/ sábado 28 de noviembre de 2020

El Arroyito, el Apantle o como sea que ustedes lo conozcan

Apenas regresé a El Arroyito y la mera verdad de dios es que ese lugar está diseñado para puros gordos y glotones, por eso me la pasé rebien y salí rebotando, aunque quién sabe en cuánto tiempo voy a regresar, al menos no en este año.

No estoy bien seguro hace cuantos años conocí lo que en aquel momento era una fondita allá en el municipio de Emiliano Zapata, pegadito en sus límites con Temixco, pero lo que sí recuerdo es que estaba medio chamaco y que me dijo mi papá: agárrate gordo porque aquí te sirven unos platotes que dan miedo.

Pues la cosa no ha cambiado mucho. El restaurancito está asentado a la orilla del apantle; es básicamente un firme de cemento de tres metros de ancho, con una cocina casi abierta y un pequeño pasillo que te conduce a un baño mucho más rústico de lo que debería ser, al que llegas atravesando la zona de lavaderos, donde -como desde mis épocas mozas- se apilan los platos, los vasos y los sartenes y puedes darte cuenta, para bien o para mal, de los estragos que sufren esos utensilios sometidos a ese ritmo de trabajo.

Las mesas, algunas acomodadas de dos en dos y otras cuantas ya de plano tablones para diez comensales, apenas caben dejando un ligero pasillo que justifica de panzazo la "sana distancia". Están cubiertas por un mantel y luego con plástico transparente, tiene -cada una- uno o dos molcajetes de piedra con salsa martajada, y por supuesto, son mesas compartidas, si es que tu grupo de acompañantes solo ocupa dos o tres de sus asientos.

Ahí juntito a la cocina, están dos comalotes con una doña que le da duro al brazo para hacer las tortillas que acompañan los guisadotes y una que otra quesadilla que ordenan los chocantes o a quienes no les acomoda el tamaño de los platillos.

El escenario es pues, igual de rústico que hace dos décadas, igual que el trato, que resulta rudo por decir lo menos y que todos justificamos porque "andan en chinga" para tender a la cantidad de personas que siguen teniendo como clientela.

Mientras esperaba mi plato pensé que algunos negocios como esos, ya debían haber mejorado con los años, tanto en infraestructura como en servicio; que a pesar de todas las crisis que han ocurrido en Morelos y en México, tienen un no se qué que qué se yo, que los hace mantenerse y que ya se han tardado en evolucionar porque clientes como yo -por ejemplo- a veces se cansan de no recibir mejoras o un poco más, un extra, un algo, que nos amarre definitivamente.

Pensé que al menos ya había un estacionamiento ahí a un lado que te cobra 15 varos tiempo libre para evitar que dejes el auto sobre la calle, pero por el contrario, cuando llegas y no hay mesa disponible, sigues teniendo que hacer la misma cola de años, sobre la banqueta, a unos centímetros del paso vehicular y bajo el pleno rayo de sol, que no es de dios.

Y pensé y seguí pensando las muchas razones por las que desde hace meses no estaba tan entusiasmado de regresar al Arroyito… hasta que me pusieron enfrente el plato de carne de puerco en salsa verde, con arroz y frijoles negros que había ordenado, y se me olvidó, y se me quitaron las ganas de seguir criticando.

Me concentré en lo suave de la carne y en irla devorando poco a poco -para no llenarme tan pronto-, y en disfrutar cada bocado con las memelas hechas a mano y con una que otra doradita que saben a gloria. De reojo vi como servían una costillota del tamaño del mundo, acompañada de cebollita frita, ensalada, frijolitos y un trozo de queso pasado por la plancha.

Le pedí a la mesera que me recordara las opciones que no quise, para memorizarlas: cecina, pechuga a la plancha, mojarra frita, caldo de camarón y otras dos cosas que no me acuerdo, también en porciones jumbo.

Y pues decidí sugerirles que vayan, a quienes no conocen, o que regresen quienes ya se han dado una vuelta, nomás para que como a mi, les callen la boca a cucharadas.

La neta si debería estar mejorcito… pero qué se le va a hacer. El Arroyito está en la Calle del Canal del municipio de Emiliano Zapata, llegando por Temixco por la salida de Las Brisas de la autopista México-Acapulco, pasando por la unidad habitacional Valle Verde hasta llegar por debajo del puente de la autopista, pero además de todo, es sumamente conocido por lo que como es natural "preguntando se llega a Roma".

Apenas regresé a El Arroyito y la mera verdad de dios es que ese lugar está diseñado para puros gordos y glotones, por eso me la pasé rebien y salí rebotando, aunque quién sabe en cuánto tiempo voy a regresar, al menos no en este año.

No estoy bien seguro hace cuantos años conocí lo que en aquel momento era una fondita allá en el municipio de Emiliano Zapata, pegadito en sus límites con Temixco, pero lo que sí recuerdo es que estaba medio chamaco y que me dijo mi papá: agárrate gordo porque aquí te sirven unos platotes que dan miedo.

Pues la cosa no ha cambiado mucho. El restaurancito está asentado a la orilla del apantle; es básicamente un firme de cemento de tres metros de ancho, con una cocina casi abierta y un pequeño pasillo que te conduce a un baño mucho más rústico de lo que debería ser, al que llegas atravesando la zona de lavaderos, donde -como desde mis épocas mozas- se apilan los platos, los vasos y los sartenes y puedes darte cuenta, para bien o para mal, de los estragos que sufren esos utensilios sometidos a ese ritmo de trabajo.

Las mesas, algunas acomodadas de dos en dos y otras cuantas ya de plano tablones para diez comensales, apenas caben dejando un ligero pasillo que justifica de panzazo la "sana distancia". Están cubiertas por un mantel y luego con plástico transparente, tiene -cada una- uno o dos molcajetes de piedra con salsa martajada, y por supuesto, son mesas compartidas, si es que tu grupo de acompañantes solo ocupa dos o tres de sus asientos.

Ahí juntito a la cocina, están dos comalotes con una doña que le da duro al brazo para hacer las tortillas que acompañan los guisadotes y una que otra quesadilla que ordenan los chocantes o a quienes no les acomoda el tamaño de los platillos.

El escenario es pues, igual de rústico que hace dos décadas, igual que el trato, que resulta rudo por decir lo menos y que todos justificamos porque "andan en chinga" para tender a la cantidad de personas que siguen teniendo como clientela.

Mientras esperaba mi plato pensé que algunos negocios como esos, ya debían haber mejorado con los años, tanto en infraestructura como en servicio; que a pesar de todas las crisis que han ocurrido en Morelos y en México, tienen un no se qué que qué se yo, que los hace mantenerse y que ya se han tardado en evolucionar porque clientes como yo -por ejemplo- a veces se cansan de no recibir mejoras o un poco más, un extra, un algo, que nos amarre definitivamente.

Pensé que al menos ya había un estacionamiento ahí a un lado que te cobra 15 varos tiempo libre para evitar que dejes el auto sobre la calle, pero por el contrario, cuando llegas y no hay mesa disponible, sigues teniendo que hacer la misma cola de años, sobre la banqueta, a unos centímetros del paso vehicular y bajo el pleno rayo de sol, que no es de dios.

Y pensé y seguí pensando las muchas razones por las que desde hace meses no estaba tan entusiasmado de regresar al Arroyito… hasta que me pusieron enfrente el plato de carne de puerco en salsa verde, con arroz y frijoles negros que había ordenado, y se me olvidó, y se me quitaron las ganas de seguir criticando.

Me concentré en lo suave de la carne y en irla devorando poco a poco -para no llenarme tan pronto-, y en disfrutar cada bocado con las memelas hechas a mano y con una que otra doradita que saben a gloria. De reojo vi como servían una costillota del tamaño del mundo, acompañada de cebollita frita, ensalada, frijolitos y un trozo de queso pasado por la plancha.

Le pedí a la mesera que me recordara las opciones que no quise, para memorizarlas: cecina, pechuga a la plancha, mojarra frita, caldo de camarón y otras dos cosas que no me acuerdo, también en porciones jumbo.

Y pues decidí sugerirles que vayan, a quienes no conocen, o que regresen quienes ya se han dado una vuelta, nomás para que como a mi, les callen la boca a cucharadas.

La neta si debería estar mejorcito… pero qué se le va a hacer. El Arroyito está en la Calle del Canal del municipio de Emiliano Zapata, llegando por Temixco por la salida de Las Brisas de la autopista México-Acapulco, pasando por la unidad habitacional Valle Verde hasta llegar por debajo del puente de la autopista, pero además de todo, es sumamente conocido por lo que como es natural "preguntando se llega a Roma".