/ lunes 13 de junio de 2022

En las entrañas del caudillismo: sucedió en Morelos

Verán, queridos lectores, en una plática que sostuve hace tiempo con un buen amigo, le comenté: “Cómo me gustaría platicar con tu papá (al que yo no conocía personalmente), acerca de la Revolución”.

Pasaron unos meses. Y un domingo suena el teléfono, lo contesto y escucho la inconfundible voz del expresidente de México, don Luis Echeverría Álvarez, diciendo: “Doña Lya, mi hijo Pablo me dijo que ud. quiere platicar conmigo.” -Sí, don Luis, tengo una sola pregunta que hacerle acerca de la revolución-. Véngase mañana a mi casa, la espero en San Jerónimo. Llego a la cita. Llevaba yo puesto un muy apreciado saco de San Andrés Larrainzar y en cuanto me vio me dijo: “Qué preciosa prenda, no entiendo como hay quien se va a comprar ropa al extranjero”. Al escucharlo pensé: Estoy frente al último presidente nacionalista que ha tenido México.

Y así inició la plática de dos, tres horas, que ambos grabamos. Le pregunto: ¿Dónde se rompió la Revolución Mexicana? y me dice: “Espéreme tantito, para contestarla, hay que irnos para atrás”. Y comenzó a narrarme la historia del inicio de los caudillos revolucionarios, historia terrible y muy interesante. Hoy la recuerdo porque acabo de leer el excelente libro “A la sombra de un caudillo”, del investigador chihuahuense Pedro Castro que narra como una amistad desde la infancia, no impide un final trágico. El general Francisco R. Serrano, fue acribillado el 3 de octubre de 1927 junto con 13 compañeros y amigos, en una masacre ordenada desde la Presidencia de la República, en Huitzilac, Morelos camino de Cuernavaca a la Cd. de México. Fue un hecho más propio de la ficción que de la realidad.

Por ejemplo, liquidado por órdenes del presidente Plutarco Elías Calles bajo el influjo manifiesto del otro candidato presidencial (reeleccionista), el caudillo Álvaro Obregón del grupo sonorense “el de la selvática mirada de sus ojos verdes”, como lo describe Castro. Lo increíble es que los tres generales fueron correligionarios a lo largo, no solo de la Revolución Mexicana, sino en el caso de Obregón y Serrano, desde la infancia, aunque Obregón era mayor, sin embargo se casó con una hermana de Serrano y juntos los tres amigos lograron la victoria del grupo sonorense, pero al final a Serrano, que desconoció los alcances de su amigo Obregón, le ganó la ambición y se lanzó de candidato sin medir la respuesta de Obregón, que no se lo perdonó. Cabe resaltar que del hecho se hizo una interesantísima película que dirigió el director Julio Bracho en 1960 basada en el libro “La Sombra del Caudillo” de Martín Luis Guzmán, escritor que junto con Mariano Azuela el de “Los de Abajo” y Nellie Campobello la de “Cartucho”, fueron escritores pioneros en la crítica revolucionaria.

“La sombra del caudillo”, considerada la mejor película mexicana escrita por Martín Luis Guzmán durante su exilio en España, dos años después de ocurridos los hechos y filmada por el director Julio Bracho en 1960, tuvo que esperar casi 30 años para que al fin, en 1960, se anunciara su estreno en los cines mexicanos, solo que un día antes, fuerzas armadas cerraron los cines y se llevaron todas las cintas existentes de dicha obra. Censura que surgió del Ejército Mexicano porque a decir del general Jacinto B. Treviño, “no había que recordar ni mostrar las entrañas del caudillismo de la posrevolución”. Y es que la película mostraba la corrupción y el asesinato de opositores políticos de aquella época. Y cuando Bracho le insistía al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz que le permitieran exhibir su película, Díaz Ordaz siempre le decía: “dame tiempo, Julio”.

En 1978 Julio Bracho murió sin ver que su película se estrenara, aunque ya había ganado dos premios en el Festival Internacional de Cine de Karlovy-Vary en Checoslovaquia. Pero de vuelta a la estupenda novela, “Bajo la Sombra del Caudillo”, de Pedro Castro, es importante leer y releerla porque “es una muy buena reflexión sobre la tiranía que se expande, en este caso, a través de la metáfora de la sombra y tiene como punto de reflexión al Caudillo, eje de oscuridad densa e impenetrable… . Recuerdo una cita de Shakespeare: “El abuso de la grandeza se da cuando se separa del poder la misericordia”.

Y hoy lo recuerdo, porque camino a México, no logré ver, el monumento que otro general Jorge Carrillo Olea, siendo gobernador de Morelos, sufrió los embates de un muy pequeño pero poderoso en ese entonces Ernesto Zedillo, mandó construir justo donde ocurrieron los hechos de 1927 para recordar lo que no hay que olvidar, hoy inexplicablemente abandonado y casi desaparecido.

Y hasta el próximo lunes.

Verán, queridos lectores, en una plática que sostuve hace tiempo con un buen amigo, le comenté: “Cómo me gustaría platicar con tu papá (al que yo no conocía personalmente), acerca de la Revolución”.

Pasaron unos meses. Y un domingo suena el teléfono, lo contesto y escucho la inconfundible voz del expresidente de México, don Luis Echeverría Álvarez, diciendo: “Doña Lya, mi hijo Pablo me dijo que ud. quiere platicar conmigo.” -Sí, don Luis, tengo una sola pregunta que hacerle acerca de la revolución-. Véngase mañana a mi casa, la espero en San Jerónimo. Llego a la cita. Llevaba yo puesto un muy apreciado saco de San Andrés Larrainzar y en cuanto me vio me dijo: “Qué preciosa prenda, no entiendo como hay quien se va a comprar ropa al extranjero”. Al escucharlo pensé: Estoy frente al último presidente nacionalista que ha tenido México.

Y así inició la plática de dos, tres horas, que ambos grabamos. Le pregunto: ¿Dónde se rompió la Revolución Mexicana? y me dice: “Espéreme tantito, para contestarla, hay que irnos para atrás”. Y comenzó a narrarme la historia del inicio de los caudillos revolucionarios, historia terrible y muy interesante. Hoy la recuerdo porque acabo de leer el excelente libro “A la sombra de un caudillo”, del investigador chihuahuense Pedro Castro que narra como una amistad desde la infancia, no impide un final trágico. El general Francisco R. Serrano, fue acribillado el 3 de octubre de 1927 junto con 13 compañeros y amigos, en una masacre ordenada desde la Presidencia de la República, en Huitzilac, Morelos camino de Cuernavaca a la Cd. de México. Fue un hecho más propio de la ficción que de la realidad.

Por ejemplo, liquidado por órdenes del presidente Plutarco Elías Calles bajo el influjo manifiesto del otro candidato presidencial (reeleccionista), el caudillo Álvaro Obregón del grupo sonorense “el de la selvática mirada de sus ojos verdes”, como lo describe Castro. Lo increíble es que los tres generales fueron correligionarios a lo largo, no solo de la Revolución Mexicana, sino en el caso de Obregón y Serrano, desde la infancia, aunque Obregón era mayor, sin embargo se casó con una hermana de Serrano y juntos los tres amigos lograron la victoria del grupo sonorense, pero al final a Serrano, que desconoció los alcances de su amigo Obregón, le ganó la ambición y se lanzó de candidato sin medir la respuesta de Obregón, que no se lo perdonó. Cabe resaltar que del hecho se hizo una interesantísima película que dirigió el director Julio Bracho en 1960 basada en el libro “La Sombra del Caudillo” de Martín Luis Guzmán, escritor que junto con Mariano Azuela el de “Los de Abajo” y Nellie Campobello la de “Cartucho”, fueron escritores pioneros en la crítica revolucionaria.

“La sombra del caudillo”, considerada la mejor película mexicana escrita por Martín Luis Guzmán durante su exilio en España, dos años después de ocurridos los hechos y filmada por el director Julio Bracho en 1960, tuvo que esperar casi 30 años para que al fin, en 1960, se anunciara su estreno en los cines mexicanos, solo que un día antes, fuerzas armadas cerraron los cines y se llevaron todas las cintas existentes de dicha obra. Censura que surgió del Ejército Mexicano porque a decir del general Jacinto B. Treviño, “no había que recordar ni mostrar las entrañas del caudillismo de la posrevolución”. Y es que la película mostraba la corrupción y el asesinato de opositores políticos de aquella época. Y cuando Bracho le insistía al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz que le permitieran exhibir su película, Díaz Ordaz siempre le decía: “dame tiempo, Julio”.

En 1978 Julio Bracho murió sin ver que su película se estrenara, aunque ya había ganado dos premios en el Festival Internacional de Cine de Karlovy-Vary en Checoslovaquia. Pero de vuelta a la estupenda novela, “Bajo la Sombra del Caudillo”, de Pedro Castro, es importante leer y releerla porque “es una muy buena reflexión sobre la tiranía que se expande, en este caso, a través de la metáfora de la sombra y tiene como punto de reflexión al Caudillo, eje de oscuridad densa e impenetrable… . Recuerdo una cita de Shakespeare: “El abuso de la grandeza se da cuando se separa del poder la misericordia”.

Y hoy lo recuerdo, porque camino a México, no logré ver, el monumento que otro general Jorge Carrillo Olea, siendo gobernador de Morelos, sufrió los embates de un muy pequeño pero poderoso en ese entonces Ernesto Zedillo, mandó construir justo donde ocurrieron los hechos de 1927 para recordar lo que no hay que olvidar, hoy inexplicablemente abandonado y casi desaparecido.

Y hasta el próximo lunes.

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