/ viernes 16 de julio de 2021

Generación de cristal

El epíteto generación de cristal se refiere a la juventud que vive en el contexto actual. Y como se deduce fácilmente, la denotación alude a una fragilidad que debe ser tratada con delicadeza.

Normalmente se utiliza para marcar una característica, que es la revisión y crítica sobre un tema, de forma peyorativa por parte de individuos de mayor edad, o a lo sumo, de una generación anterior.

Y lo cierto es que el asunto, aunque en boga, no es nuevo. De hecho, es una de las discusiones siempre presentes, acaso inherentes, de toda época: el prejuicio de los mayores experimentados frente a la juventud inmadura. Un ejemplo evidente, y que pasaría a la posteridad, es el episodio que cuenta Hemingway, cuando Gertrude Stein al enfurecer por el penoso trabajo de su mecánico, lo increpa diciendo que él y todos sus coetáneos son una generación perdida, remarcando el alcoholismo que compartía con Fitzgerald, Faulkner, Steinbeck, y en algunos casos la drogadicción, como en Ezra Pound, junto con la amarga perspectiva hacia la sociedad, su participación en guerras y sobrellevar la depresión del 29.

No es nuevo que las generaciones pretéritas tilden la perdición de la reciente. No obstante, el quid del asunto es que, a diferencia de otras épocas, los procesos y cambios del presente son más complejos y diversos, ya que los avances económicos, tecnológicos y científicos difícilmente coinciden con los progresos sociales y políticos. A causa de este desfase la ruptura aparece. Por eso hay quienes alegan, sobre todo los conservadores, una catastrófica pérdida de valores en la sociedad.

Y no resulta extraño que así les parezca, ya que el terreno donde se desenvuelven tales cuestiones es en convencionalismos sociales y perspectivas culturales con las que vivieron, frente a la resistencia que presenta la nueva generación. El mundo que conocieron, aquello con lo que crecieron, está cambiando. Y frente a la rápida pérdida del antiguo orden muchos prefieren moralizar antes de analizar. No es miedo a lo desconocido, sino intolerancia a lo diverso.

La familia nuclear, tan común antaño, está abriéndose a formatos de matrimonios homoparentales, o simplemente es unipersonal. El papel de la mujer ya dista de los convencionalismos que antes imperaban. La comunidad LGTB ahora reclama el espacio que por mucho tiempo le fue vedado. Incluso la política, vivida casi exclusivamente en la militancia de un partido, ahora puede expresarse en instituciones de la sociedad civil. La libertad del pasado no sólo era más corta, sino que en el contexto actual ya existen muchos tipos de ella. Como sostiene Ulrich Beck, es el tiempo de los hijos de la libertad.

Y el gran choque generacional es evidente en el revisionismo de la juventud sobre el pasado, en sus convencionalismos y perspectivas; del mismo modo que las anteriores generaciones critican las nuevas fórmulas sociales y culturales llevadas a la práctica, olvidando, acaso justificando, que alguna vez estuvieron ahí. A pocos les gusta admitir que juzgar el pasado en el presente es una noble ingenuidad, tanto como criticar el presente con el pasado es una noble hipocresía.

Si algo debe tomarse con seriedad es el uso de las libertades vividas, que todavía levanta cejas en los mayores, y que en la juventud es bastante natural. Sobre todo, la parte reflexiva al criticar y censurar temas, corriendo el riesgo de volverse aquello que reprobaban. Fallar no es solamente no tener la razón, sino que, aún teniéndola, se utilice para herir en lugar de ayudar.

La generación de cristal, más que otra cosa, son los hijos de la libertad.

El epíteto generación de cristal se refiere a la juventud que vive en el contexto actual. Y como se deduce fácilmente, la denotación alude a una fragilidad que debe ser tratada con delicadeza.

Normalmente se utiliza para marcar una característica, que es la revisión y crítica sobre un tema, de forma peyorativa por parte de individuos de mayor edad, o a lo sumo, de una generación anterior.

Y lo cierto es que el asunto, aunque en boga, no es nuevo. De hecho, es una de las discusiones siempre presentes, acaso inherentes, de toda época: el prejuicio de los mayores experimentados frente a la juventud inmadura. Un ejemplo evidente, y que pasaría a la posteridad, es el episodio que cuenta Hemingway, cuando Gertrude Stein al enfurecer por el penoso trabajo de su mecánico, lo increpa diciendo que él y todos sus coetáneos son una generación perdida, remarcando el alcoholismo que compartía con Fitzgerald, Faulkner, Steinbeck, y en algunos casos la drogadicción, como en Ezra Pound, junto con la amarga perspectiva hacia la sociedad, su participación en guerras y sobrellevar la depresión del 29.

No es nuevo que las generaciones pretéritas tilden la perdición de la reciente. No obstante, el quid del asunto es que, a diferencia de otras épocas, los procesos y cambios del presente son más complejos y diversos, ya que los avances económicos, tecnológicos y científicos difícilmente coinciden con los progresos sociales y políticos. A causa de este desfase la ruptura aparece. Por eso hay quienes alegan, sobre todo los conservadores, una catastrófica pérdida de valores en la sociedad.

Y no resulta extraño que así les parezca, ya que el terreno donde se desenvuelven tales cuestiones es en convencionalismos sociales y perspectivas culturales con las que vivieron, frente a la resistencia que presenta la nueva generación. El mundo que conocieron, aquello con lo que crecieron, está cambiando. Y frente a la rápida pérdida del antiguo orden muchos prefieren moralizar antes de analizar. No es miedo a lo desconocido, sino intolerancia a lo diverso.

La familia nuclear, tan común antaño, está abriéndose a formatos de matrimonios homoparentales, o simplemente es unipersonal. El papel de la mujer ya dista de los convencionalismos que antes imperaban. La comunidad LGTB ahora reclama el espacio que por mucho tiempo le fue vedado. Incluso la política, vivida casi exclusivamente en la militancia de un partido, ahora puede expresarse en instituciones de la sociedad civil. La libertad del pasado no sólo era más corta, sino que en el contexto actual ya existen muchos tipos de ella. Como sostiene Ulrich Beck, es el tiempo de los hijos de la libertad.

Y el gran choque generacional es evidente en el revisionismo de la juventud sobre el pasado, en sus convencionalismos y perspectivas; del mismo modo que las anteriores generaciones critican las nuevas fórmulas sociales y culturales llevadas a la práctica, olvidando, acaso justificando, que alguna vez estuvieron ahí. A pocos les gusta admitir que juzgar el pasado en el presente es una noble ingenuidad, tanto como criticar el presente con el pasado es una noble hipocresía.

Si algo debe tomarse con seriedad es el uso de las libertades vividas, que todavía levanta cejas en los mayores, y que en la juventud es bastante natural. Sobre todo, la parte reflexiva al criticar y censurar temas, corriendo el riesgo de volverse aquello que reprobaban. Fallar no es solamente no tener la razón, sino que, aún teniéndola, se utilice para herir en lugar de ayudar.

La generación de cristal, más que otra cosa, son los hijos de la libertad.

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