/ lunes 17 de junio de 2024

Regreso al pasado

Han pasado treinta y seis años de aquella elección de 1988 en la cual el Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas desafió al régimen de partido de estado comandado por el PRI. El movimiento encabezado por Cárdenas aglutinó a distintas fuerzas políticas de izquierda y a la corriente democrática del propio PRI, pero sobre todo tuvo el apoyo de un amplio sector de la ciudadanía que demandaba la apertura del régimen y lo hacía por el método democrático por excelencia: el voto libre.

Octavio Paz había escrito años antes que la ruptura del régimen de partido de estado vendría esencialmente de una escisión del propio PRI; la corriente democrática que encabezaban Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez fue la ruptura que propicio el inicio de la transición hacia un sistema democrático, de la mano de las izquierdas.

En 1988 no existía ni el INE ni el Tribunal Electoral, las elecciones las organizaba, las calificaba y las hacía el propio gobierno. La Comisión Federa Electoral la encabezaba el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. El mismo al que se le cayó el sistema en 88 y hoy es hijo predilecto de la 4t.

Las elecciones hasta antes del 88 eran un mero trámite; la elección del 82 la ganó Miguel de la Madrid todavía con una mayoría calificada en la Cámara de Diputados y en la de Senadores. Este régimen de partido de estado le permitía al presidente hacer lo que le diera la gana sin ningún contrapeso. La SCJN y el sistema judicial, incluyendo a la PRG, eran controlados por el ejecutivo que ponía y quitaba Ministros, Jueces, Magistrados según conviniera. El gobierno era juez y parte.

En la etapa de la transición se crearon distintos organismos autónomos, primero el IFE y después el INE en el tema electoral; el INAI para el tema de la transparencia, la autonomía de las fiscalías y la independencia del Poder Judicial, entre muchos otros. Todos ellos con el objetivo de servir de contrapeso democrático al poder absoluto del presidente.

Los principios fundamentales de la democracia son la transparencia, irrestricto respeto al estado de derecho, elecciones libres, democráticas y equitativas, contrapesos al poder absoluto, entre otros.

En aquellos años de 1988, López Obrador era un distinguido militante del PRI, no fue hasta después de la controvertida elección de Salinas de Gortari y ante la invitación del entonces FCN para ser el candidato a la gubernatura de Tabasco que dejó al PRI para iniciar una carrera exitosa desde la izquierda.

En 1997 por primera vez el PRI pierde la mayoría en el Congreso de la Unión y en el año 2000, gracias a las reformas del 1996, se da la primera alternancia en México: inicia la etapa democrática.

En este periodo los votos cuentan y se cuentan; previo a las elecciones existe una incertidumbre democrática; se han dado tres alternancias en la presidencia e infinidad en los estados y municipios de la república; la alternancia refleja pluralidad.

Se ha avanzado en la consolidación de la democracia gracias a los órganos electorales, las instituciones autónomas y la independencia de los poderes: contrapesos democráticos indispensables.

Los únicos que en este periodo no se renovaron fueron los partidos tradicionales: PRI, PAN y el desaparecido PRD. No entendieron que la propia dinámica los obligaba a cambiar y modernizarse, así les fue.

Gracias a esto AMLO pudo llegar al poder en 2018, y ahora paradójicamente, es el que quiere acabar con la democracia y regresar a los tiempos del partido hegemónico y del poder presidencial absoluto. AMLO añora con regresar al pasado autoritario en el cual él mismo se formó.

Por eso quiere reformar al Poder Judicial y controlarlo, también quiere controlar a las instituciones electorales y acabar con los organismos autónomos como el INAI, encargado de la transparencia.

En estas elecciones López Obrador aparentemente consiguió la mayoría absoluta para hacer lo que quiera de la mano de sus obedientes congresistas.

La hegemonía del PRI duró 70 años, no sabemos cuanto durará Morena en esta regresión autoritaria.

Quizá si Octavio Paz hubiera vivido la transición, hubiera podido pronosticar que precisamente los beneficiarios de la democracia, por vía del voto democrático, serían los propios verdugos de la misma.

Faltan muchas páginas por escribirse; en una democracia se puede ganar o perder una elección, pero en una elección no se puede perder la democracia.

Han pasado treinta y seis años de aquella elección de 1988 en la cual el Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas desafió al régimen de partido de estado comandado por el PRI. El movimiento encabezado por Cárdenas aglutinó a distintas fuerzas políticas de izquierda y a la corriente democrática del propio PRI, pero sobre todo tuvo el apoyo de un amplio sector de la ciudadanía que demandaba la apertura del régimen y lo hacía por el método democrático por excelencia: el voto libre.

Octavio Paz había escrito años antes que la ruptura del régimen de partido de estado vendría esencialmente de una escisión del propio PRI; la corriente democrática que encabezaban Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez fue la ruptura que propicio el inicio de la transición hacia un sistema democrático, de la mano de las izquierdas.

En 1988 no existía ni el INE ni el Tribunal Electoral, las elecciones las organizaba, las calificaba y las hacía el propio gobierno. La Comisión Federa Electoral la encabezaba el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. El mismo al que se le cayó el sistema en 88 y hoy es hijo predilecto de la 4t.

Las elecciones hasta antes del 88 eran un mero trámite; la elección del 82 la ganó Miguel de la Madrid todavía con una mayoría calificada en la Cámara de Diputados y en la de Senadores. Este régimen de partido de estado le permitía al presidente hacer lo que le diera la gana sin ningún contrapeso. La SCJN y el sistema judicial, incluyendo a la PRG, eran controlados por el ejecutivo que ponía y quitaba Ministros, Jueces, Magistrados según conviniera. El gobierno era juez y parte.

En la etapa de la transición se crearon distintos organismos autónomos, primero el IFE y después el INE en el tema electoral; el INAI para el tema de la transparencia, la autonomía de las fiscalías y la independencia del Poder Judicial, entre muchos otros. Todos ellos con el objetivo de servir de contrapeso democrático al poder absoluto del presidente.

Los principios fundamentales de la democracia son la transparencia, irrestricto respeto al estado de derecho, elecciones libres, democráticas y equitativas, contrapesos al poder absoluto, entre otros.

En aquellos años de 1988, López Obrador era un distinguido militante del PRI, no fue hasta después de la controvertida elección de Salinas de Gortari y ante la invitación del entonces FCN para ser el candidato a la gubernatura de Tabasco que dejó al PRI para iniciar una carrera exitosa desde la izquierda.

En 1997 por primera vez el PRI pierde la mayoría en el Congreso de la Unión y en el año 2000, gracias a las reformas del 1996, se da la primera alternancia en México: inicia la etapa democrática.

En este periodo los votos cuentan y se cuentan; previo a las elecciones existe una incertidumbre democrática; se han dado tres alternancias en la presidencia e infinidad en los estados y municipios de la república; la alternancia refleja pluralidad.

Se ha avanzado en la consolidación de la democracia gracias a los órganos electorales, las instituciones autónomas y la independencia de los poderes: contrapesos democráticos indispensables.

Los únicos que en este periodo no se renovaron fueron los partidos tradicionales: PRI, PAN y el desaparecido PRD. No entendieron que la propia dinámica los obligaba a cambiar y modernizarse, así les fue.

Gracias a esto AMLO pudo llegar al poder en 2018, y ahora paradójicamente, es el que quiere acabar con la democracia y regresar a los tiempos del partido hegemónico y del poder presidencial absoluto. AMLO añora con regresar al pasado autoritario en el cual él mismo se formó.

Por eso quiere reformar al Poder Judicial y controlarlo, también quiere controlar a las instituciones electorales y acabar con los organismos autónomos como el INAI, encargado de la transparencia.

En estas elecciones López Obrador aparentemente consiguió la mayoría absoluta para hacer lo que quiera de la mano de sus obedientes congresistas.

La hegemonía del PRI duró 70 años, no sabemos cuanto durará Morena en esta regresión autoritaria.

Quizá si Octavio Paz hubiera vivido la transición, hubiera podido pronosticar que precisamente los beneficiarios de la democracia, por vía del voto democrático, serían los propios verdugos de la misma.

Faltan muchas páginas por escribirse; en una democracia se puede ganar o perder una elección, pero en una elección no se puede perder la democracia.

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