/ martes 5 de octubre de 2021

Dos de octubre: Homenaje a la generación libertaria

En las jornadas de 1968, hace poco más de medio siglo, la juventud universitaria, politécnica y normalista del país, a la cabeza de amplios sectores de la población, inició una gran batalla contra el régimen autoritario del PRI y por la libertad de México. Esas jornadas significaron una ruptura total con el régimen de la “dictadura perfecta” y fueron el momento inaugural de una nueva etapa de la historia nacional.

Hubo dos elementos centrales en ese movimiento: por un lado, la democracia directa que los alumnos ejercían en las escuelas y algunos obreros en sus sindicatos, nombrando libremente a sus representantes, y por otro, las grandes batallas que la población libró en calles y plazas públicas, combates donde en muchas ocasiones los policías, granaderos y judiciales salieron huyendo ante el empuje arrollador de la juventud. La población civil apoyó siempre al movimiento con todo: alimentos, papel, dinero, ánimos. Las manifestaciones estudiantiles atronaban las calles, y la gente del común se unía con emoción a los contingentes en marcha.

La Ciudad Universitaria fue ocupada el 17 de septiembre por el ejército sin combatir, porque los estudiantes y sus líderes fueron tomados por sorpresa. El Casco de Santo Tomás –símbolo y orgullo del IPN—solo fue tomado a sangre y fuego días más tarde por las fuerzas represivas después de una dura batalla. Los alumnos defendieron sus escuelas con enorme valor y audacia durante varias horas.

El régimen de Díaz Ordaz buscaba aniquilar el movimiento mediante dos golpes principales: capturar a sus líderes y controlar a la población civil mediante acciones que les infundieran miedo, acciones de terror masivo. No lo consiguieron ni en CU ni en el Casco de Santo Tomás.

El gobierno de GDO eligió entonces la Plaza de las Tres Culturas para dar el golpe artero. Antes de que comenzara el mitin la plaza ya estaba rodeada de miles de soldados armados con tanquetas y ametralladoras. Por el lado del movimiento popular había unos 10 mil manifestantes, mientras del lado oficial se acumulaban varios miles de soldados –algunos han calculado hasta 10 mil-- encabezados por su cuerpo de élite de esa época, el Batallón de Fusileros Paracaidistas. Este último, bajo el mando de José Hernández Toledo, el “general universitario” –mote que los jóvenes le pusieron porque fue quien dirigió sucesivamente las maniobras de ocupación militar de las universidades de Sonora, la Nicolaíta de Morelia y finalmente la CU--.

Al caer la tarde los militares invadieron la plaza, cerraron la pinza y lanzaron sus fuerzas contra la población civil desarmada, que exigía de forma pacífica el cumplimiento de sus demandas. Grupos de provocadores comenzaron a disparar contra la multitud para causar algunas bajas, enardecer a los soldados y justificar la agresión.

Se escribió así una de las noches más sangrientas y tristes de la historia nacional. Los civiles caían bajo las balas que disparaban los soldados, o eran mortalmente heridos por las bayonetas que desgarraban impunemente los cuerpos de los asistentes, mientras el pánico se apoderaba de la plaza.

La del 68 fue una generación de excepcional conciencia política y valor civil, que se atrevió a desafiar las fuerzas del gobierno, marchando solo armada con sus ideales. Desde esa fecha, la historia de México no volvió a ser la misma. Se acabó la sumisión y el conformismo. La ferocidad de la represión generó múltiples protestas dentro y fuera del país, y la conciencia libertaria se fue abriendo paso en los corazones de todo el pueblo.

El país no volvió a ser como antes. La ira popular se incrementó en toda la nación, y fueron creciendo los grupos de resistencia que emprendieron la lucha por todos los confines del territorio, en el campo, en la ciudad y en las montañas, de modo que el eje central de la lucha política ya no tuvo lugar en los debates parlamentarios, sino en los montes incendiados y en las ciudades en rebeldía.

El gobierno de Díaz Ordaz pudo así destrozar el movimiento estudiantil y sacarlo de las calles. José López Portillo, una década después de los trágicos hechos del 68, decretó una amnistía y realizó una reforma política que más tarde abrió las puertas de la representación popular a los líderes de los grupos rebeldes. La izquierda mexicana pudo así llevar a sus representantes al congreso, y los debates políticos volvieron a ser el eje de la vida nacional.

En 1988 se consumó un fraude electoral que cerró las puertas del gobierno a la izquierda e inauguró la época neoliberal. En el 2000 Vicente Fox se montó en la ola del cambio, pero ya en el poder se alió a los enemigos del pueblo y terminó defraudando a los ciudadanos. Fue hasta el 2018 cuando la exigencia popular del cambio estructural pudo conseguir el triunfo y dar respuesta a las necesidades de la sociedad. Hoy el nuevo gobierno continúa su camino con el apoyo de la mayoría del pueblo.

Si hoy vivimos en el ámbito de la democracia, y podemos resolver los conflictos políticos a través del debate, lo debemos al sacrificio del pueblo y de una generación de jóvenes audaces, atrevidos e idealistas, que fincaron las bases de un México mejor aún a costa de su propia vida.

Los enemigos de la libertad siguen en pie, aunque ya mordieron el polvo de la derrota y fueron aplastados por el diluvio de votos que el pueblo depositó en las urnas en julio del 2018. La dosis se repitió el 6 de junio de este año. Esos grupos aún persisten en su terco esfuerzo, tratando de revertir las conquistas que ha obtenido un gobierno progresista, en las áreas de la economía popular, los apoyos a la tercera edad, a los jóvenes, a las mujeres que siguen luchando por la dignidad de la vida humana.

Ser enérgicos y adoptar una posición audaz y congruente en nuestro esfuerzo por conquistar las metas que el pueblo ha fijado, sin detenernos en las dificultades, es el mejor homenaje que hoy podemos rendir a quienes dieron su vida por la libertad de los mexicanos.

Rindamos homenaje a la más grande generación libertaria que ha luchado en México: la generación del ’68.

En las jornadas de 1968, hace poco más de medio siglo, la juventud universitaria, politécnica y normalista del país, a la cabeza de amplios sectores de la población, inició una gran batalla contra el régimen autoritario del PRI y por la libertad de México. Esas jornadas significaron una ruptura total con el régimen de la “dictadura perfecta” y fueron el momento inaugural de una nueva etapa de la historia nacional.

Hubo dos elementos centrales en ese movimiento: por un lado, la democracia directa que los alumnos ejercían en las escuelas y algunos obreros en sus sindicatos, nombrando libremente a sus representantes, y por otro, las grandes batallas que la población libró en calles y plazas públicas, combates donde en muchas ocasiones los policías, granaderos y judiciales salieron huyendo ante el empuje arrollador de la juventud. La población civil apoyó siempre al movimiento con todo: alimentos, papel, dinero, ánimos. Las manifestaciones estudiantiles atronaban las calles, y la gente del común se unía con emoción a los contingentes en marcha.

La Ciudad Universitaria fue ocupada el 17 de septiembre por el ejército sin combatir, porque los estudiantes y sus líderes fueron tomados por sorpresa. El Casco de Santo Tomás –símbolo y orgullo del IPN—solo fue tomado a sangre y fuego días más tarde por las fuerzas represivas después de una dura batalla. Los alumnos defendieron sus escuelas con enorme valor y audacia durante varias horas.

El régimen de Díaz Ordaz buscaba aniquilar el movimiento mediante dos golpes principales: capturar a sus líderes y controlar a la población civil mediante acciones que les infundieran miedo, acciones de terror masivo. No lo consiguieron ni en CU ni en el Casco de Santo Tomás.

El gobierno de GDO eligió entonces la Plaza de las Tres Culturas para dar el golpe artero. Antes de que comenzara el mitin la plaza ya estaba rodeada de miles de soldados armados con tanquetas y ametralladoras. Por el lado del movimiento popular había unos 10 mil manifestantes, mientras del lado oficial se acumulaban varios miles de soldados –algunos han calculado hasta 10 mil-- encabezados por su cuerpo de élite de esa época, el Batallón de Fusileros Paracaidistas. Este último, bajo el mando de José Hernández Toledo, el “general universitario” –mote que los jóvenes le pusieron porque fue quien dirigió sucesivamente las maniobras de ocupación militar de las universidades de Sonora, la Nicolaíta de Morelia y finalmente la CU--.

Al caer la tarde los militares invadieron la plaza, cerraron la pinza y lanzaron sus fuerzas contra la población civil desarmada, que exigía de forma pacífica el cumplimiento de sus demandas. Grupos de provocadores comenzaron a disparar contra la multitud para causar algunas bajas, enardecer a los soldados y justificar la agresión.

Se escribió así una de las noches más sangrientas y tristes de la historia nacional. Los civiles caían bajo las balas que disparaban los soldados, o eran mortalmente heridos por las bayonetas que desgarraban impunemente los cuerpos de los asistentes, mientras el pánico se apoderaba de la plaza.

La del 68 fue una generación de excepcional conciencia política y valor civil, que se atrevió a desafiar las fuerzas del gobierno, marchando solo armada con sus ideales. Desde esa fecha, la historia de México no volvió a ser la misma. Se acabó la sumisión y el conformismo. La ferocidad de la represión generó múltiples protestas dentro y fuera del país, y la conciencia libertaria se fue abriendo paso en los corazones de todo el pueblo.

El país no volvió a ser como antes. La ira popular se incrementó en toda la nación, y fueron creciendo los grupos de resistencia que emprendieron la lucha por todos los confines del territorio, en el campo, en la ciudad y en las montañas, de modo que el eje central de la lucha política ya no tuvo lugar en los debates parlamentarios, sino en los montes incendiados y en las ciudades en rebeldía.

El gobierno de Díaz Ordaz pudo así destrozar el movimiento estudiantil y sacarlo de las calles. José López Portillo, una década después de los trágicos hechos del 68, decretó una amnistía y realizó una reforma política que más tarde abrió las puertas de la representación popular a los líderes de los grupos rebeldes. La izquierda mexicana pudo así llevar a sus representantes al congreso, y los debates políticos volvieron a ser el eje de la vida nacional.

En 1988 se consumó un fraude electoral que cerró las puertas del gobierno a la izquierda e inauguró la época neoliberal. En el 2000 Vicente Fox se montó en la ola del cambio, pero ya en el poder se alió a los enemigos del pueblo y terminó defraudando a los ciudadanos. Fue hasta el 2018 cuando la exigencia popular del cambio estructural pudo conseguir el triunfo y dar respuesta a las necesidades de la sociedad. Hoy el nuevo gobierno continúa su camino con el apoyo de la mayoría del pueblo.

Si hoy vivimos en el ámbito de la democracia, y podemos resolver los conflictos políticos a través del debate, lo debemos al sacrificio del pueblo y de una generación de jóvenes audaces, atrevidos e idealistas, que fincaron las bases de un México mejor aún a costa de su propia vida.

Los enemigos de la libertad siguen en pie, aunque ya mordieron el polvo de la derrota y fueron aplastados por el diluvio de votos que el pueblo depositó en las urnas en julio del 2018. La dosis se repitió el 6 de junio de este año. Esos grupos aún persisten en su terco esfuerzo, tratando de revertir las conquistas que ha obtenido un gobierno progresista, en las áreas de la economía popular, los apoyos a la tercera edad, a los jóvenes, a las mujeres que siguen luchando por la dignidad de la vida humana.

Ser enérgicos y adoptar una posición audaz y congruente en nuestro esfuerzo por conquistar las metas que el pueblo ha fijado, sin detenernos en las dificultades, es el mejor homenaje que hoy podemos rendir a quienes dieron su vida por la libertad de los mexicanos.

Rindamos homenaje a la más grande generación libertaria que ha luchado en México: la generación del ’68.

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