Daniel Martínez

  / miércoles 15 de mayo de 2019

Día del maestro

Por azares de la vida, 15 años en labor docente y una vida dedicada a escribir con la educación como tema recurrente, he conocido muchos maestros. Los he visto en sus mejores y peores momentos, premiados o arropados por la ignominia, felices y enojados y frustrados y destruidos pero siempre encontraban medios para la esperanza. He conocido maestros buenos, regulares, malos y terribles; a los que son protegidos por el sindicato, la organización laboral más grande y (en su tiempo) la más poderosa de América Latina y a los de escuelas particulares, a quienes no protege más que su propia pericia y la bonhomía de sus directivos (que nunca dura demasiado). También he sabido de, porque los he visto, los famosos comisionados por concha o porque el sistema ya no encontró espacio para ellos después de dedicarlos por años a otras cosas.

Los maestros, pese a su encomiable labor, no son seres humanos extraordinarios y no merecen trato peor o mejor que el resto de la humanidad. Si consideramos la utilidad social de cada una de las profesiones, tendríamos que concluir que cualquier labor u oficio legal es indispensable en la sociedad y que quienes se dedican a cumplirlo deben ser pagados conforme al valor social que tiene el resultado de su trabajo; no más, pero tampoco menos. No se trata de despreciar lo que hacen los docentes, su función es de un incalculable valor cuando está bien hecha, pero cuando no resulta en terribles afectaciones para los niños, jóvenes o adultos a quienes atiende. Sencillamente considero conveniente que hoy, Día del Maestro, la labor de los buenos docentes sea reconocida a través del contraste enorme que hay con los que son malos docentes. Un maestro que enseña a odiar una materia, un área del conocimiento, o a un grupo social determinado, difícilmente podría considerarse bueno. Un maestro que se olvida de que el centro del sistema educativo es el alumno, que se niega a reconocerse como un servidor (en tanto ofrece un servicio), difícilmente podría ser considerado como un buen docente. Más allá, un maestro que no tiene la suficiente humildad como para colocar primero a sus alumnos y a los conocimientos que imparte, y luego a sí mismo, difícilmente puede ser considerado un maestro. A ellos también se les felicita y se les reconoce hoy, a veces porque incluso son los mismos organizadores de los festejos (porque los maestros son fiesteros en su mayoría).

Hoy los maestros enfrentan retos diversos, dentro y fuera de las aulas. Los magros salarios son uno menor, si se considera que se trata de un problema general de la valoración que en México se hace del trabajo profesional (en buen español, los maestros, y los demás, ganan mal en el país). Entre los retos internos está la enorme disputa que los docentes deben enfrentar con el resto de formas de adquisición del conocimiento, muchas de ellas más efectivas y divertidas que las clases, a las que están acostumbrados los alumnos. Aquí es donde el docente debe pensar en transformarse, en modificar la arquitectura de la transmisión de sus mensajes, y eso es un asunto de verdadera valentía porque se trata de cambiar uno mismo y la forma en que está acostumbrado a hacer las cosas. Es el reto fundamental porque, aún disfrazado de revolucionario, el maestro es estructuralmente un conservador y trabaja en una institución cuya esencia es conservadora.

Los retos externos requieren más de que el maestro exija más seguridad y mejores condiciones de trabajo, y que colabore para lograr tener eso que exige. Lo del salario puede paliarse con mayor disciplina financiera, controla tus deudas, profe. Algo pueden aprender los maestros de escuelas públicas de quienes trabajan en privadas y eso es la autogestión y la disciplina extrema. Ambas les pueden hacer la vida mucho más sencilla.

Mientras tanto, felicidades, maestros.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

Por azares de la vida, 15 años en labor docente y una vida dedicada a escribir con la educación como tema recurrente, he conocido muchos maestros. Los he visto en sus mejores y peores momentos, premiados o arropados por la ignominia, felices y enojados y frustrados y destruidos pero siempre encontraban medios para la esperanza. He conocido maestros buenos, regulares, malos y terribles; a los que son protegidos por el sindicato, la organización laboral más grande y (en su tiempo) la más poderosa de América Latina y a los de escuelas particulares, a quienes no protege más que su propia pericia y la bonhomía de sus directivos (que nunca dura demasiado). También he sabido de, porque los he visto, los famosos comisionados por concha o porque el sistema ya no encontró espacio para ellos después de dedicarlos por años a otras cosas.

Los maestros, pese a su encomiable labor, no son seres humanos extraordinarios y no merecen trato peor o mejor que el resto de la humanidad. Si consideramos la utilidad social de cada una de las profesiones, tendríamos que concluir que cualquier labor u oficio legal es indispensable en la sociedad y que quienes se dedican a cumplirlo deben ser pagados conforme al valor social que tiene el resultado de su trabajo; no más, pero tampoco menos. No se trata de despreciar lo que hacen los docentes, su función es de un incalculable valor cuando está bien hecha, pero cuando no resulta en terribles afectaciones para los niños, jóvenes o adultos a quienes atiende. Sencillamente considero conveniente que hoy, Día del Maestro, la labor de los buenos docentes sea reconocida a través del contraste enorme que hay con los que son malos docentes. Un maestro que enseña a odiar una materia, un área del conocimiento, o a un grupo social determinado, difícilmente podría considerarse bueno. Un maestro que se olvida de que el centro del sistema educativo es el alumno, que se niega a reconocerse como un servidor (en tanto ofrece un servicio), difícilmente podría ser considerado como un buen docente. Más allá, un maestro que no tiene la suficiente humildad como para colocar primero a sus alumnos y a los conocimientos que imparte, y luego a sí mismo, difícilmente puede ser considerado un maestro. A ellos también se les felicita y se les reconoce hoy, a veces porque incluso son los mismos organizadores de los festejos (porque los maestros son fiesteros en su mayoría).

Hoy los maestros enfrentan retos diversos, dentro y fuera de las aulas. Los magros salarios son uno menor, si se considera que se trata de un problema general de la valoración que en México se hace del trabajo profesional (en buen español, los maestros, y los demás, ganan mal en el país). Entre los retos internos está la enorme disputa que los docentes deben enfrentar con el resto de formas de adquisición del conocimiento, muchas de ellas más efectivas y divertidas que las clases, a las que están acostumbrados los alumnos. Aquí es donde el docente debe pensar en transformarse, en modificar la arquitectura de la transmisión de sus mensajes, y eso es un asunto de verdadera valentía porque se trata de cambiar uno mismo y la forma en que está acostumbrado a hacer las cosas. Es el reto fundamental porque, aún disfrazado de revolucionario, el maestro es estructuralmente un conservador y trabaja en una institución cuya esencia es conservadora.

Los retos externos requieren más de que el maestro exija más seguridad y mejores condiciones de trabajo, y que colabore para lograr tener eso que exige. Lo del salario puede paliarse con mayor disciplina financiera, controla tus deudas, profe. Algo pueden aprender los maestros de escuelas públicas de quienes trabajan en privadas y eso es la autogestión y la disciplina extrema. Ambas les pueden hacer la vida mucho más sencilla.

Mientras tanto, felicidades, maestros.

Twitter: @martinellito

Correo electrónico: dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx

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