/ lunes 9 de mayo de 2022

El Cuernavaca que Erich Fromm vivió (III)

Gobi Stromberg, personaje de esta ciudad, nacida en E.U., llega a Cuernavaca en 1956, tenía apenas 8 años de edad. Viajó con sus hermanitas y su madre que venía en busca de Erich Fromm y es que la “cacería de brujas” hizo que verdaderos talentos de las artes, las letras e incluso de Hollywood, salieran de E.U. la mayoría rumbo a México, otros a Europa como Charles Chaplin, Orson Wells, etc. A pesar de esa politización en los inicios de la guerra fría, fueron los años en que comenzaron a difundirse distintas filosofías orientales como el budismo zen en una época de mucha búsqueda, mucha energía y de pronto, muchos de esos talentos comenzaron a ser investigados. “Mi madre, -mencionó Gobi al entrevistarla hace tiempo-, era amiga de varios de ellos y cuando se enteró que Erich Fromm estaba en Cuernavaca llegamos a esta ciudad. ¿Qué como era Fromm? -me responde con una pregunta a la mía que le hice-, bueno, -se queda un momento pensando, de pronto dice: era un ser fantástico, muy agradable, afectuoso y cariñoso, él, que provenía de una familia judía alemana ortodoxa y aunque se declaraba ateo era un ser muy espiritual, en pocas palabras, era una gran persona. Aunque lo conocí de niña lo traté varias veces mientras vivió en Cuernavaca gracias a mi madre que se hizo muy amiga de su esposa Annie. Su casa siempre tenía las puertas abiertas para los amigos, a Fromm le encantaba recibir gente y conversar, entre ellos, a Susuki”. Este ffilósofo japonés que divulgó el zen en Occidente, Daisetsu Teitaro Susuki 1870-1966, juntos, Fromm y él, escribieron el libro “Budismo Zen y Psicoanálisis”. “Cuernavaca en ese entonces era un paraíso, un auténtico Shangri-La (nombre que evoca un imaginario exótico oriental que describe la novela Horizontes Perdidos, de James Hilton publicada en 1933). Había muchísima vegetación y se vivía una vida tranquila con mucha seguridad. Solíamos caminar por las calles del centro entre casas con techos de teja muchas de ellas, sí, muy bonitas, pero con pocos edificios. Había un excelente ambiente de extranjeros muy cultos e interesantes. Recuerdo a un cineasta, guionista que tuvo que salir de E.U. y en Cuernavaca puso el hotel Shangri La, frente al actual Cine Morelos.” Se tienen pocos datos de esos inmigrantes por la naturaleza semi clandestina con la que vivían aquí, varios temían al FBI. “Era el Cuernavaca del Hotel Marik, el del Bar Cuernavaca”. Ahí era común ver a estrellas de Hollywood como Vera Evans y Martha Hyer y bueno, estaba el Hotel Bellavista. “Cuando recorrías el corredor del Marik a La Universal, te encontrabas siempre con gente interesante tomando un café. Fue una de las grandes épocas de Cuernavaca que recorrió Fromm. “Recuerdo -exclama Gobi Stromberg-, que una vez en Washington, llevaba yo algunos años de no verlo y cuando me acerqué a saludarlo en un Congreso Internacional de Antropología, me identifiqué y me dijo con gran júbilo: ¡Gobi Stromberg de Cuernavaca! ¡Cuéntame de tu ciudad! Al decirlo se notaba, por su emoción, que Cuernavaca se le quedó en el corazón. Al verme le recordé todos esos años que pasó aquí. Se le iluminó el rostro se le humedeció su bondadosa mirada mientras apretaba mis manos con cariñosa fuerza. Ese era Erich Fromm. Y ahora sí, hasta el próximo lunes.

Gobi Stromberg, personaje de esta ciudad, nacida en E.U., llega a Cuernavaca en 1956, tenía apenas 8 años de edad. Viajó con sus hermanitas y su madre que venía en busca de Erich Fromm y es que la “cacería de brujas” hizo que verdaderos talentos de las artes, las letras e incluso de Hollywood, salieran de E.U. la mayoría rumbo a México, otros a Europa como Charles Chaplin, Orson Wells, etc. A pesar de esa politización en los inicios de la guerra fría, fueron los años en que comenzaron a difundirse distintas filosofías orientales como el budismo zen en una época de mucha búsqueda, mucha energía y de pronto, muchos de esos talentos comenzaron a ser investigados. “Mi madre, -mencionó Gobi al entrevistarla hace tiempo-, era amiga de varios de ellos y cuando se enteró que Erich Fromm estaba en Cuernavaca llegamos a esta ciudad. ¿Qué como era Fromm? -me responde con una pregunta a la mía que le hice-, bueno, -se queda un momento pensando, de pronto dice: era un ser fantástico, muy agradable, afectuoso y cariñoso, él, que provenía de una familia judía alemana ortodoxa y aunque se declaraba ateo era un ser muy espiritual, en pocas palabras, era una gran persona. Aunque lo conocí de niña lo traté varias veces mientras vivió en Cuernavaca gracias a mi madre que se hizo muy amiga de su esposa Annie. Su casa siempre tenía las puertas abiertas para los amigos, a Fromm le encantaba recibir gente y conversar, entre ellos, a Susuki”. Este ffilósofo japonés que divulgó el zen en Occidente, Daisetsu Teitaro Susuki 1870-1966, juntos, Fromm y él, escribieron el libro “Budismo Zen y Psicoanálisis”. “Cuernavaca en ese entonces era un paraíso, un auténtico Shangri-La (nombre que evoca un imaginario exótico oriental que describe la novela Horizontes Perdidos, de James Hilton publicada en 1933). Había muchísima vegetación y se vivía una vida tranquila con mucha seguridad. Solíamos caminar por las calles del centro entre casas con techos de teja muchas de ellas, sí, muy bonitas, pero con pocos edificios. Había un excelente ambiente de extranjeros muy cultos e interesantes. Recuerdo a un cineasta, guionista que tuvo que salir de E.U. y en Cuernavaca puso el hotel Shangri La, frente al actual Cine Morelos.” Se tienen pocos datos de esos inmigrantes por la naturaleza semi clandestina con la que vivían aquí, varios temían al FBI. “Era el Cuernavaca del Hotel Marik, el del Bar Cuernavaca”. Ahí era común ver a estrellas de Hollywood como Vera Evans y Martha Hyer y bueno, estaba el Hotel Bellavista. “Cuando recorrías el corredor del Marik a La Universal, te encontrabas siempre con gente interesante tomando un café. Fue una de las grandes épocas de Cuernavaca que recorrió Fromm. “Recuerdo -exclama Gobi Stromberg-, que una vez en Washington, llevaba yo algunos años de no verlo y cuando me acerqué a saludarlo en un Congreso Internacional de Antropología, me identifiqué y me dijo con gran júbilo: ¡Gobi Stromberg de Cuernavaca! ¡Cuéntame de tu ciudad! Al decirlo se notaba, por su emoción, que Cuernavaca se le quedó en el corazón. Al verme le recordé todos esos años que pasó aquí. Se le iluminó el rostro se le humedeció su bondadosa mirada mientras apretaba mis manos con cariñosa fuerza. Ese era Erich Fromm. Y ahora sí, hasta el próximo lunes.

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