/ jueves 10 de octubre de 2019

La dicotómica razón abortista

Diócesis de Cuernavaca

Por eso hay que concluir que la reivindicación de un derecho absoluto al aborto es, en realidad, una reivindicación de derechas. La lógica que la sustenta es la lógica pragmatista del que sólo busca quitarse de encima lo que le estorba, sin atender a la ética de los medios.

Gonzáles Faus

Ufanarse de pertenecer a una línea ideológica para enarbolar derechos sin límite es en la actualidad una pretensión transgresora de la convivencia social y una inconsciencia de las consecuencias de posturas exacerbadas de individualismo e intolerancia con rasgos de cierto fascismo libertario. No pretendo abordar este emergente debate del aborto desde una perspectiva religiosa sino dilucidar un diálogo empático de dicha problemática social pero atreviéndome a una sincera crítica a esa racionalidad vertiginosa de ostentarse como la panacea de la libertad.

Considero pertinente para la apertura de un diálogo maduro ver más allá de la radicalidad que pueden tener ambas posturas, tener la intencionalidad de escucharnos en la cordialidad simétrica de las diferencias; conscientes de ello daremos la posibilidad de un consenso ético y la factibilidad de acuerdos o aceptación de las resoluciones de manera pacífica sin polarizar o acentuar la confrontación beligerante en todas sus formas. Los legisladores son quienes han de dar el veredicto a favor o en contra, pero ambos tenemos derecho de apelación desde la civilidad ciudadana.

Vivimos en un Estado laico que gobierna a una nación con pluralidad de creencias religiosas y libres pensadores, a partir de este reconocimiento mutuo de ambas partes es como podemos alcanzar avances. Desconocernos es asumir una posición intransigente sobre el que piensa distinto, al grado de obstinarse por la unidimensionalidad de las ideas o más gravemente proceder con un sesgo de totalitarismo violentado el orden social. El tema es complejo y está en la mesa legislativa, correspondamos con decoro y decencia en nuestras posturas para elevar la disputa al nivel de nuestros ideales.

No se trata de decir quién tiene la verdad, porque las dos posturas lo asumen así, sino de entrever un punto de encuentro ético donde podamos converger o llegar a una prudente convivencia social, sin agresiones al otro. Tal cordialidad dialógica es un signo de civilidad y preservación del orden social. De nuestra parte podemos decir que nuestra postura como iglesia es de una resistencia combativa pero no agresiva. Haremos lo necesariamente posible para que nuestros miembros como ciudadanos libres ejerzan su derecho legítimo a estar en contra del aborto, sin un fanatismo transgresor a los derechos civiles.

Hago énfasis en los derechos porque precisamente estamos hablando de votar un “derecho a decidir”; pues empecemos por el respeto a los ya existentes. Por eso debemos tener una actitud de ética mínima para hacer valer nuestro posicionamiento. Es dicotómico el apelar a un derecho y establecerlo como ley mientras violentamos otros derechos civiles. Para nosotros esta querella requiere de una base antropológica y ética social, no para la obtención de un bien individualista sino de un bien común. La determinación a estar en contra del aborto es con el fin de custodiar un bien mayor.

Entendemos el problema de salud pública que es el argumento de mayor peso más allá de la laxidad antropológica de los abortistas, pero creemos que no es la raíz del problema social, y se difumina en una aspiración individualista de la conquista de un “derecho a decidir”, cuando el problema de salud está en los estratos más empobrecidos que no lo hacen por un derecho a decidir sino por una serie de condiciones socio-económicas. Es decir, el problema de salud lo han empoderado los abortistas como su argumento sólido, aburguesándolo en una demanda libertaria como un derecho propio. Es a nuestro modo de ver una frialdad burguesa.

Esta lógica instrumental relativizada y puesta al servicio de la propiedad, es contradictorio a una postura de izquierda, he allí su dicotomía. Dice Gonzáles Faus “Esa concepción de lo que "me pertenece" como un absoluto derecho a "usar y abusar" (ius utendi et abutendi), es exactamente la concepción capitalista de la propiedad, la cual no es cristiana ni verdaderamente humana, porque todo lo que me pertenece tiene además una dimensión y una hipoteca social, como la tengo yo”. Parece que los abortistas no sólo tienen una antropología carente sino un desconocimiento sociológico de la dimensión social que esto traería. El sólo diagnóstico prenatal en favor de un derecho a decidir sería el inhumano fin selectivo de optar quién vive y quién no. Un fascismo hitleriano libertario de nuestro siglo.

Pareciera que los abortistas más que impulsar propuestas para ir a la raíz del problema, han empuñado sus consignas desde sus deseos de propiedad “es mi cuerpo” “yo decido” pero estás voces más que ser las voces de las víctimas de un constructo social de pobreza, machista, marginal y disfuncional tienden más bien a ser mujeres de clase media y alta que han aburguesado ese supuesto derecho, porque teniendo todas las condiciones de planificación familiar lo anhelan como una victoria libertaria de su ideologización, quizá allí su desmesura en sus formas de hacer valer su radicalidad.

Por eso hay que concluir que la reivindicación de un derecho absoluto al aborto es, en realidad, una reivindicación de derechas. La lógica que la sustenta es la lógica pragmatista del que sólo busca quitarse de encima lo que le estorba, sin atender a la ética de los medios.

Gonzáles Faus

Ufanarse de pertenecer a una línea ideológica para enarbolar derechos sin límite es en la actualidad una pretensión transgresora de la convivencia social y una inconsciencia de las consecuencias de posturas exacerbadas de individualismo e intolerancia con rasgos de cierto fascismo libertario. No pretendo abordar este emergente debate del aborto desde una perspectiva religiosa sino dilucidar un diálogo empático de dicha problemática social pero atreviéndome a una sincera crítica a esa racionalidad vertiginosa de ostentarse como la panacea de la libertad.

Considero pertinente para la apertura de un diálogo maduro ver más allá de la radicalidad que pueden tener ambas posturas, tener la intencionalidad de escucharnos en la cordialidad simétrica de las diferencias; conscientes de ello daremos la posibilidad de un consenso ético y la factibilidad de acuerdos o aceptación de las resoluciones de manera pacífica sin polarizar o acentuar la confrontación beligerante en todas sus formas. Los legisladores son quienes han de dar el veredicto a favor o en contra, pero ambos tenemos derecho de apelación desde la civilidad ciudadana.

Vivimos en un Estado laico que gobierna a una nación con pluralidad de creencias religiosas y libres pensadores, a partir de este reconocimiento mutuo de ambas partes es como podemos alcanzar avances. Desconocernos es asumir una posición intransigente sobre el que piensa distinto, al grado de obstinarse por la unidimensionalidad de las ideas o más gravemente proceder con un sesgo de totalitarismo violentado el orden social. El tema es complejo y está en la mesa legislativa, correspondamos con decoro y decencia en nuestras posturas para elevar la disputa al nivel de nuestros ideales.

No se trata de decir quién tiene la verdad, porque las dos posturas lo asumen así, sino de entrever un punto de encuentro ético donde podamos converger o llegar a una prudente convivencia social, sin agresiones al otro. Tal cordialidad dialógica es un signo de civilidad y preservación del orden social. De nuestra parte podemos decir que nuestra postura como iglesia es de una resistencia combativa pero no agresiva. Haremos lo necesariamente posible para que nuestros miembros como ciudadanos libres ejerzan su derecho legítimo a estar en contra del aborto, sin un fanatismo transgresor a los derechos civiles.

Hago énfasis en los derechos porque precisamente estamos hablando de votar un “derecho a decidir”; pues empecemos por el respeto a los ya existentes. Por eso debemos tener una actitud de ética mínima para hacer valer nuestro posicionamiento. Es dicotómico el apelar a un derecho y establecerlo como ley mientras violentamos otros derechos civiles. Para nosotros esta querella requiere de una base antropológica y ética social, no para la obtención de un bien individualista sino de un bien común. La determinación a estar en contra del aborto es con el fin de custodiar un bien mayor.

Entendemos el problema de salud pública que es el argumento de mayor peso más allá de la laxidad antropológica de los abortistas, pero creemos que no es la raíz del problema social, y se difumina en una aspiración individualista de la conquista de un “derecho a decidir”, cuando el problema de salud está en los estratos más empobrecidos que no lo hacen por un derecho a decidir sino por una serie de condiciones socio-económicas. Es decir, el problema de salud lo han empoderado los abortistas como su argumento sólido, aburguesándolo en una demanda libertaria como un derecho propio. Es a nuestro modo de ver una frialdad burguesa.

Esta lógica instrumental relativizada y puesta al servicio de la propiedad, es contradictorio a una postura de izquierda, he allí su dicotomía. Dice Gonzáles Faus “Esa concepción de lo que "me pertenece" como un absoluto derecho a "usar y abusar" (ius utendi et abutendi), es exactamente la concepción capitalista de la propiedad, la cual no es cristiana ni verdaderamente humana, porque todo lo que me pertenece tiene además una dimensión y una hipoteca social, como la tengo yo”. Parece que los abortistas no sólo tienen una antropología carente sino un desconocimiento sociológico de la dimensión social que esto traería. El sólo diagnóstico prenatal en favor de un derecho a decidir sería el inhumano fin selectivo de optar quién vive y quién no. Un fascismo hitleriano libertario de nuestro siglo.

Pareciera que los abortistas más que impulsar propuestas para ir a la raíz del problema, han empuñado sus consignas desde sus deseos de propiedad “es mi cuerpo” “yo decido” pero estás voces más que ser las voces de las víctimas de un constructo social de pobreza, machista, marginal y disfuncional tienden más bien a ser mujeres de clase media y alta que han aburguesado ese supuesto derecho, porque teniendo todas las condiciones de planificación familiar lo anhelan como una victoria libertaria de su ideologización, quizá allí su desmesura en sus formas de hacer valer su radicalidad.

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