/ miércoles 26 de enero de 2022

El día que México se enteró del monstruo de Iztapalapa

Psicólogos y especialistas han estudiado por décadas el cerebro de los asesinos en serie. Esta aventura investigativa nace del interés por conocer qué les motiva a cometer los crímenes más atroces.

Muchos de ellos sufren trastornos y enfermedades mentales que posiblemente expliquen su comportamiento. Pero eso nos lleva a una nueva cuestión moral: ¿un asesino con problemas mentales se encuentra en condiciones de ser juzgado?... atribuya usted.

Hace 18 años, Jorge Antonio Iniestra Salas, mejor conocido como “el monstruo de Iztapalapa”, tejió una historia de horror y debido a su desbordante desequilibro mental fue condenado a 241 años de prisión, por dos homicidios dolosos, secuestro, violencia familiar, explotación laboral y corrupción de menores.

Pero, ¿Quién es Jorge Antonio? Iniestra Salas se dedicaba a manejar un taxi. Solo que el dinero no era suficiente para subsistir así que también trabajó como guardia de seguridad en una mueblería. Ahí conoció a Clara Tapia Herrera, con quien sostuvo una relación sentimental.

Tiempo después, en enero de 2005, la pareja decidió compartir una vida juntos. Así que Jorge se mudó con la mujer, que residía en la consejería de la escuela primaria Manuel C. Tello, localizada en Iztapalapa, Ciudad de México.

Clara no estaba sola, ella tenía dos hijas, Gabriela y Rebeca y el pequeño Ricardo. Ante tal circunstancia, Jorge Antonio aceptó conformar una familia a su lado.

Durante la convivencia cotidiana, Jorge Antonio dejaba entrever un comportamiento de desasosiego. Para empezar, propuso a su mujer que por sus presuntos conocimientos de contabilidad, a partir de ese momento, controlaría los ingresos de la familia.

Luego, su forma de hablar y regalos, ayudaron a irse ganando la confianza de los niños.

Poco a poco y al paso de los meses, Jorge mostró su lado más violento. Las agresiones verbales se volvieron frecuentes.

Hasta que la noche del 25 de marzo 2005, Clara descubrió a Jorge abusando sexualmente de su hija Rebeca, quien en ese instante tenía 12 años. Al otro lado de la habitación, sollozaba Gabriela, de 15 años.

El miedo paralizó a Clara. Nada pudo hacer. Y la pesadilla escaló a niveles inimaginables. Ambas niñas fueron privadas de su libertad dentro de su propia morada, frente a la mirada inaudita de la persona que les dio la vida.

Día tras día, entre cuatro paredes. Dentro de un cuarto interactuaban una con otra para satisfacer al sujeto que meses atrás habían concebido como a un padre. Como resultado de estas relaciones incestuosas nacieron cinco bebés.

Al exterior nadie imaginaba lo que se desentrañaba en esa reducida pieza. Y mientras, el argumento de Jorge Antonio para impedir que las chicas salieran a la calle, era que “todas las mujeres eran unas locas”.

Clara nunca estuvo de acuerdo con los condicionamientos que había tomado su pareja. Sin embargo, calló y cedió a sus turbias peticiones.

// y al final, la verdad sale a la luz //

Por medio de amenazas y engaños, Jorge sedujo a Rebeca y a Gabriela; convenciendo a la progenitora de ambas niñas para que de igual forma participara en los subsecuentes actos sexuales. En suma, cuando ocurrían estos encuentros, Ricardo, el menor de la casa, era obligado a observar.

No obstante, mientras sus hermanas estaban en cautiverio. Ricardo fue forzado a trabajar recolectando cartón y vendiendo chicles. El dinero que juntaba se lo entregaba a Iniestra Salas, acción tras la cual recibía crueles castigos.

Desde que Jorge había tomado el control en el hogar. El menor vivía en un tinaco con plásticos y cobijas pues no se le permitía el acceso al interior de la vivienda.

Pronto las sospechas de lo que pasaba al interior del plantel llegó hasta los padres de familia y autoridades, empero, otra vez, no pasó absolutamente nada.

En cambio, Clara, sus hijos y Jorge dejaron las instalaciones del colegio y se fueron a vivir a la casa de la madre de éste, en la misma delegación, Iztapalapa. Una vez que llegaron a este nuevo espacio. Jorge apartó a Clara de sus hijas. Comenzando así, la peor aversión que se prolongó durante cinco años.

Una tarde, Rebeca aprovechó que una ventana de su cuarto estaba abierta, de inmediato se asomó para buscar ayuda. Detrás de esta acción entró Jorge y al ver que la joven había desafiado sus órdenes, la golpeó fuerte con un tubo en la cabeza hasta dejarla sin vida.

Intentó revivirla. En su desesperación le colocó en el pecho a Ashley, de tres meses, pero murió asfixiada. Seguido del doble deceso, el monstruo de Iztapalapa enterró los dos cuerpos debajo de la cama donde dormían Gabriela, y los otros menores de edad.

El olor fétido era insoportable, tanto así que Iniestra Salas le pidió a su hermano que lo ayudara a sacar los cadáveres. Fue así como los restos humanos fueron arrojados sobre la carretera México- Puebla. Al paso de los días, autoridades registraron este hecho abriendo una averiguación previa.

Fue hasta el año 2011 cuando Clara Tapia se armó de valor y denunció a Jorge, por violencia intrafamiliar.

Por supuesto, no sólo Jorge Antonio Iniestra Salas fue detenido. Su madre, sus hermanos y Clara corrieron con la misma suerte.

// Clara ¿víctima o culpable? //

Clara es originaria del municipio de Chiautla, Puebla. Ella creció en el seno de una familia humilde bajo la cual desarrolló una infancia cargada de recuerdos grises. Desde pequeña estuvo envuelta en episodios de violencia. Estos sucesos marcaron su adolescencia al grado de considerar los actos de abuso sexual hacia su persona como normales.

Estudió enfermería, solo que no concluyó su formación profesional al liarse en una relación sentimental que la mantuvo fuera de los pasillos hospitalarios, porque pronto nacería su primer bebé, Gabriela. Posteriormente, tuvo un segundo intento fallido en el amor al casarse con un hombre alcohólico y con quien procreó a Rebeca y Ricardo. Por más de 11 años la mujer soportó diversas vejaciones.

Después, su tercera pareja. Jorge Antonio Iniestra fue la punta del iceberg.

Por más de tres años, Clara Tapia Herrera fue acusada por las autoridades capitalinas, medios de comunicación y sociedad en general de ser una “mala madre” y de no proteger a sus tres hijos del maltrato al que fueron sometidos.

El 3 de octubre de 2014, un fallo judicial determinó que ella solo fue víctima de violencia.

// ¿Cínico o enfermo mental? //

Cuando Jorge Antonio, el apodado “monstruo de Iztapalapa” fue presentado ante los medios de comunicación, solo se mofó. Su expresión era de alegría. De burla. De desdén. De una hazaña bien lograda, pues ahora tenía los reflectores y el mundo a sus pies.

Luego, actuó como un acto de reto y aseveró “no podría considerarme loco. Cínico a lo mejor sí”.

Algunos especialistas confirman que no todos los asesinos en serie tienen una enfermedad mental diagnosticada. Aunado a ello, sostienen que la infancia y la adolescencia son las dos etapas claves en la vida de todo sicópata.

No cabe duda que el comportamiento humano a veces puede impactar a todo un país entero. Y destruir vidas de personas inocentes.

Psicólogos y especialistas han estudiado por décadas el cerebro de los asesinos en serie. Esta aventura investigativa nace del interés por conocer qué les motiva a cometer los crímenes más atroces.

Muchos de ellos sufren trastornos y enfermedades mentales que posiblemente expliquen su comportamiento. Pero eso nos lleva a una nueva cuestión moral: ¿un asesino con problemas mentales se encuentra en condiciones de ser juzgado?... atribuya usted.

Hace 18 años, Jorge Antonio Iniestra Salas, mejor conocido como “el monstruo de Iztapalapa”, tejió una historia de horror y debido a su desbordante desequilibro mental fue condenado a 241 años de prisión, por dos homicidios dolosos, secuestro, violencia familiar, explotación laboral y corrupción de menores.

Pero, ¿Quién es Jorge Antonio? Iniestra Salas se dedicaba a manejar un taxi. Solo que el dinero no era suficiente para subsistir así que también trabajó como guardia de seguridad en una mueblería. Ahí conoció a Clara Tapia Herrera, con quien sostuvo una relación sentimental.

Tiempo después, en enero de 2005, la pareja decidió compartir una vida juntos. Así que Jorge se mudó con la mujer, que residía en la consejería de la escuela primaria Manuel C. Tello, localizada en Iztapalapa, Ciudad de México.

Clara no estaba sola, ella tenía dos hijas, Gabriela y Rebeca y el pequeño Ricardo. Ante tal circunstancia, Jorge Antonio aceptó conformar una familia a su lado.

Durante la convivencia cotidiana, Jorge Antonio dejaba entrever un comportamiento de desasosiego. Para empezar, propuso a su mujer que por sus presuntos conocimientos de contabilidad, a partir de ese momento, controlaría los ingresos de la familia.

Luego, su forma de hablar y regalos, ayudaron a irse ganando la confianza de los niños.

Poco a poco y al paso de los meses, Jorge mostró su lado más violento. Las agresiones verbales se volvieron frecuentes.

Hasta que la noche del 25 de marzo 2005, Clara descubrió a Jorge abusando sexualmente de su hija Rebeca, quien en ese instante tenía 12 años. Al otro lado de la habitación, sollozaba Gabriela, de 15 años.

El miedo paralizó a Clara. Nada pudo hacer. Y la pesadilla escaló a niveles inimaginables. Ambas niñas fueron privadas de su libertad dentro de su propia morada, frente a la mirada inaudita de la persona que les dio la vida.

Día tras día, entre cuatro paredes. Dentro de un cuarto interactuaban una con otra para satisfacer al sujeto que meses atrás habían concebido como a un padre. Como resultado de estas relaciones incestuosas nacieron cinco bebés.

Al exterior nadie imaginaba lo que se desentrañaba en esa reducida pieza. Y mientras, el argumento de Jorge Antonio para impedir que las chicas salieran a la calle, era que “todas las mujeres eran unas locas”.

Clara nunca estuvo de acuerdo con los condicionamientos que había tomado su pareja. Sin embargo, calló y cedió a sus turbias peticiones.

// y al final, la verdad sale a la luz //

Por medio de amenazas y engaños, Jorge sedujo a Rebeca y a Gabriela; convenciendo a la progenitora de ambas niñas para que de igual forma participara en los subsecuentes actos sexuales. En suma, cuando ocurrían estos encuentros, Ricardo, el menor de la casa, era obligado a observar.

No obstante, mientras sus hermanas estaban en cautiverio. Ricardo fue forzado a trabajar recolectando cartón y vendiendo chicles. El dinero que juntaba se lo entregaba a Iniestra Salas, acción tras la cual recibía crueles castigos.

Desde que Jorge había tomado el control en el hogar. El menor vivía en un tinaco con plásticos y cobijas pues no se le permitía el acceso al interior de la vivienda.

Pronto las sospechas de lo que pasaba al interior del plantel llegó hasta los padres de familia y autoridades, empero, otra vez, no pasó absolutamente nada.

En cambio, Clara, sus hijos y Jorge dejaron las instalaciones del colegio y se fueron a vivir a la casa de la madre de éste, en la misma delegación, Iztapalapa. Una vez que llegaron a este nuevo espacio. Jorge apartó a Clara de sus hijas. Comenzando así, la peor aversión que se prolongó durante cinco años.

Una tarde, Rebeca aprovechó que una ventana de su cuarto estaba abierta, de inmediato se asomó para buscar ayuda. Detrás de esta acción entró Jorge y al ver que la joven había desafiado sus órdenes, la golpeó fuerte con un tubo en la cabeza hasta dejarla sin vida.

Intentó revivirla. En su desesperación le colocó en el pecho a Ashley, de tres meses, pero murió asfixiada. Seguido del doble deceso, el monstruo de Iztapalapa enterró los dos cuerpos debajo de la cama donde dormían Gabriela, y los otros menores de edad.

El olor fétido era insoportable, tanto así que Iniestra Salas le pidió a su hermano que lo ayudara a sacar los cadáveres. Fue así como los restos humanos fueron arrojados sobre la carretera México- Puebla. Al paso de los días, autoridades registraron este hecho abriendo una averiguación previa.

Fue hasta el año 2011 cuando Clara Tapia se armó de valor y denunció a Jorge, por violencia intrafamiliar.

Por supuesto, no sólo Jorge Antonio Iniestra Salas fue detenido. Su madre, sus hermanos y Clara corrieron con la misma suerte.

// Clara ¿víctima o culpable? //

Clara es originaria del municipio de Chiautla, Puebla. Ella creció en el seno de una familia humilde bajo la cual desarrolló una infancia cargada de recuerdos grises. Desde pequeña estuvo envuelta en episodios de violencia. Estos sucesos marcaron su adolescencia al grado de considerar los actos de abuso sexual hacia su persona como normales.

Estudió enfermería, solo que no concluyó su formación profesional al liarse en una relación sentimental que la mantuvo fuera de los pasillos hospitalarios, porque pronto nacería su primer bebé, Gabriela. Posteriormente, tuvo un segundo intento fallido en el amor al casarse con un hombre alcohólico y con quien procreó a Rebeca y Ricardo. Por más de 11 años la mujer soportó diversas vejaciones.

Después, su tercera pareja. Jorge Antonio Iniestra fue la punta del iceberg.

Por más de tres años, Clara Tapia Herrera fue acusada por las autoridades capitalinas, medios de comunicación y sociedad en general de ser una “mala madre” y de no proteger a sus tres hijos del maltrato al que fueron sometidos.

El 3 de octubre de 2014, un fallo judicial determinó que ella solo fue víctima de violencia.

// ¿Cínico o enfermo mental? //

Cuando Jorge Antonio, el apodado “monstruo de Iztapalapa” fue presentado ante los medios de comunicación, solo se mofó. Su expresión era de alegría. De burla. De desdén. De una hazaña bien lograda, pues ahora tenía los reflectores y el mundo a sus pies.

Luego, actuó como un acto de reto y aseveró “no podría considerarme loco. Cínico a lo mejor sí”.

Algunos especialistas confirman que no todos los asesinos en serie tienen una enfermedad mental diagnosticada. Aunado a ello, sostienen que la infancia y la adolescencia son las dos etapas claves en la vida de todo sicópata.

No cabe duda que el comportamiento humano a veces puede impactar a todo un país entero. Y destruir vidas de personas inocentes.