/ lunes 23 de mayo de 2022

Historias de corrupción y de arrabal

Si uno va por las colonias bellas que tiene Morelos, visita los sitios turísticos del estado, disfruta del calor, los cielos azules y los paisajes floridos, difícilmente pensaría que deambula por una de las entidades más violentas del país. Tampoco sería fácil explicar que enmarcados en esos paisajes, frente y a veces dentro de las exquisitas terrazas y jardines, ocurren muchas de las inmundicias que colocan a Morelos como el primer lugar nacional en corrupción, de acuerdo con el World Justice Project.

“Vamos a poner un negocio”, dicen los amigos cuando están entrados en copas y en el resto de México es un meme, pero en el caso de Morelos, muchas de esas invitaciones a “negocios” significan hacerse de dinero a través de contactos con un “contacto” de los gobiernos estatal o municipales, relaciones que permiten toda serie de tropelías durante por lo menos el período que dura la administración.

Por años los morelenses han escuchado historias de corrupción que involucran a nombres de la política con personajes de ocasión. La lista de leyendas de la transa es enorme, citamos acá algunos de los que han sido denunciados en los últimos seis años: Graco Ramírez, Jorge Michel, Manuel Agüero, Raúl Tadeo, Francisco Salinas, Jesús Corona, Francisco Villalobos Adán, Cuauhtémoc Blanco, Alejandro Vera, Ulises Bravo, José Manuel Sanz, Pablo Ojeda, Jaime Álvarez, Mónica Boggio, Alberto Oliva, Ángel Colín, Ulises Pardo, Alfonso Miranda, Mario Ocampo, Rodrigo Gayosso, Beatriz Vicera, Julio y Roberto Yáñez, José Casas, Ana Cristina Guevara, Marcos Zapotitla, Hortencia Figueroa, Julio Espín, Fernando Aguilar. Además hay muchos funcionarios de menor rango del Ejecutivo, Legislativo y Ayuntamientos que se defienden de acusaciones ya judicializadas. Cierto que para son los jueces los únicos que pueden determinar la culpabilidad de cada uno o de todos los sujetos a quienes se menciona con mayor o menor insistencia en los arrabales de la política local, pero las historias confirman la sabiduría popular: en Morelos la política es una práctica sumamente corrupta.

Tampoco hay mucha esperanza entre los morelenses de que las cosas se compongan pronto, en tanto la percepción de corrupción abarca también a los poderes Legislativo y Judicial, que en el ideal republicano tendrían que servir también como contrapesos y reguladores de las acciones del Ejecutivo y los Ayuntamientos. Las acusaciones de corrupción que enmarcaron la gestión de Rubén Jasso en la presidencia del Tribunal Superior de Justicia dañaron severamente la imagen y el remanente de confianza que tenía aún el poder judicial. Las condiciones actuales del legislativo, donde las acusaciones entre los diputados en conflicto tienen como componente fundamental la idea de “protección” de unos y otros a grupos de interés diversos, tampoco abona a la idea de regulación o de procedencia de procesos como los presentados por la Fiscalía Anticorrupción en contra del gobernador, Cuauhtémoc Blanco, y otras investigaciones en torno a la corrupción de autoridades morelenses.

Y pese a que el gobernador imagina que todo el ambiente corrupto es cosa del pasado, lo cierto es que la mayoría de los funcionarios públicos reconocen la corrupción que impera en Morelos, sobre todo cuando es ajena. Y como solo se percibe y denuncia la ajena, poco se hace para combatirla en las esferas que corresponden a cada uno de los acusadores y que son bastante susceptibles de entrar al reino de la transa. Acaso la única esperanza está en las declaraciones del nuevo presidente del Tribunal Superior de Justicia, Jorge Gamboa, que adelanta una revisión de procesos y personal para corregir y sancionar la corrupción. Pero aunque ese destello fuera eterno, el problema de las malas prácticas en el gobierno estatal parece haberse generalizado.

En un ambiente así, no es extraño que la reaparición de figuras como Graco Ramírez, Roberto Yáñez y otros de los pésimamente llamados “actores políticos del pasado” no reaparezcan en la escena (porque nunca se fueron de ella), pero sí adquieran una notoriedad que parecería anormal dados sus sospechosos antecedentes. La más terrible pregunta que nos podemos hacer es si estábamos mejor cuando estábamos peor.

@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Si uno va por las colonias bellas que tiene Morelos, visita los sitios turísticos del estado, disfruta del calor, los cielos azules y los paisajes floridos, difícilmente pensaría que deambula por una de las entidades más violentas del país. Tampoco sería fácil explicar que enmarcados en esos paisajes, frente y a veces dentro de las exquisitas terrazas y jardines, ocurren muchas de las inmundicias que colocan a Morelos como el primer lugar nacional en corrupción, de acuerdo con el World Justice Project.

“Vamos a poner un negocio”, dicen los amigos cuando están entrados en copas y en el resto de México es un meme, pero en el caso de Morelos, muchas de esas invitaciones a “negocios” significan hacerse de dinero a través de contactos con un “contacto” de los gobiernos estatal o municipales, relaciones que permiten toda serie de tropelías durante por lo menos el período que dura la administración.

Por años los morelenses han escuchado historias de corrupción que involucran a nombres de la política con personajes de ocasión. La lista de leyendas de la transa es enorme, citamos acá algunos de los que han sido denunciados en los últimos seis años: Graco Ramírez, Jorge Michel, Manuel Agüero, Raúl Tadeo, Francisco Salinas, Jesús Corona, Francisco Villalobos Adán, Cuauhtémoc Blanco, Alejandro Vera, Ulises Bravo, José Manuel Sanz, Pablo Ojeda, Jaime Álvarez, Mónica Boggio, Alberto Oliva, Ángel Colín, Ulises Pardo, Alfonso Miranda, Mario Ocampo, Rodrigo Gayosso, Beatriz Vicera, Julio y Roberto Yáñez, José Casas, Ana Cristina Guevara, Marcos Zapotitla, Hortencia Figueroa, Julio Espín, Fernando Aguilar. Además hay muchos funcionarios de menor rango del Ejecutivo, Legislativo y Ayuntamientos que se defienden de acusaciones ya judicializadas. Cierto que para son los jueces los únicos que pueden determinar la culpabilidad de cada uno o de todos los sujetos a quienes se menciona con mayor o menor insistencia en los arrabales de la política local, pero las historias confirman la sabiduría popular: en Morelos la política es una práctica sumamente corrupta.

Tampoco hay mucha esperanza entre los morelenses de que las cosas se compongan pronto, en tanto la percepción de corrupción abarca también a los poderes Legislativo y Judicial, que en el ideal republicano tendrían que servir también como contrapesos y reguladores de las acciones del Ejecutivo y los Ayuntamientos. Las acusaciones de corrupción que enmarcaron la gestión de Rubén Jasso en la presidencia del Tribunal Superior de Justicia dañaron severamente la imagen y el remanente de confianza que tenía aún el poder judicial. Las condiciones actuales del legislativo, donde las acusaciones entre los diputados en conflicto tienen como componente fundamental la idea de “protección” de unos y otros a grupos de interés diversos, tampoco abona a la idea de regulación o de procedencia de procesos como los presentados por la Fiscalía Anticorrupción en contra del gobernador, Cuauhtémoc Blanco, y otras investigaciones en torno a la corrupción de autoridades morelenses.

Y pese a que el gobernador imagina que todo el ambiente corrupto es cosa del pasado, lo cierto es que la mayoría de los funcionarios públicos reconocen la corrupción que impera en Morelos, sobre todo cuando es ajena. Y como solo se percibe y denuncia la ajena, poco se hace para combatirla en las esferas que corresponden a cada uno de los acusadores y que son bastante susceptibles de entrar al reino de la transa. Acaso la única esperanza está en las declaraciones del nuevo presidente del Tribunal Superior de Justicia, Jorge Gamboa, que adelanta una revisión de procesos y personal para corregir y sancionar la corrupción. Pero aunque ese destello fuera eterno, el problema de las malas prácticas en el gobierno estatal parece haberse generalizado.

En un ambiente así, no es extraño que la reaparición de figuras como Graco Ramírez, Roberto Yáñez y otros de los pésimamente llamados “actores políticos del pasado” no reaparezcan en la escena (porque nunca se fueron de ella), pero sí adquieran una notoriedad que parecería anormal dados sus sospechosos antecedentes. La más terrible pregunta que nos podemos hacer es si estábamos mejor cuando estábamos peor.

@martinellito

dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx