/ martes 3 de mayo de 2022

Instituciones y caudillos

A los ciudadanos de todas las naciones interesa que, derivado de las elecciones, dispongamos de una verdadera representación democrática, tanto en los órdenes Legislativo como Ejecutivo.
Sin embargo, ¿los sistemas electorales garantizan una verdadera representación democrática?
Comenzamos por definir y dimensionar lo que podemos esperar de los sistemas electorales, de los partidos políticos, cómo interactúan unos y otros y de cara a la sociedad, sus efectos en la concentración del poder, la competitividad, la nacionalización y la proporcionalidad, así como el concepto de representación.
Para Arend Lijphart, la definición es: “…sistema electoral como un conjunto de leyes y reglas partidarias que regulan la competencia electoral entre los partidos y dentro de ellos”.
No nos habla de una representación democrática. Sin embargo, puntualiza su incidencia en muchos aspectos de la competencia política, las políticas públicas que defienden los partidos durante la competencia, las prebendas para alcanzar alianzas entre ellos y la faccionalización de los mismos.
Lijphart también nos habla de dos clases de sistemas electorales: los competitivos y los no competitivos. En estos últimos la finalidad de las elecciones es simplemente refrendar el respaldo al gobernante o grupo en el poder. Igualmente, nos plantea el hecho de que los sistemas electorales de Mayoría Relativa (MR) y Distrito Uninominal (DU) tienden a generar un sistema de partidos Bipartidista. A cambio, los Sistemas Electorales de Representación Proporcional y Doble Vuelta generan el multipartidismo.
En el caso de la MR y DU surgen partidos predominantes, que alcanzan la hegemonía contra terceros, lo que motiva una sobrerrepresentación, en tanto que los partidos pequeños tienen una infrarrepresentación, en congruencia con la Ley de Duverger sobre el bipartidismo y el multipartidismo.
Conviene tener siempre presente el hecho de que Lijphart advierte que es imposible que los Sistemas Electorales generen resultados exactamente proporcionales. Y es que, para la asignación de escaños, en el índice Rae, el voto-cuota de los dos partidos mayores genera una desviación media que resulta exagerada en la representación, mientras que en el índice Loosemore-Hanby reduce la representación, generando la desproporcionalidad en el sistema electoral.

En la elección mexicana de medio término, (2021), las oposiciones reunidas alcanzaron desde el punto de vista estadístico, alrededor del 52 por ciento de la votación válida y sin embargo el fenómeno de la sobre representación le permitió maniobrar al partido dominante que, aún en ese escenario, no impidió la pérdida de más de 55 legisladores, un incentivo políticamente útil a las oposiciones y, más significativo es el no disponer de una mayoría calificada para reformar la constitución, dado que exhibe al partido dominante y su principal defecto: su no institucionalización que, durante el siglo XX, sí ejerció el régimen del PRI.

FB: Daniel Adame Osorio.
Instagram: @danieladameosorio.
Twitter: @Danieldao1

A los ciudadanos de todas las naciones interesa que, derivado de las elecciones, dispongamos de una verdadera representación democrática, tanto en los órdenes Legislativo como Ejecutivo.
Sin embargo, ¿los sistemas electorales garantizan una verdadera representación democrática?
Comenzamos por definir y dimensionar lo que podemos esperar de los sistemas electorales, de los partidos políticos, cómo interactúan unos y otros y de cara a la sociedad, sus efectos en la concentración del poder, la competitividad, la nacionalización y la proporcionalidad, así como el concepto de representación.
Para Arend Lijphart, la definición es: “…sistema electoral como un conjunto de leyes y reglas partidarias que regulan la competencia electoral entre los partidos y dentro de ellos”.
No nos habla de una representación democrática. Sin embargo, puntualiza su incidencia en muchos aspectos de la competencia política, las políticas públicas que defienden los partidos durante la competencia, las prebendas para alcanzar alianzas entre ellos y la faccionalización de los mismos.
Lijphart también nos habla de dos clases de sistemas electorales: los competitivos y los no competitivos. En estos últimos la finalidad de las elecciones es simplemente refrendar el respaldo al gobernante o grupo en el poder. Igualmente, nos plantea el hecho de que los sistemas electorales de Mayoría Relativa (MR) y Distrito Uninominal (DU) tienden a generar un sistema de partidos Bipartidista. A cambio, los Sistemas Electorales de Representación Proporcional y Doble Vuelta generan el multipartidismo.
En el caso de la MR y DU surgen partidos predominantes, que alcanzan la hegemonía contra terceros, lo que motiva una sobrerrepresentación, en tanto que los partidos pequeños tienen una infrarrepresentación, en congruencia con la Ley de Duverger sobre el bipartidismo y el multipartidismo.
Conviene tener siempre presente el hecho de que Lijphart advierte que es imposible que los Sistemas Electorales generen resultados exactamente proporcionales. Y es que, para la asignación de escaños, en el índice Rae, el voto-cuota de los dos partidos mayores genera una desviación media que resulta exagerada en la representación, mientras que en el índice Loosemore-Hanby reduce la representación, generando la desproporcionalidad en el sistema electoral.

En la elección mexicana de medio término, (2021), las oposiciones reunidas alcanzaron desde el punto de vista estadístico, alrededor del 52 por ciento de la votación válida y sin embargo el fenómeno de la sobre representación le permitió maniobrar al partido dominante que, aún en ese escenario, no impidió la pérdida de más de 55 legisladores, un incentivo políticamente útil a las oposiciones y, más significativo es el no disponer de una mayoría calificada para reformar la constitución, dado que exhibe al partido dominante y su principal defecto: su no institucionalización que, durante el siglo XX, sí ejerció el régimen del PRI.

FB: Daniel Adame Osorio.
Instagram: @danieladameosorio.
Twitter: @Danieldao1