestionamientos pueden levantar algunas cejas, siempre es necesario hacer frente a esas diatribas, que lejos de ser insensatas, revelan una condición que muchos comparten.

No es extraño que ocurra. Todos sabemos que el pasado nunca cambiará, no importa cuantas veces miremos atrás para repasar un acontecimiento, esté seguirá siendo el mismo. Los hechos consumados son siempre inalterables. La historia no estudia los hilos ocultos del destino ni tampoco anda en la búsqueda de teorías de conspiración. En realidad, en muchas de las ocasiones la labor del historiador, y por consiguiente de la historia, es encontrar las causas que lograron que un acontecimiento obtenga tanta importancia.

Tal como Marc Bloch insistía, no es realmente importante saber si fue el ejército o la multitud el primero que disparó afuera del Ministerio de Relaciones Exteriores en febrero de 1848, sino cómo una sola detonación bastó para que consiguiera desatarse el motín que inició la revolución. Tampoco, como suele creerse, la muerte de Franz Ferdinand en Sarajevo fue la que desató repentinamente la Primera Guerra Mundial, sino el pretexto decisivo que rompió las tensiones entre las potencias.

Si bien un suceso nunca podrá cambiar, sí puede transformarse lo que pensamos de él. Hoy, gracias a la liberación de archivos y la recuperación de documentos, sabemos con mayor exactitud lo que ocurría en la Alemania nazi, o dentro del régimen estalinista, que las mismas personas que vivían dentro de esos países en dichos años. Sin ir más lejos, hasta el momento sabemos menos de lo que está ocurriendo en el presente, no sólo limitados por el espacio y tiempo, sino por la información que será mejor analizada en el futuro.

Algo que parece más interesante y hasta peligroso, es la postura que se tiene ante un momento de la historia. La revolución francesa no despierta los mismos sentimientos de euforia y entusiasmo ahora, en una época de comodidades que muchos no están dispuestos a renunciar, que los que desataba en los años posteriores a la revolución bolchevique, cuando más se respiraba resentimiento e inconformidad contra los gobiernos en muchos países.

Las opiniones sobre el racismo, la esclavitud y religión no brillan con la misma intensidad que hace un siglo; de hecho, después de diversos procesos a lo largo de los años podemos observar diferentes perspectivas, pero difícilmente similares a las de antaño. Como una sustancia que flota en el aire, estamos impregnados de una serie de generalizaciones que compartimos desde las costumbres y tradiciones, y ellas mismas nos inducen a tener opiniones parecidas. Somos hijos de nuestro tiempo, con todos sus defectos y todas sus virtudes.

La historia es importante no sólo porque nos ayuda a conocer el pasado y así entender el presente, sino que nos permite, en buena medida, comprender las transformaciones del momento para vislumbrar el futuro. Lo que resulta más necesario, en una sociedad que busca justificar la utilidad de casi todo, es el provecho de quiénes emplean la historia. Y lo que es todavía más importante: con qué fines la evocan. Porque la interpretación de un hecho puede hacer que su significado cambie por completo.

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