Daniel Martínez

  / lunes 17 de junio de 2019

El desenfocado problema migratorio

El llamado problema migratorio es difícil de analizar porque difícilmente se trata de la migración, una condición humana que ha existido desde el principio de los tiempos y que permitió a la humanidad poblar prácticamente todos los lugares habitables de la tierra. Gracias a la migración se han dado las grandes revoluciones tecnológicas e intelectuales que permitieron a todos ser lo que somos. El problema parece ser, en cambio, un asunto de fronteras políticas, de proteccionismo económico, de nacionalismos embrutecidos que tiene a los migrantes convertidos en rehenes de negociaciones excluyentes de la, en todo caso, voz más importante en el problema que es justamente la de esos migrantes.

Porque las economías crecen gracias a la apertura de fronteras que los nacionalismos buscan cerrar Los flujos migratorios logran que las culturas se enriquezcan, y sobre todo, hacen valer aquella impecable frase atribuida a Fray Bartolomé de las Casas: “la humanidad es una”.

El problema del cierre de fronteras fue justificado primero en términos de seguridad interior: controlar los flujos migratorios (quién entra y sale de cada país), lograría proteger a los inocentes de actos terroristas y de crímenes relacionados con drogas, armas, y otras mercancías prohibidas en casi todo el mundo. Poco a poco, este argumento fue cambiando y la protección se fue extendiendo a la actividad económica, “los migrantes roban empleos, servicios públicos y hasta atención médica a los nativos”. Se desconoció no sólo el aporte laboral de esa migración, sino también que, en todo caso, los problemas asociados con ella se deben a omisiones de los propios estados receptores (los trabajadores ilegales no tributan sobre su ingreso porque la condición de ilegalidad que les confiere la nación receptora no lo permite; aunque si pagan, como cualquier residente, impuestos al consumo y otras tarifas.

La posición de México como vía a los Estados Unidos (probablemente el mayor receptor de inmigrantes del mundo), provoca que los cierres de fronteras de la nación gobernada por un partidario del nacionalismo embrutecedor, como es Donald Trump, impacten en el país y comiencen a presentarse problemas similares (aunque en menor escala), que los padecidos por los norteamericanos. La respuesta del gobierno federal a las peticiones de Donald Trump para contener los flujos migratorios, no sólo van en contra de la filosofía política de los mexicanos y niegan el derecho humano a la búsqueda de la propia felicidad, además, distraen recursos económicos y políticos que debieran utilizarse para atender problemas internos. El despliegue impresionante de elementos de la Guardia Nacional para resguardar la frontera sur significa, necesariamente, que esos agentes de seguridad no estarán disponibles para cuidar la seguridad de los mexicanos en los espacios donde se necesitan (debido a la presencia de grupos de criminales organizados cuya operación en México, por cierto, se ha incrementado en territorio y violencia, desde que empezó la tendencia norteamericana a cerrar más sus fronteras).

Por supuesto que las naciones que contribuyen al flujo migratorio tendrían que hacer la tarea en términos de generar oportunidades de empleos de calidad, respeto a los derechos humanos, y garantías de seguridad para sus habitantes; así, la migración sería una decisión no obligada por las terribles crisis de los países con economías emergentes. Para que ello pase, tendría que considerarse buscar esquemas sociales y económicos que respeten una línea mínima de bienestar garantizada para toda la población, y eso no parece posible desde las visiones eminentemente asistencialistas de las economías latinoamericanas; tampoco se logra con reediciones populistas que generan en el mediano y largo plazo crisis que empobrecen siempre a los más débiles.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

El llamado problema migratorio es difícil de analizar porque difícilmente se trata de la migración, una condición humana que ha existido desde el principio de los tiempos y que permitió a la humanidad poblar prácticamente todos los lugares habitables de la tierra. Gracias a la migración se han dado las grandes revoluciones tecnológicas e intelectuales que permitieron a todos ser lo que somos. El problema parece ser, en cambio, un asunto de fronteras políticas, de proteccionismo económico, de nacionalismos embrutecidos que tiene a los migrantes convertidos en rehenes de negociaciones excluyentes de la, en todo caso, voz más importante en el problema que es justamente la de esos migrantes.

Porque las economías crecen gracias a la apertura de fronteras que los nacionalismos buscan cerrar Los flujos migratorios logran que las culturas se enriquezcan, y sobre todo, hacen valer aquella impecable frase atribuida a Fray Bartolomé de las Casas: “la humanidad es una”.

El problema del cierre de fronteras fue justificado primero en términos de seguridad interior: controlar los flujos migratorios (quién entra y sale de cada país), lograría proteger a los inocentes de actos terroristas y de crímenes relacionados con drogas, armas, y otras mercancías prohibidas en casi todo el mundo. Poco a poco, este argumento fue cambiando y la protección se fue extendiendo a la actividad económica, “los migrantes roban empleos, servicios públicos y hasta atención médica a los nativos”. Se desconoció no sólo el aporte laboral de esa migración, sino también que, en todo caso, los problemas asociados con ella se deben a omisiones de los propios estados receptores (los trabajadores ilegales no tributan sobre su ingreso porque la condición de ilegalidad que les confiere la nación receptora no lo permite; aunque si pagan, como cualquier residente, impuestos al consumo y otras tarifas.

La posición de México como vía a los Estados Unidos (probablemente el mayor receptor de inmigrantes del mundo), provoca que los cierres de fronteras de la nación gobernada por un partidario del nacionalismo embrutecedor, como es Donald Trump, impacten en el país y comiencen a presentarse problemas similares (aunque en menor escala), que los padecidos por los norteamericanos. La respuesta del gobierno federal a las peticiones de Donald Trump para contener los flujos migratorios, no sólo van en contra de la filosofía política de los mexicanos y niegan el derecho humano a la búsqueda de la propia felicidad, además, distraen recursos económicos y políticos que debieran utilizarse para atender problemas internos. El despliegue impresionante de elementos de la Guardia Nacional para resguardar la frontera sur significa, necesariamente, que esos agentes de seguridad no estarán disponibles para cuidar la seguridad de los mexicanos en los espacios donde se necesitan (debido a la presencia de grupos de criminales organizados cuya operación en México, por cierto, se ha incrementado en territorio y violencia, desde que empezó la tendencia norteamericana a cerrar más sus fronteras).

Por supuesto que las naciones que contribuyen al flujo migratorio tendrían que hacer la tarea en términos de generar oportunidades de empleos de calidad, respeto a los derechos humanos, y garantías de seguridad para sus habitantes; así, la migración sería una decisión no obligada por las terribles crisis de los países con economías emergentes. Para que ello pase, tendría que considerarse buscar esquemas sociales y económicos que respeten una línea mínima de bienestar garantizada para toda la población, y eso no parece posible desde las visiones eminentemente asistencialistas de las economías latinoamericanas; tampoco se logra con reediciones populistas que generan en el mediano y largo plazo crisis que empobrecen siempre a los más débiles.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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