/ martes 12 de mayo de 2020

El modelo parlamentario (1830-1890)

El primer momento de desarrollo de la política moderna se inicia a comienzos del siglo XIX en la Europa Noratlántica y en América del Norte.

El mismo combinaba un modelo estatal de competencias reducidas, una sociedad que se modernizaba con el crecimiento de las relaciones sociales capitalistas y un régimen político fuertemente asociado a las instituciones parlamentarias. En ese contexto podemos inscribir el primer tipo ideal de política moderna: el modelo parlamentario.

En las sociedades del siglo XVIII el capitalismo empezaba a organizar la vida social, desmantelando el orden tradicional, reforzando los procesos de desvinculación del ser humano que se volvía “individuo”, miembro de una sociedad civil que se expandía alrededor de la civilización europea.

Durante estos años ocurrió un proceso paralelo y caótico de construcción del estado y del régimen político, con una lenta pero progresiva ampliación del espacio de las naciones-estado que acompañaba la expansión de las relaciones sociales capitalistas. El desarrollo comparativamente escaso de los aparatos estatales los llevaba a desarrollar sólo dos tipos de política económica: el laissez-faire o un proteccionismo moderado de mercados nacionales que alcanzaban, poco a poco, el tamaño de sus estados-nación.

En este contexto surgieron los primeros partidos políticos relacionados con su único ámbito de desarrollo: los parlamentos de fin del siglo XVIII y principios del XIX. La representación era una relación muy directa, posible gracias al reducido cuerpo electoral que, sumado al carácter del sistema electoral uninominal en el cual el candidato se presentaba solo frente a sus rivales de distrito, originaba una relación individual entre el representante y sus electores, aun fuertemente marcada por los signos del mundo aristocrático.

El sistema electoral uninominal implicaba la división del territorio en tantas unidades (circunscripciones o distritos) como cargos había en juego. En cada una de ellas resultaba vencedor el candidato que más votos obtenía, sin importar cuántos fueran –con uno más que el segundo era suficiente-, consiguiendo así el único cargo en disputa. Pensemos en una pequeña comunidad agrícola en donde los que votaban eran apenas unas decenas, entre las que se encontraban los notables del pueblo: los dueños de los campos, el médico, el notario. Este tipo de ciudadanía restringida o censitaria, generaba un cuerpo electoral muy uniforme donde todos se conocían y compartían intereses y tradiciones.

Fue dentro de estos parlamentos en donde empezaron a desarrollarse los partidos. Primero lo hicieron como meros agrupamientos coyunturales frente al tratamiento de alguna temática puntual, para luego volverse poco a poco más estables en relación a opiniones o tendencias permanentes. Cabría decir entonces, que los partidos surgieron de manera espontánea, como forma de expresión de los divergentes intereses sociales existentes en cada sociedad.

Tal como sugiere Maurice Duverger, estos partidos no tenían existencia por fuera de las cámaras parlamentarias, sino que eran un grupo de representantes que se reunían en algún club, y era justamente por su origen al interior de las cámaras que fueron llamados partidos parlamentarios. El modelo de partido parlamentario estaba constituido por una serie de asociaciones locales hermanadas bajo la misma etiqueta que funcionaban casi exclusivamente durante los períodos electorales, conducidos por algún notable que lo financiaba y utilizaba a la hora de renovar su banca o participar de alguna discusión de interés público. Según Weber, los políticos que encarnaron estos roles eran personas que vivían “para” la política porque su buena posición económica les permitía dedicarse a una actividad que por entonces no era remunerada.

Este modelo expresa la primera forma que tomaron las modernas organizaciones partidarias y la débil pero creciente relación que las vinculaba con la sociedad. Asimismo, nos sirve para entender el funcionamiento de la relación representativa. Podemos caracterizar la representación en las democracias parlamentarias del siglo XIX como una relación muy directa, posible gracias al reducido y homogéneo cuerpo electoral existente. Los candidatos eran individuos que, por su red de relaciones locales y su notoriedad suscitaban la confianza de los que vivían próximos o que compartían sus intereses.

La representación individual, funcionó como base para la obligación política mientras los ciudadanos-representados no eran más que un pequeño número que visualizaba a sus representantes como pertenecientes a su propia comunidad, por lo que de alguna manera se daba por hecho que compartían los mismos intereses. La democracia censitaria estaba fuertemente marcada aún por los signos del mundo aristocrático: los elegidos en los hechos eran miembros reconocidos de la elite, la confianza depositada en ellos tenía mucho que ver con su ascendente sociológico y el Parlamento más que una asamblea moderna parecía en muchos sentidos un club.

Sin embargo, el desarrollo histórico, junto con el lento pero sostenido crecimiento de los cuerpos electorales y la creciente radicalización que fueron tomando las disputas políticas a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, fue llevando a estos primeros partidos a “salir” de las cámaras y extenderse hacia la sociedad de manera más permanente, apoyando en su circunscripción electoral a un parlamentario “amigo” frente a otro de opiniones diferentes. Las posturas políticas comenzaron a externalizarse y se generalizaron entre la sociedad.

El modelo presidencial por contra precisa la sensación del ganador único (dirá el politólogo, Juan Linz) para lograr no sólo el acceso sino un desempeño generador de resultados a la sociedad. El presidencialismo mexicano pretende recobrar su espacio vital a costa de la división de poderes y de los (frágiles) equilibrios de la sociedad mexicana. Asistimos al estío personal de gobernar planteado por Daniel Cosío Villegas, por el que el presidente de turno sustituye las capacidades del Estado para colocar las capacidades personales (lo que eso signifique) al dirigir su gestión. El país reclama junto con su sociedad una oposición competitiva y organizada para los tiempos que corren.


FB: Daniel Adame Osorio

Instagram: @danieladameosorio

Twitter: @Danieldao1

El primer momento de desarrollo de la política moderna se inicia a comienzos del siglo XIX en la Europa Noratlántica y en América del Norte.

El mismo combinaba un modelo estatal de competencias reducidas, una sociedad que se modernizaba con el crecimiento de las relaciones sociales capitalistas y un régimen político fuertemente asociado a las instituciones parlamentarias. En ese contexto podemos inscribir el primer tipo ideal de política moderna: el modelo parlamentario.

En las sociedades del siglo XVIII el capitalismo empezaba a organizar la vida social, desmantelando el orden tradicional, reforzando los procesos de desvinculación del ser humano que se volvía “individuo”, miembro de una sociedad civil que se expandía alrededor de la civilización europea.

Durante estos años ocurrió un proceso paralelo y caótico de construcción del estado y del régimen político, con una lenta pero progresiva ampliación del espacio de las naciones-estado que acompañaba la expansión de las relaciones sociales capitalistas. El desarrollo comparativamente escaso de los aparatos estatales los llevaba a desarrollar sólo dos tipos de política económica: el laissez-faire o un proteccionismo moderado de mercados nacionales que alcanzaban, poco a poco, el tamaño de sus estados-nación.

En este contexto surgieron los primeros partidos políticos relacionados con su único ámbito de desarrollo: los parlamentos de fin del siglo XVIII y principios del XIX. La representación era una relación muy directa, posible gracias al reducido cuerpo electoral que, sumado al carácter del sistema electoral uninominal en el cual el candidato se presentaba solo frente a sus rivales de distrito, originaba una relación individual entre el representante y sus electores, aun fuertemente marcada por los signos del mundo aristocrático.

El sistema electoral uninominal implicaba la división del territorio en tantas unidades (circunscripciones o distritos) como cargos había en juego. En cada una de ellas resultaba vencedor el candidato que más votos obtenía, sin importar cuántos fueran –con uno más que el segundo era suficiente-, consiguiendo así el único cargo en disputa. Pensemos en una pequeña comunidad agrícola en donde los que votaban eran apenas unas decenas, entre las que se encontraban los notables del pueblo: los dueños de los campos, el médico, el notario. Este tipo de ciudadanía restringida o censitaria, generaba un cuerpo electoral muy uniforme donde todos se conocían y compartían intereses y tradiciones.

Fue dentro de estos parlamentos en donde empezaron a desarrollarse los partidos. Primero lo hicieron como meros agrupamientos coyunturales frente al tratamiento de alguna temática puntual, para luego volverse poco a poco más estables en relación a opiniones o tendencias permanentes. Cabría decir entonces, que los partidos surgieron de manera espontánea, como forma de expresión de los divergentes intereses sociales existentes en cada sociedad.

Tal como sugiere Maurice Duverger, estos partidos no tenían existencia por fuera de las cámaras parlamentarias, sino que eran un grupo de representantes que se reunían en algún club, y era justamente por su origen al interior de las cámaras que fueron llamados partidos parlamentarios. El modelo de partido parlamentario estaba constituido por una serie de asociaciones locales hermanadas bajo la misma etiqueta que funcionaban casi exclusivamente durante los períodos electorales, conducidos por algún notable que lo financiaba y utilizaba a la hora de renovar su banca o participar de alguna discusión de interés público. Según Weber, los políticos que encarnaron estos roles eran personas que vivían “para” la política porque su buena posición económica les permitía dedicarse a una actividad que por entonces no era remunerada.

Este modelo expresa la primera forma que tomaron las modernas organizaciones partidarias y la débil pero creciente relación que las vinculaba con la sociedad. Asimismo, nos sirve para entender el funcionamiento de la relación representativa. Podemos caracterizar la representación en las democracias parlamentarias del siglo XIX como una relación muy directa, posible gracias al reducido y homogéneo cuerpo electoral existente. Los candidatos eran individuos que, por su red de relaciones locales y su notoriedad suscitaban la confianza de los que vivían próximos o que compartían sus intereses.

La representación individual, funcionó como base para la obligación política mientras los ciudadanos-representados no eran más que un pequeño número que visualizaba a sus representantes como pertenecientes a su propia comunidad, por lo que de alguna manera se daba por hecho que compartían los mismos intereses. La democracia censitaria estaba fuertemente marcada aún por los signos del mundo aristocrático: los elegidos en los hechos eran miembros reconocidos de la elite, la confianza depositada en ellos tenía mucho que ver con su ascendente sociológico y el Parlamento más que una asamblea moderna parecía en muchos sentidos un club.

Sin embargo, el desarrollo histórico, junto con el lento pero sostenido crecimiento de los cuerpos electorales y la creciente radicalización que fueron tomando las disputas políticas a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, fue llevando a estos primeros partidos a “salir” de las cámaras y extenderse hacia la sociedad de manera más permanente, apoyando en su circunscripción electoral a un parlamentario “amigo” frente a otro de opiniones diferentes. Las posturas políticas comenzaron a externalizarse y se generalizaron entre la sociedad.

El modelo presidencial por contra precisa la sensación del ganador único (dirá el politólogo, Juan Linz) para lograr no sólo el acceso sino un desempeño generador de resultados a la sociedad. El presidencialismo mexicano pretende recobrar su espacio vital a costa de la división de poderes y de los (frágiles) equilibrios de la sociedad mexicana. Asistimos al estío personal de gobernar planteado por Daniel Cosío Villegas, por el que el presidente de turno sustituye las capacidades del Estado para colocar las capacidades personales (lo que eso signifique) al dirigir su gestión. El país reclama junto con su sociedad una oposición competitiva y organizada para los tiempos que corren.


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